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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo, con su amor, dignifica a la mujer.
Homilía poc2002a, predicada en 19970401, con 10 min. y 7 seg. 
Transcripción:
Esta historia comienza con una mujer que andaba buscando, sentido a su vida y andaba buscando amor y compañía y andaba buscando amistad, fecundidad, belleza. Pero si una mujer sale buscando amigos, lo más probable es que encuentre amantes. Si sale pidiendo ternura, lo más probable es que le ofrezcan sexo. Si quiere un poco de cariño, lo más probable es que encuentre propuestas indecentes. Y en cualquier caso, será utilizada. Esa es la historia de esta mujer de la que les hablo. Ella se convenció de que necesitaba amor para sentirse mujer. Y creía que había encontrado ese amor en un hombre, en un novio. Un día, el novio la dejó, la dejó por otra y la vida se le fue al piso. En medio de esa crisis de absoluto vacío. Aceptó el consejo de alguien que le dijo: Mira, por qué no vas a un grupo de oración, por qué no hablas con Dios. Y ella fue a un grupo de oración católico aquí en Bogotá. Y aunque se sentía rara con todas esas oraciones, un poco de consuelo tuvo su alma. Esa noche, en ese grupo de oración, inició Dios la tarea de la reconstrucción de la vida de esta mujer que estaba deshecha afectivamente, sexualmente, psicológicamente, laboralmente, había perdido la capacidad de quererse. Podía ser tal vez algún negocio con ella misma, pero amarse ya no podía. Pasan los años y al cabo del tiempo tengo ocasión de escuchar a esta misma mujer. Y mire la homilía que hace esta mujer del Evangelio que acabamos de escuchar. Yo voy a tratar de repetir sus palabras. Ella dice, lo primero que hizo Cristo fue llamar mujer. Para ser reconstruida, la mujer necesita que se pronuncie ese nombre, necesita que sea Dios quien le diga mujer, porque probablemente Dios va a ser el único que le diga mujer sin utilizarla, sin comprarla, sin negociar con ella. Y yo no estoy hablando de una mujer prostituida. Es una mujer muy elegante y trabaja en una oficina muy elegante, pero también a ella se le miró con ojos de precio. Es lo que el precio era otro. El precio era, qué quieres que te ponga atención, si quieres que te dé cariño, si quieres ser importante para mí, ya sabes qué tienes que hacer. Y por eso, cuando esta dama se sintió tratada mujer. Mujer, en una boca que no engaña, en unos ojos que no desean, en unas manos que no ensucian, en un corazón que no prostituye. Cuando es Cristo el que dice la palabra mujer. Entonces la mujer siente que, recupera de su propio ser y siente que puede mirar de otro modo su propia historia. Pero no basta eso. La amiga de esta historia me decía: Ya es gran cosa sentirte llamada mujer sin sentirte utilizada. Ya es gran cosa sentirse amada sin sentirse deseada. Eso es muy grande. Porque eso casi es imposible en esta sociedad, especialmente si se espera ese amor sin deseo de parte de un hombre. Pero me decía: Falta el otro paso que fue el que dio Cristo aquí con María, la de Magdala, después de haberla llamado mujer, ya ella se siente distinto, pero todavía no sana su dolor. Es necesario que se sienta conocida, reconocida en su singularidad en su particularidad. Jesús la llama por su nombre propio María, María. Así como seguramente tendría que llamar a muchas otras mujeres, Rosa, Claudia, Sandra. Carmen, Antonia la llama por su nombre. Y cuando ella se siente llamada por su nombre, entonces también reconoce al Resucitado y ella misma participa de alguna forma de la resurrección. Son como dos casos de amar la mujer, amarla sin desearla y luego llamarla María, amar esa particularidad, esa historia. Y luego enviarla. Bien decía algún padre de la Iglesia que está María de Magdala, está María Magdalena, era la Apóstol de los Apóstoles, porque fue ella la que primero llevó la noticia del Evangelio. La noticia del Evangelio y de esta maravilla, la noticia del Evangelio estuvo en primer lugar en el corazón de una vida destruida, prostituida. Y los primeros labios que sonrieron de gozo por la resurrección fueron los labios de una pecadora. Los primeros hombres que reconocieron al Señor resucitado fueron ojos que no habían visto sino tristezas para desear o concupiscencias para llorar. Qué maravilla que estos ojos, por una vez, puedan llorar, no de desprecio, ni de rabia, ni de humillación, sino de alegría. ¿A quién confía Cristo la noticia de la resurrección? A una mujer de esas características. Y ella es la apóstol de los Apóstoles. Hasta aquí las reflexiones que se hacía esta mujer que se siente reconstruida por Jesucristo. De pronto los caballeros que están en esta iglesia dirán Bueno, y se dedicó a hablar de la mujer y hablar a las mujeres. Pues no exactamente, señores, no exactamente. Mucho tenemos que aprender los hombres cuando se habla así de la mujer. Yo creo que si los ojos de María Magdalena recibieron bendición de los ojos de Cristo, también nuestros ojos de hombres, nuestros ojos masculinos, tienen que ser sanados por la mirada de Cristo para aprender a amar de otra manera. Y esa es también una aplicación de este evangelio, esta vez a nuestra condición de varones, de hombres. Pero no es esa la única aplicación. Leyendo a los grandes místicos, estoy pensando en San Juan de la Cruz, por ejemplo, o en el beato Enrique Susón. Leyendo los grandes místicos. Yo creo que uno puede decir sin ambigüedades y sin que se le entienda mal, que el fondo de todo corazón humano es como femenino ante Dios. Nosotros, los hombres, a veces alegamos de nuestra matera y casi siempre nuestra matera es nuestra manera de irrespetar o de utilizar a la mujer. Cuando ya uno sale de esas taras culturales y cuando ya entiende que ser hombrecito no es eso. Entonces uno se vuelve capaz también de reconocer que en el fondo todo corazón humano es femenino, porque en el fondo todo corazón humano espera una palabra de amor que no puede darse a sí mismo. En el fondo, todo corazón humano espera ser enamorado, seducido, cautivado y poseído por la Palabra y la Palabra de Jesucristo, Cristo resucitado. Por esa razón, queridos hermanos, todos, hombres y mujeres, tenemos tanto que aprender. Cuando un corazón humano, cuando un corazón femenino como el que nos ha presentado el Evangelio. De repente florece y se vuelve primavera. Esta mirada de Cristo nos haga mirar de otro modo a nuestros hermanos y especialmente a la mujer. Pero que esa mirada de Cristo también nos permita reconocer en el fondo de nuestra alma nuestra profunda vocación a ser amados, acogidos, aceptados, bendecidos, poseídos, profundizados, fecundados por la Palabra bendita que Dios Padre envió a esta tierra. Así lo realiza el Señor.

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