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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Aunque hay hechos que apuntan hacia la resurrección, la certeza gozosa de que Cristo ha vencido sólo la da el Espíritu Santo.
Homilía pasc021a, predicada en 20140420, con 14 min. y 57 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos. ¿Quiénes fueron los primeros en ver que algo extraño había sucedido en ese sepulcro? Es una buena pregunta. Mucha gente puede pensar que la respuesta es María Magdalena o las otras mujeres piadosas, o tal vez los apóstoles. La respuesta correcta no es esa. Recordemos por los Evangelios que las autoridades judías le habían pedido a Pilato un piquete de soldados, un pequeño grupo de soldados que debían custodiar la tumba. Aquí se nos dice: que el primer día de la semana, es decir, correspondiente a nuestro domingo, María Magdalena fue temprano al sepulcro. Por ningún lugar se mencionan estos guardias. Eso quiere decir que los primeros que tuvieron que darse cuenta de que algo grave había sucedido fueron los guardias. El tipo de sepulcro que usaban los judíos no era como nuestras tumbas. Sobre todo hay que entender que no se trataba de excavar, depositar el cadáver y echar tierra encima, -No-. La tumba de la época consistía más bien en una especie de socavón, como una pequeña cueva y en esa pequeña cueva había dos espacios. En la parte más interior se dejaba el cadáver sin ataúd envuelto en unas telas y después de eso, impregnado con mirra y con otras sustancias fuertemente olorosas, aromáticas, el cadáver quedaba envuelto en tela y puesto en esa parte interior. La recámara más exterior, la que daba propiamente a la puerta del sepulcro; podía ser más o menos grande. Parece que ahí podían caber dos o tres adultos. Es un modo muy extraño de disponer de los cadáveres, pero ese era el modo que ellos utilizaban. Y en esa recámara, la más exterior, a veces se reunían para hacer oraciones por el difunto que estaba, como ya expliqué, más adentro. Ese socavón que ya se ve, que tenía que ser bastante grande, luego era tapado, en el caso de Cristo, con una piedra sumamente pesada, voluminosa. Y como escuchábamos en el evangelio de hoy, María Magdalena se da cuenta que han movido la piedra. Pero aquí vuelvo yo a mi pregunta inicial ¿Quiénes fueron los primeros que supieron de esa piedra movida? -Pues los guardias-. Pero luego el Nuevo Testamento no nos dice por ninguna parte que los guardias empezarán a predicar la resurrección. Los guardias evidentemente comprobaron que la piedra se había movido y comprobaron también que el cadáver no estaba ahí. Pero eso, ¡ver todo eso! no los hizo creyentes. Ver todo eso no hizo que ellos salieran a anunciar con gozo ¡El Señor ha resucitado!. Esto nos enseña algo muy importante: la constatación de los hechos, incluso la constatación de una tumba vacía, la misma tumba que uno ha estado vigilando. Ese fue el caso de los soldados. Constatar una tumba vacía no es suficiente para despertar la fe. La fe en la victoria de Cristo, la comprensión de lo que significa la resurrección no viene simplemente de ver unos hechos. Esos hechos existen, están a la vista, no se puede dudar de la certeza, que la primera comunidad cristiana tenía en cuanto a la tumba vacía. Algunos críticos de la fe cristiana dicen que la historia de la tumba vacía es muy posterior, es de la época en que se redactaron los Evangelios, déeecadas después de todos estos acontecimientos. Pero nosotros sabemos que en el discurso de Pentecostés, el apóstol Pedro hace una comparación entre lo que le sucedió al rey David y lo que le sucedió a Jesús. Pedro utiliza como término de comparación el Salmo segundo. En ese salmo segundo leemos "No dejarás a tu fiel conocer la corrupción" . Y entonces Pedro, en su discurso de Pentecostés, que fue unas pocas semanas después de todo esto que estamos leyendo, Pedro les dice a los que estaban reunidos en la fiesta de Pentecostés: -Permítanme que me exprese claramente: "La tumba de David está con nosotros. Pero Dios no permitió que su siervo Jesús conociera la corrupción"- . Es evidente que cuando Pedro habla de esa manera, él tenía la certeza de que la tumba de Jesús había quedado vacía. Si la tumba de Jesús tuviera el cadáver de Jesús, Pedro estaría diciendo algo no sólo ridículo, sino también falso, que cualquiera hubiera podido negar caminando unos cuantos metros y diciendo: -Pero aquí está corrompiéndose el cadáver de Jesús, entonces, ¿qué es lo que usted dice, Pedro?- O sea que el discurso de Pedro en Pentecostés está demostrando que el hecho de la tumba vacía era una cosa perfectamente conocida en ese tiempo. Pero aquí vuelvo a mi punto central, la sola tumba vacía, el hecho de que el cadáver no se encuentre, ¡¡no es suficiente!!. Eso no produce por sí mismo la fe. Y hay otro ejemplo que aparece en el texto del Evangelio de hoy. Recuerda que entra Pedro. Pedro es el que entra de primero y llega hasta el lugar donde había estado el cadáver de Cristo. Se da cuenta que no está el cadáver de Cristo, pero se queda simplemente perplejo. En cambio, el otro discípulo, el llamado discípulo amado, -entró y creyó-. Todo esto, mis amigos, nos está indicando algo muy importante. Es verdad que hay hechos incontestables sólidos, que nos están indicando la victoria de Cristo sobre la muerte y que su cadáver no está ahí. Cualquier persona a la que ustedes le oigan que la corrupción del cadáver de Cristo, que la tumba de Cristo, que los huesos de Cristo, incluso para desgracia nuestra hay tal cual, sacerdote y tal cual, teólogo que dice esas barbaridades a cualquier persona que diga ese tipo de herejía; usted le puede decir con mucha paz: -Esa no es la fe de la Iglesia, eso no es lo que creyeron los apóstoles; no nos confunda más-. Tenemos hechos suficientemente documentados hasta donde es posible documentar un hecho en el siglo primero, tenemos hechos que demuestran esa tumba vacía y que no hay explicación sobre el cadáver de Cristo. Pero los hechos todavía no producen la fe, porque si uno se queda con los hechos, se queda como Pedro en la perplejidad. ¿Qué fue lo que vio el otro discípulo? y ¿qué fue lo que hizo que ese otro discípulo pudiera creer? El otro discípulo pudo ver un poquito más que Pedro, porque el otro discípulo había estado hasta última hora el Viernes Santo, el otro discípulo había visto cómo habían acomodado todas las cosas en ese sepulcro, el otro discípulo había visto cómo acomodaban el sudario y cómo acomodaban esa otra tela que solían poner en la cabeza de los difuntos. El otro discípulo que la tradición identifica con el evangelista Juan. Este Juan había visto cómo habían quedado todas las cosas. Y ahora, cuando vuelve el primer día de la semana, es decir, el domingo, él vuelve y ve que todo está en orden menos el cuerpo de Jesús; él se da cuenta que: está la tela con que envolvieron el cuerpo, está la tela que pusieron en su cabeza. Todo está en orden, pero no está el cuerpo de Jesús y eso le sirve de señal adicional a él, eso le sirve para darse cuenta:- Aquí ha sucedido algo que no es un robo-. María Magdalena, un poco perpleja, ella también dice: -Se han llevado al Señor, no sabemos dónde lo han puesto-, pero Juan observa con mayor profundidad. Se da cuenta que nadie roba un cadáver desnudo dejando intactas las ropas. Estaba todo lo que le pusieron a Jesús. Porque ustedes saben que Cristo en la cruz no tenía ropa. Cristo estaba desnudo, envolvieron su cuerpo desnudo en una tela. Probablemente es la tela que se conserva en el Santuario de Turín. Probablemente es el Santo Sudario de Turín. Pero sobre eso no hay pronunciamiento definitivo de la Iglesia. Esa tela larga en la que habían envuelto el cuerpo desnudo de Cristo estaba igual, exactamente igual como la habían dejado el viernes. Y el paño que habían puesto en la cabeza estaba igual como lo habían dejado el viernes, pero el cuerpo no estaba. Aún suponiendo que una persona fuera de sus cabales quisiera robar un cuerpo desnudo, imagínate el trabajo para dejar todo exactamente igual, sin rastro alguno de sangre ni de desorden. Cuando Juan vio eso, cuando Juan se dio cuenta que todo estaba como lo habían dejado, entonces ese hecho trajo una centella de luz a su corazón. Y por eso dice la Escritura: "Vio y Creyó" . Y entonces Juan se da cuenta que lo que ha sucedido es mucho más bello, es mucho más grande que la simple perplejidad. Y así llegó por primera vez. El primero, el primerito, entre todos los seres humanos que llega a la certeza de la resurrección. Aunque hay discusión en algunos místicos y doctores de la Iglesia, porque se cree que probablemente María Santísima, la Madre del Señor, recibió noticia de la resurrección incluso sin ir a la tumba. Pero de eso no tenemos constancia en la Escritura, hasta donde hay constancia en la Escritura. Juan es el primer ser humano que, viendo cómo estaban las cosas, se da cuenta. -Aquí sencillamente ha sucedido la resurrección-. Hermanos, esa centella de luz que brilló en lo profundo del sepulcro, esa centella de gracia, ese chispazo del Espíritu, lo necesitamos también nosotros, en este día, clamemos por esa luz. Porque descubrir la resurrección de Cristo es descubrir que la vida entera de Cristo tiene sentido. Sin la resurrección, la vida de Cristo es la vida de un tonto, la vida de uno que se entregó y que al final lo perdió todo, lo traicionaron los amigos, le ganaron los enemigos. Cristo, sin la resurrección, es el gran fracasado. Cristo sin la resurrección es el desastre al cual no vale la pena prestarle atención ni mucho menos seguirlo y en ningún caso morir por Él. Pero si de verdad ha resucitado, si la muerte no tiene la última palabra, si en verdad se puede creer en ese estilo de vida, entonces tú y yo tenemos que salir a contarle al mundo que vale la pena ser bueno, que vale la pena ser generoso y puro y sincero, y que vale la pena luchar por tantas cosas que el mundo nos quiere arrebatar, frente a las cuales nos sentimos cobardes. La resurrección nos quita, la noticia de la resurrección, nos quita la cobardía y nos pone en la ruta de la proclamación gozosa del triunfo de Dios. Necesitamos ese chispazo que en lo hondo del sepulcro recibió el apóstol Juan. Necesitamos esa luz, porque sin esa luz vamos a huir asustados como los soldados, o vamos a quedar simplemente perplejos, como al principio quedó perplejo el apóstol Pedro. ¡No! Estamos llamados a algo más. Estamos llamados a ir más allá de la perplejidad. Estamos llamados a llegar a la plena certeza para poder anunciar con gozo que el amor está vivo.

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