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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El discurso de Pedro en Pentecostés nos indica hacia dónde se dirige todo el misterio y todo el tiempo de la Pascua: hacia la efusión del Espíritu.
Homilía poc1021a, predicada en 20230410, con 5 min. y 36 seg. 
Transcripción:
Hermanos espiguemos unos tres pensamientos de las lecturas de hoy. El primero del Evangelio. Observemos cómo dos noticias surgen el mismo día y del mismo lugar. La Buena noticia de la resurrección. Y la mala noticia, la noticia mentirosa, la noticia tramposa del robo del cadáver. Las dos noticias surgen el mismo día y del mismo sitio.
Y es curioso que van estas mujeres a contar la buena noticia y de paso van los soldados aquellos a contar la mala noticia.
Y nos dice el texto que esa mala noticia se ha seguido difundiendo hasta hoy, como indicándonos que la Buena noticia de la Resurrección siempre encontrará resistencia y siempre tendrá que vencer a la mala noticia. Y la mala noticia es que Él no ha resucitado en realidad. Esa mala noticia, pues sigue también hasta hoy. Y no solo entre los judíos.
De la primera lectura. Dos pensamientos. Primero, preguntarnos ¿por qué se habla de Pentecostés? Acabamos de empezar la Pascua y el texto que se toma es del capítulo segundo y corresponde al día de Pentecostés. Es el discurso de Pedro. Y la respuesta podría ser esta, que todo en la Pascua mira hacia Pentecostés, no solamente en el sentido de que el tiempo pascual culminará en Pentecostés, no solamente en ese sentido. Sino en el sentido de que el triunfo de Cristo tiene un propósito final y es el don del Espíritu.
Es el Espíritu Santo, el propósito final, la meta, el objetivo del sacrificio del Señor. Porque será ese Espíritu el que selle en nuestros corazones la nueva Alianza. Será ese Espíritu el que permita que la ley de Dios quede escrita no en tablas de piedra, sino en tablas de carne en nuestros corazones. Y sobre todo, será ese Espíritu el que nos permita llevar una vida grata a Dios. Lo que era imposible con la sola ley de Moisés. Por eso también había dicho Cristo en el Evangelio de Juan Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Espíritu. De tal manera que ese Espíritu es el gran propósito de la Pascua. Y la primera lectura de hoy, apenas abierta la octava de Pascua nos lo está recordando.
El último pensamiento para compartir es esta frase que es muy compacta y que a uno le puede pasar desapercibida. Mira lo que dice el final de la primera lectura de hoy. De nuevo capítulo segundo de Hechos de los Apóstoles. A este Jesús Dios lo resucitó. Llevado a los cielos por el poder de Dios, recibió del Padre el Espíritu Santo prometido y lo ha comunicado. De tal manera que con estas palabras Pedro está relacionando la vida de Cristo, vida inocente, la muerte de Cristo, muerte injusta, la ascensión a los cielos, gloria del Señor y el descenso del Espíritu.
Es la conexión profunda entre la cruz y Pentecostés, entre el sacrificio del Señor y el derramamiento del Espíritu. Hasta donde alcanzo a acordarme y a pensar, creo que este es el versículo más claro en toda la Biblia que conecta esos dos misterios. Como el fruto del sacrificio de Cristo es la efusión del Espíritu. Las palabras exactas son: Llevado a los cielos por el poder de Dios, recibió del Padre el Espíritu Santo prometido a Él, y lo ha comunicado. De tal manera que la Ascensión de Cristo, que hace que reciba el Espíritu ya no para sí mismo, sino para la Iglesia, es la que produce Pentecostés. Y esto nos invita a reconocer la profunda conexión entre la cruz y el don del Espíritu.
Si se enfatiza el don del Espíritu, es decir, Pentecostés con todos sus carismas, olvidándonos de la cruz, convertimos al Espíritu simplemente en un poder mágico. Si nos quedamos con la cruz y nos olvidamos del fruto de Pentecostés, entonces el sacrificio de Cristo es a lo sumo un ejemplo impresionante que habría que imitar con nuestra sola voluntad. Y eso se llama pelagianismo. La cruz sin Pentecostés es pelagianismo. Pentecostés sin la cruz es magia. La cruz unida a Pentecostés es el propósito del sacrificio del Señor y es la eficacia de su redención llegando a nuestras vidas.

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