Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La unidad que Jesús desea nace del arrepentimiento y la obediencia a Dios; no puede lograrse sacrificando la verdad, pues solo en Dios y siguiendo Su voluntad se alcanza una verdadera comunión.

Homilía p073019a, predicada en 20250604, con 8 min. y 35 seg.

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Transcripción:

Yo tengo la idea, mis hermanos, que es muy peligroso recortar algunas palabras de Cristo. Y a lo largo de estas reflexiones que hemos llamado «La gracia», porque cada día tiene su gracia, varias veces hemos mencionado el peligro de eso de recortar las palabras del Señor. Por ejemplo, dice Nuestro Señor Jesucristo: «Yo he venido a buscar a los pecadores. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores». Esa es la frase, pero no te quedes ahí, no la recortes. ¿Qué sigue? La frase completa es, está en San Lucas: «No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores para que se arrepientan». El arrepentimiento es finalmente el propósito de Cristo, porque con el arrepentimiento nuestro, viene la conversión que Dios regala, y con la conversión, la efusión de la gracia, la vida nueva, la filiación adoptiva, la genuina fraternidad, el ser Iglesia y todo lo demás. Entonces Cristo dice: «Yo he venido a llamar a los pecadores, no lo recortes, para que se arrepientan». Dice Cristo: «Amaos los unos a los otros», ¿termina la frase ahí? No. «Amaos los unos a los otros como yo os he amado». No es cualquier amor, el amor cristiano. No llames amor a cualquier cosa, no recortes la frase.

Algo parecido nos encontramos con el pasaje de hoy, Cristo hace oración al Padre en el capítulo 17 de San Juan. Y una de las intenciones de Cristo en su plegaria es que todos seamos uno. Dice Cristo: «Que todos sean uno». Y buscar esa unidad es algo muy bello. Pero de nuevo hay que tener cuidado con recortar la frase, porque la unidad se puede buscar de muchas maneras. La gente que trabaja con mucho empeño en la Agenda 2030, está tratando de buscar una especie de unidad, es lo que se llama globalismo, globalismo, una especie de unidad que todo en el globo terráqueo, que todo en la tierra tenga unos determinados criterios, tenga unos determinados objetivos. Entonces, se habla de los objetivos de la Agenda 2030, y en esos objetivos hay cosas muy interesantes y hay otras cosas que son como un caballo de Troya. En un cristiano, ya que menciono esto de la Agenda 2030, no puede quedarse ingenuamente abrazando todo lo que diga la Organización de Naciones Unidas, jamás, jamás, hoy menos que nunca. Entonces, hay gente que busca la unidad, pero al precio de que sacrifiquemos nuestra conciencia.

También buscamos la unidad entre los cristianos y hay católicos que creen, me imagino que incluso con cierta sinceridad, creen que el ecumenismo, es decir, la unión entre los cristianos, consiste simplemente en que vengan a ver todos aquí, todos aquí, al templo y a comulgar todos: A ver, vamos a darle la comunión a todos y ya quedó hecha la unidad. Qué tristeza, qué pobreza doctrinal y cuántas ofensas al Corazón de Cristo y al sacramento eucarístico. No, el ecumenismo es mucho más que eso. Sí, hay que buscar la unidad, pero no es esa manera. Entonces, Cristo nos da un criterio: «Que todos sean uno, como tú, Padre y yo somos uno». El modelo es la unión entre Cristo y el Padre.

Y si nosotros nos hacemos la pregunta profunda, apasionante, insondable, ¿cómo estaba Cristo unido al Padre? Vamos a encontrar muchos, muchos elementos. Pero hay uno que no podrá faltar, obediencia, la unión de Cristo con el Padre es una unión de obediencia. Es decir, Cristo es el servidor de Dios Padre, por supuesto que es el Hijo, también es la Palabra del Padre. Pero es que quiero destacar esto, que la unión de Cristo con el Padre está bien descrita con la palabra obediencia. La carta a los Hebreos dice: Aprendió sufriendo, ¿qué aprendió sufriendo?, a obedecer. «Cristo se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz», nos dice San Pablo y el mismo Cristo en el Evangelio de Juan dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del Padre». Entonces, no puede haber unidad sin obediencia a Dios.

Ese experimento ya se ha hecho en la sociedad, por lo menos en la sociedad occidental, el experimento de una unidad sin Dios. Así, por ejemplo, los revolucionarios de la Revolución Francesa hablaban de unidad. Ellos hablaban de unidad y hablaban mucho de fraternidad: Estamos unidos. Y el comunismo también habla de los camaradas. Y el himno de la Internacional Socialista habla de pueblos unidos. Pero ¿qué clase de unidad es esa? Cuándo tú miras el régimen del terror en la Revolución Francesa, ¿de qué unidad estamos hablando exactamente? Cuando tú miras las purgas del Partido Comunista, a cualquier lugar donde vayas encontrarás lo mismo, donde haya comunismo en Nicaragua, en Cuba, en Venezuela, en China, en Corea del Norte, ¿de qué unidad estamos hablando? Es una unidad sin Dios y la unidad sin Dios siempre termina endiosando. Y no voy a decir endiosando al hombre, endiosando a unos, a unos hombres, a unos que serán los jefes del partido, o como se les llame, a esas personas, esos son endiosados y cuidado te opones, en tiempos de José Stalin, cuidado te oponías a Stalin.

Hermanos míos, hermanos míos, la unidad es unidad en Dios, es unidad obedeciendo a Dios, es unidad insertándonos en ese Cristo que dijo: «Si ustedes me aman, cumplen mis mandamientos». O sea que Él también nos llamó a obediencia, el amor no es simplemente el amor a Cristo. Quiero decir, no es simplemente Cristo me cae bien, estoy unido con Cristo, me gusta cantarle a Cristo, me gusta adorar a Cristo, que te guste cantarle, que te guste adorarle, que te guste celebrarle, me parece bellísimo. Solo te pido no te quedes ahí, hay que obedecerle, la obediencia es vital. No cortemos las frases, lleguemos hasta el final, así como Cristo llegó hasta el final por nosotros. «Se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le dio el nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo y toda lengua proclame Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre». Amén.

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