Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Desde el principio del Tiempo Pascual la gracia del Espíritu Santo debe estar en nuestro horizonte porque es solamente el Espíritu de Dios el que aplica a nuestra vida los méritos y la vida misma del Resucitado.

Homilía poc1016a, predicada en 20200413, con 14 min. y 54 seg.

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Transcripción:

Mis queridos hermanos, la gran riqueza de los textos del Evangelio en la octava de Pascua es que nos acercan a aquellas primeras manifestaciones de Cristo vivo, Cristo que se muestra a sus discípulos. De modo que aquellos que habían sido testigos de su dolor y de su muerte, pudieran ser también testigos de su victoria y de su gloria. Este es el tema central de los Evangelios que vamos a escuchar durante esta semana, que según dijimos al principio de la Eucaristía, es la semana de la Octava de Pascua. Como un solo Domingo que va de Domingo a Domingo.

Pero por otra parte, tenemos la primera lectura. La primera lectura ha sido tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles. Y la verdad es que este libro nos va a acompañar durante el tiempo pascual. Ningún tiempo mejor, ciertamente, para leer los Hechos de los Apóstoles. Sirva como sugerencia para que muchos de ustedes, si no lo han hecho nunca, tomen por favor sus Biblias y aprovechen estos días preciosos que están llenos del perfume de la Pascua y de la Unción del Espíritu para alimentar su fe.

¿Por qué leemos los Hechos de los Apóstoles en este tiempo de Pascua? El tiempo pascual acaba de empezar. Empezó con la Vigilia Pascual y tendrá su culminación el día de Pentecostés. Por qué leemos los Hechos de los Apóstoles y concretamente el texto de hoy, que fue tomado del capítulo segundo de esa obra de San Lucas. El capítulo segundo de los Hechos de los Apóstoles. ¿Por qué se lee? Vamos a tratar de responder dando tres razones y va a ser sobre todo la tercera, la que más nos va a interesar, porque nos da una luz muy grande sobre los acontecimientos que acabamos de celebrar en el Triduo Pascual.

Leemos este texto de los Hechos de los Apóstoles, capítulo dos. En primer lugar, porque esta obra como tal es la continuación cronológica y en ese sentido la continuación natural de los acontecimientos que nos han dicho los Evangelios. Como nos hemos dado cuenta, los santos Evangelios terminan con el relato de la pasión, la proclamación de la resurrección del Señor, y por lo menos en el caso de Mateo y de Marcos con la Gran Comisión. Es decir, la orden, el mandato que da Cristo de que sus discípulos vayan y evangelicen a todas partes. Bueno, ahí terminan los Evangelios. ¿Cuál es la continuación? La secuencia lógica después de ello, pues obviamente la secuencia lógica es lo que aconteció después de estas noticias de la resurrección. ¿Y qué obra de la Biblia, qué libro de la Biblia nos cuenta qué fue lo que aconteció? Pues el libro de los Hechos de los Apóstoles. Entonces tiene muchísimo sentido que nosotros, después del Triduo Pascual, pasemos a los Hechos de los Apóstoles. Esa es la primera razón.

La segunda razón, que se refiere muy específicamente al día de hoy, Lunes de la Octava de Pascua. Resulta que nos encontramos con que el relato nos lleva a Pentecostés. Y si recuerdas hace apenas unos minutos dije que el tiempo pascual va desde la Vigilia Pascual hasta Pentecostés. O sea que estamos empezando el tiempo pascual y nuestra Madre la Iglesia nos está presentando ya la meta, es decir, que sepamos a dónde vamos. Vamos hacia Pentecostés. Pentecostés será la culminación de todo el tiempo Pascual. ¿Y sabes por qué? Porque todo aquello que la gloria de Dios Padre realizó en el cuerpo de su Hijo Jesucristo. Eso es lo que sucede de manera inicial, pero real en nosotros con el don del Espíritu Santo. Dicho de otra manera, el Espíritu Santo es el que aplica a nosotros, hace realidad en cada uno de nosotros el don de la Pascua de Cristo.

Para que la Pascua de Cristo no se quede como una noticia allá, algo que simplemente nos mueve a admiración, como si dijéramos tan bueno y tan bonito para Él, que así resucitó de entre los muertos. Quizás podríamos quedarnos simplemente en una especie de recuerdo de lo que entonces aconteció, no. El Espíritu Santo hace actual hace real en cada uno de nosotros, de modo que el poder de Dios que resucitó a su Hijo de entre los muertos, es decir, el don del Espíritu Santo, es el mismo don que obra en nosotros. Lo dice expresamente San Pablo en la Carta a los Romanos. Y es buena tarea para ti que lo busques.

El Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos es el que obra en nosotros. Y por eso, para que la Pascua no se quede como un simple recuerdo, cómo cuando los colombianos recordamos Oh, sí, es la fiesta de la Independencia, no. La Pascua no es un recuerdo, simplemente es una realidad en nuestras vidas. Pero es realidad. No porque nosotros la hagamos realidad. No es porque nosotros nos hagamos el propósito y el esfuerzo. Tengo que ser como Jesús, no. No es un simple esfuerzo de nuestra voluntad.

Cuando se exalta tantísimo la voluntad humana, caemos en una herejía que se llama pelagianismo, herejía que desconoce que lo que el cristiano puede hacer lo puede hacer solamente por la acción de la gracia del Espíritu Santo en nosotros. Por eso, todo el tiempo Pascual tiene que mirar hacia Pentecostés, porque es sobre todo en esa festividad donde nosotros celebramos y hacemos real en cada uno la gracia de la Pascua. Entonces, fíjate, estamos empezando el tiempo pascual y ya estamos mirando hacia dónde va este tiempo pascual, ¿hacia dónde va? Hacia Pentecostés. ¿Por qué Pentecostés? Porque Pentecostés es la efusión del Espíritu Santo sobre la Iglesia naciente. ¿Y por qué nos interesa la efusión del Espíritu Santo sobre la Iglesia? Porque solo con la acción del Espíritu Santo nosotros podemos vivir en nosotros el misterio de la Pascua que ya celebramos en Cristo.

Llevamos dos motivos por los que era necesario o es necesario esta lectura de los Hechos de los Apóstoles. Pero el punto más importante, sin duda es el tercero y es el que voy a decir ahora. Volvamos a la frase final del discurso del apóstol Pedro recordado en la primera lectura de hoy cuando sucedió Pentecostés. Todo esto lo volveremos a evocar al término del tiempo pascual como ya dije, cuando sucedió Pentecostés.

Pedro habló a la multitud esclareciendo que era lo que pasaba, porque como seguramente recordamos, muchos incluso se burlaban y decían son las nueve de la mañana y estos están borrachos, se llenaron de mosto. Es decir, una de las etapas en el proceso de elaboración del vino a partir del jugo de la uva. Se llenaron de mosto. Y entonces Pedro sale y habla con claridad a la multitud diciéndoles no, este no es un problema de borrachera ni de ebriedad o por ser más precisos, no es la ebriedad que ustedes están pensando, es ebriedad del Espíritu Santo. Y entonces recuerda, ante aquella multitud, recuerda los acontecimientos que habían sucedido hacía apenas cincuenta días y les recuerda que ellos, como pueblo de Dios, le dieron la espalda a Dios y entregaron a la muerte al Señor Jesucristo. Por supuesto, esas palabras tienen un impacto muy grande, que es lo que veremos en la primera lectura de mañana.

Pero ahora quiero que nos detengamos, por favor, en la última frase de esa primera lectura de hoy. Pedro habla abiertamente de la resurrección de Cristo y dice exaltado por la diestra de Dios. Exaltado, levantado por la diestra, por el poder de Dios. Exaltado por la diestra de Dios, Cristo ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido. Ahí está la parte clave.

Exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo, que estaba prometido. En muchos lugares estaba prometido ese Espíritu. Ezequiel, por ejemplo, había dicho, Infundiré mi Espíritu, y haré que viváis según mis preceptos. Joel, otro profeta, había dicho, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne. Esa promesa del Espíritu ya estaba.

Entonces, ¿qué es lo que nos dice Pedro? Que esa promesa del Espíritu se empieza a cumplir en quién, ahí está el punto central. ¿En quién se empieza a cumplir esa promesa? Mira lo que dice exaltado por la diestra de Dios, Cristo ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido. De tal modo que en Cristo resucitado se empieza a cumplir aquella promesa. Cae sobre Él. Caen sobre Él las primeras gotas de un diluvio de amor, que es la efusión del Espíritu Santo. El Espíritu Santo, que fue prometido como diluvio de gracia y de amor sobre toda carne, nos dijo el profeta Joel. Ese Espíritu Santo, mis hermanos, ese Espíritu Santo es el que da en primer lugar con su gracia, la gloria al Cristo resucitado. ¿Se queda ese Espíritu solamente en Él? No, mira cómo sigue el texto del discurso de Pedro.

Exaltado Cristo, exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido y lo ha derramado. Y lo ha derramado. De manera que el Espíritu Santo que nosotros recibimos es el que se escurre del cuerpo resucitado de Cristo. El Espíritu Santo que llega a nosotros es el que ha empapado, ha ungido, ha colmado el cuerpo glorioso, el cuerpo resucitado de Cristo. Y ese cuerpo glorioso y resucitado, bañado en ese Espíritu, escurre ese Espíritu sobre nosotros, de manera que nosotros recibimos el Espíritu que tiene su fuente en Dios Padre, y que a través del Resucitado, por la mediación del Resucitado, por la intercesión del Resucitado, llega a nosotros.

Entonces, ¿por qué leemos Hechos de los Apóstoles? Leemos Hechos de los apóstoles para descubrir que el propósito de la Resurrección está en la efusión. Esa es una buena frase para resumir estas reflexiones. El propósito de la resurrección es la efusión. Cristo se encarnó por nosotros y por nuestra salvación, decimos en el Credo. Y en el Credo seguimos diciendo por nuestra salvación padeció, por nuestra salvación, murió. Y tenemos que seguir diciendo por nuestra salvación resucitó. Porque el Cristo resucitado es el que escurre, es el que derrama sobre nosotros esa gracia del Espíritu. Podemos decir por nosotros se encarnó, por nosotros padeció, por nosotros murió y por nosotros resucitó.

Su resurrección es un bien para nosotros y eso solo lo podemos descubrir gracias a la diáfana claridad de las palabras del apóstol San Pedro. Sigamos, amados hermanos, esta Eucaristía, sigamos esta Celebración pidiendo a Dios Padre que cada uno tenga esa experiencia de efusión del Espíritu, no solamente el día de Pentecostés. No. Porque nosotros somos bautizados. Y ya en el Bautismo se nos comunica esa gracia y en la Confirmación se inserta vitalmente a nosotros la acción del Espíritu. Así pues, imploremos ser gente que vive en la novedad del Espíritu Santo, gente que vive en la novedad de la gracia que Cristo ganó para nosotros, pagando un precio tan alto. Amén.

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