Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El mundo suele considerar como opuestos e incompatibles los rasgos de la sensibilidad, que lleva a la compasión, y de la fortaleza, que otorga constancia y perseverancia. La gracia del Espíritu nos concede, en cambio, ser misericordiosos y a la vez permanecer firmes y fortalecidos.

Homilía p073016a, predicada en 20210519, con 7 min. y 26 seg.

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Transcripción:

Hermanos queridos, seguimos en estos días de gracia, de preparación para la efusión del Espíritu Santo. Podemos decir que la manera más sencilla de prepararse para los dones del Espíritu es verlos actuando y esto es lo que sucede cuando miramos las vidas de los que llamamos santos. Porque si a ellos los llamamos santos, fue precisamente porque se dejaron mover por el Espíritu de Dios. Podemos decir que el Espíritu, que es el único que santifica, pudo hacer su obra en ellos. De nuestra parte, debemos tener una gran confianza en que Dios, más allá de nosotros mismos, quiere hacer de cada uno de nosotros una obra plenamente suya y, por consiguiente, una obra bella, buena, fecunda, una obra santa.

Miremos, por ejemplo, al apóstol San Pablo, que aparece de modo tan claro en la primera lectura de estos días. Hoy quiero destacar algunas virtudes complementarias que se dan en el modo de obrar de San Pablo, concretamente, quiero referirme a dos cosas que muchas veces en el lenguaje del mundo parecen opuestas, una profunda sensibilidad y una gran fortaleza. Usualmente, en el lenguaje del mundo, una gran fortaleza se asocia con una especie de dureza no solamente para soportar, sino también para ser indiferente frente al dolor de otros.

Una anécdota que siempre me impresionó del tiempo, hace como un siglo, en el que Mao Tse-tung iba en, lo que él llamó, la gran marcha que lo condujo finalmente al poder. Tenían que conquistar una determinada ciudad que estaba bien protegida por la Guardia Imperial, pero los seguidores de Mao eran muchos y lo que hizo Mao Tse-tung fue enviar a su gente, muy numerosa pero poco armada, para que atacaran ese sitio. Como estaba la Guardia Imperial, pues se produjeron muchas bajas, muchos muertos del lado de Mao Tse-tung. Al final lograron conquistar ese lugar, lo lograron, pero el costo en vidas fue inmenso. Alguien le comentó a Mao lo que acababa de suceder y él preguntó cuántos murieron y le dieron la cifra. Y él dijo: Ah, pues en una noche podemos hacer ese número. Un hombre fuerte, un hombre resuelto, un hombre capaz, un líder impresionante, un orador notable, pero ya vemos: Murieron tantos, esos se reemplazan.

El ser humano es una pieza de recambio, es un engranaje más dentro de un proceso. Esto vale para muchas ideologías políticas y también económicas. El capitalismo salvaje suele ver las cosas de ese modo: Van a morir tantos, no importa, pero las empresas siguen para arriba. Es decir, la fortaleza se convierte en insensibilidad. Los ejemplos son muchos, podemos recordar de la antigua Grecia a aquella ciudad estado, la más famosa por su talante guerrero, Esparta. En Esparta se enseñaba a niños y niñas desde el principio que tenían que ser duros, por ejemplo, en el caso de las mujeres, si una mujer daba a luz y ella notaba que el bebé tenía algún defecto, ella era la primera que tenía que deshacerse del bebé. Ser fuerte significa ser duro, ser insensible. Por otro lado, la sensibilidad, como es natural, se suele asociar con una especie de debilidad o de incapacidad, de impotencia. Pero ese es el lenguaje, llamémoslo así, del mundo.

En el lenguaje de Dios, y esto lo vemos en tantos santos, empezando por nuestro Señor Jesucristo, ser fuerte no significa ser insensible, y ser sensible no significa ser débil. Lo vemos en San Pablo, con qué realismo y con qué fortaleza ha trabajado en aquella comunidad de Éfeso. Se ha opuesto a lo que ha tenido que oponerse, ha hablado cuando ha tenido que hablar, y si ha tenido que soportar azotes o cárcel, pues que venga la cárcel, que vengan los azotes. No es, no es débil, es muy fuerte. Realmente la fortaleza de él nos impresiona, lo que fue capaz de sufrir por Cristo. Pero cuando se trata de ese, de ese acercarse al hermano, aquí lo vemos recibiendo el abrazo, el cariño, las lágrimas de los que lo van a extrañar. Él mismo escribe en sus cartas diciendo: «Lloro, estoy llorando por ustedes. No puedo sacarlos de mi corazón, todos los días los tengo en mis rezos». Son expresiones de un corazón sensible.

Pidamos al Señor que, así como se lo concedió a San Pablo, a Santo Domingo, al Beato Francisco Coll, a nosotros también nos dé esa combinación tan bella de una profunda sensibilidad frente al dolor de los hermanos, una gran sensibilidad frente a los intereses de Dios, que nos duelan las cosas de Dios, pero a la vez, que tengamos la fortaleza para que podamos dar, como dice la Biblia, el buen combate, pelear el buen combate y completar la carrera. Dios nos quiere santos, no temamos decirlo abiertamente y no temamos incorporar ese anhelo divino a nuestro propio corazón. Amén.

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