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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El Nombre de Dios le da un sentido diferente a la cruz, a todo lo que hacemos; su Nombre nos resguarda, nos protege; lo que nos conecta con Dios es su Santísimo Nombre.
Homilía p073015a, predicada en 20210319, con 5 min. y 50 seg. 
Transcripción:
En su oración sacerdotal, es decir, capítulo 17 de San Juan, Cristo derrama tanta sabiduría y hay tanta luz en sus palabras que, repito, me declaro incapaz de hacer una homilía con todos los versículos que tiene la Misa de hoy. Solo voy a quedarme en esta ocasión con aquello que dice Cristo: «Guárdalos en tu nombre». Es una súplica que nuestro Señor Jesucristo le hace a Dios nuestro Padre, una súplica en favor de los apóstoles y luego de aquellos que hemos llegado a la fe, a través de la predicación de los apóstoles. Es una súplica que Cristo hace entonces, en favor nuestro, y lo que pide es guárdalos en tu nombre. Tratemos de entender un poco esa frase y es todo lo que alcanzamos a hacer hoy, «guárdalos en tu nombre».
El nombre de Dios ha significado siempre demasiado, es decir, algo muy alto, algo sublime, algo hermosísimo dentro de la espiritualidad del pueblo elegido, del pueblo judío. Recordemos que precisamente el segundo mandamiento de la ley de Dios es ese, es decir, no tomar el nombre de Dios en vano. Ese mandamiento tiene que ver con la súplica que Cristo hace hoy, le pide a Dios Padre, «guárdalos en tu nombre». Tomemos entonces esos dos textos, el segundo mandamiento: No tomar el nombre de Dios en vano, y la súplica de Cristo «guárdalos en tu nombre». Efectivamente, mientras estamos en esta tierra, ¿en dónde puede nuestro corazón realmente conectar con el plan de Dios, con el amor de Dios y con la presencia de Dios? Si lo piensas bien, solo hay una realidad que le dará sentido a todas las otras que nos unen al Señor, esa única realidad es el nombre de Dios.
Tomemos la señal de la Cruz, sin el nombre de Dios es un signo matemático, como decía Paul Erdos, que era ateo, o es un signo de tortura, como lo fue para los romanos. Pero cuando nosotros decimos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, Amén, el nombre de Dios hace que esa cruz tenga un sentido diferente. Es el nombre de Dios el que le da sentido, el que le da propósito a todo lo que hacemos. Por eso, cuando la Iglesia predica, no se predica a sí misma. La Iglesia predica a Jesucristo, nosotros anunciamos a Jesucristo, nosotros pronunciamos su nombre, es decir, nosotros no decimos a las personas: Mira, tus pecados son perdonados, porque tú te puedes perdonar a ti mismo, eso lo puede decir la Nueva Era, eso lo puede decir cualquier teoría de autosugestión o de programación neurolingüística o lo que sea. Pero para nosotros la expresión es esta: Yo te absuelvo de tus pecados, nos dice el sacerdote al final de la fórmula de absolución, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Y cuando celebramos la Eucaristía, no solo invocamos el nombre de Dios al principio, como es de rigor en todos los sacramentos, sino que es a través de la invocación de su nombre, como nosotros llegamos a tener la realidad eucarística en nuestros altares y después en nuestro ser cuando comulgamos. Por eso, ¿qué significa guardarnos en el nombre de Dios? Es lo mismo que significa el segundo mandamiento. Tu puente, tu conexión, tu interface, el hilo que te conecta con Dios, es su Santísimo Nombre. Entonces, somos guardados en el nombre de Dios, cuando nosotros, con respeto, con veneración, con espíritu de gratitud, de humildad y de conversión, pronunciamos el nombre del Señor y le pedimos que nos guarde, guárdalos en tu nombre. Nosotros nos resguardamos en el Nombre divino.
Quiero terminar recordando aquellos mártires jesuitas acribillados, martirizados, torturados en Japón. Muchos de ellos fueron crucificados y sus últimas palabras no fueron otras, sino el nombre de Dios. Invocaban sin cesar el nombre de Jesús. Era la conexión, sin ese nombre hubiera sido solamente una muerte atroz, con ese nombre era la puerta del cielo.

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