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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La esencia de la alegría cristiana
Homilía pasc025a, predicada en 20160327, con 25 min. y 57 seg. 
Transcripción:
Amados hermanos, creo que ya en este momento todos hemos tomado conciencia de la grandeza de la fecha que estamos celebrando. Esta es la festividad más grande, la más hermosa del pueblo cristiano, también la más antigua. Celebrar la Pascua es unirnos a la victoria de Cristo sobre la muerte, sobre las tinieblas, sobre el odio, sobre el demonio, sobre el pecado. Es la gran fiesta para nosotros, y por eso los cantos son particularmente alegres. Pero también esta es una gran ocasión para reflexionar y descubrir qué es lo propio de la alegría cristiana. Es verdad que el corazón humano siempre necesita alegría. La alegría es un ingrediente indispensable en la vida, y la persona que está en tristeza está también en grave riesgo. La tristeza nos pone en riesgo porque nos pone al borde de la desesperación. Nos pone al borde de la depresión, nos pone al borde de la derrota y nos pone al borde de la tentación. Caminar por el hilo de la tristeza, por el borde estrechísimo e incómodo de la tristeza, es estar siempre en peligro de caer en alguno de esos abismos. La depresión, la derrota, la tentación, la persona que está aburrida, la persona que está triste es la persona que va a estar más tentada, por ejemplo, de buscar algo que le excite, algo que le dé sabor, que le dé color a la vida. Por eso es muy peligroso el aburrimiento. Por eso es muy peligroso el resentimiento. Por eso es muy peligrosa la amargura. Y una de las cosas que debemos pedirle al Señor en esta fiesta de Pascua es que aleje de nosotros toda, todo género de, de tristeza, de amargura. Nada bueno va a salir de ahí. La tristeza nos hace débiles, la tristeza nos hace derrotistas, la tristeza hace que empecemos a mendigar pedacitos de alegría. Por ejemplo, tomándose unos tragos o por ejemplo, buscando una aventura romántica sexual que seguramente va a traer peores desgracias. Por eso el primer punto que hay que decir sobre la alegría es que la alegría es una necesidad humana. Y esa necesidad, hermanos, tiene un lugar particular en la Pascua, tiene una respuesta particular en la Pascua, la alegría de la Pascua ha de llenar cada rincón de tu cuerpo, cada rincón de tu casa, cada rincón de tu horario. No debe tener horario en tu casa la tristeza. Solo hay una tristeza que se recuerda en el fundador de mi comunidad, Santo Domingo de Guzmán. Nos dice una hermosa biografía de Santo Domingo escrita en el siglo XIII. Su expresión y su semblante eran siempre alegres. Santo Domingo vivía como en Pascua. Eran siempre alegres, excepto. -Hay una excepción-. Cuando estaba frente al dolor del prójimo, la única razón por la que Santo Domingo daba espacio a la tristeza es por esa compasión que se derrama sobre el prójimo. Pero muy pronto el servicio al prójimo. La gracia de consolar al prójimo. El poder hacer algo por el hermano le devolvía la sonrisa y la alegría a Santo Domingo, cosa que me haya impresionado a mí de Santo Domingo de Guzmán. Es que ni siquiera la enfermedad alejaba de él, el semblante alegre, risueño, cercano. Varios biógrafos nos dicen que Santo Domingo, en medio de su enfermedad; y ese pobre, con todas las penitencias que hacía y con las circunstancias tan duras de su vida, pasó por muy duras, muy crueles enfermedades. Pero en medio de su enfermedad parecía casi más alegre que cuando estaba sano. La razón era sobrenatural. Santo Domingo sabía que en medio de su fragilidad estaba más estrechamente amarrado por el amor a la cruz de Jesucristo. Y sintiendo, sintiéndose más cerca del Salvador, sentía también más intenso el ritmo del corazón del Señor. Primer punto, entonces, la alegría es una necesidad humana y tenemos que pedirle al Señor que nos dé alegría, en medio de las dificultades tenemos que darnos permiso, tenemos que darnos permiso de alegrarnos. Por eso me ha gustado tanto como al final de esta marcha del Día de Resurrección y llegando aquí nuestro párroco a todos nos estaba invitando a cantar más fuerte, a cantar más bello, a cantar más alto. ¿Por qué? Porque hoy la alegría tiene que llegar al corazón. Punto número uno, que debe quedar claro. Pasemos al punto número dos: Nos damos cuenta que hay alegrías que dejan después tristeza. Así, por ejemplo, lo que empieza con una risa de amigos. Vamos a tomarnos unos tragos. Quizás termina muy mal porque esos tragos después se convierten en más tragos y más tragos. Desperdicio de dinero, escándalo para los hijos, violencia contra la mujer, incluso repugnantes y vergonzosos actos. O sea que esa alegría acabó mal. Hay alegrías que acaban mal. Cuando el narcotraficante empieza a ganar dinero por bultos, como esos espantosos narcotraficantes que han tenido nuestro país, barriles llenos de dinero, cajas llenas de dinero, dinero que se pudre, enterrado porque no hay en qué gastarlo. Cuando empiezan a llegar los ríos de dinero se produce una especie de ebriedad. - ¡Tengo plata, puedo hacer lo que quiera, tengo plata! - Pero esa ebriedad, esa soberbia, acaba mal. Cada uno de esos mafiosos acaba con un tiro en la nuca. Acaba en un atentado por sus competidores en el negocio asqueroso del narcotráfico, Acaba en una cárcel, acaba extraditado. Dónde están esas alegrías? Una vez que uno de esos pobres resulta pudriéndose en una cárcel en Estados Unidos o en cualquier otra parte?, ¿Te das cuenta? Empezó como una alegría, pero luego eso acaba mal. Acaba mal. La secretaria por allá en una empresa, muy bonita ella, busto bien elegante, perfil perfecto. Piel inmaculada. Una muchachita de un barrio más bien modesto. Entra a trabajar a una gran empresa y de repente empieza a darse cuenta que su figura corporal no le es indiferente al gran gerente. Un hombre que tiene mucho dinero, mucho mundo, mucho club, mucho paseo. Y entonces ella se siente feliz porque casi siempre la mujer le encanta no pasar desapercibida. Ella se da cuenta que cuando pasa tratando de levantar un poquito más las posaderas, que se vea que es lo que tiene. Entonces cuando ella va pasando delante del gerente, hace su su ejercicio para que se vea que ella pasó y ella se siente feliz de que ese señor que tiene tanta plata y que tiene tanto mundo, la ha mirado y un día se le presenta con uno de esos perfumes que valen mucho dinero, esos perfumes que no se consiguen fácilmente cuando uno ha nacido en una familia modesta y llega él y le dice mira, me acordé de tu cumpleaños y ella se siente feliz y entra en un plan que por un momento le parece seductor y es precisamente volverse seductora. Entra en el camino de la coquetería porque le gusta sentirse halagada. Detrás de ese perfume viene una cadena, una diadema, un anillo, todo fino y claro, ablandada por esos regalos. Un día le dice este hombre la pregunta que ella no se podía esperar, una muchachita humilde, una muchachita de nuestros barrios de por aquí. Y le llega una noticia, le dice el hombre: -Oye chica, ¿Tú tienes pasaporte?- Qué pasaporte iba a tener ella si para ir a Malambo, para ir a Cartagena, para ir a Puerto Colombia no se necesita pasaporte; para ir a Galapa. No se necesita pasaporte. Ella ¿Qué pasaporte iba a tener? Y dice ella que no quiere quedar como la pobretona, que es porque es pobre, pero siempre se pone su ropita bien arreglada y siempre ella sabe cómo hacer los ejercicios apropiados para que se vea, lo que Dios le dio. Y entonces dice ella: -No, pero precisamente lo estoy sacando-. ¡Mentira, embustera! Ningún lo estoy sacando. Ella no tiene pasaporte ni lo pensaba sacar. Se iba a morir sin conocer más allá de Urabá. Lo estoy sacando. -Ah, yo te acompaño-. Le ayuda a sacar el pasaporte. -Es que tengo, le dice él, tengo una convención-. Ella ni sabe que es una convención. Tengo una convención, por ejemplo en Panamá. ¿Tú me quieres acompañar para que llevemos algunos archivos que toca llevar? Y está que todavía le queda un poquito de la formación moral que le dio el padre Nelson Novoa. Ella siente que no está bien que yo vaya con mi jefe, que es un hombre casado, me vaya, por ejemplo para Panamá. Eso no está bien. Eso no puede estar bien. ¿Por qué? Porque ella tiene una mamá, que con mucho esfuerzo, madre soltera y cabeza de familia, fue una mujer honorable. Se podrá decir lo que se quiera de esa mamá, pero nadie podrá decir que fue deshonesta, que fue infiel o que fue vagabunda. Nadie lo puede decir una mujer correcta y esa fue la mamá de esta muchachita, y ella sabe en qué camino se está metiendo. Pero ya en ese momento ya aceptó el perfume, ya aceptó el arete, ya aceptó la pulsera, ya aceptó. Ya ella está muy metida y ya le está gustando eso, ya le está gustando. Cuando por fin ya no bebe guarapo ni chicha barata, sino bebe Chivas Regal. Ya cuando ella aprendió a pronunciar old Parr, ya ella siente, -no, ya estoy en otro nivel- y ella sabe que la mamá fue una mujer recta y ella sabe que va mal. Pero las alegrías de sentirse halagada, las alegrías de echarse desodorante fino. Por fin se echó desodorante fino. Y entonces se va para Panamá. Y después del viaje de Panamá, no que yo tenga nada contra ese hermoso país, se convierte oficialmente en la amante del jefe. Ya ella se le entrega y todo empezó muy bien y todo empezó muy alegre y con mucho regalo y con mucho perfume, pero la situación se va agravando. Adelanta la película, por favor. Dos o tres años ya. Esta muchacha tiene un aborto. Ya se hizo un aborto. ¿Por qué? Porque no puede dañar su carrera. ¿Quién le pagó el aborto? El jefe. ¿Ve? Pero ya ella, ya ella ya no puede rezar por la noche. Porque la última vez que quiso rezar por la noche, frente a una imagen de la Virgen María que le regaló su abuelita, que vivió también pobre, pero que fue otra mujer recta y piadosa, colaboradora de la parroquia. Toda una vida, una mujer de oración. La abuelita le regaló una imagen de la Virgen. Pero la última vez que esta muchacha se postró para orar en esa imagen de la Virgen, ella sentía que los ojos de la Virgen le estaban denunciando ese aborto. Y entonces, confundida por un llanto que no podía reprimir, decidió dejar de rezar. Fíjate ya por dónde va esa historia. Y así podría contarte muchas otras historias. Esto que acabo de contar no es nada que yo haya escuchado en ninguna confesión. No es nada que yo haya escuchado en ninguna conversación. Es la historia simplemente de tantas colombianas y de tantas latinoamericanas que un día creen que han encontrado y han abrazado el cielo simplemente porque un hombre les regala un perfume fino o les regala un paseo costoso. Esas alegrías empiezan bien, empiezan muy bien y qué agradable es pasearse por el barrio y sentir. -Soy la única en este barrio, soy la única que se echa este perfume, a ver, huelanme, huelanme, por favor-. Eso es muy bonito. Aunque es bonito porque acaricia el ego y acaricia la vanidad. Eso no le gusta a Dios. Así que hay muchos ejemplos hermanos, de alegrías, que empiezan bien pero que al final acaban en amargura, acaban en derrota, acaban en resaca, acaban en remordimiento. Y por eso es muy importante no solamente buscar la alegría, el primer punto de la reflexión fue que todos necesitamos alegría. Pero el segundo punto es; cuidado con las alegrías a las que les abres la puerta en tu vida. No todas las alegrías son buenas, hay alegrías que destruyen la vida, hay alegrías que arruinan tu cuerpo, tu salud, tu pareja, tu familia o que arruinan a tu país. Cuánto daño le han hecho a este país las alegrías de las bandas criminales, de los jefes mafiosos y de los capos del narcotráfico. Cuánto daño. Entonces pasemos al tercer punto. Y entonces, ¿Cómo es la alegría verdadera?, ¿Cómo es esa alegría que no deja remordimiento?, ¿Cómo es esa alegría propia del cristiano?; esa alegría, según nos enseña un gran Papa llamado Pablo VI, Pablo VI beatificado, el Beato Pablo VI, un Papa que sufrió muchísimo, como suelen sufrir los papas, escribió una obra chiquita que se llama precisamente: "La Alegría Cristiana". Y una de las cosas que nos dice el Papa Pablo VI es que la alegría cristiana siempre va purificada por el don de la cruz y nos dice otra cosa que es muy interesante y es la que aparece en la primera lectura de hoy, en el capítulo décimo del libro de los Hechos de los Apóstoles. No sé si todos nos habremos dado cuenta de una frasecita que aparece en el día de hoy -Solemnidad de la Pascua en la primera lectura-. Dice aquí San Pedro hablando en el capítulo décimo de los Hechos de los Apóstoles: "Dios resucitó a Cristo, lo hizo ver no a todo el pueblo, sino a los testigos que Él había designado, a nosotros". O sea que Pedro se muestra como testigo de la resurrección de Cristo y añade esto, ojo con esto: "Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos". Juez. O sea que nosotros, alabando a Jesucristo, estamos bendiciendo al que es nuestra alegría, nuestra Pascua, nuestro salvador. Pero también estamos contemplando al que es nuestro Juez, y no se deben separar esas dos palabras. Esa es la clave central de la alegría cristiana. Cristo es el salvador misericordioso, pero Cristo también es el juez sapientísimo. No nos quedemos solo con el Cristo Salvador compasivo. No nos quedemos con Cristo solamente como juez sapientísimo. ¿Qué pasa cuando una persona se queda solo con Cristo como juez? Que esa persona se va llenando poco a poco de angustia, Porque claro, como Jesucristo nuestro Señor es perfecto, es inmaculado, es Dios verdadero, vamos a decir que nadie le da la talla. Es que Cristo realmente es demasiado santo. Y cuando uno pone a pensar, cuando uno pone a comparecer su vida frente a la vida de Cristo, uno dice: -No, ese modelo me queda muy grande-. Y por eso hubo una época en que en la predicación de la Iglesia se enfatizaba demasiado en el aspecto de Cristo como juez, Y todo es -Dios te va a condenar por eso; te acordarás de mí, te acordarás de mí, porque Dios lo ve todo-. Y hubo una época en que había sacerdotes un poquito mayores que tenían esa costumbre. No todos, pero había unos que tenían esa costumbre y cada rato estaban mandando a la gente para el infierno, -Al infierno, Al infierno-. En Chiquinquirá, donde está el santuario de la Virgen, había el dicho de que -si un padre no mandaba al infierno tres veces a la gente en una homilía, estuvo mal a la homilía-. O sea que la costumbre era esa. -Dios te va a castigar porque tú eres un pecador, porque tú has hecho las cosas mal-. -Dios te va a castigar-. Y se enfatizaba mucho la parte del juez. Eso no está bien, porque una religión basada en el miedo, basada en el pánico, esa no puede ser la religión nuestra. Pero luego como que el péndulo se fue para el otro lado. Entonces tenemos el peligro de trivializar la religión, es decir, tratarla con tal superficialidad, tratar con tal vacuidad la religión, que en la práctica Dios termina siendo un viejito buena persona. La Biblia dice que el nombre que tenía Dios en el Antiguo Testamento era Yahvé. Pero entonces algunos volvieron al Dios llave. Entonces Dios es mi llave, -llavecita, ¿Qué tal?- Y entonces ese Dios que es mi compinche, ese Dios que es mi cómplice, ese Dios que me aprueba todo, ese Dios al que en el fondo no le importa si yo peco o no peco. Ese es el Dios que a veces se quiere predicar hoy. Como quien dice Dios es tan bueno, Dios es tan compasivo que en el fondo no importa si usted peca o no peca. Ese es el otro extremo. Como que quisiéramos quedarnos con un Dios que lo único que hace es darnos palmaditas en la espalda, felicitarnos. Y hay gente que se acostumbra a eso y hay gente a la que le gusta predicar o que le prediquen solamente un Dios. -Ese Dios que te va a bendecir, Dios te va a dar fuerza, Dios te va a ayudar, Dios te va a apoyar en todas tus causas. Dios está contigo, Dios te va a ayudar-, eso es cierto, pero Dios también tiene que corregirte hermano, como me tiene que corregir a mí. Usted piensa en Dios como en un buen papá o en una buena mamá. Un buen papá le da ánimo a los hijos, los abraza, los ama, los quiere, los mima. Pero un buen papá también, cuando tiene que corregir al hijo, lo corrige. Entonces así es Dios. Y por eso la gran clave para la alegría cristiana es saber que cuando nos alegramos por Dios como gran Misericordia. No se nos puede olvidar que en Él está la gran justicia. Y cuando miramos al Dios que es la gran justicia, no se nos puede olvidar que Él es la gran misericordia. Justicia y misericordia. Dios Salvador y Dios Juez. Cristo resucitado es ambas cosas. ¿Eso me lo estoy inventando yo? No, señor. Capítulo décimo de los Hechos de los Apóstoles. La Iglesia nos propone precisamente en este domingo de Pascua, le repito la frase Fíjese con qué tono tan serio habla el apóstol San Pedro en este pasaje. "Dios, Dios. Dios nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios nombró a Cristo, juez de vivos y muertos, juez de vivos y muertos". Entonces, la alegría cristiana, ¿Cuál es? La alegría cristiana no es apagada. La alegría cristiana no es aburrida. Nuestra fe no es aburrida. Claro que no. Claro que no. Nuestra fe no es aburrida. Nuestra fe es dinámica, es alegre. Pero para que la alegría cristiana no se pervierta y no termine siendo causa de tristeza, como los ejemplos que ya di, uno tiene que acordarse que ese mismo Dios que tanto me perdona, que tanto me ama, que tanto me cuida, que tanto me ayuda, ése mismo Dios es el Dios al que tendré que presentarle toda mi vida, todos los días de mi vida. Precisamente porque alguien se preguntará pero ¿Cómo se puede juntar eso de que es salvador y juez? Hay una explicación teológica muy bonita que te la resumo de esta manera: -Precisamente el Dios que te ha dado todas las oportunidades de la misericordia. Es el Dios que si tú le rechazas ya ha pronunciado tu destino-. Es lo mismo que el que está en un naufragio en el mar. Si te dan todos los salvavidas posibles y te dan todos los botes posibles, si te envían todas las señales de salvación, si te tiran todas las cuerdas y tú las rechazas todas, ya sabes qué es lo que te va a pasar. Por eso el mismo que es nuestro salvador, es nuestro juez. Resumamos, hermanos, este breve mensaje de Pascua. Primero, la alegría es una necesidad del corazón humano y hay que expulsar la tristeza en el nombre de Cristo en nuestros corazones. Segundo, hay muchas alegrías que son falsas y que a veces nos seducen porque por las carencias, por las venganzas, a veces por la vida que hemos llevado, nos tienta el dinero fácil, la alegría fácil, el vicio rápido. Cuidado que hay muchas alegrías falsas. Y tercero, ¿Cuál es la señal de la alegría verdadera? La alegría verdadera se caracteriza porque yo me gozo en Cristo, pero al mismo tiempo, al mismo tiempo, sé que tendré que presentarle a Cristo cuenta de todo lo mío, de todo lo que yo soy. Si no se te olvida que Cristo es juez verdadero, entonces que tampoco se te olvide que Él es verdadero salvador. No tapes una imagen con la otra. Él es mi Salvador y Él es mi Juez. Él es mi Juez, pero Él es mi Salvador. Él es todo misericordia, pero en Él hay justicia. Él es justicia, pero en él encuentro compasión. Y al tener ese balance aprendemos a llevar una vida recta, gozosa, una vida que sea testimonio y luz para nuestros hermanos. ¿Amén?. Amén.

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