Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La resurrección dilata el amor de Cristo más allá de toda frontera.

Homilía pasc016a, predicada en 20120408, con 10 min. y 40 seg.

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Transcripción:

Hemos vivido unos días intensos en el retiro de jóvenes de la comunidad Betania. Unos días de Gracia donde hemos, creo que hemos sufrido y gozado. Hemos tenido nuestra propia Pascua. Y por eso, porque llega el día Santo de la Resurrección, desde lo profundo del gozo de mi alma, deseo una feliz Pascua a todos y muy especialmente a los jóvenes con los que he compartido esta oportunidad que no se borrará de mi memoria. La primera lectura. En la primera lectura nos cuenta el apóstol San Pedro ¿Por qué estamos tan felices? Nosotros somos testigos de todo lo que hizo Jesús en el país de los judíos y en Jerusalén.

Y luego dice el apóstol: "Dios lo resucitó al tercer día y le concedió que se manifestara a testigos elegidos". Y Dios ha concedido que su Hijo Jesucristo se manifieste a estos testigos elegidos, a esos más de mil doscientos, mil trescientos jóvenes, incluyendo los servidores, el Señor se ha manifestado y los ha convertido en testigos. Vamos a contar ¿Qué?, qué es lo que podemos contar. Nos lo explica también San Pedro nos dice: "Jesús de Nazaret, ungido de Dios con el Espíritu y lleno de poder, pasó haciendo el bien, sanando a todos los que habían caído en poder del demonio". -Pasó haciendo el bien, pasó sanando, pasó liberando-. Eso es lo que tenemos que contar.

Porque este Cristo, mientras estuvo en su condición mortal, tenía las limitaciones propias de esta existencia nuestra, las limitaciones propias de nuestra misma carne. Quiero decir, este Jesús no podía abrazar a todos al tiempo. No podía tocar a todos, No podía mirar a todos al tiempo, no podía besar con el beso de su amor puro y transformante a cada uno de nuestros corazones. La carne tiene esa limitación. La carne tiene ese límite. No podemos. No alcanza nuestra carne para eso. Por eso en los grandes espectáculos, para tratar de acercar al artista a la gente que lo ve, siempre ponen una pantalla grande. Yo me imagino que ya aquí habrá ideas para eso, como las hay en otras iglesias. En varias iglesias he visto que ponen pantallas gigantes para que se vea un poco más claramente, sobre todo cuando es muy grande la multitud.

En los conciertos ponen esas pantallas grandes y le hacen un primer plano a la cara del artista, por ejemplo, para que se vea si se afeitó o no se afeitó. Ahí se ve claramente. Pero aunque pongan esa pantalla, yo no puedo recibir ese abrazo. Yo no puedo recibir esa sonrisa en la inmediatez de un cariño o de un beso. Y Jesús en la locura de su amor. Jesús quería y quiere llegar a cada uno. Jesús quería y quiere llegar a todos. Y esa es la maravilla que le ha concedido el Padre Celestial. Hermanos, el Resucitado. El Resucitado ya no tiene barreras. Acuérdate que el Resucitado atraviesa las puertas. El Resucitado ya no tiene límites. El Resucitado puede llegar hasta los últimos rincones. El Resucitado, el Cristo vivo, por ejemplo presente, divinamente presente en la Santísima Eucaristía. Ahora sí puede darse gusto, porque puede mirar a todos, porque puede amar a todos, porque puede besar a todos.

Ese es Cristo. Tú, seguramente vas a comulgar en esta Eucaristía. Tú vas a recibir a Jesús Y ese Jesús ahora sí puede amarte a sus anchas. Óyeme, Jesús resucitado, ¡ahora sí, puede, amarte a sus anchas! Ahora sí, Jesús puede decirle a cada uno, y puede tratar a cada uno con esa inmediatez del amor que es tan necesaria para el corazón humano. Nos decía el Padre Mateo anoche en su predicación. Jesús está enamorado. Jesús nos ama a cada uno de nosotros, y el Resucitado ha recibido del Padre Celestial esa potestad para ser infinitamente de cada uno y ser al mismo tiempo de todos. Esa es la resurrección. Jesús es infinitamente mío y es infinitamente de todos. Jesús está infinitamente presente en mi vida.

Me ama. ¡Jesús me ama como si no hubiera nadie más en el universo! Y al mismo tiempo, Jesús ama a cada uno. Esa es la maravilla de la resurrección. Eso no lo podía realizar Cristo cuando Cristo estaba en su carne mortal, en su carne mortal, no podía dedicar su atención, su mirada, su palabra a cada uno de nosotros, poner sus santísimas manos, bendecirnos, ungirnos no podía hacerlo, pero ahora, vivo y resucitado, presente en medio de nosotros. Ahora sí puede hacerlo, ahora Jesús sí puede amarnos como siempre quiso amarnos, ahora sí puede amarnos con plena y absoluta libertad, sin límite alguno. Ahora Jesús sí puede amarnos a sus anchas. Esa es la primera idea del día de hoy. Y la segunda idea la tomamos también del apóstol San Pedro.

¿Qué va a hacer este Jesús? Ya dijimos, va a hacer el bien. Por eso hay una canción que a mí me gusta mucho, pero canción que a mí me guste casi no la cantan. No sé por qué. No sé. Basta que yo le diga a un ministerio de música. -Ay, me gusta tanto tal canción-. Tachen, tachen, esa, no la canten. A mí me fascina una canción que dice: -Jesús está pasando por aquí-. Porque eso es Hechos de los Apóstoles, capítulo 10. ¡Jesús pasando por aquí! Y eso sigue haciendo Jesús. Ahora Jesús tiene la idea loca de recorrer las calles de Santa Cruz, y entonces Jesús va a utilizar a toda esta gente maravillosa, toda esta gente cruceña y especialmente va a tomar a todos estos corazones de estos jóvenes.

Ellos son más bonitos de los que de lo que se ven hoy, que pasa es que están desvelados, agotados, mal, desayunados. Pero ellos son bonitos, son bonitos. Jesús va a tomar a esta manada de desvelados, mal dormidos, ruidosos, roncos, trasnochadores. Jesús va a tomar a esta gente y nos va a tomar a nosotros. Y Jesús se va a volcar a las calles de Santa Cruz. Y Jesús va a recorrer las calles y Jesús va a amar, porque eso es lo que Jesús sabe hacer. Jesús sale, Jesús hoy sale de esta iglesia, sale a ¿Qué? Lo que dijo San Pedro: -A hacer el bien-. Jesús sale a hacer el bien y sale a sanar. ¿A sanar a quién? A los que habían caído en poder del demonio. Jesús sale a sanar. Jesús sale a liberar, a eso sale nuestro Señor Jesucristo. Bendito sea su nombre. Bendito y alabado sea Jesús.

Entonces, hermanos, esa es la Pascua. La Pascua ¿Qué es? La Pascua es la realidad maravillosa de que ahora Jesús puede amarnos a sus anchas, con entera libertad, con el gusto y el gozo de su corazón. Y ese amor de Cristo, transformándonos, nos vuelve otros Cristos, nos explicaba el Padre Mateo, nos da una existencia resucitada. Es lo que dijo San Pablo en su carta a los Colosenses: -Hemos resucitado, y como hemos resucitado, busquemos los bienes del cielo, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios-. ¿Cómo hago yo para buscar los bienes del cielo? Buscando lo que es verdadero, lo que es santo, lo que es permanente, lo que no avergüenza.

Acuérdense, muchachos, acuérdense lo que decíamos en una de las predicaciones: -Lo que busca el demonio es llevarte a la alegría, pero una alegría falsa de la cual después te avergüenzas-. Esa no viene de Dios. Lo que quiere darte, en cambio el Señor resucitado es la alegría que nunca cansa, la alegría que nunca hará que te sientas avergonzado. Hay cosas que uno las recuerda y siente vergüenza. ¿Cómo pude caer tan bajo? Eso no es de Dios. Parecía alegría, parecía que estaba feliz en medio de su borrachera; parecía que estaba feliz en medio de su placer. Pero era mentira. ¿Qué es buscar las cosas del cielo? Es buscar lo que es verdadero, lo que es santo, lo que permanece, lo que no avergüenza. Esa es la vida que tenemos que llevar de ahora en adelante.

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