Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Jesús ha resucitado. ¡Aleluya!

Homilía pasc004a, predicada en 20010415, con 21 min. y 34 seg.

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Transcripción:

A Jesús lo sepultaron el viernes. La víspera del sábado. Pero para los judíos el sábado no empezaba a las doce de la noche. Para nosotros los días empiezan a las doce de la noche. Para ellos no, para ellos cuando el sol se oculta. Ahí se acabó ese día. De manera que después de que el sol se ocultó. Ya lo que sigue ya es otro día. Jesús murió en la tarde del viernes, es decir, que el viernes ya se estaba acabando. De acuerdo con la mente de los judíos. Y eso quiere decir que ya iba a empezar el sábado. Y el sábado es el día en que no se puede trabajar en la religión judía. De hecho, la palabra sábado viene de "Shabat", que significa reposo, descanso en hebreo. Jesús entonces murió faltando unas poquitas horas para que llegara el sábado el descanso. Y por eso las cosas tuvieron que hacerse muy rápidamente. José de Arimatea, que pertenecía al Sanedrín y que era un hombre importante y que era discípulo de Jesús a escondidas, dijo: -Yo no quiero que quede ese cadáver ahí-, porque en el sábado nadie lo podía sepultar, porque como en el sábado no se puede trabajar en la religión judía.

De manera que cuando llegó ese momento, las cosas tuvieron que ser muy rápidas. Se murió Jesús, José de Arimatea, se armó de valor y fue donde Pilato y le dijo que si le concedía el cuerpo de Jesús para poder sepultarlo. Y así fue como llevaron a Jesús al sepulcro. Los judíos, esto seguramente lo saben algunos de ustedes no se sepultan los muertos, como se acostumbra en muchos lugares, o sea, abriendo un hueco, metiendo el cadáver y echando tierra. Así no es. Lo que sucede es que en muchos lugares de Palestina. hay una roca en las montañas y las montañas están llenas de roca, que es muy fácil de excavar porque no es roca de granito; sino es roca de -sedimiento- de sedimento. Una roca sedimentosa, como caliza, haga de cuenta, es una roca que es fácil de cavar, de manera que la gente acomodada, la gente que tenía más o menos recursos para sepultar sus muertos, lo que hacía era que se abría en la roca un, un hueco muy grande, bastante grande. Que tenía como dos cuartitos chiquitos. En el cuarto del fondo se ponía el cadáver.

Vamos a hacer de cuenta que esto es entrando aquí. Aquí hay una entrada, Se pasa ahí con un poquito de trabajo y se llega a un cuartico donde podían caber dos o tres personas sentadas, Un cuartico chiquito ahí como una grutita, ahí seguía otro espacito para acá; y ahí quedaba otra cámara donde se acostaba el cadáver, ahí se acostaba el cadáver. No se le echaba tierra encima. El cadáver, lo que se hacía era envolverlo en unas telas. Primero se le ponía una tela grande, una tela grande que es la que solemos llamar el sudario, de manera que se cogió una tela larga, larga, larga. Aquí se ha acostado al cadáver y luego la tela se pasaba por encima. Quedaba el cadáver metido entre la tela. Y luego eso se envolvía en unas vendas largas a las que se les echaban unas sustancias aromáticas muy penetrantes precisamente para superar el hedor del cadáver. Se utilizaba, por ejemplo, esta sustancia que nosotros poco conocemos pero que es muy penetrante, la mirra.

Eso es de la misma familia que, que el incienso, si saben que el olor del incienso, es muy penetrante. Entonces con esos perfumes se envolvía el cadáver y se le ponía, alrededor de la cabeza, alrededor de la cara; se le ponía una tela amarrando la mandíbula, para que, no se abriera la mandíbula. Toda esa operación la hicieron con Cristo en un sepulcro prestado. Envolvieron así a Cristo, pero no hubo tiempo prácticamente de echarle todas las unturas, todas las sustancias aromáticas que acostumbraban echarle eso no alcanzaron a hacerlo porque ya iba a empezar el sábado. De manera que en una carrera tuvieron que conseguir el permiso, bajar el cuerpo, llevar el cadáver, meterlo ahí de la manera esta con estas telas y lienzos, meterlo ahí y salir, porque ya se había acabado el tiempo.

Obviamente como eso se entraba una puertecita chiquita donde había que entrar, seguramente acurrucado. Obviamente se necesitaba tapar eso. Ahí es donde entra la piedra grande, esa piedra grande que tapaba el sepulcro. En algunas pinturas se presenta el sepulcro de Cristo, como según la costumbre nuestra, como si fuera así acostadito sobre la tierra y la piedra grande, como si estuviera tapando como la tapa de una olla. Eso no fue así. La piedra quedaba así como a manera de puerta. Era una piedra realmente muy pesada, porque calcule que tenía que tener por lo menos la mitad de la estatura de una persona. Era una piedra que pesaba. Ya ahí empezó el descanso. Empezó el sábado, ya no se podía hacer nada más. Y durante el sábado no se podía tampoco llevar las sustancias aromáticas para el cadáver. ¿El sábado, cuando terminó? De acuerdo con la manera de contar de los judíos, el sábado terminó cuando se ocultó el sol. Pero a esa hora, aunque ya era el primer día de la semana, ellos no lo llamaban domingo, aunque ya era el primer día de la semana. Ya a esa hora a oscuras. ¿Quién iba a trabajar? Por eso encontramos la prisa de María Magdalena y otras mujeres piadosas; pero la primera fue María Magdalena, que lo que estaban aguardando era que hubiera un poquito de claridad para ir al sepulcro.

Los relatos de la resurrección son muy lindos porque nos hablan de esa prisa de amor, especialmente de las mujeres. Éllas mejor que nadie, tenían dolor porque tenían amor y sobre todo, tenían una gran conciencia de que ese muerto era un verdadero profeta y que era el hombre más inocente, más santo, de alma más hermosa que hubieran podido conocer. Por eso van presurosas estas mujeres. Y la primera es María Magdalena allá al sepulcro. Algunas de éllas, de las que fueron en esa mañana, estaban precisamente llevando de esas sustancias eso pesaba mucho. Esa mirra pesaba mucho. 20, 30, 40 kilos. No era fácil de llevar. Ellas iban para allá, para el sepulcro. Y ahí es donde entra el Evangelio que hemos oído hoy. María Magdalena fue al sepulcro muy temprano, cuando todavía estaba oscuro y vio que la piedra la habían retirado del sepulcro.

Tengamos en cuenta que el evangelista Mateo nos dice que ese sepulcro estaba vigilado por los soldados, porque las autoridades judías, precisamente para evitar que se hablara de que Cristo había resucitado. En previsión de eso, ya desde el viernes habían dicho a Pilato: -Oiga ponga allá unos soldados, no sea y sea que se roben el cadáver-. Y el Evangelio de Mateo nos cuenta una cosa muy interesante. Que después de que Cristo resucitó y que por lo tanto no apareció ningún cadáver, entonces los sumos sacerdotes dijeron: -Mire, pues vamos a arreglar este problema de la siguiente manera; vamos a darle dinero a esos soldados para que testifiquen que mientras éllos estaban durmiendo, se robaron el cadáver-. Y ahí es donde entra San Agustín, que es un gran predicador y dice: -Vea qué patraña más ridícula, ahora va a resultar que una gente que estaba dormida va a dar testimonio de lo que pasó mientras dormían-.

Llegó María Magdalena y la piedra estaba corrida y ella se asustó mucho y se devolvió en carrera a donde estaban escondidos los apóstoles. Les dijo: "Se llevaron del sepulcro al Señor". Pedro, algo tuvo que presentir, tal vez. De manera que fueron Pedro y el otro discípulo tan amado de Cristo, Pedro y Juan, los que se fueron allá corriendo, llegaron al sepulcro. Juan, como era más joven, llegó primero. Ya Pedro estaba mayorcito, llegó Juan primero y vio, o sea, llegó aquí a la puerta esta y vio que había algunos lienzos, pero no entró. Entonces llegó Pedro, nos cuenta la Biblia, entró al sepulcro, vio los lienzos en el suelo y también el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no junto con los lienzos, sino enrollado y colocado en un lugar aparte. Esa es la. Ése es el detalle importante de este Evangelio. Pedro no había estado ahí. ¿Por qué Pedro no estuvo? Porque Pedro estaba asustado ese día, el día de la muerte de Cristo, Pedro estaba asustado, escondiéndose porque Pedro decía: -Ya mataron a Jesús. El que sigue soy yo-. Pedro estaba asustado y Pedro estaba escondido.

Cuando Cristo murió en la cruz, Pedro no andaba por ahí. Cuando sepultaron a Cristo, Pedro no andaba por ahí. Pero hay uno que sí estaba. Juan. Porque acuérdese que una de las palabras que dijo Cristo en la cruz fue a María, le dijo: "Ahí tienes a tu Hijo". Y a él le dijo, a Juan le dijo: "Ahí tienes a tu madre". Juan estaba ahí. Juan vio cómo habían sepultado. Juan, si había estado ahí, había entrado y había acomodado el cuerpo del Señor ahí en el sepulcro. Pedro no, Pedro no sabía cómo habían quedado las cosas. Juan sí sabía cómo habían quedado las cosas, porque Juan había estado ahí. Juan lo había visto así como esta niña me está viendo a mí ahora. Juan había visto todo eso. Pedro no sabía nada. Recordemos que nuestro Señor Jesucristo murió desnudo como una humillación más lo despojaron de sus vestidos. Cristo murió desnudo. Por lo tanto, la única ropa que Cristo llevó al sepulcro fueron estas telas en que lo envolvieron. Llegó Pedro y vio los lienzos, pero Pedro no sabía nada de eso, ese lugar era nuevo para Pedro. Para Juan no era un lugar nuevo. Juan acababa de estar ahí en la tarde del viernes. Juan había estado ahí.

Cuando Juan entró, "Cuando entró el otro discípulo" dice la Escritura, "Al ver aquello, creyó". Porque Juan, cuando entró, se dio cuenta de que todo estaba como lo habían dejado, menos Jesús. Por eso, el que puede dar testimonio de esto es Juan, porque Juan sabía cómo había dejado las cosas. Y Juan es el que ahora entra y ve que todo estaba como lo habían dejado. Incluso el trapo ese que ponían en la cabeza ese trapo que aquí en la lectura llaman sudario. Ese trapo estaba Así enrollado, y no estaba con el resto de las telas estaba enrollado ahí, y aparte, es decir, como sucede cuando se amortaja un cadáver según la costumbre antigua de los judíos, esa tela queda ahí, aparte, en el lugar de la cabeza. Juan entró y se dio cuenta de que ahí estaba todo, todo como lo habían dejado, menos Jesús. Y por eso dice la Escritura: "Vio y creyó". Ahí fue donde Juan se dio cuenta -El Señor no está aquí-. No por lo que dijo María Magdalena. María Magdalena no había entrado al sepulcro.

La misma María Magdalena hubiera podido dar el mismo testimonio de Juan, porque María Magdalena estuvo ahí en la sepultura. Pero acuérdese que María Magdalena llegó hasta la puerta, se asustó y se devolvió, y no entró. El primero que entró, fue Pedro, pero el primero que entró y que sabía cómo habían quedado las cosas fue Juan. O sea que fue Juan el primero que puede, por decirlo así, comprobar que sí había resucitado. Porque efectivamente, el susto de María Magdalena ¿Cuál había sido? -Se llevaron al Señor-. Era como lo más lógico de pensar en ese momento. Pedro cuando Juan entra y ve que todo estaba como lo habían dejado, Juan entiende, -No se lo llevaron-. Ningún ladrón de cadáveres se va a llevar un cuerpo desnudo, dejando todas las telas y todas las ropas como estaban. No se lo llevaron. Ningún ladrón de cadáveres movió esta piedra. No se lo llevaron. Él se fue, Él está vivo. No es el robo de un cadáver. Es la victoria de Jesucristo que ha resucitado de entre los muertos.

Y eso es, es lo más grande que se puede decir en esta tierra. Porque si Cristo, que fue perseguido con tanto odio, que fue crucificado con tanto odio, que fue sepultado con tanta tristeza, si Cristo se escapó de esa, si Cristo salió del sepulcro, nada tiene poder sobre Él. Él es el más grande, Él es el más fuerte. Cristo, dice San Pablo: "Una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere. La muerte ya no tiene poder sobre El". Y esto es muy importante porque todos los poderes de esta tierra, el último recurso que tienen para asustarnos, es la muerte. Fíjese usted que todo el que quiere causar miedo causa muertes. La manera de hacerte respetar en esta tierra es: -Usted me respeta o yo lo mato-. Esa es la manera de causar miedo en esta tierra. La muerte. ¡Pero si la muerte ya no tiene poder sobre Cristo. Nadie tiene poder sobre Cristo! ¡Nadie! Nadie lo puede asustar. Nadie tiene poder sobre Él. Él tiene poder sobre todos. Él es el Señor. Y por eso, cuando nosotros creemos en Cristo, cuando nosotros, bendito sea Dios, ejercemos fe en Cristo y nos unimos a Cristo, también Cristo nos va curando del miedo, de manera que sepamos que nosotros no tenemos que retar a nadie, a nadie, no tenemos por qué provocar a nadie, ni retar a nadie a nadie.

Pero nosotros vamos llevando nuestra vida cristiana, como dice el libro del Deuteronomio por nuestro camino, sin mirar ni a la derecha ni a la izquierda. Seguimos por nuestro camino. Y si alguien pretende detener nuestra vida cristiana, que sepa que se está metiendo con Cristo. Y aunque nos matarán si es por ser cristianos, no hablo de cualquier muerte, aunque nos matarán si es por ser cristianos, que se sepa que la victoria está en aquel que nos envió. Y eso es lo que muestra la historia de la Iglesia, que en los momentos más terribles de persecución contra los cristianos es donde más ha florecido la fe. Porque el que se mete con un cristiano se mete con Cristo. Hermanos, es simplemente maravilloso que en este momento, a las puertas del tercer milenio, nosotros podamos sentir. Podemos seguir sintiendo esa emoción, ese escalofrío de gozo que tuvo que experimentar Juan cuando entró y vio y dijo: -No se lo robaron. Él venció. Él es el Señor. Él ha resucitado-. La Gloria para Él

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