Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Una homilía para el día de Pascua, sobre la relación entre el Viernes Santo y el Domingo de Resurrección.

Homilía pasc018a, predicada en 20130331, con 17 min. y 31 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, quiero compartirles un secreto que nos va a ayudar a aprovechar al máximo esta celebración de la Pascua como cumbre y culminación de toda la Cuaresma, de toda la Semana Santa, y del Triduo Pascual en particular. El secreto está en una frase: -Lo mío es suyo-, o sea, de Él, de Cristo y -lo suyo, o sea, lo de Cristo, es mío-. Lo mío es suyo y lo suyo es mío. Ahí está todo el secreto de la Semana Santa. La primera parte. -Lo mío es suyo-. Se aplica especialmente para el Viernes Santo y para el Jueves Santo. Sobre todo el viernes. Cuando vemos a Cristo cubierto de heridas, con sus llagas abiertas. Cuando le vemos desfigurado y humillado, tenemos que decir la frase: -Lo mío es suyo-. Esa es la frase que tenemos que decir. Porque el apóstol San Pedro nos enseña que Él cargó nuestros pecados.

Los sacerdotes, para decir la misa, nos ponemos unos ornamentos. Hoy, por ejemplo, con este blanco esplendoroso de Pascua. Jesucristo subió a la cruz como sumo sacerdote de los bienes futuros. Y aunque estaba desnudo, estaba revestido. Estaba revestido de un ornamento de sangre y de llagas, y de dolor y de humillación. Y por eso, cuando vemos a Cristo en la cruz, la frase que tenemos que decir es: -Lo mío es suyo-. ¿Ya se la aprendió? Cuando usted ve a Cristo crucificado. Usted lo que tiene que decir es ¿Qué?. . . Ahí, más o menos unas cuarenta personas que ya aprendieron. El resto no se sabe si está en misa o en qué está.

Le repito, cuando usted contemple a Cristo crucificado, no tiene que pensar que esas llagas se las merecía Él, porque Él no se las merecía. Esa vestidura de sangre que Él lleva no es por culpa suya, porque Él no se merecía eso. Cuando miro a Cristo crucificado. Yo lo que entiendo es que son nuestros pecados. Es la condición pecadora del mundo la que ha recaído sobre este que es el inocente. Y por eso está Él vestido de llagas, de dolor, de humillación y de sangre. Así que, por favor, necesito que se me concentre y que responda esta pregunta. Cuando usted ve a Cristo crucificado, ¿La frase que hay que decir es. . . ? Para una asamblea tan grande todavía esa no es suficiente respuesta, pero ya vamos entrando en sintonía.

Cuando yo veo a Cristo crucificado, yo tengo que ver que Él se ha cargado, se ha echado encima, ese dolor que es el dolor de ¿Qué? De los dolores que tenemos nosotros. Las traiciones de los amigos. La condición mortal del ser humano. La ira de los enemigos. Las injusticias del mundo. El fracaso de las instituciones humanas. Porque en la Pasión de Cristo fracasó estrepitosamente el Sanedrín, que era la máxima autoridad judía, y en la Pasión de Cristo fracasó estrepitosamente Pilatos, representante del derecho romano, que se supone que es uno de los pilares, por ejemplo, de nuestra civilización. O sea que Jesucristo crucificado ha recibido, de manera voluntaria y generosa, ha recibido las consecuencias de las iniquidades. Las consecuencias del pecado del mundo.

Llega a decir el apóstol San Pablo. Esta frase que parece escandalosa: -Al que no conocía pecado, Dios lo hizo pecado por nuestra salvación-. Atención no dice San Pablo, Lo hizo pecador, sino lo hizo pecado, es decir, acumuló sobre Él el cúmulo de nuestros pecados, la montaña de nuestros pecados. Y por eso había dicho proféticamente Isaías: "Tan desfigurado estaba, que ni siquiera parecía humano". Vamos a ver los hombres. Le voy a preguntar a los varones aquí presentes porque se supone que hay varones en esta Iglesia. Cuando nosotros los varones vemos a Cristo crucificado, entendemos que ahí están nuestras culpas y ahí está el fracaso también de nuestros esfuerzos en tratar de ser buenos.

Sobre esto diré una palabra más adelante. Cuando yo veo a Cristo crucificado, entonces, señores varones, ¿Cuál es la frase que tengo que decir? Y entonces entiendo que Jesucristo en la cruz no solamente es el acto sacerdotal por el cual se presenta ante Dios nuestro dolor y nuestra culpa, sino que Cristo crucificado también es la expresión de nuestros miedos de ser buenos. Nos da miedo ser buenos porque dice el refrán en Colombia y seguro en otras partes: -El que se mete a redentor muere crucificado-. Entonces mi miedo también está allí, en la cruz. Me da miedo ser bueno. Me da miedo perdonar. Me da miedo amar. Me da miedo ser sincero. Me da miedo ser puro. Porque resulta que los impuros, los astutos, los mentirosos, son los que se salen con la suya. Entonces, en Cristo no solamente están mis pecados, sino también están mis esperanzas fallidas. También están mis sueños rotos. También están mis ganas inconclusas de ser bueno.

Eso es lo que veo en la cruz. Pero resulta que el secreto tiene dos partes. La primera parte ya la dijeron los varones que por fin se despertaron bien. Lo mío es suyo. Esa es la primera parte. Pero hay una segunda parte. Y esa segunda parte es la más importante, porque nosotros no somos cristianos que nos quedamos en el Viernes Santo. El Viernes Santo es importantísimo para que se entienda lo que es el pecado, la gravedad del pecado, y que hay un Dios que ha ofrecido a su Hijo como propiciación por los pecados. Pero nosotros no somos cristianos que nos quedamos en el Viernes Santo. Nosotros somos cristianos de la Pascua. Nosotros somos cristianos del blanco resplandeciente y de la luz que no muere. La frase para esa segunda parte es. . . -Lo suyo es mío-, lo suyo es mío.

Entonces, lo que nosotros le dimos a Cristo fueron ya dijimos, nuestros pecados, fracasos, esperanzas rotas, nuestro cansancio de ser buenos. Y así, con ese pesado ornamento sacerdotal, Jesucristo subió a la cruz y ofreció el sacrificio que tiene como altar el mismo cielo, según dice la Carta a los Hebreos. Pero eso fue lo que nosotros le dimos a Él. Ahora viene lo que Él nos da a nosotros. Y ¿Qué es lo que Él nos da a nosotros? Se nota especialmente en las lecturas, no solo de este domingo, sino de los días que vienen. Es la cosa más hermosa del mundo. Ver que Jesús, cuando saluda a sus discípulos lo que les dice, según el texto griego original, es: -Eiréne hymin-, que quiere decir la paz con vosotros.

Nosotros le dimos guerra, nosotros acumulamos nuestras batallas en los tejidos de su cuerpo. Él nos trae la paz. Nosotros le hemos arrojado nuestros pecados. Él de su costado, deja manar agua que lava nuestras culpas y sangre que nos da nueva vida, especialmente en la Eucaristía. Esas llagas que nosotros le propiciamos se han convertido en testimonio de una misericordia sin límites. Y por eso dice la segunda lectura del día de hoy. Han resucitado con Cristo. Ustedes han muerto, pero Dios les tiene reservada una vida en unión con Cristo. Porque el gran resumen es que nosotros le dimos muerte, pero Él nos da vida. Entonces el Resucitado es el que trae la fuerza nueva, la vida nueva.

El Resucitado es el que trae la Gracia, es el que despierta la esperanza, es el que derrama el perdón y la fuerza de su resurrección; cura a los enfermos, levanta a los paralíticos, convierte los corazones, reúne a los que estaban divididos por el odio y por eso cuando miramos al Resucitado tenemos que decir que ahora -Lo suyo es mío-. Ahí está la enseñanza. Si usted se aprende esas dos frases y si las sabe decir el Viernes Santo y el domingo de Pascua se salvó, la Semana Santa, se salvó, no se perdió. Entonces vamos a ver cómo los varones ya han practicado lo del Viernes Santo. Además, había una cantidad de varones que eran nazarenos. Es muy bueno ser nazareno en Girón, porque con ese esfuerzo y con la penitencia y con todo eso, incluso pierden peso.

Entonces vamos con los varones. Cuando llega el Viernes Santo y yo veo a Cristo crucificado y lo veo vestido de llagas, de dolor y de sangre. ¿La frase que digo es. . . ? Cuando llega el domingo de Pascua, ahora vamos con las mujeres. Cuando llega el domingo de Pascua y he dejado a las mujeres para el domingo porque fueron ellas las primeras. Eso sí, me da mucha pena, señores varones, pero las mujeres fueron las primeras; porque ellas estuvieron ahí, cerca del sepulcro, llevadas de una compasión, llevadas de una ternura y llevadas de una urgencia y de un hambre de Cristo. Y esa Gracia le pido yo a Dios para las mujeres hoy, porque el mundo quiere aturdir el oído de la mujer y quiere volverla esclava de la sensualidad, esclava de la belleza, esclava del placer, esclava de la codicia. Y si la mujer se deja meter en esa trampa, anulando la generosidad que es tan propia de su corazón, no solamente se arruina ella, sino que arruina a la familia y arruina a la sociedad.

Pero en el relato bíblico se ve que estas mujeres y muchas otras mujeres, por supuesto, conservan en su corazón la capacidad de dar perfume, la capacidad de dar vida, la capacidad de estar atentas a las señales de la Gracia y de la vida nueva. Por eso pregunto a las mujeres cuando llega el domingo de Pascua y yo contemplo a mi Señor resucitado. ¿La frase que tengo que decir es. . . ? Algunas dudan, algunas dudan. No duden. Aprendan de los hombres que ya dijeron con firmeza lo que tenían que decir. También los hombres al principio estaban así, un poco tembelecos y no sabían, y decían ¿Aquí, qué hay que hacer? Yo no sabía que había que gritar en la basílica.

Pues hoy hay que gritar en la Basílica. A ver, señores varones, enséñenle a este poco de mujeres cómo es que se dice el Viernes Santo ¿Qué es lo que uno dice? Varones: No, se confundieron. Ahora sí. No se puede elogiar a los varones porque no, ya confundidos. Mire, el Viernes Santo lo que hay que decir es: -Lo mío es suyo- y el domingo de Pascua lo que digo es: -Lo suyo es mío-. Entonces ahora sí, varones. No me hagan quedar mal. Llega el Viernes Santo o en cualquier otro momento que yo vea una cruz. ¿La frase que tengo que decir es. . . ? Señoritas, niñas, damas, señoras ancianas y cuarta y quinta edad. Cuando llega el Domingo de Pascua. ¡Mujeres! ¿Qué es lo que hay que decir? Bueno, entonces vamos a terminar ahora Sí. Primero dicen los varones aquí con la mano derecha y después dicen las mujeres con la mano izquierda. Y quedó lista la homilía del domingo de Pascua. A ver los varones ¿Cómo es? De pie, por favor.

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