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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Lo primero que enseña la Iglesia al abrir el tiempo pascual es que la resurrección del Señor, centro mismo de todas nuestra fe, no es simplemente una historia bonita, sino que es tan real como toda su vida.
Homilía pasc035a, predicada en 20210404, con 12 min. y 42 seg. 
Transcripción:
Amados hermanos, hagamos un ejercicio mental. Supongamos que nos tocará a nosotros escoger entre tantos pasajes de la Biblia, cuáles son los que deben leerse en el día de la Pascua. Sabemos que esta es la fiesta más importante, es la celebración más grande que tenemos nosotros los cristianos. Así que es un gran compromiso pensar en cuáles pueden ser esas lecturas bíblicas, qué criterio podría seguir uno. Hay muchas cosas bonitas que pueden decirse del Resucitado. Hay muchas cosas buenas que pueden contarse de lo que Él hizo y sigue haciendo. Pero ¿Cuál fue el criterio que siguió la Iglesia para escoger éstas, exactamente estas lecturas? Las que hemos proclamado hoy en el día de la Pascua, la primera lectura fue tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles. Es San Pedro en el capítulo décimo. Contándonos ¿Qué? ¿Qué es lo que nos cuenta? Pues mire lo que dice, dice aquí que: "Nosotros hemos comido y bebido con Él después de su resurrección de entre los muertos". Eso nos dice el apóstol San Pedro, Capítulo décimo de los Hechos de los Apóstoles. En el Evangelio se nos cuenta cómo llegó este discípulo muy amado de Cristo. Podemos decir su nombre San Juan. San Juan el Evangelista. Él entra, ve cómo están las cosas. Él recordaba muy bien cómo habían quedado las cosas el viernes. Llega el domingo. Todo está como lo habían dejado, menos el cuerpo de Cristo. Y por eso dice aquí: "Vió y creyó". ¿Cuál es el énfasis entonces en las lecturas de hoy? El énfasis es que la resurrección de Cristo en su cuerpo, el que padeció en la cruz, el que murió torturado, ese cuerpo que padeció verdaderamente ha resucitado. Ése es el énfasis. Lo más importante para celebrar la resurrección es estar seguros de que no estamos celebrando una metáfora, una fantasía, una fábula, una historia bonita, por decirlo de una manera un poco graciosa: Jesucristo no es Superman. Cuando yo era niño, Superman era mucho más popular que ahora. Y las historias que uno podía leer de Superman o ver en la televisión. Yo alcancé a conocer a Superman en blanco y negro. Vaya deduciendo a partir de ahí. Cuando usted veía esas historias de Superman, pues era bonito ver cómo en una situación difícil, el robo de un banco, el atraco a una pobre mujer, la amenaza contra un avión, aparecía Superman y Superman resolvía el problema y todos quedaban tranquilos y felices. Y luego veían cómo él se elevaba en las alturas y quedaban agradecidos con Superman. El único problema que tiene esa historia es que Superman no existe. Es decir, todo eso es muy bonito, pero no es verdad. Nosotros, varios de los que estamos aquí, hemos pasado por lo que es un atraco. A mí me han atracado también. Y cuando a usted lo están atracando, usted no espera que aparezca Supermán. Usted lo único que espera es que por lo menos le respeten la vida. Entonces Supermán es una historia bonita, pero una historia que no pasa de ser más que una fábula, eso no es verdad. Entonces. La resurrección de Cristo es una historia bonita, inspiradora, una metáfora, un símbolo, un arquetipo, una especie de idea compartida en el inconsciente colectivo. Como decía el psicólogo agnóstico Carl Jung. Ese es Cristo. Una especie de supermán de la religión con el cual uno imagina cosas, sueña cosas y tiene una especie de consuelo barato. Varios ateos famosos han hablado de la religión como un -consuelo barato-. Eso dijo Nietzsche, que los cristianos éramos tan cobardes que para no tener que enfrentar el problema de hacer justicia, nos inventamos el cuento de perdonar. Y eso dijo también Freud que para no enfrentar la ausencia del papá, acuérdate todo el tema del complejo de Edipo, para no enfrentar todo el tema de la ausencia del papá. Entonces nos hemos inventado un Dios padre, Dios padre que está por allá. O sea que para todos esos autores y muchísimos más, en realidad la religión no tiene un contenido de verdad, sino que a lo sumo, como decía otro filósofo Immanuel Kant la religión es útil. No se podrá saber nunca si es verdadera, asegura Immanuel Kant. Nunca se podrá saber si es verdadera, pero es útil, porque sirve para que la gente más o menos se abstenga de realizar ciertas barbaridades. Es decir, tiene una función moralizante. Una función de pedagogía ética. Y en ese sentido la religión es algo útil. Pero no es que tenga realmente ningún contenido de verdad. Pues eso puede decir Kant, puede decir Nietzsche, puede decir Jung, puede decir Freud. Pero lo que nos presenta la Escritura es exactamente lo contrario. Lo que nos presenta la Escritura es la certeza. Cuando una persona se para delante de una asamblea y dice: -¿Se acuerdan del que murió?- Y todo el mundo sabía que había muerto porque la muerte de Cristo fue pública, escandalosa, conmovió Jerusalén, se rasgó el velo del templo. Tú te imaginas lo que se necesita para pararse delante de un grupo de personas y decir: -¿Te acuerdas del que se murió? Pues yo he comido y bebido con Él después de que resucitó-. El que habla así o está diciendo el peor chiste del mundo o es un loco o es un estafador. Pero si luego el que habla así se hace matar por esas palabras, yo por lo menos tiendo a creerle. Y es muy interesante lo que aparece en el Evangelio también, porque en el Evangelio se nos muestra que la fe no surge de un deseo. La fe no surge en contra de lo que decía otro pensador. Hoy estamos citando mucha gente. El papá del ateísmo moderno es Feuerbach, Ludwig Feuerbach y Feuerbach fue el que soltó esa frase que cuando se la encuentran nuestros jóvenes en la universidad creen que encontraron un diamante. La frase es: -No fue Dios el que creó al hombre, fue el hombre el que creó a Dios-. Y ya el que se encuentra con esa frase ya se va donde la abuelita y dice está perdiendo el tiempo con sus rosarios. Abuelita, No existe nada, no hay nada. Pero resulta. Pero resulta que nuestra fe no es el objeto de un deseo, no es la extrapolación de cualidades humanas, que esa es la teoría de Feuerbach, que en el fondo, que Dios es la extrapolación de cualidades humanas; como dirían los españoles: -Te has pasado tres pueblos-, no tienes idea de lo que estás hablando. Los dioses paganos eran eso, los dioses paganos, ciertamente. Entonces, el que quería imaginarse el soldado perfecto se imaginaba a un Dios llamado Ares, el Dios de la guerra. El que quería pensar en una belleza femenina absolutamente perfecta y completamente deseable, entonces se imaginó Afrodita y el otro se imaginó a Minerva o a Juno o a Zeus. Feuerbach tiene razón. Si está analizando la religión pagana como proyección de deseos humanos. Pero yo quiero preguntarles; ¿A cuál de ustedes les interesa que lo despedacen en una cruz? Si ese es un deseo que usted tiene en lo profundo de su corazón, creo que no mucha gente tiene ese deseo. Creo que no mucha gente quiere que lo traicionen, lo maltraten, lo vendan, le mientan. Y todo esto le pasó a Cristo, y esa es la predicación cristiana. Entonces el señor Feuerbach, primera mitad del siglo XIX, que ha tenido un impacto bárbaro, bárbaro hasta nuestros días. Por eso les digo que mucha gente cree que encontró un diamante cuando leyó a Feuerbach. El señor Feuerbach se equivoca de manera rampante. Mira; lo que nos muestra este Evangelio es que a la fe se llega por un camino distinto. Los apóstoles no eran ningunos tontos. Ellos estaban sacrificando demasiado. Demasiado. Y cuando tú estás sacrificando demasiado, tú haces la pregunta que hizo el apóstol San Pedro: "A mí ¿qué me va a tocar?" Este gasto está bien alto, esta inversión está muy complicada. ¿Qué me va a tocar a mí? Esa pregunta está en la Biblia. Esa pregunta la hizo San Pedro. No eran ningunos tontos. Ellos no iban a salir a decir: -Cristo resucitó- para que los agarraran a palo como efectivamente los agarraron a palo, los encarcelaron y luego a Santiago, el Mayor, lo decapitaron. Ellos no iban a salir a decir tonterías y hacerse matar por una historieta. Ellos tenían que estar demasiado convencidos de la verdad. ¿Y qué fue lo que convenció? ¿Cuál fue el primer apóstol que llegó a la fe? Eso es lo que aparece en el Evangelio de hoy. Juan capítulo 20. El primer apóstol que llegó a la fe fue San Juan. ¿Y por qué fue el primero que llegó a la fe en la resurrección? Porque fue el último que se quedó junto a la cruz. ¿Te acuerdas que todos los demás huyeron? El que se quedó ahí, al pie de la cruz fue Juan. Entonces el último, el que se quedó, hasta que apagaron la luz, que fue San Juan. Fue el que llegó en la mañana del domingo y dijo: "Aquí está todo como lo dejamos. Todo, menos Cristo". ¿Quién se roba a un cadáver desnudo dejando todo como estaba? Nunca hubo una explicación para la desaparición del cuerpo de Cristo, como nos dice el evangelista Mateo: "Algunas autoridades judías dieron una suma grande de dinero para que los soldados testificaran que mientras ellos estaban dormidos, se habían robado el cuerpo de Cristo". Y San Agustín se ríe de esa explicación de aquellos judíos y dice: -O sea que me vas a presentar como argumento testigos dormidos-. Hermanos míos, lo más importante de la resurrección, antes de decir todas las bellezas, tenemos cincuenta días para decir bellezas de la resurrección. Por eso ese cirio tiene que arder cincuenta días, Tiempo Pascual se llama, hasta Pentecostés. Durante cincuenta días vamos a decir yo voy a decir y mis hermanos aquí del convento vamos a decir cosas muy buenas seguramente, y muy bonitas de la resurrección, pero la más importante de todas ¿Cuál es? Que es verdad, que no es una fantasía, que no es Superman. Jesucristo no es Superman. Jesucristo es real, tan real como la sangre de los que se han hecho matar por testificar su resurrección. Que a Él sea la Gloria, el honor y el poder por los siglos. Amén.

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