Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La Pascua es cuando nuestras almas se hacen sensibles al menor susurro que nos llega de parte de Dios.

Homilía pasc008a, predicada en 20030420, con 19 min. y 27 seg.

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Transcripción:

La frase fundamental del evangelio del día de la Pascua parece que es aquella que acabamos de escuchar. "Vio y creyó". Pero esa frase toca completarla, y toca decir: -vio y creyó y entendió-. Porque lo último que dice el pasaje de hoy es: "Hasta entonces no habían entendido la Escritura, que Él había de resucitar de entre los muertos". Donde queda sugerido que la fe le hizo entender. Esto es muy importante porque en este día estamos celebrando el corazón de nuestra fe. La resurrección es centro y corazón de nuestra fe. Y según Juan, la fe está acompañada de otros dos verbos: Ver porque dice, -vio y creyó- y Entender, porque dice, -creyó y entendió-. El verbo creer está acompañado de dos verbos que tal vez nosotros no asociamos con la fe. El verbo ver y el verbo entender.

Pensamos a menudo que la fe consiste en aceptar algo que uno no ve, y la fe consiste en caminar sin entender. Pero en el Evangelio de Juan la fe está acompañada de ver y está acompañada de entender. Pero ¿Cómo puede haber fe si uno está viendo? ¿Qué clase de fe es esa? No necesito fe para saber que tengo un libro delante, porque lo estoy viendo. ¿Cómo es que el ver se relaciona con la fe? En el Evangelio de Juan, ver tiene que ver con los signos, ver señales. Desde luego que lo que uno cree es más que lo que ve, pero hay que ver para creer. ¿Ver qué? Ver las señales. Ver los signos que da Dios. Por ejemplo, el signo que vio Juan. Fue la manera como estaban; las vendas y el sudario. Sabemos que Juan fue el único de los discípulos que estuvo junto a la cruz y que acompañó la sepultura de Jesús. Juan sabía cómo estaban las cosas. Y entonces llega y encuentra a todo menos a Jesús.

Por eso Juan vio y creyó, vio, lo que vio fue las vendas, el sudario que estaban ahí, como las habían dejado. Eso fue lo que vio. Lo que creyó fue más que lo que vio. Lo que creyó fue: -Aquí no estamos ante el robo de un cadáver. Aquí estamos ante la resurrección del Señor-. Pero tuvo que ver el signo. Dios no juega con nuestra inteligencia. Dios no juega con nuestro corazón. Si Dios nos pidiera simplemente creer sin ninguna clase de signo, esa fe sería muy parecida a adivinar, a apostar. Esa fe se llama técnicamente la fe Baloto. Porque es como eso, uno toma unos determinados números y no hay ninguna razón para creer que esos números signifiquen nada. Pero dice Bueno, voy a perder la plata del almuerzo y de la comida en este Baloto. Y apuesta sobre el abismo. Apuesta en la nada. Apuesta sin ninguna razón. Apuesta sin ningún signo. Ese tipo de apuesta no es la fe. La fe comienza con los signos. Y por eso, para Juan ver conduce a creer.

Ver que consiste en recibirle los signos a Dios y en escucharle la Palabra al Señor. Así podemos relacionar, ver y creer ahora, cómo se relaciona creer y entender. Porque ya dijimos, al final el texto trae esta frase: "No habían entendido la Escritura, que Él había de resucitar de entre los muertos". La fe se relaciona también con entender. Entender, ¿Qué es; qué es el entendimiento; qué es la inteligencia? Dice aquel filósofo español Javier Zubiri que la inteligencia viene de intus legere. Leer adentro, entender es penetrar una realidad. Entender es meterse dentro de algo. Hasta cierto punto el solo ver es quedarse afuera; entender es arriesgarse a entrar y lo que entendieron los discípulos, o por lo menos el discípulo amado, fue como una entrada en el sentido de la escritura. Entender significa entrar, no entender significa quedarse en la puerta. Entender es entrar, meterse.

A uno se le puede pasar la vida sin entender, sin entender las cosas más elementales. Por ejemplo, le pueden decir muchas veces a uno que -Dios es amor- y eso se queda como un enunciado afuera. Pero qué tal que haya una experiencia de esas que nos da el Espíritu Santo. Una experiencia que me convence. Una experiencia que me mete. Una experiencia que me introduce en la realidad del amor divino. Entonces entiendo lo que apenas creía. Creía que entendía. Entender es meterse. Entender es entrar. Entrar fundamentalmente en el sentido de la escritura. ¿Qué significa la Palabra de Dios? Es una cosa que solo entendemos cuando Dios, que inspiró esa Palabra, nos ayuda. El Espíritu que dio esa palabra para que quedara escrita es el Espíritu que nos da esa palabra al corazón para que quede entendida.

El Espíritu da dos veces la palabra, una vez para que quede en el libro y en la predicación de la iglesia, otra vez, para que quede en mi corazón, para que quede en mi alma, para que quede adentro de mí. Y esto es lo bonito del verbo entender en el Evangelio de Juan. Entender es que yo me entro en el texto y entender es que el texto se entra en mí. Entender es que yo me meto en la palabra y la palabra se mete a mi corazón, se mete en mí. Entender es el mutuo abrazo entre el mensaje de Dios que quiere hablarme y el ansia de mi corazón, que quiere escucharle. Entender es un abrazo de amor; ése entender depronto se parece más a lo que usualmente decimos en español con el verbo comprender, por ejemplo: Cuando comprendemos a una persona. Entender la Escritura no es tener una amplia bibliografía sobre la Escritura. Haber escrito mucho sobre la Escritura o haber hablado mucho sobre la Palabra, entender no es eso.

Entender es más parecido a lo que nosotros reflejamos con el verbo comprender, como una mamá comprende a su hijo. Como la esposa comprende al esposo. Una esposa amorosa. Que haya compartido, que haya donado su vida con ese amor a su cónyuge, llega a comprenderlo de una manera impresionante. Comprender significa recibir hasta el más mínimo signo del otro. Medio milímetro que se mueva el párpado del esposo. La esposa sabe, -se puso triste, no le gustó esto, está contento- y de esa manera lo mantiene supervigilado. Pero también lo mantiene súper amado, se supone. Lo comprende. Es como si estuviera adentro de él. Una lágrima, una expresión de dolor, un gesto de alegría que él haga. Tienen un sentido total. Son transparentes para élla. Hacia allá nos quiere conducir la fe. Que el menor susurro del Espíritu tenga un sentido para nosotros. Si esto nos llegara a suceder, seríamos más que bienaventurados.

Así era el alma de Cristo, y así quiere Cristo que sean nuestras almas sensibles, supersensibles, absolutamente transparentes al menor signo de Dios. Jesús era experto lector del Querer Divino. Tenía una sensibilidad infinita a la menor señal de la voluntad divina en cualquier cosa que sucediera. A través de cualquier palabra, a través de cualquier visita, a través de cualquier sentimiento, a través de cualquier certeza que le diera directamente a su corazón. Jesús es el hombre infinitamente sensible, como si tuviera una antena perfectísima para todo lo que el Padre quiera decirle, como si pudiera escuchar radical y completamente cualquier cosa que Dios quisiera indicarle. La fe nos ayuda a tener algo semejante. Es obvio en menor grado, pero en un grado que puede crecer muchísimo. Por eso las vidas de los santos son vidas pascuales, son vidas en la Pascua.

Tienen una sensibilidad tan grande para el Querer Divino que a veces desconciertan, como le sucedió a nuestro Padre y fundador Santo Domingo de Guzmán, cuando aquella dispersión de los frailes, una cosa que parecía una locura, apenas ha reunido a unos hermanos en convento les ha permitido degustar esa convivencia, porque ahí nadie peleaba, nadie estaba traumatizado, nadie le hacía mala cara a nadie, ninguno peleaba con nadie. Tenían unos postulantes que eran perfectos, unos novicios santos. Bueno, tal vez no era así, tal vez no era tan perfecto. Pero el hecho es que reunirse se reunieron. La versión que da Jordán de Sajonia es que estaban muy contentos. Estaban muy contentos, estaban felices, pero sorprendiendo a todos, Santo Domingo de Guzmán dice: -Bueno, ahora hay que irse a fundar conventos a Europa- y empieza a mandar gente, empezando por Francia y por España. Ahora hay que mandar gente a que funden a París y a que se funden en España.

¿De dónde sacó Santo Domingo esa locura? Pues él tenía una super sensibilidad. Era un hombre transparente al querer Divino. Él vivía penetrado de la Palabra de Dios y entraba en la Palabra de Dios. Él visitaba el corazón de Dios y era visitado por Dios con esa absoluta transparencia, miraba y miraba; miraba y se daba cuenta de todo. Veía qué se estaba cocinando ahí en ese convento. Veía cómo estaban funcionando las cosas. ¿Ustedes creen que Santo Domingo recibió una visión? Pues es posible que la haya tenido. Es posible que sea una visión, pero también es posible que haya sido un asunto de ver, no algo sobrenatural, sino ver lo natural. La naturaleza humana. Él empezó a ver cómo funcionaban esos frailes. Empezó a ver que, por ejemplo, había uno que tenía una gran capacidad de predicación, pero cuando ya estaba ya metido en el convento, entonces empezaba a perder fervor y oraba menos, no hacía tanta penitencia, ya no quería predicar, ya se iba como enfriando y el menor descenso en la temperatura del amor, Santo Domingo lo percibía. Por eso lo llamaban el termómetro. Bueno, no lo llamaban así, pero en todo caso tenía una sensibilidad infinita.

Él sentía la temperatura del corazón de sus frailes y decía -Este tipo se me enfrió; Este tipo en este convento está demasiado bien. Aquí se me enfrió. Esto no es de esta manera. Por ahí no va a seguir-. Pero no hablaba nada. No hablaba sino únicamente como la Virgen guardaba en su corazón. Oraba, le pedía a Dios y decía: ¿Dios mío, qué será?, ¿Esto me lo estoy imaginando yo, es real? ¿Qué tengo que hacer aquí? A ver, a ver ¿Cómo empieza a funcionar esto? ¿Cómo se están tratando estos frailes? No. Todavía no peleaban. Todavía estaban contentos y se saludaban. Pero ya él miraba cómo este miraba al otro, qué pasaba de este con este y veía cómo dos grandes líderes viviendo en un mismo convento pueden ser un solo problema. Después de descubrir eso, entonces dijo: -Aquí no cabe tanta gente-. Si yo dejo a este que tiene madera de fundador de convento en la pieza del lado de este otro que tiene madera de fundador de convento, en vez de tener dos fundaciones, tengo un fracaso.

Entonces dijo Yo necesito que se me vaya. Pero mientras tanto, callado, pero no callado de hipócrita, sino callado, de lector. Quería estar seguro de estar leyendo La voluntad de Dios. Y leía y leía no solo la Escritura como el cuadro famoso del Angélico. Leía la Escritura, pero ya leía el corazón de Dios. Esa es la Pascua. Leía, ya entendía el corazón de Dios. Hasta que llegó el día, y entonces reunió a la gente y ya pensaron que les iba a preparar gran ajiaco. Y no, no era gran ajiaco. Les tenía otra fiesta, les tenía otra sorpresa. Bueno, a ver tú, Manés, te vas para tal parte y tú te me vas para tal parte y empiezan los frailes. -Ay, pero ay, pero ay, ¿Pero cómo?- Mientras ellos tomaban aire ya Santo Domingo sabía que eso iba a suceder, porque él había leído el corazón de Dios, porque él había, se había llenado, se había empapado de las señales de los tiempos, porque él estaba afianzado en el Evangelio.

Y entonces por ahí llegó uno como un nuevo Pedro, a decirle -No, esto no puede ser-. Pues sí puede ser. -Déjeme obrar-. Con la cara que le hizo nuestro Padre Santo Domingo, el hombre quedó traumatizado y esa noche no comió, pero, sirvió porque los pudo dispersar. Había leído, había entendido. Queridos hermanos, esta es la Pascua. Ver las señales de Dios. Entender el corazón divino. Ver, ver las maravillas de su providencia. Entender el camino de su voluntad. Y en el centro creer. Esos son los tres verbos que nos saludan en este día. Apliquémoslos a nuestra vida. Apliquémoslos a nuestra vida, porque si uno no ve, usualmente se golpea más de la cuenta. Y esos golpes no necesariamente son meritorios.

Recordemos que no todo golpe es meritorio. Si yo puedo caminar con la luz encendida y apago la luz, entonces tendré que encontrar las cosas con las espinillas. Y ese ejercicio de estarse rompiendo la espinilla contra los butacos y las mesas no tiene ningún mérito. No todo sufrimiento es meritorio. Enciende la luz, trae claridad, lee los signos y no sufras más de la cuenta. Teniendo esa claridad y esa luz, entonces vas diciendo Aquí hay un camino que me marca el Señor. Y si esto me lo muestra el Señor, ahí está la palabra de su amor.

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