Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El volumen del ataque mortal contra Cristo en su dolorosa pasión nos hace comprender qué implica vencer a la muerte.

Homilía pasc019a, predicada en 20130331, con 25 min. y 31 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, toda nuestra fe cristiana tiene su piedra angular, su fundamento principal en la noticia de la resurrección. Se puede decir, sin temor a exagerar, que todo el edificio de nuestra fe descansa en los acontecimientos que se cuentan en el Evangelio de hoy y también en los Evangelios que vamos a escuchar en los siguientes días, que corresponden a lo que se llama: -La octava de Pascua-. Todo lo que nosotros creemos depende de un solo hecho, y ese hecho es que Cristo ha vencido a la muerte. Esta afirmación es tan supremamente importante como resulta difícil de creer. Estamos diciendo que verdaderamente murió y estamos diciendo que la muerte no pudo retenerlo bajo su poder.

Esa afirmación no existe en ninguna otra religión. Somos únicamente los cristianos los que afirmamos que verdaderamente murió y que verdaderamente resucitó. Los musulmanes afirman que el último y definitivo profeta es Mahoma, y que la revelación que se dice que él recibió es decir, lo que está contenido en el Corán es la palabra definitiva de Dios, al que ellos llaman Alá. Pero ellos no dicen que Mahoma haya resucitado de entre los muertos. Los budistas miran a su fundador, Siddhartha Gautama, como un hombre muy santo, muy espiritual, que enseñó el camino para vencer el sufrimiento, el camino de la serenidad y de la perfecta paz. Pero ellos tampoco afirman que Buda haya vencido a la muerte. Tú no te vas a encontrar que ningún budista te diga que Buda resucitó de entre los muertos, eso no lo dicen.

Por supuesto, los judíos, en tanto que judíos, tampoco afirman eso, por ejemplo, de Moisés o de David. Y así pudiéramos recorrer otras religiones y nos daríamos cuenta que somos solamente nosotros, los cristianos, los que afirmamos algo tan absolutamente extraordinario. Estamos diciendo que Jesucristo ha vencido a la muerte. ¿Por qué eso es tan importante? ¿Por qué ahí descansa nuestra fe? Hay algunos cristianos, incluso católicos, que no terminan de ver la importancia de esta afirmación central. Hay algunos cristianos que creen que lo importante del cristianismo es el ejemplo que nos dio Jesús: -Que seamos buenos, orantes y sobre todo, justos, compasivos, solidarios-.

Para ellos el corazón del cristianismo está en esas enseñanzas que Cristo dejó de palabra y de obra, y por eso existen algunos cristianos, incluso algunos que han estudiado mucho y enseñan mucho, y que se llaman teólogos, que llegan a afirmar que la resurrección corporal de Cristo no es Indispensable para la fe cristiana, como quien dice, es tan grande el ejemplo de bondad, de justicia, de solidaridad que nos dejó Jesús, que con eso es suficiente. Y en realidad creen ellos que no importa lo que le haya sucedido al cuerpo mismo de Cristo. Pero eso que dicen esos teólogos no es la fe cristiana, porque nosotros afirmamos que Cristo verdaderamente murió y verdaderamente resucitó.

Y por eso es tan importante la pregunta: ¿Qué es lo que agrega la resurrección corporal de Jesucristo?; ¿Por qué es importante que afirmemos, como de hecho afirmamos que Jesús venció a la tumba y que no se quedó en el sepulcro y su carne no conoció la corrupción; por qué eso es importante? Para entenderlo hay que ver cuáles fueron las fuerzas que se desencadenaron y cayeron sobre Jesús en la hora de su pasión. Y lo que vemos es que sobre Él cayó todo el peso de la maldad. Vemos que el pecado del mundo cayó sobre Él, y no podía ser de otra manera, porque Cristo mismo fue descrito con estas palabras por Juan el Bautista: "He aquí el Cordero que quita el pecado del mundo". Para quitar el pecado del mundo, Cristo recibió sobre sí el pecado del mundo. Y podemos decir que la maldad reconcentró sus fuerzas.

El demonio sacó lo peor de su crueldad y lo más astuto de sus estrategias para atacar al justo para atacar al inocente. Es muy importante entender que en la Pasión de Cristo no hay solamente un drama de traiciones y de crueldades humanas, sino que más allá de las acciones de los verdugos o de la cobardía de los discípulos, es la fuerza misma del pecado Y es la acción misma del demonio la que cae sobre Jesús. Ésa es la esencia del sacrificio de Jesucristo. Sabemos que es así porque el ataque fundamental del demonio si nos devolvemos por un instante al Viernes Santo, se concentra en aquella frase que algunos de los que estaban alrededor de la cruz le decían al Crucificado: "Si tú eres Hijo de Dios, baja de esa cruz para que creamos" Y hay otra frase importante: "A otros pudo salvar, pero no se puede salvar a sí mismo". En esas dos frases tenemos una clave importantísima de lectura sobre lo que es la pasión del Señor.

La primera frase ¿Cuál es? La primera frase es: -Bájate de la cruz para que creamos en ti-. Resulta que toda la vida de Cristo, todo su ministerio profético, tenía un solo propósito, despertar en nosotros la fe. Porque también dijo Cristo en el capítulo 17 de San Juan: "En esto consiste la vida eterna. -Le dice al Padre Celestial- en que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo". Entonces, lo que Cristo más anhelaba y anhela, y de lo que tiene sed es de nuestra fe. Y a este Cristo que tiene sed de nuestra fe, El demonio le escupe esa frase: -Pues bájate de la cruz y vamos a tener fe-. Yo quiero que entendamos la perversidad extrema que tiene esa frase, porque es tomar al Crucificado en el momento de máximo dolor para decirle: -Te vamos a quitar tu sufrimiento y te vamos a dar lo que tú más has querido, que es nuestra fe. Pero para eso hay una condición, y es que te salgas de la cruz, es decir, que te salgas del camino que te ha mostrado el Padre Celestial-.

Ese nivel de ataque, ese nivel de ataque hacia Jesucristo, denota el grado de maldad, el grado de tinieblas que rodean el misterio de la cruz. No es una frase simplemente humana, podemos decir que aquellos seres humanos, quizás sin darse cuenta, como suele suceder, obraban como repugnantes marionetas, como títeres asquerosos del demonio, porque de sus bocas la frase que sale es la frase perversa que quiere a toda costa separar a Cristo de la voluntad del Padre. Y la otra frase le dicen algunos de los que están ahí: -A otros pudo salvar, y a sí mismo no se puede salvar-. Esa frase es una invitación a que Cristo se ponga Él en primer lugar, a que Él se salve a sí mismo. Pero resulta que la descripción quizás más hermosa que tenemos de Cristo en la cruz es exactamente lo que ellos dijeron.

Cristo en la cruz es aquel que no puede salvarse porque está demasiado ocupado salvándonos. Es aquel que no renuncia a su castigo, un castigo que no merecía por librarnos a nosotros del castigo. Es decir, que esa frase, en toda su ironía, es un ataque frontal, directo a la caridad de Jesucristo, la caridad redentora de nuestro Salvador. Lo que se le está diciendo es: -Tira lejos esa estúpida caridad que te tiene sufriendo. Preocúpate por ti mismo, haz algo por ti mismo. O sea que esas dos frases que he mencionado son un ataque al amor y la obediencia al Padre y otro ataque al amor que Cristo nos tiene a nosotros. Lo que hay que destacar en este aspecto interior de la Pasión de Cristo es que todas las fuerzas del mal se reconcentran y caen sobre Cristo. Nosotros vemos su carne destrozada por los azotes, perforada por los clavos, herida por las espinas.

Pero la verdadera pasión del Señor está en ese otro sufrimiento interior que es el que se muestra con las frases que he mencionado, es decir, la crueldad con la que el enemigo quiere atravesar ese corazón quiere separarlo del corazón del Padre. Quiere apagar el fuego del amor de Cristo para que Él se ponga en primer lugar y nosotros no seamos salvados. Entonces, la Pasión del Señor no es simplemente el sufrimiento de un crucificado. La pasión del Señor es el agotamiento, el agotamiento de las fuerzas de las tinieblas, el agotamiento de las fuerzas del mal. Dicho de otra manera, todo lo que los poderes de este mundo pueden conseguir, todo el terror que pueden provocar, todo el dolor que pueden causar todo, todo eso cayó sobre Jesús, especialmente en ese sufrimiento interior que estamos tratando de describir.

Entonces la muerte de Cristo supone el resultado de ese ataque agresivo, ese ataque frontal, ese ataque pavoroso de las tinieblas contra el Cristo inocente. Pero entonces nos damos cuenta de algo, este Cristo, en su padecer estaba venciendo, porque lo que le propone el demonio, en síntesis, es -No obedezcas a Dios, y deja de amar a la gente, no ames más, no obedezcas más- ésa es la síntesis de las dos frases que he subrayado. Lo que el demonio le estaba gritando a Jesús era eso: -Ya no obedezcas más. Deshazte de tu padre. Suéltate de Dios-. Eso es lo que le está gritando el demonio y le está gritando: -Deja de amar, preocúpate por ti, deja de preocuparte por los demás, ya no ames más, deja de obedecer y deja de amar-. Ése es el grito del poder de las tinieblas. Ese es el propósito de este ataque. Pero Jesús no cede a esa doble tentación. Jesús permanece en obediencia de amor al Padre y en oración. Y Jesús permanece derrochando caridad. Caridad incluso por los verdugos. Caridad por sus compañeros de sufrimiento.

Por eso veíamos el Viernes Santo que se preocupa de la Mamá, se preocupa del discípulo amado, se preocupa del ladrón que está crucificado a su lado y que le dice: "Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino". Jesús en su Pasión estaba sufriendo y el sufrimiento principal era frente a esos gritos de Satanás. El grito de Satanás era -No obedezcas más, no ames más-. Cristo estaba sufriendo, pero Cristo estaba venciendo. Entonces hay que ver la muerte de Cristo como una victoria. La muerte de Cristo es su victoria, una victoria que al mismo tiempo sucede en el dolor de su cuerpo y en la integridad de su alma, de su corazón. Cristo sufre con todo su ser, así como nosotros al pecar lamentablemente pecamos con la mente, con el corazón y también con el cuerpo.

Así que el ataque del enemigo es un ataque dirigido a todo el ser de Cristo, a desgarrar su cuerpo, a despedazar el cuerpo, pero también a desgarrar el alma y a lanzarle esos dardos venenosos al corazón del Señor. Ya usted sabe cuáles son esos dardos. Lo que el demonio le estaba diciendo a Cristo era -ya no obedezcas más, ya no ames más, ahora preocúpate solo de ti mismo-. La muerte de Cristo, entonces, es el resultado de un ataque espantoso, como no lo vieron los siglos, y como no se repetirá jamás. Es el resultado de un ataque espantoso del poder de las tinieblas a través de estos seres humanos. Y ese ataque espantoso es también la victoria de Cristo. Porque Cristo, aunque recibe esa tentación, no cae en ella, sino que permanece fiel en obediencia a Papá Dios y permanece fiel, amándonos, amando a esta oveja perdida que es la humanidad rebelde, es decir, amándote a ti y amándome a mí.

Muere Cristo. Entonces, ¿Cómo tenemos que entender la muerte de Cristo? Tenemos que entenderla en términos de las palabras que Él mismo dijo: "No hay amor más grande que dar la vida por los amigos". Por eso la muerte de Cristo es una ofrenda de obediencia a Papá Dios, y es una ofrenda de amor por nosotros. Podemos decir que Cristo gastó el infinito porque es Dios verdadero. Cristo gastó el infinito de su amor amándonos. Cristo gastó el infinito de su poder levantándonos. Cristo desgastó. Cristo entregó el total de su sabiduría, rescatándonos y levantándonos de los engaños y trampas y mentiras en que hemos vivido. Pero ahora viene el punto clave, porque este, que ha sido el verdaderamente inocente, este que ha resistido toda tentación, este que ha sido perfectamente fiel, ahora está muerto. Y la pregunta es ¿Qué va a pasar con aquel que quiera seguir el camino de ese que murió?

Y ahí es donde uno entiende por qué la resurrección de Cristo es el centro mismo de nuestra fe. Porque la resurrección de Cristo es la confirmación bendita con la cual el Padre Celestial acepta, acoge el sacrificio del Señor y muestra el verdadero camino para el ser humano, resucitando a Jesucristo de entre los muertos. Ha consolidado, ha demostrado la victoria. Nosotros sabemos que Cristo estaba venciendo en la cruz, pero lo sabemos porque Él ha resucitado. Si Él se hubiera quedado en el sepulcro, la única conclusión que uno podría sacar es: -No vale la pena tratar de ser bueno, porque acaba uno torturado y metido en una tumba pudriéndose-. Pero si ahora brilla en Cristo la Gloria del cielo, si la carne bendita de nuestro Salvador ha florecido con la Gloria de la resurrección, si Cristo verdaderamente se ha levantado del sepulcro, entonces ese amor hasta el extremo tiene sentido.

Si Cristo ha resucitado de entre los muertos, entonces el camino que Él ha mostrado puede ser nuestro camino, y nosotros podemos obedecer a lo que dijo San Pablo en la segunda lectura: "Buscad las cosas de allá arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios Padre". La resurrección de Jesucristo es la confirmación de que Él no estaba siendo simplemente aplastado por el mal que le echaron encima. Es verdad que el pecado del mundo cayó sobre Él, pero resucitado de entre los muertos, está mostrando que se puede trascender, se puede ir más allá de ese pecado, se puede vencer el pecado. Cristo crucificado es el Cristo que soporta el pecado. Pero Cristo resucitado es el Cristo que ¡vence! al pecado. Y este Cristo resucitado es el que se convierte en principio de vida nueva para nosotros.

Conclusión: hermanos, nadie, nadie entre nosotros se deje jamás confundir. Cuando vengan con teorías raras de que la resurrección era un símbolo, que la resurrección era una idea en la fe de los discípulos, la resurrección era la continuación de los ideales de Cristo. ¡Mentira! La resurrección del Señor es tan sencilla y tan bella como la hemos conocido y como la hemos amado desde niños. Tan sencillo y tan bello como decir: -El sepulcro no pudo con Él-. El cuerpo de Cristo se levanta glorioso de la tumba, y su carne resucitada con el aroma nuevo de la Pascua, está mostrando cuál es el verdadero destino de los que son obedientes al Padre Celestial y de los que tienen amor hasta el extremo por su prójimo.

Hoy es el día, hermanos, para que nos fortalezcamos en esa fe, para que sepamos también entonces que al recibir la Divina Eucaristía estamos acogiendo ese Cuerpo que ha vencido la muerte. Y por eso, hemos de considerar bienaventurados a quienes pueden comulgar por misericordia de Dios. Porque al recibir la Divina Eucaristía, al recibir este Cuerpo glorioso, resucitado, vencedor de la muerte, ya tenemos en nosotros un principio de vida que vence a la muerte, según las palabras del mismo Jesús: "El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día".

Acerquémonos hoy, hermanos, a este misterio bellísimo de Jesús resucitado. Reconozcamos a Aquel que recibió todo el peso de la maldad, pero la maldad no pudo con Él. Recibamos esa alegría para poder llevarla también a los demás, pero primero, para poder cantar las alabanzas del que nos amó y nos quiso rescatar de los extraños parajes a donde nos llevó el pecado. A Él sea la Gloria por los siglos de los siglos.

Amén.

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