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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La verdadera unidad no se construye sobre el relativismo, sino sobre la verdad vivida con humildad y caridad. Cristo une a su Iglesia en una verdad que no acusa, sino que levanta y salva.
Homilía p073020a, predicada en 20260520, con 7 min. y 44 seg. 
Transcripción:
En el Evangelio de hoy, mis hermanos, aparecen dos palabras que están unidas en el corazón de Jesús, pero que a veces se presentan en nuestro tiempo como si tuvieran tensión, conflicto o separación, esas dos palabras son unidad y verdad. Yo quiero explicar por qué para algunas personas la verdad se convierte como en causa de división. Y es que esto sucede fuera de la Iglesia, pero también sucede adentro de la Iglesia. Fuera de la Iglesia, yo creo que vale la pena recordar lo que ha dicho tantas veces este ateo, espero que no termine sus días de esa manera, pero de momento se manifiesta ateo, el señor Richard Dawkins.
Este hombre de cultura británica, de muchísima erudición, de mucho estudio, él ha presentado la verdad, concretamente la verdad religiosa, la ha presentado como una causa de división. Para él, la religión solo puede causar guerras y solo puede ser una especie de tumor o cáncer de la humanidad porque el problema que tiene la religión, dice él, es que cada creyente de las distintas religiones cree que tiene la verdad. Y cuando una persona tiene la verdad, ya tiene también un garrote para atacar a todos los que cree que están equivocados.
Entonces, de acuerdo con ese pensamiento, tener la verdad es algo así como tener un garrote, y significa empezar a causar división, empezar a causar conflicto con otras personas. Ese es el problema de tener la verdad, según este ateo. Y por eso él dice, el mundo sería un lugar mejor sin religión, porque si no hubiera religión, entonces las personas no tendrían esas verdades con las que quieren destruir a los otros. Por supuesto, ese argumento de Richard Dawkins, es un argumento ridículo, porque precisamente él quiere acabar con la religión en el mundo.
O sea que él tiene un garrote más grande que todos los garrotes, él considera que tiene una verdad más grande que todas las verdades y que por eso él está autorizado para disponer lo que debe hacerse en la humanidad. Hay una gran contradicción en las palabras de él, pero quiero destacar esto, quiero contar o estoy contando esta historia para que nos demos cuenta cómo para muchas personas hablar de la verdad significa causar división. Pues lo mismo sucede dentro de la Iglesia, aunque de otra manera.
Por ejemplo, hay algunos que dicen que si tú estás muy convencido de algo, entonces tú eres dogmático. Si tú eres dogmático, quiere decir que tu pensamiento es cerrado. Si tu pensamiento es cerrado, quiere decir que ya vas a condenar a los demás, ya te vas a volver un inquisidor, ya vas a condenar a los otros como herejes o los vas a condenar como cismáticos. Y entonces, en el juego de las acusaciones, la Iglesia termina siendo espantosamente polarizada y la causa de todo eso es que se le da mucho énfasis a la verdad.
Entonces, por eso dentro de la Iglesia hay algunos que pretenden oponer lo que es una postura doctrinal de lo que es una postura pastoral, porque lo pastoral sería ser tolerante, no darle tanta importancia: Mira que para ti ese pecado es terrible. Bueno, pues otros piensan que otros pecados son terribles. Entonces no peleemos por eso, no peleemos. Y entonces, se constituye una especie de lema que es llevemos la fiesta en paz. Ese lema tiene un nombre teológico, se llama Irenismo. Irenismo es la imposición de una paz falsa, evitando conflictos. Esto también se lleva a veces al ecumenismo.
Entonces, hay personas que consideran que la manera de lograr la unidad entre los cristianos es: No hablemos de las divisiones, no hablemos de quién es el que tiene la razón, en el fondo todos son interpretaciones. Entonces, como decía una vez chiste mi hermano, tú dices que la Trinidad son tres, yo digo que son cinco, quedemos en que son cuatro, y ya quedamos todos tranquilos. Pues, a ver, esa unidad claramente es una unidad falsa. Y esa unidad que ya la denunció, por ejemplo, el Papa Benedicto, es la unidad falsa, unidad ponle comillas bien grandes, es la unidad propia del relativismo, que finalmente es lo que causa es desorientación, perplejidad, desánimo, frustración en los fieles.
Y esto lo expresan los mismos fieles: Cómo así que yo hablo con un sacerdote y me dice que lo que estoy haciendo está muy bien, y luego hablo con otro sacerdote y me dice que estoy en pecado. Entonces, ¿a quién le creo? Esa división, esa confusión, lejos de propagar la fe, lo que hace es devastarla, destruirla. Pero las palabras de Cristo son muy claras. Cristo, por una parte, está suplicando al Padre celestial que nosotros, todos los que creemos en Él, seamos uno. Pero, por otra parte, Cristo está diciendo clarísimamente: «Conságralos en la verdad, tu Palabra es la verdad».
De manera que aquí cabe lo que decía Cristo en otro contexto: «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre». Y Dios ha unido el misterio de la unidad entre nosotros con la consagración en la verdad. O sea que el camino es seguir el camino de la verdad y ahí es donde puede darse la verdadera unidad. El problema de la verdad no es la verdad, el problema es cuando además de tener la verdad o de buscar la verdad, nos dejamos cautivar por la arrogancia o por el resentimiento, o por el desquite, o por el triunfalismo. Lo que hace detestable a la verdad no es la verdad en sí misma, sino es la falta de humildad.
Lo que hace detestable a la verdad es que convirtamos a la verdad solamente en el dedo que acusa y no en la mano que levanta, porque ciertamente es verdad que debemos conservar ciertas enseñanzas y lo que hemos recibido de los apóstoles tenemos el deber de transmitirlo. Por eso San Pablo decía: Yo he transmitido lo que yo he recibido. Entonces, eso es correcto y la verdad enamora y la verdad cautiva. Lo que no cautiva es que unamos a esa verdad, arrogancia o unamos a esa verdad, espíritu de desquite o triunfalismo que también sucede.
Conclusión, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Y esa unidad que Cristo quiere, pues está completamente ligada a la consagración en la verdad. Pues vamos a vivir esa consagración en la verdad, pero a la manera de Cristo, con humildad, con caridad, con sencillez, con servicio. No le estamos haciendo ningún favor a la verdad cuando la reunimos con cosas que simplemente la ocultan, como es, por ejemplo, la soberbia. A eso no tenemos por qué someternos ni tenemos que someter a nadie.
Sigamos el camino de Cristo y sigamos esta recta final en nuestro tiempo pascual, porque nos espera la gloria hermosa, la unción profunda de Pentecostés, la gloria para el Señor. Amén.

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