Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El Espíritu Santo que resucita a Cristo es el mismo que nos da vida nueva, vida de resucitados, de renacidos, de redimidos; de modo que no somos más esclavos de nuestros pecados.

Homilía poc1010a, predicada en 20160328, con 5 min. y 30 seg.

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Transcripción:

La primera lectura del día de hoy está tomada del capítulo segundo del libro de los Hechos de los Apóstoles. Lo primero que hay que decir para situar apropiadamente esta lectura dentro del conjunto de la semana que estamos viviendo, es que esta semana es única, en el año. Se le conoce litúrgicamente como la octava de Pascua, octava porque tiene ocho días el domingo de Pascua, luego la semana completa hasta el siguiente domingo, el domingo segundo de este mismo tiempo pascual. Eso da un total de ocho días y por eso se le llama octava de Pascua. ¿Qué es una octava? Una octava es el recorrido amoroso, gozoso, que la Iglesia hace por un misterio que es tan grande que no cabe en veinticuatro horas.

En nuestro actual calendario litúrgico tenemos dos octavas. Tenemos la octava de Pascua que va, como ya expliqué, desde el domingo de Pascua hasta el siguiente domingo. Y luego tenemos también el domingo y tenemos la otra octava perdón, que es la octava de Navidad que va desde el día de Navidad hasta el día que corresponde ocho días después, que es exactamente el primero de enero. Así que del veinticinco de diciembre al primero de enero es la octava de Navidad y entre el domingo y el domingo de Pascua tenemos la llamada octava de Pascua. Por supuesto, si esta es la octava de Pascua, quiere decir que los evangelios de todos estos días van a proclamar una y otra vez los encuentros entre el Resucitado y los discípulos que en ese tiempo tuvieron la gracia inmensa, la alegría incomparable de encontrarse con Él. Eso es evidentemente lo que vamos a tener en los Evangelios.

Bueno, y con respecto a la primera lectura, ¿qué tenemos estos días? Ya hemos dicho hoy empezamos con el capítulo segundo del libro de los Hechos de los Apóstoles. Tal vez recordamos que este es el capítulo en el que se cuenta el milagro de Pentecostés, la efusión del Espíritu Santo sobre los discípulos, empezando por los apóstoles. Y entonces la gran pregunta es por qué en la octava de Pascua empezamos a hablar de Pentecostés? Bueno, la razón está en las palabras que hemos oído del apóstol San Pedro en el pasaje de hoy. Efectivamente, nos damos cuenta que el sufrimiento de Cristo está asociado a nuestra condición de pecadores. La resurrección de Cristo está asociada con nuestra redención, con el perdón de nuestros pecados y sobre todo, con esa maravillosa noticia somos partícipes de la naturaleza divina. ¿Cómo? Por el anuncio del Evangelio, ciertamente, pero sobre todo por la fuerza transformante del Espíritu.

Podemos decir que el Espíritu Santo es el que por una parte, nos da la certeza interior de la resurrección del Señor, el que finalmente nos convence de algo que supera todo razonamiento, algo que no es irracional, pero que sí supera todas las razones. Es decir, que Cristo ha resucitado. Eso solo nos lo puede dar el Espíritu Santo. Pero además, ese Espíritu nos regala una participación en la vida nueva del Resucitado. De modo que si estamos celebrando a Cristo resucitado, es el Espíritu Santo el que nos da a nosotros como una primicia, nos da como un comienzo de esa vida nueva, esa vida del Resucitado en lo más profundo de nuestro ser. Eso es lo que significa la presencia de Pentecostés. Desde el comienzo del tiempo pascual. Además, esta es una gran oportunidad para que recordemos que el tiempo pascual tiene su culminación precisamente con la fiesta de Pentecostés. Es tan bello el balance, es tan bello el camino que nos hace recorrer la Iglesia. Porque el tiempo pascual empieza con la resurrección de Cristo. Aquello que sucede en él y termina en Pentecostés, que es aquello que sucede en nosotros.

El mismo Espíritu que resucitó a Cristo de entre los muertos, es el Espíritu que nos da la certeza sobre la verdad de la resurrección y es el Espíritu que nos concede una vida nueva para que llevemos vida de resucitados, vida de renacidos, vida de redimidos. De modo que no seamos más esclavos de nuestros antiguos pecados. Este es el contenido denso y precioso que tiene la octava de Pascua. Tener, por una parte, el recuento de estos hermosos pasajes de la Escritura que nos hablan de los encuentros del Resucitado con sus discípulos. Y por otro lado, recordar las fuentes de nuestra propia vida nueva a través del don del Espíritu Santo que nos aguarda ciertamente al final del tiempo pascual.

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