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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Las celebraciones de la Pascua y de Pentecostés van unidas.
Homilía poc2004a, predicada en 20010417, con 23 min. y 13 seg. 
Transcripción:
La primera lectura durante estos días está tomada de los Hechos de los Apóstoles. Eso parece normal, porque después de los Evangelios en la Biblia, lo que encontramos son los Hechos de los Apóstoles. Además, es también normal porque después de la predicación y el ministerio de Jesús es el ministerio de los apóstoles el que hace presente el Evangelio de Cristo en todas partes. Litúrgicamente, sin embargo, hay algo más que podemos decir. Obsérvese que ayer, primer día de la octava de Pascua, la lectura empieza diciendo: El día de Pentecostés. Y resulta que el día de Pentecostés es el día con el que va a concluir el tiempo pascual. Es decir, acabamos de entrar en el tiempo pascual y ya la liturgia dirige nuestros ojos hacia la culminación del tiempo pascual. Porque hay que saber unir la Pascua de Cristo y Pentecostés, y la liturgia quiere ayudarnos a eso. Sin Pentecostés, la Pascua de Cristo es una cosa muy rara, casi mágica, que le pasó a un señor que había sufrido mucho. Pero todo queda afuera de nosotros. Es Pentecostés, es la obra del Espíritu la que introduce en nosotros la Pascua. Porque para que entre la Pascua es necesario que se rompa el alma. Hay que abrirle una brecha al corazón humano, corazón que es experto en amurallarse. Hay que abrirle una grieta al corazón humano y eso es lo que se logra con la potencia de Pentecostés. Efectivamente, es lo que hemos oído en la primera lectura de hoy. Predicó Pedro y comenta Lucas: estas palabras les traspasaron el corazón, esas palabras de Pedro que estaban ungidas, esas palabras de Pedro rebosantes de Espíritu Santo, tienen la potencia para abrir la brecha. Y cuando se abre esa brecha, cuando se agrieta por fin el alma. Entonces puede entrar la Pascua de Cristo. Sin Pentecostés, la Pascua de Cristo se queda afuera, sin el poder del Espíritu Santo la Pascua de Cristo es una noticia afuera de nosotros y allá muy poco va a ser. Queda reducida casi, casi al tamaño de una fábula. Pero eso es un pagano, aquel rey tal vez sería Festo o Félix, hacia el final del mismo libro de los Hechos de los Apóstoles, aquel rey que escucha a Pablo y que no entiende nada cuando tiene que resumir lo que dijo Pablo dijo: Es un problema sobre un Señor llamado Cristo que murió y que Pablo dice que que está vivo. Como que ese es el problema, pero él no entiende por qué ese es un problema. Él no entiende qué puede producir eso para él, esa es una fábula. Como que alguien dijera que los elefantes empezaron a volar. Si un señor que dice cosas raras, cosas increíbles, ahí queda la Pascua. Por eso la Pascua es Pascua con Pentecostés. Pero atención en el otro extremo del tiempo pascual, o sea, en Pentecostés. Hay que recordar la Pascua, hay que recordar la cruz, la sangre, las llagas, la muerte. Porque sin la Pascua de Cristo, entonces Pentecostés también se convierte en magia, se convierte en un acontecimiento sensacional en el cual unas personas de aquella época o unas personas de esta época, de repente se sienten conmocionadas, se sienten ebrias, se sienten en un estado distinto de conciencia, como se diría en la literatura esotérica de hoy. Gente que entró en un nivel nuevo de conciencia. Pregúntele a un brujo o bruja, mentalista o cualquiera de esas yerbas. Pregúntele ¿Qué es Pentecostés? Si usted lee Hechos de los Apóstoles, Capítulo Dos Usted, Señor mentalista, astrólogo esotérico, díganos ¿Para usted qué es esto? Y la persona va a decir de una manera muy seria. Se trata de la entrada a un nivel nuevo de conciencia. Es un nivel más alto de conciencia por el cual esas personas experimentan y toda la demás carreta que se quiera decir sobre el asunto. Entonces el arte está. El arte está en unir Pentecostés y la Pascua. La Pascua de Cristo la celebro, pero mirando Pentecostés, la celebró mirando la efusión del Espíritu, rogando la efusión del Espíritu para que esa Pascua acontezca en mí. Y luego, después de que haya caminado, caminado, caminando y llegue a Pentecostés, celebró la efusión del Espíritu, pero mirando a Cristo. Porque ese Espíritu Santo que viene sobre mí, no es una fuerza anónima, no es un poder que simplemente me sacude, es un poder que me transfigura, es un poder que me consagra según el modelo que está en el Señor Jesucristo. Por eso dice San Pablo que nosotros estamos destinados a reproducir en nosotros la imagen de Cristo. El Espíritu Santo no viene en nosotros solamente a producir cosas extraordinarias, medio mágicas. Un poco lo que creía la comunidad de los Corintios y así miraban los carismas, no viene a producir en mí simplemente cosas raras, extrañas, niveles raros de conciencia. El Espíritu Santo viene fundamentalmente a reproducir en mí, la imagen de Jesucristo, y yo nunca conocí tanto a Cristo como en el misterio de su cruz. Porque ahí desnudo y no solo de ropas, Cristo muestra todo lo que él es. De modo que este criterio hay que conservarlo. No separemos esas dos grandes fiestas. Esto explica, entre otras cosas, por qué después de la gran fiesta de Pentecostés se puede volver al tiempo ordinario. Porque es que las lecturas que nos explican Pentecostés no vienen después de Pentecostés, sino son estas. El padre Boismard, el dominico de la Escuela Bíblica de Jerusalén, alguna vez hubo de predicar en el día de Pascua. Esta anécdota me la cuenta el padre Correa, que estuvo presente. Y entonces, domingo de Pascua reunió a la comunidad y seguramente algunos fieles. Y empieza el padre Boismard con estas palabras. Nos hemos reunido para celebrar al Espíritu Santo. Claro que sí, está muy bien dicho. Estamos celebrando al Espíritu Santo, eso es así. Todo el tiempo, Pascual, es la homilía para entender cuando llegue Pentecostés. Y si la gente no vive el tiempo pascual. Cuando llega Pentecostés, hacen cualquier bobada, cualquier tontería. Porque resulta que la fiesta de Pentecostés se ha ido popularizando, gracias a Dios, eso en sí mismo es bueno. Cuando yo era niño, hace ya unos cuantos años, yo era niño. Pentecostés pasaba casi desapercibido. Ahora no, ahora se hacen pentecosteses. En muchos lugares, se celebran en los colegios, en las universidades se hacen vigilias, algunas de ellas con mucho fervor, otras con nada de contenido. El contenido de Pentecostés nos lo da la cincuentena pascual. Por eso, así como no se entiende la Pascua rectamente, no se entiende la Pascua sin la Cuaresma. Porque entonces uno lo único que se queda mirando es: Pero pobre tipo, cómo lo torturan y no ve uno el pecado que uno tiene. Así como no se puede celebrar la Pascua sin la Cuaresma, no se puede celebrar Pentecostés sin el tiempo pascual. Ese orden de celebración de los misterios es fundamental. Con esto en mente, podemos entrar a la homilía de hoy. Notemos, notemos lo que dice el apóstol Pedro. Todo Israel esté cierto de que el mismo Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías. Quedémonos un momento en esas palabras que para nosotros, como familia de predicadores, son fundamentales, porque esas palabras tuvieron un efecto, un efecto hermosísimo. Lograron que muchísimas personas, que miles de personas se convirtieran. ¿Cómo sucedió la conversión? Estas palabras les traspasaron el corazón. Eso fue lo que sucedió. Y aquí hay una explicación muy bonita que aprendí, que comparto y es esta: Sabemos que cuando Cristo estaba muriendo en el terrible suplicio de la cruz, todos los esfuerzos de Satanás tenían una única meta, y era separar a Cristo de la obediencia al Padre, ese era todo su propósito, pero su propósito era ese. Lo más venenoso que tuvo la pasión de Cristo no fueron los azotes ni fueron las espinas. La herida más salvaje que recibió el alma de Cristo, hasta donde yo he podido ver, está en una frase que le dijeron unos de los allí presentes; bájate y creemos, eso es lo más espantoso y lo más hiriente que le han podido decir a Cristo. Porque toda la vida de Cristo fue precisamente para que la gente creyera, para que tuvieran fe. Y ahora se le dice todo lo que usted ha querido, todo lo que usted ha deseado, se lo vamos a dar con una sola condición. Dele la espalda a la voluntad del Padre. Por eso Lucas, cuando nos presentaba el texto de las tentaciones, decía que el demonio se había retirado esperando la ocasión propicia. Y los padres de la Iglesia, al comentar ese texto, dicen: Y la ocasión propicia era la de la cruz. Es decir, el demonio se retira cuando el episodio de las tentaciones se retira malhumorado, pero sabiendo o por lo menos deseando que llegue un momento en el que pueda dar un nuevo zarpazo. Y ese nuevo y salvaje zarpazo es el de la cruz. Se trata de separar a Cristo de la voluntad del Padre. Se trata de que Cristo, abandonando su inocencia, abandonando su amor universal, su amor de redención para todos, se baje de la cruz. Cristo no hizo esto. Cristo no se bajó de la cruz a pesar de la herida tan terrible, Cristo no se dejó ganar por el odio. Cristo permaneció fiel en el amor, permaneció fiel amando al Padre y fiel amándonos a nosotros. Por eso no cabe la palabra venganza, porque la venganza nace siempre del odio y por eso Cristo, cuando se aparece a los apóstoles, la palabra que les dice no es una palabra de venganza, sino una palabra de gracia, una palabra de paz. Como hemos comentado en otras ocasiones, el que fue sacado de esta tierra con tanto odio, vuelve glorioso a ella, no con odio, sino con una palabra de paz y de amor. Sin embargo, aquí es donde viene la parte de pronto un poco nueva. Hay una especie de desquite, no de venganza, sino de desquite de Cristo, de lo cual han conocido los santos. Y entre ellos recuerdo yo a Santa Rosa de Lima. Cristo resucitado no vuelve para vengarse de nadie, pero Cristo sí se desquita de alguna manera. Si nosotros miramos lo que hace la obra de la predicación y lo que hace la obra del Espíritu Santo, y esas dos obras nacen de la Pascua del Señor. Si nosotros miramos esas dos obras, esas dos palabras, esas dos obras, digo; La Palabra y el poder del Espíritu reproducen en nosotros de un modo nuevo lo mismo que le sucedió a Cristo. En ese sentido, Cristo tiene un desquite de amor. Es lo que se ve. Lo que ya empieza a verse en la predicación de Pedro. Estas palabras les traspasaron el corazón. Algo así como que el corazón de Cristo fue traspasado por nuestro odio. Entonces ahora Cristo nos traspasa el corazón, pero no por odio, que no lo tiene, sino por amor. Cristo se desquita. Tu me atravesaste, ahora yo te atravieso, tú me atravesaste desde tu pecado, yo te atravieso desde mi gracia, desde lo que yo tengo para darte. Si tú me heriste con lo que tú tenías para darme, Yo te quiero, Cristo que hiere. Ese tema es muy interesante en los escritos de Santa Rosa de Lima Cristo que hiere, pero que hiere a su manera. Cristo que hiere con amor. Lo mismo podemos decir en el caso de los estigmas de San Francisco de Asís o de Catalina de Siena. Ahí está la misma situación. Los estigmas visibles o invisibles son una participación, son una reproducción de lo que le sucedió a Cristo, pero no desde las motivaciones tenebrosas que el pecado creó en nosotros, sino desde las motivaciones celestiales, que la gracia sobreabundante del Corazón de Cristo en su Pascua nos trae. Y de aquí surge un pensamiento que ha atraído a las almas místicas y santas de todos los tiempos, y que está muy bien expresada en aquella frase famosa de San Luis Bertrán: Quema señor, corta, quema, aquí no perdones. Es decir, no en el sentido de que no le perdonará los pecados, sino que usted corte que me sintiera dado aquí para que en la eternidad, para que en el cielo no tenga que cortar ni quemar. Pero antes que hacerle un negocio a Cristo, esas palabras surgen de un amor increíble de Luis Beltrán, un amor descomunal por el cual él quiere participar de la Pascua de Cristo. Esto en realidad no es ninguna novedad, porque ya están los escritos de San Pablo. Ojalá tenga yo una participación, dice él, de los sufrimientos. Es que yo quiero participar en los sufrimientos de Cristo y quiero experimentar lo que vivió Cristo y el poder de su resurrección. De manera que Cristo, con su Palabra y con su Espíritu, se desquita de todo lo que le hicimos en la Pasión. Y eso lo saben los santos. Saben que sufrir por Cristo. Como dice uno de los himnos de de estos días será divino acuerdo. Sufrir por Cristo, padecer por Cristo es la mejor manera de vivir la Pascua. Llegar al sufrimiento por Cristo. Y por eso otra dominica, Santa Catalina de Siena, cuando realmente sentía que el amor la llenaba, entonces descontrolaba a los psicólogos que la estaban tratando. Porque decía: Es que yo quiero sufrir, dame sufrimiento, que si es masoquismo, que si es no Señor, no es nada de eso. Es el desquite de Cristo que reproduce en sus amigos, en sus entrañables amigos, reproduce los misterios de su pasión. De manera que Cristo, según decía Santa Teresa de Jesús, no se desquita con los enemigos, sino con los amigos. El que quiera ser amigo de Cristo tiene que saber que Cristo se desquita es con los amigos y se desquita engendrando en sus amigos un amor tan grande y tan semejante a lo que él vivió, que sus amigos dicen: Si me dejara desposeído de lo que él sufrió, no estaría yo verdaderamente abrazado a él. Porque qué tal que me dijera, mirando, por ejemplo, esta imagen tan elocuente de Cristo crucificado, yo quiero abrazarlo, pero que no me unte. No, si lo abrazo, me unta, si abrazó a mí, Jesús me unta. No puedo abrazarlo sin que me unte. Si lo abrazó, cómo voy a quedar ensangrentado como él. Entonces los verdaderos amigos de Cristo son el lugar del desquite de Cristo. En quienes mejor se ve esto, desde luego, es en los mártires, los cuales, iluminados por el Espíritu Santo, entendían que estaban haciendo el negociazo de la vida. Ahora sí voy a ser verdadero discípulo, ahora sí puedo decir que he abrazado a Cristo. Eso de que uno se muera y toda la ropa limpia y todo, no, no le pasó nada, no pasó del sueño a la muerte. Claro que en realidad solo Dios sabe lo que ha vivido cada persona y cómo ha sufrido. Eso solamente, solamente lo sabe Dios. Dios sabe verdaderamente qué hay, porque no se trata de quedarnos solo en el aspecto exterior, pero en general se puede decir que si una persona está con Cristo, vive con Cristo, sufre con Cristo, muere con Cristo, lo normal es que termine como terminó Cristo. No puedo estar cerca de él sin que me salpiquen sus lágrimas, su sangre y su sudor. No puedo estar cerca de él sin acabar ensangrentado. No puedo estar cerca de él, no puedo abrazarlo sin que el palpitar de su corazón le dé ritmo a mi propio corazón. Entonces ese es el desquite de Cristo. Por eso, si de pronto hay por aquí almas generosas que las puede haber, por qué no puede haber almas generosas. Si hay por aquí almas generosas, sepan que en la Pascua, en la Pascua, esas almas de intensa generosidad sienten un deseo irreprimible de reproducir la Pascua en sí mismas. Si soy de los tuyos, si me es concedido, Jesús verdaderamente acercarme a ti, si de veras me vas a permitir estar contigo, entonces tu sangre tiene que salpicarme, entonces tu vida tiene que ser mi vida, y tu muerte tiene que ser mi muerte. Y yo tengo que tener experiencia de lo que tú eres y tengo que tener experiencia de lo que tú fuiste. Por eso, en este día y ante esta lectura, tenemos que reevaluar nuestra manera de vivir la Pascua. El gozo más grande será que esto acontezca en nosotros, que no es otra cosa sino llevar una vida bautizada. Esa es una vida bautizada. Por el bautismo hemos muerto con Cristo para resucitar también con él. ¿Qué tenemos que hacer? Dijeron aquellos cuando ya se sintieron traspasados, lo primero es bautícense. Y efectivamente, se bautizaron. Segundo, ¿Qué más tenemos que hacer? Eso fue lo que no preguntaron ahí. Pero los hechos de los apóstoles lo responden; Lleven ese bautismo hasta sus últimas consecuencias. Ese es un cristiano. Llevó el bautismo hasta sus últimas consecuencias.

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