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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Es el Espíritu quien nos enseña a leer los signos de los tiempos y a ser dóciles a sus mociones interiores: nos guía exterior e interiormente.
Homilía p072019a, predicada en 20210518, con 7 min. y 13 seg. 
Transcripción:
Hermanos, se ha dicho con razón que el libro que nosotros conocemos como de los Hechos de los Apóstoles podría llamarse muy bien el libro de los Hechos del Espíritu Santo, porque es el Espíritu Santo el gran protagonista de esta obra escrita por San Lucas. Es notable cómo aquella primera generación de cristianos y especialmente aquellos primeros misioneros, tenían plena conciencia de que era el Espíritu quien los iba guiando.
En algún pasaje, por ejemplo dice San Lucas, queríamos ir a tal parte, pero el Espíritu no nos lo permitió. Íbamos a ir a otro lugar, pero el Espíritu nos guió de otra manera. Ellos se sentían acompañados y guiados por el Espíritu. Y en esta semana. Semana de preparación para Pentecostés. Es hermoso que nosotros le pidamos a Dios esa misma experiencia. Ser consagrados por el Espíritu, guiados por el Espíritu, de manera que nuestras decisiones puedan tener el sello de aquello que dijeron los apóstoles en el Concilio de Jerusalén. Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros. Se sienten acompañados, iluminados, guiados por el Espíritu. Y yo creo que nuestros pasos, especialmente los más profundos, los más decisivos, tienen que tener ese sello del Espíritu.
Hoy, en la primera lectura nos damos cuenta de cómo el Espíritu habla afuera y adentro. Esto es algo fascinante. El Espíritu Santo habla afuera, ayudándonos a leer las circunstancias, lo que Cristo llamaba los signos de los tiempos. Pero el Espíritu Santo también obra adentro de nosotros a través de aquello que la Teología Espiritual llama las mociones de la gracia. Esa obra interior del Espíritu es siempre un impulso hacia la humildad, hacia el arrepentimiento, hacia la conversión, pero también es un impulso de amar a Dios por ser quien es. Es un impulso de darlo a conocer más allá de lo que pueda sucedernos a nosotros. Es un impulso de adoración. Es una especie de pregustación de la gracia final que será el regalo del cielo. Por algo San Pablo nos habla de las arras del Espíritu, es decir, como el anticipo de la plena realidad a la que estamos llamados. El Espíritu obrando en nosotros nos conmueve, el Espíritu nos sacude, el Espíritu nos enciende, el Espíritu nos ilumina interiormente, hace que las verdades de nuestra fe no se queden simplemente como datos en la conciencia o en el intelecto, sino que se conviertan en realidades vivas.
Doy dos ejemplos. Uno sabe que es bautizado, sí bautizado, me bautizaron y uno sabe la fecha y el lugar, me bautizaron en tal lugar. Pero si el Espíritu realmente nos mueve, nuestro bautismo se convierte en un dato como de continua alegría. Soy de Cristo. Estoy asociado a la Pascua de Cristo. Pertenezco a su pueblo. Soy llamado a la patria celestial. O como dice la carta a los Hebreos, me he acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, a la asamblea de los primogénitos en fiesta, al grupo de los ángeles que adoran al Señor. Entonces el bautismo no se me queda como un dato, sino que se convierte en una realidad viva. Haz de cuenta como un hombre o como una mujer felizmente casado que de repente cae en cuenta, de verdad hay alguien que me ama. Es una realidad viva.
Otro ejemplo es con la Eucaristía. Nuestra fe afirma que Cristo está presente en la Eucaristía con su cuerpo, su sangre, su alma, su divinidad. Eso puede quedar como un dato frío, viene el Espíritu y como que nos susurra interiormente, como que nos dice aquella frase que escuchó María, la de Betania. El Maestro está aquí y te llama. Ya no es un dato simplemente, es mi Maestro, es el amor de mi alma, es el alimento del cielo. Aquí está Jesús. Eso es lo que hace el Espíritu adentro de nosotros.
Pero el Espíritu también nos enseña a leer la realidad, a leer los signos de los tiempos. Nos da como una visión sapiencial que ya la tuvieron los profetas y los hagiógrafos de los textos apocalípticos. Podemos decir que a fuerza de estrechar nuestra amistad con Dios, poco a poco vamos teniendo un poquito más de la mirada de Dios. Yo no voy a llegar hasta donde llegó San Pablo, que tiene esa frase que parece arrogante. San Pablo dice ¿Quién conoció la mente del Señor? Pero nosotros tenemos el pensamiento de Cristo. Guau, eso es mucho decir. Bueno, no lleguemos hasta allá. Pero sí tener de la mirada de Dios que los acontecimientos, como dice la Constitución Gaudium et spes, los dolores, los sufrimientos, las alegrías de nuestro pueblo, que podamos leerlos, pero leerlos desde la óptica de Dios. Que no sean simplemente los intereses de este mundo, de tal o cual grupo político, de tal o cual líder, sino que sea Dios dándonos ese filtro que no lo tiene Instagram, ese filtro para encontrar qué es lo que se está tejiendo, qué es lo que está sucediendo aquí.
Sigamos hermanos, esta semana de preparación. Por supuesto que hay actividades en nuestra comunidad, hay actividades en nuestra iglesia. Pero nada puede reemplazar el impulso tuyo y mío, pidiéndole, clamándole al Señor. Ven, Ven, Espíritu Santo.

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