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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

En el discurso de Pentecostés el apóstol San Pedro muestra la unidad profunda que hay entre la realidad del pecado, la vida del Jesús histórico, su dolorosa pasión y muerte, la gloria de su resurrección, la efusión del Espíritu Santo y la vida nueva que recibimos en la Pascua de Cristo.

Homilía poc1013a, predicada en 20180402, con 6 min. y 51 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, el libro de los Hechos de los Apóstoles nos va a acompañar durante el tiempo pascual. De esa manera la Iglesia quiere que la liturgia nos ayude a todos a renovarnos en nuestra fe. De modo que la frescura, la alegría, el impacto positivo grandioso que tuvo la resurrección de Cristo y que hizo posible el nacimiento de la Iglesia, haga posible en nuestros días el renacer de la Iglesia. Por eso nos acercamos al libro de los Hechos de los Apóstoles. El primer texto que escuchamos, el del día de hoy, corresponde al día de Pentecostés. Es muy importante este discurso del apóstol Pedro, porque si lo miramos bien, ayuda a conectar realidades que de otra manera quedarían sueltas y perderían su significado.

Miren las cosas que ha mencionado Pedro en su discurso en el pasaje de hoy. Ha mencionado nuestro pecado. Ha mencionado lo que llamaríamos en cristología el Jesús de la historia, el que pasó haciendo maravillas, predicando con elocuencia, expulsando demonios. Han mencionado su pasión, la cruz y la realidad de la muerte. Ha mencionado también la resurrección por la gloria del Padre, y también ha mencionado la efusión del Espíritu. Y todo esto está conectado.

Yo creo que ahí hay una enseñanza muy importante para nosotros, sobre todo por el encargo que tenemos de predicar, de llevar la verdad gozosa del Evangelio a nuestros hermanos. Quiere decir que también nosotros tenemos que mantener esa unidad, esa maravillosa y providente unidad que hay entre todos estos misterios. Si uno se para estos misterios, cada uno de ellos por su cuenta pierde su significado. Si nos quedamos únicamente en la realidad miserable del hombre pecador, seguramente nos volvemos existencialistas y depresivos. Si nos quedamos únicamente en el Jesús de la historia, seguramente nos vamos a volver pelagianos pensando que todo consiste en imitar un modelo. Si nos concentramos únicamente en el hecho de Pentecostés, entonces la efusión del Espíritu parece simplemente como un acto de irracionalidad o incluso de histeria colectiva. Cosa que ha sucedido a lo largo de la historia.

Ciertos movimientos que se han dicho se han considerado movidos por el espíritu. En el fondo caen en ese tipo de histerias. Entonces, lo que preserva la belleza, la fuerza, podríamos decir, la capacidad nutritiva del misterio, está en la unidad, en la unidad que hay entre el Jesús de la historia y el Cristo de la fe. La unidad que hay entre nuestro arrepentimiento y la abundancia de la gracia. La unidad que hay entre el escándalo de la cruz y la maravillosa donación del Espíritu. En particular, quisiera que volviéramos sobre la última frase que se leyó el día de hoy. Dice Pedro Jesucristo, exaltado por la diestra de Dios. Ahí está la resurrección. Ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido y lo ha derramado. Fíjate cómo está ahí la cruz, la resurrección, la promesa de las Escrituras, la efusión del Espíritu. Efectivamente, en textos como el capítulo treinta y seis de Ezequiel o el capítulo tercero de Joel, Dios había hablado de esa donación de su Espíritu.

Pero el cómo de esa donación no se había especificado en esos textos. Y eso es lo que dice Pedro aquí. Cuando nuestra humanidad penetra en los cielos, la divinidad se hace presente en la tierra. Es la plena fusión, es el completar el puente entre Dios y los hombres. Es la obra perfecta de la redención. Ahora que Cristo con su humanidad está en el cielo. Dios Padre, con la efusión de su Espíritu, hace plenamente su obra en nuestra tierra. Es la plenitud de la reconciliación. Todavía hay otro elemento muy bello ahí. Nosotros, por la dureza de nuestros pecados, estábamos como impermeables al amor de Dios. Pero al final del evangelio de Marcos encontramos que un hombre impermeable, encallecido, endurecido, el centurión, resulta al final roto, resulta conmovido.

Cuando se rompe el corazón de Cristo, se rompe también el corazón de este hombre. De manera que llega a confesar verdaderamente este era el Hijo de Dios. Esto quiere decir que la efusión del Espíritu requiere corazones abiertos. Y así como se abrió el corazón de Cristo en su pasión. Así también por esa pasión, nuestros corazones quedan abiertos y dispuestos para recibir la gracia infinita del Espíritu Santo. Sigamos esta celebración, hermanos, dando gracias a Dios por tanto amor y tomando el serio compromiso de predicar estos misterios en su unidad. No separemos una cosa de otra. Cuando nuestro pueblo a veces se concentra demasiado en el dolor de la cruz, le hace falta la otra parte. Cuando en algunas celebraciones de Pentecostés todo se vuelve fiesta, como una especie de parranda estéril, faltó, faltó el elemento de la sangre, faltó el elemento del dolor. Faltó el elemento de hablar del precio que hubo que pagar para que hubiera ese Pentecostés. Entonces, que nuestro compromiso sea conservar esta unidad de los misterios y así anunciarla al pueblo de Dios.

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