Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La resurrección de Cristo responde al ansia de vida que hay en el corazón humano.

Homilía pasc002a, predicada en 19970330, con 20 min. y 3 seg.

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Transcripción:

El Evangelio de hoy termina con una afirmación muy rotunda: Él debía resucitar de entre los muertos. En el texto original se dice por medio de un verbo. El verbo -Dei- en griego significa una cosa que tiene que ser, que es necesario que suceda así. Eso tenía que ser así. Y es bueno que en esta mañana de la Pascua nos preguntemos, ¿Por qué tenía que resucitar Cristo de entre los muertos? Sí, lo que se dice es -podía, resucitar, tenía que resucitar, era necesario, es que eso tenía que ser así- ¿Por qué tenía que ser así? Ese es el mismo tema que nos encontramos en la primera lectura. Dice el apóstol Pedro: "Ya conocéis el acontecimiento que trascendió a todo el territorio judío. Me refiero a cómo ungió Dios a Jesús de Nazaret, llenándolo del Espíritu. Pasó haciendo el bien y curando a todos los que estaban bajo el dominio del diablo. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día", y luego dice: "De Él dan testimonio todos los profetas, declarando que el que cree en Él e invoca su nombre, recibe el perdón de los pecados".

Los profetas dan testimonio de que Cristo tenía que resucitar de entre los muertos. ¿Por qué tenía que resucitar? Por una razón hermosa, sencilla, porque la muerte no estaba en el plan original de Dios. Dice el Libro de la Sabiduría: "Tú todo lo creaste para que subsistiera". Y por eso el corazón humano tiene ansia de inmortalidad, tiene ansia de no morir, de vivir, de permanecer. Y la muerte viene a tocar nuestras esperanzas. Y con la muerte, todo lo que anticipa la muerte. Por ejemplo; por ejemplo, la vejez, la enfermedad, los accidentes, las incapacidades, el cansancio mismo. A su manera, el sueño. Todo lo que anticipa la muerte frena nuestros anhelos. Suponga que por ejemplo, que a uno de ustedes le guste mucho el estudio. Y quiere estudiar, quiere prepararse mucho. Pues tarde o temprano usted puede prepararse en muchas cosas, pero usted no puede estudiar cien años o doscientos años.

Imagínese que a usted le gustara mucho algo, por ejemplo los computadores. Pero estudiar computadores es algo que toma muchísimo tiempo porque es una ciencia muy distinta. Y lo mismo que las demás ciencias, la ciencia de la informática, de los computadores es como un árbol en el que uno tiene que especializarse y cuando usted escoge una rama de ese árbol de la ciencia, ya no puede seguir por otra rama, porque necesitaría otra vida para especializarse en otra cosa. Es lo mismo que le sucede a los médicos. ¿Qué médico hay que sea experto en todas las cosas? Un médico sabe o es experto en algo del ser humano, por ejemplo, en las enfermedades del corazón. ¿Pero hay un médico que sea al mismo tiempo especialista en enfermedades del corazón, en problemas neurológicos, en problemas del riñón, en cáncer, en lepra, tuberculosis, enfermedades epidémicas? ¡No! Ya los antiguos latinos lo decían con un proverbio: "Ars longa, vita brevis". -El arte, la ciencia, la técnica son muy extensos y la vida se acaba-.

Supongamos otra persona que dice: -Bueno, a mí no me interesa tanto esos asuntos del estudio; yo lo que quiero es gozar y pasarla bien. A mí me interesa, yo soy un hombre tranquilo; yo soy un hombre guapachoso. A mí lo que me interesa es gozar, pasarla bueno, gozar y pasarla bueno- ¿Cuánto tiempo la puede pasar bueno una persona? Supongamos una persona a la que le guste mucho el trago. ¿Cuánto tiempo la puede pasar bueno? ahí se mete sus borracheras, como se dice vulgarmente, y toma trago aquí, y toma trago allá, y toma, supongamos que tiene mucha plata y que la plata le rinde y gasta su plata aquí, y gasta su plata allá, es posible que tenga mucho dinero, pero no tiene suficiente hígado. Envejecido prematuramente, lleno de lagunas y de enfermedades, con el hígado podrido a la tumba.

Quizás tiene mucho dinero, pero siempre hay algo que frena nuestro anhelo de felicidad, nuestro anhelo de ciencia. Y ese algo es la muerte y lo que anticipa la muerte. Por ejemplo, la vejez. Por ejemplo la misma enfermedad y tantas otras cosas. ¿Qué será lo que uno puede hacer, que siempre lo pueda hacer?, Que a una persona le cuesta mucho el trabajo. . . Va llegando la vejez, yo conocí una anciana a la que le gustaba mucho orlar, le gustaba mucho tejer, y hacía unas obras de bordados lindísimas. Élla era feliz en eso. Pero pasan los años y los ojitos se le fueron acabando, y se le fueron acabando, y se le fueron acabando; y élla no podía hacer sus bordados. Parece que la muerte nos estuviera esperando en todas las puertas de la vida. Parece que la muerte saliera al paso de todos los caminos. Y bien pronto, mucho más pronto de lo que uno cree. La piel se arruga, la espalda se cansa, las rodillas duelen, los huesos se agotan, las fuerzas abandonan y una especie de tristeza se va llegando al alma. Y ya no estamos en la flor de la juventud, sino que la enfermedad y la vejez nos van cerrando nuestras esperanzas.

Una muchachita, por ejemplo, era muy simpática. Ella es la flor de todas las fiestas. Le llueven los admiradores, le llueven las invitaciones, que niña tan querida, que muchacha tan simpática ¿Cuánto tiempo te va a durar? Poco tiempo. Al poco rato, la vida de trasnocho de desorden o de baile. Y aunque no sea una vida desordenada, al poco tiempo, mucho más pronto de lo que nosotros creemos, empieza la niña a mirarse en el espejo y ya están las arruguitas, ¿Cierto?, y empiezan siempre por los ojos. Ya empezaron las arruguitas, ya la niña se da cuenta de que si sonríe, ¡ya! ahí está. ¿No? su arruga que va saliendo. Ya se va dando cuenta de que se agacha la cabeza, la rúbrica en el cuello y ya se va dando cuenta de que hay otras mujeres que están en la flor y esas son las que llaman ahora la atención. Entonces la muchacha dice: -No, lo que pasa es que yo tengo que ahorrar unos millones y hacer una operación-. Y entonces le hacen una operación y le tiemplan ¿No? le hacen una operación y le templan, esto se le acaban todas las arrugas y sale así templada de la operación. ¿Cuánto le dura esa operación? Al cabo del rato ¿No? la arruga por aquí, la arruga por allá. Queridos amigos, la muerte acecha a la vida humana. La muerte acecha a la vida humana.

Todo lo que nosotros inventamos tiene en su fondo y tiene en su horizonte, la muerte. Pero no solo la muerte; el límite de nuestras propias fuerzas. Una persona quiere ascender, en su empresa, en su trabajo, en la política, y llega un momento en el que uno se convence, -bueno, yo por lo menos en esta vida, yo Presidente de la República no voy a ser. En esta vida, por lo menos yo nunca haré tal cosa, nunca haré tal otra-. Creo que está suficientemente clara la idea. La muerte acecha, la muerte detiene al corazón humano. Pero Dios no quería la muerte. La muerte no estaba en el plan original de Dios. Uno de ustedes que tenga mucha imaginación, entonces dirá: -¿Quiere eso decir que si no hubiera habido pecado original, entonces los seres humanos qué, no morían?- Esa es una pregunta fuerte, ¿Entonces la gente no se iba a morir? Se quedaba, viva y viva y viva, como quien dice tendríamos unos viejitos arrugaditos por allá. La Biblia dice evidentemente es un lenguaje simbólico. La Biblia dice que hubo personajes que vivieron no sé cuántos años. El que más vivió fue Matusalén, Matusalén, que vivió novecientos setenta y tantos años. Y entonces, de pronto, uno de los viejitos que hay por aquí, porque aquí hay personas que no son viejitos, son "Juventud acumulada".

De pronto algunos o algunas de las que tienen juventud acumulada aquí me dice: -Mire padre; son tantos los problemas que tiene la vejez, que qué pereza que uno tuviera que vivir doscientos, trescientos, quinientos años, imagínese uno quinientos años, ya desde los cincuenta y tantos, de los setenta mal, de la espalda, ay, que ya no puede leer. Como decía un abuelito; y me perdonan que diga esto en misa: -Ay padre hemos llegado a una edad en que ya todo, es lo que digan los médicos-. ¡Ay! ¿Qué haríamos con una vida más larga? Pero es que en el plan original de Dios, cuánto desconocemos de estas cosas. En el plan original de Dios, la mente humana iba a tener un perfecto control y dominio sobre el cuerpo humano. Hay gente por ahí que se dedica a hacer ejercicios de concentración mental, y a lograr que la mente domine sobre el cuerpo.

Hay gente que se pone a hacer tantos ejercicios de esos, que logra controlar las funciones musculares y nerviosas que normalmente uno no puede controlar, por ejemplo, la tensión. Usted ahí donde está, usted puede hacer todo lo que quiera, pero usted no puede cambiar su tensión arterial. La tensión depende de los músculos. Minúsculos músculos que rodean especialmente las arterias, y esos músculos están por fuera del control del sistema nervioso humano, es decir, del sistema nervioso, que depende del cerebro y de la médula espinal. Uno no puede controlar eso, pero hay gente que se pone a hacer control mental, se concentra y en esa concentración tan tenaz logran cambiar la temperatura del cuerpo, logran cambiar la tensión arterial, logran alterar incluso los procesos de la digestión. Es muy posible que en el plan original de Dios, la mente humana, lo espiritual en el hombre iba a tener un completo poder sobre el cuerpo del hombre. Y esa armonía entre lo más espiritual y lo más material fue rota por el pecado.

En el plan original de Dios no era que la gente iba a envejecer hasta quedar como una uva pasa. ¿No? En el plan original de Dios no era que la gente iba a envejecer y envejecer y envejecer y envejecer y envejecer. No, en el plan de Dios; en el plan original de Dios, las personas iban a tener una perfecta armonía en todo su ser, iban a poder gobernar por completo sus funciones orgánicas, biológicas a partir de su corazón y de su mente. ¿Y qué hubiera sido de la vida de esas personas? Por ejemplo, Adán, si Adán hubiera seguido vivo, y vivo y vivo, ¿Qué? seguirían teniendo hijos como conejos? Hijos, más hijos, más hijos. No. En el plan de Dios. Esas personas, esos seres, cada vez irían alcanzando una percepción mental y espiritual mayor y cada vez se convertirían en seres orantes y contemplativos.

Pero ese plan original de Dios se acabó. Lo que la gente busca hoy en el yoga, en el método Silva, en la concentración mental, en la repetición de mantras o frases raras por allá y en las religiones orientales. Lo que la gente está buscando en las religiones orientales hoy es devolverse al paraíso terrenal, devolverse al plan que Dios tenía al principio. Pero ese plan quedó cerrado ya por el pecado. Ese plan quedó roto por el pecado original. Parece gran novedad, la superación personal, la concentración mental, el cuerpo astral. Las personas que se concentran y se concentran y se concentran hasta que quedan concentrados. Las personas que se concentran hasta que, por ejemplo, doblan una llave. se concentra y se concentra hasta que dobla la llave. Luego tiene que venir otro que se concentre el triple para que enderece la llave. Si esas personas y estos métodos de meditación con posturas corporales raras. Control de la respiración. Repetición de frases extrañas. ¿Qué están buscando? Están buscando lo que Dios había pensado para el ser humano si no hubiera habido pecado.

Y resulta que la fiesta de hoy de la resurrección es una fiesta para que descubramos la diferencia entre el paraíso y el cielo. El paraíso es una realidad en esta tierra. Se suponía que se te hubiera dado la armonía de la mente y del cuerpo y del hombre y la naturaleza. El paraíso terrenal fue un camino que quedó roto por el pecado, y Dios inventó otro plan que supone el perdón del pecado, el perdón de pecados. Nosotros ahora; nosotros los cristianos, no estamos para concentrarnos a ver si doblo una llave, o doblo una reja, o enderezo la reja, o tuerzo la reja, o. . . A nosotros no nos interesa el poder mental. Ese poder mental lo hubiéramos tenido de manera perfectamente natural todos los seres humanos si no hubiera habido el pecado. Pero a nosotros no nos interesa devolvernos al poder mental, porque esa también es una idolatría, la idolatría de un poder. Nosotros sabemos que ese camino ha quedado cerrado, lo que manifiesta el ángel con una espada de fuego a la entrada; en el Génesis.

El camino nuevo lo ha inaugurado Jesucristo. Y nosotros no estamos para recuperar los poderes mentales de Adán, sino para recuperar el cielo que ganó para nosotros Jesucristo, ¿Y qué es el cielo? Es la gran respuesta al ansia de vida que hay en el corazón humano, en la existencia celestial en la que Cristo entró por su resurrección. En esa existencia celestial hay vida para el cuerpo y para el alma, Cristo tiene cuerpo y nosotros también vamos a resucitar con cuerpo. De ahí la santidad del cuerpo humano. Cristo tiene cuerpo. Dios va a renovar todo nuestro ser. Dios va a transformarnos con el poder de su resurrección, de manera que todo aquello en nosotros que no quiere morir encuentra una respuesta.

Pero eso no se logra a través de la concentración mental y la acumulación de poder, sino se logra a través de la fe nuestra y de la Gracia de Dios. Dios nuestro Señor vive, y Él con su vida, le ha dado vida a nuestra vida. Dios, el Señor, ha conquistado nuestro corazón, somos heredad suya, y lo que nosotros deseábamos, ese no morir, por la fe y por la Gracia lo tenemos precisamente en Jesucristo, al que sea la Gloria y el honor por los siglos.

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