|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Lo que puede el Espíritu Santo en un apóstol
Homilía p072014a, predicada en 20180515, con 13 min. y 16 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, durante el tiempo pascual, la primera lectura de la Santa Misa ha sido tomada casi invariablemente del libro de los Hechos de los Apóstoles. Este libro precioso nos remite a los orígenes de la Iglesia. Nos invita a visitar las fuentes de donde nosotros mismos venimos. Lo que nosotros somos como Iglesia tiene su raíz en estas maravillosas historias, relatos, testimonios que hemos venido oyendo durante el tiempo pascual.
Pero el gran protagonista no es un apóstol u otro. El gran protagonista es el Espíritu Santo de Dios. Porque este libro nos habla del primero de los mártires, llamado Esteban. Nos habla de uno de los hombres más carismáticos que ha tenido esta tierra abundante en milagros impresionantes, un diácono llamado Felipe. Nos habla de la predicación poderosa y valiente, la sabiduría y equilibrio de otro apóstol, Pedro. Y un buen número de capítulos nos presentan los viajes misioneros del apóstol Pablo. Repito, parece que fueran muchos personajes, pero detrás de todos ellos. Este libro, en realidad lo que está cantando son las glorias del Espíritu Santo, el poder del Espíritu.
Y de verdad es un mensaje que nos hace mucho bien, porque la vida de la Iglesia no se parece a la vida de ninguna otra institución humana. Aunque la Iglesia, compuesta por hombres y mujeres, ciertamente tiene paralelos con obras, empresas, países, reinos, instituciones de este mundo. La gran diferencia y la radical diferencia está en que esa Iglesia, lo mismo que el libro de los Hechos de los Apóstoles, tiene como protagonista, tiene como centro vital la acción del Espíritu Santo. Así que a medida que uno va leyendo este libro, a medida que uno va escuchando estos relatos, uno se va familiarizando con el estilo de Dios, estilo para guiar las cosas, para iluminarnos, para convertirnos, para sanarnos, para hacer de nosotros criaturas nuevas y sobre todo para preparar en nosotros digna morada para ese Espíritu.
Así como el mismo Espíritu prepara morada para nosotros en la gloria eterna del cielo. ¿De qué es capaz el Espíritu Santo? Lo vemos en personas concretas. Por ejemplo, tome ese texto de hoy. Piense un poco en lo que fue la vida de Pablo, esa capacidad de entrega. Él dice No me he reservado nada, lo mismo que Cristo en la cruz. Lo mismo que Esteban en Jerusalén. Pablo puede decir No me he reservado nada. Lo ha entregado todo y no está reclamando una paga, ni un aplauso, ni siquiera un agradecimiento. Cuánto nos impactan aquellas palabras que hemos oído el día de hoy. A mí no me importa la vida llega a decir. Son palabras ¿de qué? palabras como de un loco. Palabras, podríamos decir más bien de un enamorado. Porque finalmente lo que hace el Espíritu Santo en nosotros es eso, despertar en cada uno de nosotros un amor que es más grande que nosotros mismos. Y ese amor, como la zarza que vio Moisés en el desierto, hace que brille lo mejor de nosotros. Nos lleva a otro nivel.
Dice Santo Tomás de Aquino refiriéndose a los dones del Espíritu Santo. Son acciones más divinas que humanas. Ya cuando entran en acción los dones del Espíritu, ya es más Dios obrando que nosotros mismos. Y algo así nos dice Pablo en otro pasaje cuando describe su propia situación con estas palabras Es que yo ya no vivo, es Cristo el que vive en mí. Esta abundancia de Espíritu no significa una vida sin problemas, no significa una prosperidad sin límites. Algunas veces el cristianismo se falsifica y se presenta de esa manera, como si fuera una especie de seguro, un seguro de vida que garantiza prosperidad, acogida en todas partes, buenos resultados. La verdad es que el Espíritu Santo tiene los mejores resultados para nosotros, pero no todos los experimentaremos en esta tierra. Mientras estemos de camino el régimen que nos conviene, el régimen que es necesario para nosotros es distinto.
Como decía en su sabiduría San Ignacio de Loyola tendrán que venir consolaciones y desolaciones y tendrán que venir entonces tiempos en que todo parece que funciona, que encaja, que tiene sentido. Pero también es parte de nuestro camino que vengan desiertos, soledades, noches, crisis, persecuciones. Y de ambas cosas necesitamos. Necesitamos de esos consuelos para tener una anticipación de la alegría que aguardamos. Pero también necesitamos desiertos para que nuestro amor se purifique y busquemos a Dios no solamente por las cosas que nos da, sino por ser Él quien es. La única manera de despegar el corazón y buscar a Dios con una mayor pureza de intención es esa, a través de las noches y las crisis. Cuando nos estamos esforzando y no llega a nosotros lo que esperaríamos, lo que querríamos, lo que consideramos justo. Entonces tenemos dos alternativas, desanimarnos y retroceder, con lo cual estamos indicando que estábamos trabajando por una paga muy escasa, muy pequeña o seguir adelante aunque el momento sea difícil. Pues bien, el que sigue adelante en medio de la noche, la sequedad, la persecución, se está purificando, está acrisolando. Su corazón está llevando a su máxima perfección la fe.
Por eso también suele suceder que las personas que más aman a Dios y las que lo buscan de un modo más ardiente son también las personas que, de un modo inexplicable a ojos del mundo, resultan sufriendo más. Porque hay personas que son tan buenas y tienen que sufrir tanto si su corazón de verdad está buscando la configuración con Cristo porque el Espíritu Santo los ha enamorado del Señor. Todas esas crisis, todas esas dificultades, en realidad son una señal de predilección, porque a través de toda esa dificultad, el corazón se ve obligado a remontar sobre sí mismo su motivación y buscar cada vez más a Dios por el solo hecho de ser Dios y que merece todo honor y gloria. Por eso encontramos en tantos santos, empezando por los mártires, un volumen de sufrimiento, un volumen de injusticia que a veces escandaliza. Incluso la gran Santa Teresa de Jesús tiene esa frase famosa, en un periodo de graves dificultades se quejaba ella ante Cristo y le decía Es que si así tratas a tus amigos, razón que tengas tan poquitos.
Así que, mis hermanos, mientras vamos en esta tierra, no esperemos del Espíritu Santo únicamente aplausos, reconocimientos y fácil navegación. Necesitamos borrascas, tormentas, noche cerrada y quizás algún naufragio. A través de todo ello el corazón se va purificando. Así que cuando Pablo dice, por ejemplo, en el texto de hoy. Ya el Espíritu Santo me contó que lo que viene más adelante es más cárcel, más tortura, más persecución. Él no lo dice como persona amargada, no lo dice tampoco como un workahólico, un obsesivo del trabajo que dice pues yo hago lo mío pase lo que pase. Su obsesión no es el trabajo, está realmente poseído por el Espíritu Santo, está colmado del Espíritu Santo, está enamorado de Jesucristo y porque tiene ese amor ardiente en el pecho, cada vez quiere amar mejor, amar mucho más.
Me gusta recordar aquella anécdota de Santa Catalina de Siena. Ella sabía muy bien estas cosas que estamos tratando de explicar hoy. Ella conocía muy bien esta doctrina sobre la pedagogía de Dios y cómo nos va llevando en esta vida. Y por eso, en un cierto período de su vida en que todo iba demasiado bien y ese periodo no fue muy largo, serían unas pocas semanas, todo iba demasiado bien y la gente derramaba su cariño y su docilidad ante la grandeza de esta mujer que estaba llena del don de sabiduría. En medio de esa acogida y casi una cierta popularidad y todo funcionando demasiado bien, ella va donde Cristo y se le queja, le reclama a Cristo y le dice y ¿fue que me desechaste o qué pasó? Yo soy tu esposa. Tú estás crucificado y coronado de espinas. Mi vida no puede ser vida de regalo y de privilegio. Soy tu esposa y quiero estar donde tú estás. De manera que se le quejó a Cristo porque ella veía la necesidad de ese camino de purificación que también San Pablo demuestra haberlo entendido en la primera lectura de hoy.
Hermanos, estas alturas de perfección cristiana nos quedan grandes, seguramente a muchos de nosotros, pero es que lo que los llamó a esa perfección no fue simplemente una buena idea que tuvieron, ni fue un simple propósito de su voluntad. En su última encíclica, el Papa Francisco nos habla de dos peligros en la búsqueda de la santidad. Un peligro es el gnosticismo, que en su expresión más sencilla es como una inflamación de la inteligencia y que cree que porque comprende mucho ya lo tiene todo agarrado. Y el otro peligro es el pelagianismo, que en su versión más sencilla es una inflamación de la voluntad que se considera demasiado capaz por sí sola. Bien hace el Papa advirtiéndonos de estos dos peligros.
O sea que si miramos la grandeza de estos santos, nos damos cuenta que nosotros mismos estamos llamados a grandes cosas. Pero no llegaremos allá simplemente por ideas muy brillantes o por propósitos muy firmes de nuestra voluntad. Llegaremos allá, sobre todo suplicando, como hace toda la Iglesia estos días, suplicando el poder del Espíritu Santo, suplicando la gracia, la unción del Espíritu Santo, porque será ese Espíritu y sólo Él, el que haga de nosotros criaturas nuevas.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|