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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
A Jesucristo le interesa lo más terrible, lo más vergonzoso de nosotros.
Homilía poc2001a, predicada en 19960409, con 13 min. y 46 seg. 
Transcripción:
Las palabras del apóstol Pedro están tomadas del día de Pentecostés. Ese día el apóstol predica ante la multitud. Su discurso es fuerte, y sin embargo, produce una cosecha maravillosa. Tres mil conversiones, tres mil cristianos. Esto nos enseña lo que puede la Palabra cuando está llena del Espíritu Santo. La palabra llena del Espíritu puede convertir a los corazones. Porque si aquello que van diciendo nuestras palabras a los oídos, el Espíritu Santo lo va diciendo al corazón, entonces la persona va escuchando por dentro y por fuera lo mismo. Y con esa tenaza se puede sacar hasta del infierno, un pecador. Con esa tenaza es posible sacar del peor de los pozos, al más culpable de los hombres, porque Dios nos agarra por dentro y por fuera. Por dentro con su espíritu, por fuera, con su palabra. ¿Qué les dice San Pedro? El mismo que crucificasteis, Dios lo resucitó. La misma carne despreciada, ridícula, sucia, vilipendiada en la cruz, es carne florecida, luminosa, gloriosa, el día de la resurrección. Esa ecuación es fundamental porque indica que aquel que estuvo colgando de la cruz, aquel que pareció derrotado, aquel que pareció inútil, ese es el único y verdaderamente útil. Aquel que pareció feo, es el único verdaderamente bello. Y lo mismo pasa en nuestras vidas. Cuando cantábamos, El Gloria. algunos o muchos, levantamos las manos en señal de alabanza. Y a mí me daba como risa de mí mismo de pensar que uno le levante las manos a Dios. Manos que han estado seguramente muy llenos, muy llenas de crímenes grandes o pequeños. Cada uno de nosotros tiene tanto que decir de sus propias manos. Y si las manos nuestras se pusieran a contar su historia, seguramente nos harían sonrojar en más de una reunión. Y esas son las mismas manos que nosotros le levantamos a Dios. Y esta boca que pronuncia estas palabras y que le da la gloria a Jesucristo, no es la misma boca que ha dicho estupideces, que ha dicho insultos, que ha dicho necedades. Y este corazón que quiere empezar a amar a Dios, no es el mismo corazón que ha amado a los ídolos. Mejor dicho, no soy yo, y todo en mí, un inmenso discurso de la de la inutilidad, de la fealdad, de la ridiculez. Por eso es tan importante lo que dice Pedro. El mismo que estuvo crucificado es el mismo que está resucitado. Y esto significa para nosotros, los cristianos, esto significa que los mismos miembros nuestros que fueron instrumentos de iniquidad, pueden ser renovados por Dios para ser instrumentos de justicia y de santificación. Nosotros, puestos en las manos de Dios, movidos por su Espíritu, somos infinitamente útiles a su gloria. A veces uno se retrae pensando: Pero cómo yo, que he sido pecador de tantos modos, cómo yo ahora voy a empezar con una vida de santidad, con una vida de pureza, con una vida de. Pues más difícil es lo que sucedió en la resurrección. Los que le vimos colgado de la cruz desgarrado, destrozado, y su figura ya no parecía humana. Dice el profeta Isaías ¿Qué hubiéramos podido decir? Caso perdido, ahí no hay nada que hacer. Ese caso está perdido, de ahí no puede salir nada, pues de ese barro nació esta flor, de esa iniquidad, está santidad. De esa tristeza, este gozo y por consiguiente, también en nosotros Dios puede hacer lo mismo, porque hay un mismo Espíritu entre Cristo y nosotros. Cuando la pareja se besa, cuando la pareja de novios, de esposos se besa, es inevitable que respiren un mismo aliento. Pues algo así ha hecho Cristo con nuestra vida y besándonos nos ha enseñado a respirar su misma respiración, su mismo aliento, que es el Espíritu. Y con esa gracia de espíritu en nosotros pasa lo mismo que pasa en Cristo Jesús. Por eso hay casos en las familias o en las parejas donde las enfermedades se transmiten porque comparten una misma habitación, una misma respiración, una misma losa. Las enfermedades se pasan de unos a otros. Pues bien está que no es enfermedad, sino sanación y que proviene de la Pascua de Cristo, se transmite también de unos a otros. Hermano, déjese, déjese abrazar, consentir, déjese conversar con Cristo, deje que él respire su mismo aliento, y usted el de él. Porque el refrán dice, que una manzana podrida daña la caja. Pero Cristo le dio la vuelta no a la caja, sino al refrán. Y Cristo dijo que una manzana limpia y limpiadora pura y purificadora, santa y santificadora, esa Manzana Santísima que es él, puede limpiar toda la caja y así obra Cristo en el universo, y así obra Cristo en nuestras vidas. No le tenga miedo a compartir su losa, su cama, su aliento, su vida, su esperanza, su problema con Cristo. Respire el mismo aliento de Cristo. Tenga la seguridad de que todo lo que usted le hubiera podido pasar de enfermedad a él, ahí está crucificado y vencido. Y tenga la seguridad de que todo lo que él puede hacer por usted no tiene límite, no tiene límite, de manera que usted pueda tomar su mismo cuerpo y su mismo pensamiento. Usted para qué le ha servido la cabeza, para pensar bobadas supongamos. Su misma cabeza apta para pensar bobadas, sirve para pensar grandezas. Esa es la gracia de la resurrección, que el espíritu se adueña de la cabeza de uno. Y la misma cabeza que servía para pensar iniquidades sirve para pensar bellezas y noblezas. Hermano mío, ningún criminal grande ha sido un tonto, para ser un verdadero criminal se necesita tener mucha inteligencia, muchísima sagacidad. Y quienes tuvimos noticia o tenemos noticia de los grandes capos del narcotráfico, por ejemplo, o los grandes capos de la mafia, nos espantamos, pero en cierto modo admiramos esa inteligencia. Cuando uno recuerda, por ejemplo, la sagacidad casi infernal, solo Dios puede juzgarlo, ¿eh? pero cuando uno piensa en la sagacidad casi infernal de Pablo escobar, que hombre para lograr sus objetivos para tejer una red de complicidades. ¡Qué sagacidad, qué astucia! Pues bien, lo que Dios hace es tomar toda esa astucia y toda esa inteligencia y ponerla al servicio del Reino. Eso es lo que hace nuestro Señor Jesucristo. Porque cuando uno piensa en un Santo Domingo de Guzmán o en un San Luis Beltrán, uno dice ¿Pero qué inteligencia la de esta gente para lograr sus bienes? Esto demuestra que si tienes inteligencia tú vas a ser o un gran criminal o un gran santo. Tienes ternura. Tu ternura se puede volver sensualidad egoísta, se puede volver comodidad cómplice. Se puede volver superficialidad estéril. Eso puede volverse tu ternura. Pero pregúntale a la Virgen María, pregúntale a esta María de Magdala de la que hemos escuchado en el Evangelio. Pregúntale si no había ternura en ese corazón, que Dios puede redimir la ternura también. Todo lo que está en nosotros, todo le sirve a Dios. Yo quisiera afirmar con suficiente claridad y vigor eso todo lo que está en nosotros, sobre todo, sobre todo lo que tú más has despreciado, era lo más despreciable en la sociedad de Cristo morir condenado. Cuál era el género de muerte peor, la de cruz. Cristo tomó lo peor de lo peor para hacerlo, lo mejor de lo mejor. Pues ese rasgo tuyo que tú puedes decir esto si es una porquería en mí. Yo por qué tendré esto, porque no me logro liberar de esto, pero qué problema el mío. ¡Caray! Si yo no tuviera este problema, yo sería perfecto, yo sería perfecta. Cristo Jesús puede tomar precisamente eso. Eso más débil, eso más vergonzoso, eso más terrible de ti, eso es lo que más le interesa a él. Y será eso precisamente lo que a él, más le sirva para empezar a limpiar tu vida y ponerla al servicio de Dios. Hermanos míos, vamos a ponernos decididamente en las manos de Cristo Jesús. Vamos a respirar su mismo aliento y él el nuestro. Vamos a dejar que él reine en toda nuestra vida. Nadie se avergüence de mostrarle sus manos a Dios, que son manos criminales. Sí, pero en él y con él son manos que saben construir el reino. Yo pienso, yo pienso, por ejemplo, en la mamá. La mamá de uno de estos muchachos llenos de violencia, pandilleros, sicarios, quizá asesinos. Que un día ve a su hijo después de salido de la prisión, ve a su hijo tomar un trapero y empezar a limpiar la casa. Esa mamá no puede olvidarse de que esas son manos asesinas. Pero cómo se ven de lindas cuando por fin están haciendo un trabajo bueno. Tú crees que esa mamá le diría a ese niño suelte ese trapero mijo, que con esas manos usted que no habrá hecho, todo lo contrario, se alegrará y dirá ese sí era el lugar de las manos de mi hijo hacer el bien, hoy con un trabajo, mañana con lo que se necesite. Eso es lo que también Dios siente cuando por fin nosotros le regalamos una miradita. ¡Hombre! Cuando por fin le damos una miradita y dice Jesús, esos son los ojos que yo amo. ¡Qué bien que al fin me miren! ¡Qué bien que al fin me pongan cuidado! Y cuando nuestro corazón, cansado y hastiado de culpas, se acerca a él y se pone así sobre el altar, Cristo dice: Qué bien ese corazón, qué bueno que haya llegado. Hermanos, vamos a darle nuestro corazón y nuestra vida a Cristo en esta Pascua. Que el viento fuerte de su Espíritu nos enseña a reconocer la presencia, la presencia del Resucitado en nuestras vidas. Que él nos renueve, que renueve todo en nuestro ser, de manera que él, que es el Verbo encarnado, realice cada uno de sus verbos, cada uno de los aspectos y dimensiones de su vida en nuestra vida.

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