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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La "gloria" que Cristo suplica es que Dios venza, y ello significa: que se obre nuestra redención.
Homilía p072008a, predicada en 20140603, con 5 min. y 39 seg. 
Transcripción:
Nos encontramos en los últimos días del tiempo pascual y toda nuestra atención tiene que irse dirigiendo hacia la gran festividad de Pentecostés, que ya está muy próxima. Como culminación de esta semana y como cumbre a la que nos lleva todo el tiempo Pascual. Ya está cercana la solemnidad del Espíritu Santo, la solemnidad de Pentecostés. Pues bien, mis hermanos, ¿Cómo nos preparamos a Pentecostés? Nos preparamos escuchando a Cristo, nos preparamos orando como Iglesia, nos preparamos imitando a María Santísima y las demás mujeres santas que perseveraban en la plegaria. Pero sobre todo nos preparamos con esa enorme confianza que nos infunde el Resucitado, la confianza de que no nos va a dejar solos. La confianza de que su oración atrae desde el Padre Celestial el don precioso que nos renueva el don del Espíritu Santo. Así hay que prepararse a Pentecostés. Uno de los elementos que nos va a ayudar más es la oración llamada sacerdotal, la oración que se encuentra en el Capítulo Diecisiete del Evangelio según San Juan. En esa oración está bien expresado como solo puede hacerlo Jesús. El término último, la meta final a la que tiende toda la obra de la redención. Empieza Cristo diciendo Padre, glorifica a tu Hijo. Y quiero dedicar un par de minutos a que meditemos en lo que significa esta petición que puede sonar tan extraña. La oración sacerdotal, la del Capítulo Diecisiete de San Juan, se sitúa en el conjunto de las palabras de despedida de Cristo después de la última Cena. Es decir, son los momentos dramáticos que van a conducir hacia la pasión, la cruz, la muerte, el sepulcro y luego, por supuesto, la gloria de la resurrección. En esas circunstancias, en ese contexto de tan enorme presión, ¿Qué significa lo que dice Jesús? Glorifica a tu Hijo, le dice este Cristo a Dios su Padre. ¿Por qué es eso importante? ¿Qué quiere decir que Cristo sea glorificado? De hecho, y pensando un poco, diríamos malévolamente. Parece una petición un poco inmodesta, un poco presuntuosa, un poco egoísta o narcisista. Glorifica a tu hijo. ¿Eso qué quiere decir? Pero si nos asomamos un poco a lo que quiere decir la gloria de Dios y cómo se ha revelado esa gloria a lo largo del camino que el Señor ha recorrido con su pueblo. Entonces, entendemos que la petición de Cristo, lejos de ser una expresión de egoísmo o de egolatría, es una manera de acelerar la victoria de Dios y una manera de apresurar la hora de nuestra redención. Porque la palabra gloria es la expresión de la grandeza, la bondad, la sabiduría, el ser mismo de Dios en la creación, allí donde aparece quien es Dios, allí donde se muestra su poder, podemos decir que se está manifestando su gloria. El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento canta la obra de sus manos. Es decir, donde aparece Dios, donde claramente aparece que Dios es el autor de obras grandes, sabias, llenas de compasión y de poder en esos acontecimientos. En esas personas se muestra la gloria divina. Entonces, cuando Cristo, acercándose a su pasión, habla de ser cubierto de gloria. Lo que está diciendo es que esta sea tu victoria, Padre, y ese es un enorme bien para nosotros, porque allí donde aparece la verdad de Dios, allí donde aparece el verdadero camino para acercarse a Él, allí también sabemos cuál es el verdadero camino que humaniza a los hombres y mujeres que oímos su Palabra. La gloria de Cristo es la señal indeleble del verdadero camino que va a humanizar nuestra existencia. No seremos más humanos apartándonos de Dios, sino acercándonos a Él. Y allí donde Dios se revela en plenitud, es decir, en su sacrificio en la cruz, allí está nuestra verdad, ahí está nuestra plenitud, ahí somos verdaderamente humanos. Bendita petición de Cristo. Padre, glorifica a tu Hijo.

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