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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Llamando a cada uno directamente por su nombre, Dios establece con cada uno una relación nueva.
Homilía poc2006a, predicada en 20090414, con 28 min. y 51 seg. 
Transcripción:
El Evangelio de hoy, mis hermanos, es pura poesía, es un lenguaje de luz. Es un lenguaje delicado, profundo, vigoroso también. Es el encuentro con el Resucitado. Podemos imaginarnos la alegría, la sorpresa, el gozo incontenible de esta mujer que había conocido lo más bajo y que aquí puede asomarse a lo más alto. En tiempos de Jesús, la mujer era bastante despreciada. Ni siquiera se consideraba que el testimonio de una mujer era válido en un tribunal. Se decía que se requería el testimonio de dos mujeres para igualar el testimonio de un hombre. Y sin embargo, la primera persona a la que el Resucitado le muestra su misterio, le deja entrever su esplendor es a una mujer. Sabemos por el Evangelio que se trata de una mujer, además de terrible condición, la Biblia la describe como atrapada por el poder del demonio. Habla de una mujer completamente perdida. Utiliza ese número siete, el número que en la Biblia indica lo que está completo. Siete demonios se habían adueñado de esta pobre mujer. Esa es la manera bíblica de describir un caso totalmente perdido, una vida sin esperanza. Una de esas personas que han quedado arrojadas a la vera del camino. Gente de la que ya nadie se preocupa, personas a las que casi no consideramos humanas. Si acaso, sirven como referencia, como mal ejemplo, cuidado, te va a pasar lo que le pasó a la María esa de Magdala y a esta especie de basurita, a este despojo humano en el cual se había cebado el demonio reclamándolo como completamente suyo. A esa basura o así la consideraba la gente. Llega el mensaje de la gracia, llega el mensaje de Jesús, llega la potencia de Jesús y donde está Jesús no puede reinar el demonio. Así como dónde llega la luz, las tinieblas tienen que huir. Jesús llegó a la vida de María Magdalena y el demonio tuvo que irse muy a su pesar, tuvo que irse. Y esta mujer fue rescatada. Lo que parecía ser una basura se convirtió en discípulo de Cristo. No es el único caso, en los evangelios, otras personas que también eran despreciadas, consideradas como inútiles, repugnantes, fueron rescatadas por Cristo. Dos ejemplos que vienen rápidamente a la memoria son Mateo, el cobrador de impuestos y luego Zaqueo, también publicano, ladrón de esas personas que todo el mundo conoce en el pueblo y las detesta y las desprecia y las odia con entrañas. Zaqueo, Mateo, María Magdalena. Jesús es el especialista en los casos difíciles o qué digo yo, difíciles, Jesús es el especialista en casos imposibles. La especialidad de Jesús se llama casos imposibles. Aquellas personas por las que nadie da nada, aquellas personas que parecen completamente perdidas, aquellas sobre las cuales no hay otro pronóstico sino desastre y ruina. Y luego el Resucitado sigue haciendo de las suyas. Por lo menos eso aprendemos si seguimos el testimonio del Nuevo Testamento, porque está el caso también completamente perdido de San Pablo. San Pablo no sólo detestaba a Cristo, no sólo odiaba a los cristianos, sino que había tomado como meta de su vida exterminar ese cáncer. Lo que él consideraba como una enfermedad perniciosa del judaísmo. Y a este hombre enconado en su odio, bien encarcelado en su arrogancia, perfectamente defendido por sus razones. A este hombre le llegó también su hora y fue convertido maravillosamente. Primera enseñanza del día de hoy, mis amados hermanos en Tinaquillo, Jesús es el especialista de los casos imposibles. Para Jesús, no hay casos imposibles, eso no existe. Hay maravillosas, hermosas conversiones que suceden todos los días. Y si uno revisa la lista de los santos de nuestra Iglesia Católica, no es difícil encontrar muchos más ejemplos de casos que estaban completamente perdidos, pero que fueron completamente recuperados. El objetivo de la Pascua, hermanos míos, es que nosotros podamos decir: Yo era un caso perdido, pero soy un caso encontrado. Yo era un caso imposible, pero Dios hizo posible mi vida en Cristo Jesús. Esta era María Magdalena convertida por el poder de la Palabra de Cristo, cautivada por la pureza del amor de Cristo que la amó sin utilizarla. Esa es la grandeza de Cristo. Y de esto tenemos que aprender todos, pero especialmente los varones. Amar verdaderamente, amar a la mujer es saber amarla sin utilizarla. Eso fue lo que la Magdalena encontró en Jesucristo. Y como el demonio quedó resentido porque el demonio es vengativo. Como el demonio quedó resentido de que se le escapara esta presa que ya consideraba suya y ya la tenía lista para el infierno. Como el demonio quedó resentido por esa pérdida, entonces a lo largo de los siglos, desde esta época, desde el siglo primero hasta nuestro tiempo, el demonio se ha encargado de arrojar basura, estiércol y mentira sobre la santidad de María Magdalena e incluso sobre la santidad de Jesucristo. Como el demonio ha quedado resentido porque se le escapó esta presa, entonces quiere que nuestra mente piense mal de Cristo y de la Magdalena. Es la manera como el demonio intenta vengarse. Pero nosotros no le daremos ese gusto. Y saben quién sí le dio ese gusto, un hombre por el que hay que orar. Se llama Dan Brown, escribió una obra perversa, blasfema y se hizo millonario con ella. Esa obra se llama El Código de Da Vinci. Ese hombre le prestó sus manos y su boca a Satanás para ofender la pureza de Jesucristo y para ofender la santidad de María Magdalena. Ese hombre sirvió de instrumento del demonio para envenenar las mentes de muchos católicos. Utilizando el demonio esa boca para desquite. Porque al demonio le dolió perder esa víctima que ya la tenía lista. Cada vez que vuelvas a oír un solo insulto, una sola blasfemia más, sobre la pureza inmaculada y virginal de Jesucristo, o sobre cualquier relación de Cristo con esta Santa mujer, santa porque fue conquistada por la gracia divina. Cuando vuelvas a oír eso, acuérdate de esta predicación y acuérdate que tú no puedes ser instrumento del demonio, como lamentablemente lo fue Dan Brown en esa obra. Esto no significa que Dan Brown se vaya a condenar. Yo pienso que nosotros tenemos que orar por él, así como hay que orar por mí y por todos. Todos tenemos que orar por todos. Pero en esa obra específica que se vendió por millones y que llegó a los cines. En esa obra específica, en esa tarea específica, Dan Brown sirvió únicamente de instrumento triste y esclavo y servil del demonio. Esta es María Magdalena, la que fue arrancada del poder de Satanás. Esta es María Magdalena, la que conoció la luz después de haber estado en las peores cavernas. Esta es María Magdalena, la que pudo reconocer con lágrimas en sus ojos. Entonces, si podía amarme alguien, a alguien. Porque esa es la gran necesidad del corazón humano y sobre todo del corazón femenino. ¿Hay amor para mí? O solo me van a usar todos. ¿Hay amor para mí? ¿Hay alguien que me ame? ¿Hay alguien que me respete? ¿Hay alguien que me considere persona? O soy solo un juguete. ¿Qué soy yo? María Magdalena encontró en Cristo y en la comunidad de los discípulos de Cristo la posibilidad antes imposible, antes inaudita. Encontró la posibilidad de ser amada, tenida en cuenta como mujer, valorada, restaurada, levantada, embellecida. No tiene nada de extraño que esta mujer únicamente sintiera su corazón lleno de gratitud hacia Jesús. No tiene nada de extraño que el centro de la vida de ella fuera precisamente nuestro Divino Salvador, y en eso ella nos da también completo ejemplo, aquel que medite juiciosamente sobre lo que Cristo ha hecho por la humanidad, aquel que piense en serio, cómo nos ha amado Cristo? Sólo puede llegar a una conclusión, una sola, y esa conclusión es, Cristo será el centro de mi vida. Punto se acabó. No hay otra conclusión posible. Si tú piensas en serio, quién es Jesús, si tú piensas en serio lo que ha hecho Jesús, si tú piensas en serio lo que ha padecido Jesús, si tú piensas en serio el reino de gloria y de luz al que te ha trasladado. No hay otra posibilidad sino repetir con San Pablo: Para mí, para mí, la vida es Cristo. No hay otra posibilidad, no hay otro centro posible. Y si para algo tiene que servirnos la Pascua, amados hermanos en Tinaquillo, si para algo tiene que servir la Pascua, es para que nosotros sepamos en dónde está el centro, en dónde está el centro de mi vida, la columna central de mi vida, la piedra angular, el cimiento de mi existencia. De hoy en adelante es y no puede ser otro Jesús, Jesús, Jesús no puede ser otro Jesús y punto. Eso fue lo que sucedió en María Magdalena. Pero está la tragedia de la muerte, de la crucifixión, arriesgando su propia vida, arriesgando ser golpeada, agredida o humillada. Ella se mantuvo cerca, cerca de Jesús, en el momento de la crucifixión. Cualquier abuso de autoridad de los soldados romanos hubiera significado una humillación, un golpe, una herida o cualquier otra cosa para esta mujer. Pero ella, como realmente solo tenía a Cristo en el centro de su vida, estuvo allí al pie de la cruz. Contempló con ojos dolidos pero llenos de amor, como se insultaba, cómo se agredía, cómo se torturaba al Hijo de Dios. Ella vio todo eso, lo vio, lo contempló y vio cómo Jesús murió y descubrió en ese amor el acto supremo, en esa muerte, el acto supremo de amor. Pero su corazón quedó partido completamente, porque el centro de su existencia era Jesús. Y ahora Jesús se había muerto. Y por eso entendemos la manera como empieza el Evangelio de hoy. María Magdalena, ese domingo, el día de la Resurrección, María Magdalena había ido al sepulcro. El sepulcro era la manera de estar más cerca de ese que había muerto y al morir se había llevado lo mejor del corazón de esta niña. Está que había vuelto a ser niña por la mirada virginal de Cristo está que había encontrado su dignidad de mujer en el palpitar del único corazón puro que la había tratado. Está cautivada por esa gracia. ¿Dónde podía ir? Se fue allá, al sepulcro. Y se da cuenta entonces que la losa del sepulcro está removida y que el último jirón de su esperanza, el último jirón de su consuelo, el cuerpo de Cristo ha desaparecido. Queda como ebria de tristeza, no puede pensar, está agobiada. Miremosla con amor, miremosla con compasión. Entendamos lo que le está sucediendo. Lo ha perdido todo, hermanos. ¿Cómo se podía sentir ella? Y así, borracha de dolor, no es capaz ni siquiera de encontrar consuelo en ese par de visitantes celestiales, ángeles hermosos que están ahí introduciendo la buena noticia. Ella está tan agobiada de dolor que ni siquiera puede recibir ese consuelo. Pero si es verdad que tenemos muchas cosas que aprender de la Magdalena, hay una en la que no debemos imitarla. Observemos que ella se dejó llevar hasta tal punto por su dolor que ni siquiera pudo reconocer a Jesús. Hay una frase famosa del poeta hindú Rabindranath Tagore que dice: Si lloras demasiado porque es de noche, ni siquiera podrás ver las estrellas. Y tiene razón el poeta. En medio de la noche más oscura, Dios siempre deja algunas luces, y esas luces son el preludio de la luz grande, la que habrá de llegar. A veces nos emborrachamos tanto. A veces nos dejamos llevar tanto por ese dolor. El dolor de una pérdida, de un fracaso que como enloquecidos nos volvemos incapaces de ver. Y esa también es estrategia del enemigo, aturdirnos por los dolores para que no veamos el amor, para que no encontremos la alegría, para que estén tan llenos de lágrimas nuestros ojos, que nuestra noche sea sin estrellas. Así estaba la Magdalena y se le aparece el mismo Jesús y le pregunta ¿Mujer, por qué estás llorando? La pregunta no solo es misericordia, esta pregunta ya es evangelio, ya es buena noticia. ¿Por qué estás llorando si ya no hay motivo de llorar? Aunque quizás sí, pero solo de alegría. ¿Por qué estás llorando? Es ya el Evangelio y es el Evangelio recibido de los labios del Resucitado. Pero ella estaba tan ebria de dolor que ni siquiera reconoce a Cristo, el Resucitado, siempre compasivo. Entonces la llama directamente por su nombre, como abriendo un espacio en la espesa cortina del dolor que ella padece, la llama por su nombre. El libro del Apocalipsis dice que cada uno de nosotros tiene un nombre ante Dios y que Dios nos va a dar un nuevo nombre para despertarnos a la eternidad. Dios nos dará como un nuevo nombre. Y el nombre en la Biblia siempre significa una relación nueva, particular, única. Así como Dios le cambió el nombre a Abram y lo llamó a Abraham, así como Dios le cambió el nombre a Jacob y lo llamó Israel. Dios, cuando cambia el nombre, da una misión, introduce en una relación nueva. Dios quiere establecer contigo una relación nueva y lo único que yo le pido a Cristo en esta Santa Misa es que cada uno de nosotros se sienta llamado por su nombre. Que tú puedas sentir tu nombre como música en los labios de Cristo. ¿Cómo será esto? ¿Cómo será escuchar que Cristo me llama? La carta a los Hebreos dice Dios es el que llama a lo que no existe y al llamarlo lo hace existir. Cómo es poderosa la Palabra de Dios con un solo llamado, con solo pronunciar tu nombre, Dios te trajo a la existencia. Si ahora que ya existe Dios pronuncia tu nombre, te llamará a la eternidad, te llamará a estar para siempre con él. Jesús llama a María y la llama por su nombre y establece una nueva relación. Y basta que le diga ese nombre para que en ese nombre quede comprendido todo el Evangelio, toda la alegría, toda la buena noticia. Simplemente le dijo María, y ella en ese instante, y solo en ese instante, puede reconocer a Jesús. Y le llama a mi Maestro Rabbuní, mi Maestro. ¿Cómo será ese gozo? Pasar de la completa desolación a la completa consolación. Antes no se murió, antes no se murió esta mujer, en ese momento. Ella llena de gozo, se lanza a abrazar los pies de Cristo y Cristo le dice: Déjame, tengo que subir al Padre. Y añade estas palabras que para mí son tal vez lo más tierno que dice Jesús en el Evangelio: Subo a mi Padre que es vuestro padre. El padre de ustedes ya no es solo mío. Subo a mi Dios, que ya no es solo mi Dios, sino que es Dios de ustedes. ¿Y sabes por qué, me parece muy tierno? Por dos razones. Primera, porque ese es el resumen de lo que vino a hacer Cristo a esta tierra. A ver, Catecismo de Primera Comunión ¿A qué vino Cristo a esta tierra? Respuesta, a que nosotros pudiéramos tener como papá al mismo Papá que él tiene y que nosotros pudiéramos tener como Dios, al mismo Dios que él tiene. ¿Para qué vino Cristo a esta tierra? Para que yo pudiera decir Dios es mi papá. Para eso vino Cristo, para que todo lo que tiene Cristo como Hijo eterno del Padre en el seno de la Trinidad, yo lo pudiera tener gracias a Cristo en Cristo y a través de Cristo. Para eso vino Cristo a la tierra. San Pablo describe esta relación maravillosa que es como para volverse uno loco de alegría. San Pablo describe esta relación diciendo: Ahora nosotros somos coherederos. Estamos heredando lo mismo que Cristo. Tenemos los mismos derechos de Cristo. Podemos llamar Padre con el mismo amor al Padre celestial, como Cristo lo llamó. Eso fue lo que hizo Cristo por nosotros. Siendo el unigénito, es decir, el único nacido del Padre, quiso renunciar a ser unigénito, sino que aceptó la voluntad salvadora del Padre en favor nuestro, para convertirse de unigénito en primogénito. Él lo tenía todo, él no ganaba nada, pero quiso que nosotros ganáramos y por eso renunció a ser el unigénito, para convertirse en el primogénito, para que nosotros pudiéramos tener los mismos derechos. Y esto es lo que le dice Jesús a la Magdalena. Y en eso sintetiza el Evangelio entero. Yo ahora me voy a mi papá, que es el papá de ustedes, y me voy a mi Dios, que es el Dios de ustedes. Hermanos, pidamos para nuestros corazones un amor que pueda responder a este amor. A ustedes no les parece que es una gran incoherencia que Jesús nos esté regalando este diluvio de amor y nosotros le respondamos con esa tibieza que solemos hacerlo. Y tal vez no debería hablar yo así de ustedes, a quienes no conozco y que seguramente van muy adelante en el camino del amor de Dios, mientras yo me he quedado atrás. Pero pensemos en el mundo, en la realidad del mundo en general. No es un pesar muy grande que todo este diluvio, que esta inundación de amor que es la Pascua de Cristo, casi no la conozca nadie. Por eso estamos empezando estos días de misión aquí en Pascua, en nuestro amado Tinaquillo, para que ustedes, hermanos, lo mismo que María Magdalena, sean instrumentos, porque Jesús no solo le dio alegría a ella, sino que le dio una misión. ¿Cómo termina el texto? Dice así: Déjame, ya subo al Padre, ve a decir a mis hermanos. Que si uno fuera santo aquí debía romper a llorar. ¿Cómo es esto que Jesús me dice? ¿Cómo es esto que Jesús me declara su hermano? Ahí hay una misión para la Magdalena y ahí hay una misión para ti. Ahora yo te digo, aunque no merezco decirlo, pero me voy a tomar las palabras de Cristo, y yo te digo a ti. Ve a decirles, ve a decirles a mis hermanos por todas estas calles y por todos estos campos, ve a decirles que estamos en misión. Ve a decirles que hay que venir a la predicación. Ve a decirles que hay un diluvio, una inundación de amor que se llama la Pascua de Cristo. Ve a decirles que la Iglesia de Nuestra Señora del Socorro en Tinaquillo todavía tiene mucho espacio. Ve a decirles que hay que llenar esta iglesia. Ve a decirles que hay que llenar todo recinto, toda boca y todo corazón con la Buena Noticia. Ve a decirles que a este amor hay que responder con amor. Que uno no puede ser corto cuando Dios ha sido tan generoso, tan largo en su piedad y en su ternura. Y ese es el encargo que nos queda mañana con el favor de Dios. A ver, ustedes me corrigen si es mañana que tenemos Eucaristía aquí. Mañana tenemos otra Eucaristía continuando nuestra misión aquí. Cuenten a la gente, hay que venir, hay que oír el mensaje, hay que recibir a Jesucristo. Cristo tiene que estar en el centro y hay que utilizar también las palabras de San Pablo. Si en algún momento nuestros miembros, nuestras cosas, nuestro dinero, por ejemplo, la plata que la gente le dio a Dan Brown por ese libro blasfemo. Si nuestro dinero, si nuestra plata, si nuestro cuerpo sirvió de instrumento para el pecado. Ahora tiene que servir de instrumento para la justicia de Dios y la justicia de Dios de acuerdo con la justicia de Dios. Nosotros somos justificados, somos salvados en la sangre de Cristo. Dicho de una manera más sencilla, si la boca te ha servido para pecar, ahora utiliza tu boca para contarle a la gente que hay uno que vence al pecado. Si tu cuerpo te ha servido para pecar, pon a trabajar esas piernas, a recorrer las calles, a contarle a la gente que hay uno que es capaz de vencer el pecado. Ese es el encargo en el que quedamos. Esa es la alegría que nos da este Evangelio. Y aquí quiero verlos con el favor de Dios mañana y en las demás actividades de esta misión. Al salir de la Iglesia, ustedes verán que hay un afiche, que da noticia de las actividades en particular el día sábado, a partir de las ocho de la mañana tenemos un encuentro masivo. Queremos no solamente contarle a la gente y cantarle a Dios. Queremos que se sacuda con el poder del Resucitado esta hermosa población, porque hay demasiadas bendiciones que están aguardándolos a ustedes, mis hermanos. Jesús les ama intensamente. El día sábado, a partir de las ocho de la mañana, en el Gimnasio Federico Sánchez, allá queremos encontrarnos, pero todos estos días estamos en misión, estamos conociendo a Jesús, estamos amando a Jesús. Queremos como la Magdalena, pasar de las lágrimas de tristeza y de desolación a las lágrimas, de gozo y de consuelo. Amén.

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