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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
¡El Señor ha resucitado! ¡Aleluya!
Homilía pasc001a, predicada en 19960407, con 16 min. y 7 seg. 
Transcripción:
A nombre del superior de nuestra comunidad conventual, el Padre Mauricio Galeano y en mi propio nombre reciban por favor un saludo de Pascua en este día hermoso, luminoso de la resurrección del Señor. Él debía resucitar de entre los muertos. Nosotros somos salvos por la resurrección de Jesucristo. ¿Qué quiere decir eso?, ¿Qué fue lo que vio aquel discípulo amado y por qué creyó? y ¿Qué significa creer?, ¿Qué significa creer en este día?, ¿Qué significa creer en la resurrección? Empecemos por el relato de los acontecimientos. Este discípulo, al que Jesús tanto amaba, la tradición, lo identifica con el nombre del evangelista Juan. Juan había estado presente en el momento de la cruz. Había sido testigo de la muerte del Señor. Había visto cómo la lanza atravesaba el costado y salían sangre y agua. Y había visto también cómo Jesús era puesto en el sepulcro. Pedro, en cambio, no había estado por ahí cerquita porque le había dado mucho miedo. Pedro, en medio de la confusión de los acontecimientos, se revolvió con la servidumbre allá en la casa del sumo sacerdote, y cuando lo cogieron cortico a preguntarle, resultó traidor. Resultó negando a Cristo. Y blasfemaba y juraba -Yo de ese señor no tengo ni idea quién es- pero lo decía con un acento galileo que se le notaba a la legua. De manera que cuanto más hablaba, pues más sentían que era de los discípulos de Cristo. Entonces él se puso furioso y lo negó y lo negó. Y en eso cantó el gallo. Como lo hemos escuchado en los relatos de la Pasión. Y Pedro se acordó de que Jesús le había dicho que lo iba a negar y lloró amargamente sus culpas, lloró su impotencia, lloró no ser más que eso. Un tal Pedro lloró no ser más. Pedro, entonces no estuvo presente en el momento de la cruz. Tampoco vio la lanzada y tampoco vio cómo había sido sepultado el Señor. De manera que cuando iban los dos corriendo al sepulcro, Juan sí sabía cómo habían dejado las cosas. Pedro no lo sabía. Esa es la gran diferencia entre ellos. Llegan los dos al sepulcro. Juan se detiene y Pedro entra. ¿Qué comprueba Pedro? Vio los lienzos en el suelo y el sudario. Pero no entendió. Vio que ahí estaban los lienzos y el sudario. En cambio, cuando llega Juan, él sí sabía cómo habían dejado las cosas el viernes, en la preparación para la Pascua, podemos suponer que Cristo fue sepultado según la usanza de los judíos. Los judíos no utilizan ataúdes. Por lo menos en esta época no utilizaban ataúdes. Tampoco enterraban a los muertos. Mucho menos los incineraban. La manera de dar sepultura a un muerto era en una cavidad estrecha, pero amplia, pero relativamente amplia, en la roca. Se hacían como dos especies de cuarticos. En el de más al fondo, el muerto envuelto en los lienzos o en la sabana y puesto con un trapo alrededor de la cabeza, se dejaba, se dejaba allí, en ese cuarto y en el otro pequeño cuartico o en la otra pequeña recamara, quedaba simplemente el espacio vacío. Le echaban cantidades descomunales de perfume y de sustancias olorosas que desde luego no llegaban a tapar por completo el olor de carne que se pudre pero que por lo menos lo escondían bastante. La Sagrada Escritura habla de alrededor de treinta kilos de perfume, de una mirra olorosísima. Bueno, a la salida de esas dos recámaras ponían una piedra grande. Eso fue lo que hicieron. Este era por lo menos el entierro de un hombre ilustre, el entierro de un rico; Cristo no tenía póliza alguna que amparara su sepultura. Fue José de Arimatea, el que regaló su propio sepulcro. Pero como José de Arimatea era un hombre pudiente, el sepulcro que José de Arimatea tenía era muy bueno. Era un sepulcro clase A, tal vez 1-A. En ese sepulcro estuvo nuestro Señor, y Juan había visto todo eso, cuando llegaron al primer día de la semana. Lo que para nosotros es el domingo y que para ellos se llamaba simplemente el primer día de la semana, Pedro entra y ve que están tirados esos trapos Ahí. Él no ve sino trapos tirados. Juan, en cambio, había visto cómo habían envuelto el cuerpo del Señor. ¿Qué fue lo que hizo que Juan creyera?, primero, si no estaba el cuerpo ahí, se supone que alguien se lo había llevado. Era lo que más inmediatamente se podía pensar. ¿Pero se robaría alguien un cuerpo desnudo? Segundo, los lienzos no estaban arrojados, ni amontonados ni apiñados. Los lienzos estaban en el suelo y el sudario enrollado y colocado. Así los habían dejado el viernes. Todo estaba como lo habían dejado el viernes, lo único que no estaba era el cuerpo del Señor. Todo sucedió como si simplemente el cuerpo de él hubiera desaparecido y los lienzos se hubieran desinflado y quedara todo como lo habían puesto, menos el cuerpo del Señor. Entró el otro discípulo que había llegado primero y al ver aquello, al ver que estaba todo menos el cuerpo de Jesús, entendió que no se trataba de un rapto, no se trataba de un robo. No se trataba de una burla más. O mejor dicho, sí se trataba de un robo. Dios se lo había robado. Y si se trataba de una burla. Pero ya esta vez no una burla del mundo a Dios, sino aquella burla de la que nos habla el Salmo segundo; ¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos planean un fracaso? El Señor se burla de ellos. El Altísimo amenaza desde el cielo. Aquí ya no es la burla del mundo como en el día de la cruz, aquí ya no es la afrenta del mundo. Desde este punto, desde la entraña de este sepulcro, como desde un nuevo vientre, empieza la respuesta de Dios. Y la primera respuesta es: -Todo el daño que ustedes quisieron hacer ha quedado ahí, en ese sepulcro-. Pero el cuerpo, el cuerpo ya no está. De manera que, ¿Qué es lo que nosotros creemos cuando afirmamos la resurrección del Señor? En primer lugar, y esto hay que decirlo clarísimamente, estamos afirmando que su cuerpo glorificado tiene vida inagotable, inextinguible, indestructible. La resurrección del Señor no es simplemente un acontecimiento en la mente o en la psicología de los discípulos, también es eso, claro que sí. También es un acontecimiento en la comunidad. También es una fe de la comunidad. Pero en primer lugar y radicalmente es algo que le ha sucedido a ese cuerpo que estuvo pendiente de la cruz, que fue sepultado como lo vio este discípulo y que dejó tirados los lienzos, como también lo testifica este discípulo. Creer en la resurrección de Cristo, entonces, significa que el mismo que estuvo colgado en la cruz, que padeció la flagelación y los insultos y las humillaciones. El mismo que murió realmente, realmente se levantó de entre los muertos. Pero número dos, de acuerdo con lo que nos dice el texto de los Hechos de los Apóstoles, la resurrección de Cristo no es como la resurrección de Lázaro o algunas otras resurrecciones milagrosas que se cuentan en la historia. En la resurrección de Lázaro. Lázaro volvió a la vida, a esta vida. Desde luego que ese es un prodigio capaz de pararle la respiración a cualquiera. Y yo creo que por eso Dios no permite que haya demasiadas resurrecciones, porque de pronto de ver uno a uno que resucita, se muere uno. De manera que es como más es más sensato mantener bajo el número de resurrecciones. Pero a esa resurrección, como la de Lázaro, la debemos llamar mejor revivificación. Lázaro volvió a esta vida. No volvió, en cambio, a esta vida, Jesucristo, su tipo de existencia es misteriosa y se necesitan muchas palabras y muchos testimonios para entender cómo es que ahora vive ese cuerpo que estuvo desnudo en la cruz y que desnudo resucitó del sepulcro. ¿Cómo es esa nueva existencia, esa nueva llamémosla dimensión?, esa plenitud de vida, a la que ha entrado Cristo. Eso no es tan fácil de explicar. La teología tradicionalmente la llama "El tipo de existencia de los Cuerpos Gloriosos" Por otra parte, la resurrección de nuestro Señor Jesucristo nos enseña el valor infinito que tiene ante Dios nuestra vida en su integralidad de alma y cuerpo. En este día hay que decir con toda la claridad posible. Y usted por favor, cuénteselo a cuanta persona le pregunte que la resurrección y la reencarnación son opuestas, incompatibles. No se puede ser cristiano venir a la Vigilia Pascual, comulgar en el Domingo de Resurrección y estar creyendo en reencarnaciones. La reencarnación, así la diga todo el mundo, así la repita todo el mundo, no es compatible con el mensaje de la resurrección. Y quienes intentan hacer ese tipo de sancochos religiosos se indigestan y fenece su fe. El capítulo 9 de la Carta a los Hebreos lo dice, tal vez sea la palabra más clara en toda la Sagrada Escritura. Capítulo 9, algo así como versículo 27 dice palabras más, palabras menos: -Así como está decretado que los hombres mueran una sola vez, y después el juicio, así también Cristo murió una sola vez, y ha sido constituido juez- o cosa parecida. Vaya a su casita, abra la Biblia, desempólvela lea. Carta a los Hebreos, capítulo 9, versículo 27, o por ahí cerquita. Usted no puede afirmar la reencarnación en este día. Hay otros textos de la Biblia que también se oponen a la reencarnación, pero sobre todo porque aquí no se trata de una guerra de textos. Pero sobre todo comprendamos que el gran mensaje cristiano está en que Dios resucita toda nuestra vida y por eso creer en la resurrección de Cristo también significa creer que nuestra vida en su integralidad y este cuerpo, este cuerpo que habla, que mira, que escucha, que manotea, que se pone bravo, que se pone contento, que descansa, que duerme, que come. Este cuerpo y tu cuerpo van a resucitar. Estas consecuencias las saca clarísimamente San Pablo, especialmente en el capítulo 15 de la Primera Carta a los Corintios. Creer en la resurrección de Jesucristo significa que ese espíritu por el que Dios resucitó a Cristo de entre los muertos, puede hacer también su obra en nosotros. Y puesto que no había caso más perdido que el de Cristo, porque no había hombre que fuera más torturado, despreciado, humillado y luego echado a la caneca, Si Dios puede sacar a un hombre de ahí y me da de su mismo espíritu, mi vida puede ser distinta. Esa es la resurrección moral y espiritual que realiza Cristo en esta vida. Pero después de esta vida, la resurrección de nuestros cuerpos. ¿Cuándo sucederá aquello? Pues al fin de los tiempos. Pero habrá resurrección de nuestros cuerpos. Tu cuerpo no es como tu saco, tu blusa, tu falda, que tú te lo quitas y te lo pones. Pero ¿Qué clase de desprecio al cuerpo es ese? Eso es no entender nada de lo que nos está diciendo la Sagrada Escritura. No es lo mismo decir que el día que disparé para asesinar tenía puesto un saco rojo a decir que asesiné con esta mano. El cuerpo pertenece integral y sustancialmente a la realidad personal que es cada uno de nosotros y por consiguiente, participa por toda la eternidad de la bondad o de la maldad, de la Gloria o de la desdicha de la que participan también nuestra inteligencia y nuestra voluntad. Puesto que Cristo realiza por el don de su Espíritu esa resurrección moral en nosotros. El apóstol nos ha dicho: "Si habéis resucitado con Cristo, -nos dice- buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios". ¿Qué somos nosotros? Gente que cree en esa resurrección. Gente que por el agua y el espíritu ha nacido una vida nueva. Gente que tiene el hermoso derecho y el grave deber de anunciar que estas cosas son posibles y son la salvación para el mundo. La Iglesia ha nacido el día de la Resurrección. La Iglesia es posible el día de la resurrección. Nuestro anuncio tiene sentido en el día de la resurrección. A este Cristo, a su amor, a su bondad, a su paciencia, nuestro amor y nuestra alabanza por los siglos.

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