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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La presencia del Jesús Resucitado vence en nosotros los miedos que nos impiden vivir con coherencia la fe: el temor al rechazo, a lo sobrenatural y a una posible recriminación del Señor.
Homilía poc1023a, predicada en 20250421, con 10 min. y 5 seg. 
Transcripción:
Hace poco se cumplieron veinte años de la muerte de San Juan Pablo dos y una de las frases que indudablemente uno asocia con Juan Pablo Segundo aparece en el Evangelio de hoy, es Cristo resucitado quien dice a las mujeres piadosas que iban a su tumba. Les dice No tengáis miedo. Esta frase caracterizó el pontificado de Juan Pablo Segundo de varias maneras, pero sobre todo, que no tengamos miedo quiere el Papa. No tengamos miedo de anunciar a Cristo. No tengamos miedo de ser de Cristo. No tengamos miedo de presentar el mensaje de Cristo también al mundo actual.
Hagamos una pequeña reflexión sobre esa frase. No tengan miedo, no tengáis miedo. ¿Miedo de qué? vamos a hacernos esa pregunta refiriéndonos al momento que nos presenta el Evangelio de hoy, tomado de San Mateo. Y luego vamos a hacernos esa pregunta en relación con nuestro propio contexto. De qué podían tener miedo aquellas mujeres. Bueno, hay dos o tres razones muy serias para tener miedo.
En primer lugar, recordemos que Cristo había liderado todo un movimiento de gente, un movimiento espiritual bastante robusto, bastante fuerte, que conmocionó a toda la ciudad de Jerusalén. Eso fue exactamente lo que recordamos en el Domingo de Ramos. Cómo, pues, llega Cristo y la ciudad entera se ve transformada y se habla de un Rey, se habla de un Mesías. ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Entonces Cristo era cabeza de ese movimiento. Esto, por supuesto, ponía en peligro a todos los seguidores de Cristo. Quiero decir, si Cristo, que era cabeza de ese movimiento, había sido apresado, torturado, ejecutado, pues parte del miedo es, a mí me puede suceder lo mismo.
Segundo, el miedo frente a lo sobrenatural, el miedo frente a aquello que nos rebasa. Ese miedo muchas veces está unido a las experiencias religiosas más profundas. Así, por ejemplo, es fácil recordar que en el capítulo tercero del libro del Éxodo tenemos a Moisés que se maravilla y a la vez se extraña. Siente un religioso temor frente a un acontecimiento que le rebasa. Un acontecimiento inexplicable. Te acuerdas de aquella zarza que ardía pero no se consumía. Y luego hay una voz que sale de la zarza. Una voz que le dice Quítate las sandalias de los pies, el lugar que pisas es santo. Entonces hay una experiencia que nos rebasa y que, por consiguiente, causa una sensación de estar abrumado por algo, algo que que es mucho más grande, que es mayor que nuestra inteligencia, que todo lo que hemos experimentado.
Luego tenemos otro pasaje también del Antiguo Testamento en el capítulo sexto del profeta Isaías. Este profeta tiene una experiencia impresionante sobre la grandeza, la majestad y sobre todo la santidad de Dios, y queda abrumado y dice Estoy perdido, soy pecador, pertenezco a un pueblo de pecadores. Es decir, el temor se adueña de Isaías frente a algo que es tan grande, tan bello, tan puro, tan santo, algo que está más allá de todas las experiencias que Él ha tenido en la vida. Podríamos citar otros ejemplos.
Entonces, cuando Cristo dice No tengáis miedo, otra posible explicación es esto que están ustedes presenciando. Por supuesto que rebasa todo lo que han podido experimentar en el pasado. Pero no tengan miedo. ¿Por qué? Porque el mismo Dios que es tan majestuoso, es misericordioso. Esa es una segunda explicación del miedo que podían tener estas mujeres. La primera es miedo por la persecución. La segunda es miedo por lo sobrenatural.
El tercer motivo del miedo es el miedo a la recriminación. Observemos que Cristo fue abandonado. Los discípulos le dieron la espalda a Cristo. Por supuesto, quienes mejor se portaron en medio de las circunstancias fueron precisamente las mujeres. Esto también hay que destacar. Las mujeres que estuvieron cerca de la cruz, las mujeres que se unieron de corazón con su sufrimiento, con sus lágrimas al dolor del Señor. En ese sentido, podría decirse que las que menos tenían que temer una recriminación eran las mujeres, sobre todo mujeres llenas de tanta compasión, de tanta solidaridad como las que nos cuenta la Biblia.
Pero aún ellas podían sentir que fue tan injusto lo que padeció Cristo, que fue tan absurdo lo que padeció y que no hubo una voz que dijera esto no se hace. Yo me estoy acordando del profeta Daniel, capítulo trece, en aquel pasaje que recordábamos no hace mucho. El pasaje de la casta Susana, cuando esta mujer, una mujer casada muy correcta, fue acusada falsamente de adulterio e iba a ser ejecutada. Hubo alguien que levantó la voz. Fue el profeta Daniel. El profeta Daniel levantó la voz y dijo Yo no me hago responsable de esa sangre. Y la palabra inspirada del profeta Daniel detuvo esa ejecución.
Si nosotros leemos la Pasión de Cristo, nos damos cuenta que no hubo ninguna voz que se levantara para decir no se realice esa ejecución. En ese sentido, Cristo, Verbo de Dios encarnado quedó completamente solo. Y puede haber también un temor a la recriminación, porque este Cristo que ahora está vivo, este Cristo resucitado, perfectamente podría recriminarles su cobardía y hasta cierto punto su complicidad. Pero Cristo les dice No tengáis miedo. Y cuando se encuentra con los apóstoles, la primera palabra de Cristo es Eirene hymin. La paz con vosotros. Shalom. Ese es Cristo.
Entonces, ¿cuáles eran las razones principales de miedo que podían tener estas mujeres? Bueno, miedo de ser perseguidas, miedo frente a lo sobrenatural y miedo por una recriminación, una posible recriminación del Señor.
Si observamos, esos son los mismos temores que podemos tener nosotros. Miedo de ser coherentes con nuestra fe y que se burlen, que nos excluyan, que nos marginen. Eso se parece mucho al primer miedo de las mujeres.
Miedo frente a lo sobrenatural. Eso también existe en nuestro tiempo. Hay muchas personas que frente a todo lo maravilloso y lo milagroso de nuestra fe, prefieren negar y prefieren tratar de, por decirlo así, domesticar lo sobrenatural del Evangelio. Por ejemplo, negando los milagros. Para mí, el caso más vergonzoso, pero también el más repetido, es con la multiplicación de los panes. Como que tuviéramos miedo de un Cristo que hace maravillas. Tenemos miedo de ese Cristo y como tenemos miedo de lo sobrenatural, entonces preferimos decir no, no, espérate, no hubo tanto milagro. En realidad fue que la gente se puso a compartir. Ese fue el milagro. Eso es miedo a lo sobrenatural. Y nosotros no debemos tener miedo de afirmar que nuestro Dios es un Dios que hace maravillas. Es un Dios que cambia la vida. Es un Dios que hace milagros. Es un Dios que sale a luchar por su pueblo.
Y luego el otro miedo. El miedo a la recriminación. Es el miedo el que nos han hablado santos como San Juan Bosco, como San Juan María Vianney, y que se expresa sobre todo en el miedo a confesarnos. A veces no tenemos vergüenza para pecar, pero resulta que sí tenemos vergüenza para confesar nuestros pecados.
Entonces, los miedos que podían tener aquellas mujeres son los miedos que también podemos tener nosotros y por lo tanto tenemos que renovarnos con la presencia del Resucitado. Tenemos que recibir su mirada serena y luminosa, tenemos que recibir su palabra de confianza para superar nuestros miedos y para proclamar con gozo en esta Pascua y en toda nuestra vida. Cristo está vivo. Él vive, Él vive, y por Él yo vivo. Amén.

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