Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La vida eterna es un conocimiento profundo de Dios que se transmite con la vida misma; seguir a Cristo es enseñar y revelar al Padre mediante el servicio, el amor y una vida que refleje Su gloria.

Homilía p072021a, predicada en 20250603, con 6 min. y 42 seg.

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Transcripción:

El Evangelio de Juan, mis hermanos, tiene una joya preciosa y única en el capítulo número diecisiete. Conocemos este texto como la Oración Sacerdotal. Oración Sacerdotal de Cristo y se le ha llamado así porque Cristo en ese capítulo diecisiete, dentro del relato de Juan, está próximo a su sacrificio. Y por supuesto, todo sacrificio auténtico requiere de un sacerdote. Lo característico de Cristo es que Él es el sacerdote y Él es también la víctima. Cristo se está ofreciendo. Él es la ofrenda y Él es el oferente. Él es la víctima y Él es el sacerdote. Y la oración con la que Él hace esa entrega de sí mismo es la que encontramos en ese capítulo diecisiete de San Juan. Vamos a escuchar varios pasajes, varios fragmentos de ese capítulo en los próximos días, preparando Pentecostés.

Te invito, te invito a que te acerques a la Sagrada Escritura y leas por ti mismo estas palabras de tanta profundidad y de tan increíble belleza. Hoy, por ejemplo, nos encontramos con la vida eterna. Uno de los temas predilectos en el cuarto Evangelio y nos dice Cristo Ésta es la vida eterna. Está dirigiéndose al Padre. Esta es la vida eterna que te conozcan a ti y a tu enviado Jesucristo. Esa frase seguramente nos sorprende porque nos está diciendo el Señor que la vida eterna está unida a un conocimiento. Pero el conocimiento está ligado a la predicación, está ligado a la enseñanza, está ligado a la doctrina.

En sí misma ésta no es una idea extraña a la revelación, porque recordemos bien que Cristo nuestro Señor en el Evangelio de Mateo, en el capítulo número veintiocho, dice a sus apóstoles Vayan y enseñen. Entonces, la vida también consiste en una especie de enseñanza, en un conocimiento. Es algo que no resulta obvio. Más fácilmente uno puede relacionar la vida, por ejemplo, con alimentar a los pobres, con dar de beber a los sedientos, es decir, con las obras de misericordia corporales. Y no debemos oponer estas obras de misericordia corporales, no las debemos oponer al conocimiento del Padre Celestial y de su Hijo Jesucristo. De hecho, Cristo nos enseñó no solamente con sus palabras, los sermones, las parábolas, los ejemplos que nos dio hablando. Cristo nos enseñó con lo que hizo.

Fíjate, por ejemplo, como en el mismo Evangelio de Juan, Él hizo algo, lavó los pies de aquellos apóstoles y luego les preguntó ¿Ustedes han entendido lo que yo he hecho? Ahí no les estaba hablando, estaba haciendo algo. O sea que cuando hablamos de enseñanza no pensemos que es simplemente un ejercicio académico, un ejercicio intelectual. Enseñar quién es el padre y enseñar quién es Cristo no es simplemente o no es solamente hablar, estructurar un discurso, escribir un artículo de teología. No, enseñar en el fondo es revelar.

La palabra que le dice Cristo al apóstol Felipe en el mismo contexto de la Última Cena. Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, Felipe, y no me conocéis. El que me ha visto a mí ha visto al Padre. Y ver a Cristo no es solamente verlo cuando está enseñando o tomar notas cuando dice palabras muy sabias. Ver a Cristo es verlo lavando los pies, es verlo atendiendo a los pobres, es verlo compadeciéndose, es verlo llorando por Jerusalén, es verlo transido de amor en oración hacia el Padre.

Entonces, la vida eterna es un conocimiento, ciertamente, pero ese conocimiento tal vez deberíamos darle el estatus de revelación, es decir, vida eterna. Es lo que ha hecho Cristo revelarnos al Padre, mostrarnos al Padre. Eso es vida eterna. Que nosotros veamos al Padre, que nosotros veamos el modo de amar de Dios, el modo de ser de Dios. Pregunta ¿Y eso queda solo para Cristo? ¡Claro que no! Eso queda también para nosotros. Por eso también dice en otro lugar del Evangelio que vean vuestras buenas obras y den gloria al Padre que está en el cielo. Es decir, que vivas de tal manera que la única explicación de tu vida es el Padre Celestial. Eso es revelar a Cristo. Eso es revelar al Padre.

Y por eso estas palabras del Señor, aunque no eran dirigidas directamente a nosotros, sino al Padre Celestial en oración, son palabras que nos muestran cuál es la ruta que ha de seguir nuestra vida cristiana. Una ruta de servicio, una ruta donde se unen la sabiduría y el amor, la sana doctrina y la práctica de la caridad, de tal manera que en todo lo que hagamos brille la gloria de Dios y la gente pueda a través de nosotros, a través de la Iglesia entera, conocer a Cristo y conocer al Padre. Amén.

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