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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo nos cura del miedo de tres maneras: nos ayuda a dimensionar los males, estando su Presencia con nosotros y saber que el verdadero destino está más allá de esta tierra.
Homilía poc1018a, predicada en 20220418, con 6 min. y 40 seg. 
Transcripción:
¿Por qué Jesús nos dice que no tengamos miedo? Es la pregunta que vamos a tratar de responder el día de hoy a partir del texto del Evangelio según San Mateo, que se lee en este Lunes. Lunes de la octava de Pascua. Pues pensemos de dónde surge el miedo. Y nos enseñan varios autores, por ejemplo, Santo Tomás de Aquino, que el miedo es nuestra reacción frente a un mal que vemos venir.
Por ejemplo, un perro rabioso que viene hacia mí me inspira miedo. Voy caminando por una calle oscura y alguien con aspecto sospechoso se acerca. El mal que se acerca es lo que produce miedo. Pero este mal tiene que tener dos características para que realmente surja el miedo.
La primera característica es que tiene que ser un mal, digámoslo así, fuerte. Un mal potente. No cualquier mal nos va a producir miedo. Si, por ejemplo, voy por la calle y una hormiga se cruza en mi camino, pues seguramente no es lo más amable para encontrarme ese día. Pero una hormiga. Pues no va a ser que yo sienta miedo. El daño que me puede hacer esa hormiga en esas circunstancias es algo muy pequeño. No me va a producir miedo. En cambio, si se trata de ese perro del que hablé antes, ese perro sí me puede hacer daño. Entonces tiene que ser un mal grande.
La segunda característica es que tiene que ser un mal que yo no puedo evitar, que me sobrepasa, que me doblega. Por ejemplo, si la persona, estoy en la calle oscura y la persona parece que se acerca para atracarme, pues no tengo muchas maneras de defenderme y de hecho yo no le recomendaría a nadie que tratara de defenderse en un atraco. Puedes resultar muerto. Por lo menos eso pasa en este país. Entonces el miedo surge frente a un mal grande que se acerca y del que yo no puedo defenderme. Yo no lo puedo detener, no lo puedo detener.
Jesús dice a aquellas mujeres no tengan miedo. Es una palabra que Jesús también nos dice a nosotros. Es una palabra que aparece varias veces en los Evangelios, una palabra que además el Papa Juan Pablo segundo hizo muy suya. Él tenía casi como estribillo, como lema No tengáis miedo. Así que bueno, maravilloso por ese lado. Pero nos preguntamos entonces cuando se habla de no tener miedo, ¿Qué es lo que me puede ayudar a vencer el miedo? A ver, examinemos. Es un mal. Es un mal grande del que no puedo defenderme. ¿Cuál de esas tres cosas cambian cuando Cristo está en mi vida? ¿Cuál de esas tres cosas? Que venga un mal grande. Eso no lo puedo controlar yo. Puede venir, por ejemplo, una persecución. Puede venir una situación compleja. Entonces un mal grande. Eso no lo puedo controlar. Que ese mal se acerque a mí. Tal vez no lo puedo controlar muy fácilmente.
Pensemos, por ejemplo, otra vez en los tiempos de persecución. Ya en este momento ha entrado en vigor en España una ley que pretende, por lo menos, pretende prohibir que se rece cerca de los abortuarios. ¿Qué puedo hacer yo para frenar esa ley o para que esa ley entre en vigor? Pues no tengo manera de frenarla. Pero viene el otro punto, el punto de la defensa. ¿Qué tengo a mi favor? Y es ahí donde el Resucitado realmente cambia completamente las cosas. Porque por más grande, por más grande que sea el poder de algunas personas, de algunos estados, de algunos imperios, tienen un límite. Lo maravilloso del Resucitado es que está más allá del límite a donde pueden hacer daño los imperios de este mundo. Está más allá. Es decir, lo máximo que pueden hacer, pues ya sabemos que es. Es la tortura, es la muerte. Eso es lo máximo. Pero te das cuenta, el Resucitado está más allá.
Entonces Cristo nos cura del miedo básicamente de tres maneras. Primero, nos ayuda a dimensionar los males hasta donde pueda ser mal esa persona, pues hasta la muerte. Pero es que la muerte no es el final. Entonces ahí hay una victoria. En segundo lugar. El Resucitado está conmigo. Esa presencia de Cristo, esa presencia con la que Él acompaña a sus apóstoles y a sus testigos, es algo de lo que dan fe los mártires y eso alivia el miedo. Y en tercer lugar, ¿cuál es mi verdadera victoria? Mi verdadera victoria. El verdadero destino está más allá de esta tierra. La meta, el premio está asegurado. Y cuando descubro que el Señor me asegura el premio, ¡ah ese es un gran cambio!. Un gran cambio. Porque una cosa es sufrir porque sí y otra cosa es sufrir, como dice San Pablo, sabiendo que hay una corona que nos aguarda. Todos estos días me oirás felicitarte porque estamos en la octava de Pascua. Así que de nuevo, feliz Pascua para ti y para los tuyos.

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