Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Para creer plenamente en la Pascua hay que creerle mucho menos al mundo.

Homilía pasc039a, predicada en 20230409, con 22 min. y 54 seg.

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Transcripción:

Hermanos, compartamos un par de pensamientos en este día tan bello, el día esplendoroso de la Pascua. El Evangelio proclamado es de San Juan. Nos habla de un discípulo, el discípulo amado que entra al sepulcro y de él se dice: "Vió y creyó". Esto nos invita a hacer la pregunta: ¿Qué fue lo que vió, y por qué eso que vió, le llevó a creer? Hoy a veces se habla de la fe, sobre todo en ambientes universitarios, ambientes científicos, se habla de la fe como una especie de afirmación caprichosa, una afirmación que está fuera de toda evidencia.

Algo que yo digo porque sí y pues como es un mundo que, que tuve que conocer y con el que tengo una cierta relación, todo este mundo de la ciencia y especialmente de las personas que son cientificistas, es decir, que afirman como única fuente de conocimiento la ciencia empírica. Pues sé bastante bien de qué estoy hablando. La idea es que la religión es una serie de fábulas, un tejido de fábulas, de historietas caprichosas que muchas veces solo sirven para conservar una estructura en el poder, esa estructura es el clero. Clero que por supuesto es corrupto y, y todo lo demás que quieran decir; pero la Biblia no piensa así de la fe. Para la Biblia, la fe no es una afirmación caprichosa.

Para la Biblia, creer no es simplemente algo que se le ocurrió a alguien, o algo que alguien sintió. La fe está mucho más allá del sentimiento, y la fe parte de una evidencia. El evangelista, en realidad, el libro de la Biblia que mejor lo describe es precisamente San Juan. Y la frase es perfecta para resumir esto es exactamente la que aparece en el Evangelio de hoy: "Vió y creyó". O sea que la fe no es apretar los ojos y no ver. La fe no es una apuesta en el vacío. La fe más bien es una lectura inteligente, profunda, tan profunda que atraviesa todas las capas de la realidad hasta llegar al fundamento mismo de todo cuanto existe, que es Dios. La fe no es ceguera, la fe no es gusto; la fe no se limita al sentimiento. La fe parte de la evidencia.

Y esto es muy importante porque las evidencias nos las ha ido dando Dios a lo largo de nuestra vida. O sea que también nosotros tenemos que ver y creer. Mira, mira lo que Dios ha hecho en ti. Mira lo que te ha sucedido. Mira cómo viven los creyentes. Como ustedes saben, yo todos los días pienso en nuestros jóvenes, especialmente a mi amigo aquí presente, Santiago. Y entonces mira que, qué viven los otros. Mira cómo terminan los otros. Mira a dónde van los otros. Me acuerdo cuando viví en Chiquinquirá. En aquella época era Prior de ese convento y el que era alcalde en ese momento en Chiquinquirá, un hombre que era del occidente de Boyacá, tierra de esmeraldas y tierra de matones. Pues este hombre me decía: -Cuando yo estaba en el colegio, mis compañeros iban al colegio con revólver y el que tuviera el revólver más grande, la pistola más grande, el arma más fuerte, ellos utilizan la expresión el fierro, el fierro.

El que tuviera el fierro más grande es. . . presumía; y me decía, mis compañeros de clase en aquel tiempo obviamente, mis compañeros de clase eran treinta-. -De esos treinta quedamos dos, los otros veintiocho ya murieron, ya los mataron con sus fierros-. Ese es el nivel de violencia en algunos lugares de Colombia. Entonces uno tiene que leer eso. ¿A dónde acaba ese camino? ¿A dónde acaba ese camino?, ¿A dónde acaban los que creen; a dónde acaban los que no creen?, ¿Cómo viven, Qué les pasa? Leer, ver, darse cuenta. Ésa es la fe. La fe no es apretar los ojos para no ver, es darse cuenta. Al contrario, ver en dónde acaba el corrupto, ver en dónde acaba el mujeriego.

He contado varias veces la historia de un personaje de la farándula colombiana que en su momento se daba la gran vida, como dice la gente, y mucho trago, y muchas mujeres y muchas fiestas. Pero cuando van llegando a la vejez y cuando van llegando a la enfermedad se van quedando sin nada de eso, se van quedando sin todas sus mujeres y todos sus tragos y lo único que les queda es un hígado arruinado y una soledad espantosa, y fui yo a la casa de este hombre que en una época fue tan famoso en este país hace ya bastantes años y me encuentro una casa desordenada, sucia, fría, sola. Una enfermera, a la que toca pagarle por horas, que se iba, que salía de la casa, acababa su turno. Se quedaba este hombre en ese caserón solo. Y ahí estaba el sacerdote, Ahí está la Iglesia para darle la unción de los enfermos a este hombre. Uno tiene que ver, ver eso, darse cuenta, ¿Qué sucede? Pero volvamos al Evangelio.

¿Qué fue lo que vio el discípulo amado? Pues la clave de este Evangelio está en darnos cuenta que el discípulo amado estuvo el día de la cruz, el discípulo amado estuvo el día del sepulcro. El discípulo amado supo cuáles eran las telas que se habían utilizado, los lienzos y el sudario que habían utilizado en el sepulcro de Cristo. El discípulo amado había visto todo eso. Lo cuenta el mismo evangelio de Juan. El discípulo amado había visto todo eso. Y cuando él entra y ve que está todo, pero no está Jesús. Ahí, entiende. No se han llevado un cadáver, nadie se lleva un cadáver desnudo y deja todas las vendas exactamente donde estaban. No, no se robaron el cadáver. Él ha vencido. Él vive. Vió, vió, ver. Darse cuenta. Pensar, penetrar.

Santo Tomás dice: -La fe es la máxima perfección de la inteligencia-. En contra totalmente lo que le meten a uno en la cabeza en la universidad o tratan de meterle a uno en la cabeza. Bueno, eso en cuanto a qué fue lo que vio. Como él había estado el día de la crucifixión, él sabía cómo estaban las cosas y él podía decir aquí lo que ha pasado es eso que Cristo tantas veces nos dijo en vida. Tantas veces nos dijo en vida: "El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, va a padecer, lo van a torturar, va a morir y al tercer día resucitará. . . " -y al tercer día resucitará-. Ahí está, ahí está. Ésa es la gran maravilla. Ese es el gran descubrimiento de Él. El otro pensamiento que quiero compartirles, hermanos, y que creo que es una manera muy bella de despedir nuestro retiro espiritual. Es el gran salmo de la victoria. Salmo 117 en la numeración de la liturgia, 118 en sus Biblias. Otro día comentaremos por qué hay esa diferencia de numeración. El Salmo 118 es el salmo de la Pascua: "Este es el día que hizo el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo".

Hay una frase que Cristo dice; por supuesto, antes de su pasión, Una frase que Él dice en sus controversias con las autoridades judías. Y esa frase es precisamente este salmo: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular". De manera que Cristo, nuestro Señor es esa piedra desechada. Cristo, nuestro Señor es, aquel que no contó para el mundo, aquel que parecía inútil y tonto para el mundo, y que, sin embargo, es la base firme del universo nuevo. Esta frase es importante, porque nos ayuda a conectar el misterio de la resurrección con nuestra propia vida. ¿Cómo y dónde voy a experimentar la resurrección yo? Porque la resurrección no es únicamente para cuando me muera. La resurrección no es únicamente para el final.

Recuerde lo que nos decía la segunda lectura de la carta a los Colosenses: "Habéis resucitado con Cristo. Buscad los bienes de allá arriba. Vuestra vida está con Cristo escondida en Dios". El misterio de la resurrección, no hay que esperar a la muerte, o sea, la muerte física para empezar a vivirlo. ¿Cómo puedo yo participar del misterio de la resurrección? ¿Cómo puedo participar de la vida nueva? Sin tener que esperar a la muerte, que ciertamente puede estar a la vuelta de la esquina, pero también puede tardar unos años. ¿Puedo yo experimentar éste año; puedo yo experimentar en mi vida? ¿Puedo experimentar esa resurrección?

Bueno, aquí se necesita una dosis adicional de Espíritu Santo para tratar de explicarse. Que Dios me ayude, me ilumine y también los corazones de ustedes. La idea fundamental es esta: La idea fundamental es que el mundo quiere que uno crea en un montón de cosas, que son las cosas entre comillas -importantes-, y son la gente importante y son los avances importantes. Y muchos de nosotros tenemos ya inyectado en el corazón, tenemos ya metido en el corazón; esos mismos valores. Es decir, yo habré triunfado y por lo tanto tendré derecho a ser feliz. Cuándo, puntos suspensivos, Y ahora, y ahora, llene usted la línea. Entonces, por ejemplo, para algunas personas yo habré triunfado cuando tenga una casa grande, cuando tenga un gran carro, cuando tenga muchos viajes o cuando tenga un esposo rico, porque yo esposo pobre, no voy a tener. Cuando tenga un esposo rico, cuando tenga una reina de belleza como esposa. Ahí, ahí habré triunfado. Eso es lo que el mundo te quiere inyectar. Yo habré triunfado cuando pueda mirar a los demás por encima del hombro y decir: -Pobrecito, pobre gente, Esos son los fracasados. Yo soy el exitoso-. El mundo trata de inyectarnos esas ideas. Pero ¿Qué es creer en la resurrección? Mire esta frase: -Creer en la resurrección es no creerle a esa inyección del mundo-. Esa inyección del mundo se entra en todas partes, en todas partes. Yo tuve una conversación que no se me olvida con un amigo sacerdote diocesano que me hablaba sobre cómo a nosotros, los sacerdotes, se nos mete la misma idea de esto que estamos hablando, es decir, la idea de cuánto seré yo exitoso.

Entonces, el cura típico para el sacerdote típico: -seré exitoso cuando tenga la parroquia más famosa con la gente de más plata, cuando sea más visible lo que tanto denuncian los Papas, incluyendo el Papa Francisco ese afán de ascender, ¿no? A ver cómo logro la otra parroquia, el otro cargo, el otro nombramiento. Ojalá que me hagan obispo, Ojalá que me hagan cardenal. Trepar, trepar. Eso también se mete en la iglesia. Seré feliz. Habrá valido la pena. Seré exitoso cuando pueda trepar. Cuando sea grande. Muy grande. Muy importante. Muy respetable. Para mirar y pordebajear a los demás. Creer en la resurrección es no creerle a ese cuento. Porque el camino de Cristo es: -la piedra que desecharon los arquitectos. . . - Creer en la resurrección, entonces, ¿Qué es? Que en vez de trepar y trepar, seguimos el ejemplo de Cristo.

El ejemplo de Cristo es lavar los pies. El ejemplo de Cristo es: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen". Orar por los enemigos. El camino de Cristo es el camino de la pureza, de la castidad, de la humildad, de la sinceridad, del servicio. Y el mundo me dice: -Estúpido, estúpido, usted con esa castidad estúpida. ¿Qué piensa, hermano? Se le va a pasar la hora. Eso nos dice el mundo. El mundo trata de inyectarnos eso. Creer en la resurrección es no creerle a esa historieta del mundo, no creerle ese cuento. Bueno, pero hasta ahí no dice uno. ¿Y dónde está ahí la alegría? Porque, claro, si todo el mundo está trepando y uno al contrario, cavando. ¿Dónde entra la resurrección? ¿Dónde entra la alegría ahí?

Al principio uno no la nota. Al principio uno no la nota. Normalmente uno tarda tiempo en notarla. Pero, se puede, se logra. Yo me acuerdo, por ejemplo, mi papá. Mi papá. Alias Chicho. Mi papá, cuando era un joven papá, así como de la edad de Edgar Rivera, le llegó a su escritorio una propuesta maravillosa. Él era juez de aduanas. Usted sabe, aduanas, dinero, contrabando, sobornos. Necesitamos una firma suya. La cuota suya es tanto. Esa es su ganancia. Y entonces él dice: ¡No!, porque él coge el camino de Cristo. No, yo no voy a hacer eso. Y de esas propuestas, muchas. Mi papá nunca tuvo mucha plata. Nunca. Más adelante. Entonces los interesados en el contrabando le dicen: -Mire, nosotros hemos tratado de arreglar esto bien, pero si usted no colabora, hay muchos accidentes que pueden suceder-.

Cuando él vio la amenaza sobre sí mismo y sobre su joven familia, la edad que tiene Miguel Ángel la tenía el segundo de mis hermanos. Estaba yo por nacer, para que hagan ustedes cuentas de cuándo sucedió esto. Y entonces le dicen pues si usted no colabora, esto toca hacerlo de alguna manera. Cuando él vio su vida en peligro, se sale de su trabajo, se sale de su trabajo. Poniendo a toda la familia en peligro porque él era la única fuente de ingreso. ¿Qué cree usted que le dice el mundo? Torpe imbécil, Cretino estúpido. No sé qué más insultos. ¿Cómo se le ocurre hacer eso? En ese momento, él parece un perdedor. Y cuando uno ora por los enemigos, uno parece un perdedor. Y cuando uno perdona, uno parece un perdedor. Y cuando uno sirve, uno parece un perdedor.

Y cuando uno pasa una Semana Santa metido en un lotecito de estos, uno parece un perdedor. Ahí uno parece un perdedor. Pero la vida es larga y yo tuve ocasión de hablar muchas veces al final de su vida con mi papá. Qué alegría en su corazón sentir su conciencia limpia. Qué alegría sentir que lo que él más quería, que lo que era su proyecto, el proyecto que él le había puesto ante los ojos a Dios y que Dios le había puesto ante sus ojos, se había realizado. Lo que yo hice en la vida nos lo dijo muchas veces en los últimos meses -Lo que yo hice en mi vida son ustedes mi hogar, mis hijos-. Un hombre tranquilo, sereno, un hombre sin angustias, sin esperar denuncias, sin esperar problemas. Un hombre con una serenidad. Un hombre con una alegría. Un hombre con Pascua en los ojos.

No es instantáneo. No es instantáneo. Al principio, uno se siente perdedor. Tomar el camino del servicio, tomar el camino del perdón, tomar el camino de la oración, tomar el camino de la pureza. Uno se siente el tonto de la clase, uno se siente el perdedor. Uno empieza a mirar. Todo el mundo prospera. Todos crecen, Todos crecen y yo aquí. Y uno se siente muchas veces el raro. Pero en medio de todo eso, Dios va dando una serie de consuelos del Espíritu que el apóstol San Pablo llama "Arras". Son adelantos, adelantos que Dios te da unos toques de alegría, unas, unos gozos, unas luces, unas comprensiones que te hacen decir: -Me encanta mi heredad, me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad- y esta alegría no la entiende nadie.

La alegría de ese anciano llamado Bernardino Medina, la alegría de ese anciano la conocimos muy pocos. Varios de los de aquí lo conocieron a él y a su alegría y la paz de su alma y la serenidad para acercarse a la muerte. Entonces, ¿Qué es creer y vivir la Pascua? Es tomar el camino de Cristo, Es no creerle al mundo, no creerle al mundo, pero sin caer en esa otra tentación que también critica y también denuncia el Papa Francisco. Si yo no le creo al mundo, pero me vuelvo un saco de arrogancia simplemente para condenar a todos los demás, tampoco estoy haciendo nada. Es no creerle al mundo, porque uno entiende que ha recibido un regalo que uno no merece y es gozar el regalo del amor y de la presencia de Dios y de la victoria de Dios.

Y uno empieza a experimentar esa alegría. Y uno empieza a experimentar ese gozo. Donde más se nota eso, Obviamente es en los santos. Mire usted la alegría de un Francisco de Asís. Parece una piedra que desecharon los arquitectos. ¿Quién puede ser más fracasado que este hombre? Podía ser el heredero de un pequeño imperio económico, Porque el papá, ya ustedes saben, era comerciante y no un fracasado vestido de pordiosero, lavando leprosos, alabando a Dios como un loco por allá en los bosques. Parece un perdedor. Parece. Solamente parece. Acércate a él, hunde tu mirada en sus ojos y verás que lo que él tenía adentro es lo mismo que tienen adentro todos los santos. Pascua, pura Pascua en su corazón.

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