Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Acerquémonos con humilde y agradecido amor al santuario que es el Corazón de Cristo en oración.

Homilía p072007a, predicada en 20120522, con 4 min. y 59 seg.

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Transcripción:

Es solamente el evangelista Juan quien nos cuenta de la oración llamada sacerdotal de Jesucristo. Esta oración se encuentra en el Capítulo Diecisiete del Evangelio según San Juan, y la vamos a escuchar pausadamente y de modo hermoso y meditativo en el día de hoy. Y luego mañana miércoles, y luego el día jueves, tres días en que el Evangelio va a estar colmado, va a estar completamente impregnado del Espíritu de Jesús en oración. ¡Qué magnífica oportunidad para nosotros! ¡Qué bueno asomarnos al corazón orante de Jesucristo! En los evangelios sinópticos se nos cuenta que los discípulos en alguna ocasión vieron a Cristo orando.

No sabemos cómo sería aquella oración, pero lo que sí sabemos es que produjo tanto impacto en el corazón de los discípulos que ellos, como quien pide un mendrugo, le dijeron al Señor: Enséñanos a orar. Y también fue en oración cuando Pedro, Santiago y Juan, allá en la cima de la Montaña santa, contemplaron que Jesucristo se transfiguraba, sus ropas se volvían blanquísimas y su rostro como el sol. Ahí pudieron acompañar la oración de Cristo. Y si en otro tiempo Moisés, cada vez que hablaba con Dios, bañaba su rostro en un resplandor tan intenso que llegó un punto en que tuvo que utilizar un velo para taparse la cara. Así también, y mucho más, Cristo, sumido, sumergido en esa oración, es como un espejo limpísimo que refleja toda la hermosura, toda la majestad de Dios.

Entremos entonces con pies descalzos, entremos con el corazón humilde y creyente, a ese santuario por excelencia, que es el corazón de nuestro amado y bendito Salvador. Escuchemos su ruego. Aprendamos de la humilde y a la vez audaz confianza con que lanza sus palabras sabiendo que llegan hasta el corazón de Papá Dios. Miremos cómo en ese corazón está al mismo tiempo la obediencia, el amor, la humildad, la adoración, la ternura, la misericordia. No descuida a las ovejas cuando levanta la mirada al cielo. No se olvida del Padre celestial cuando baja sus ojos y contempla a esos discípulos imperfectos, incompletos, todavía tan crudos, todavía tan a los comienzos de su formación, al punto que el mismo Cristo tuvo que decirles: Yo tendría más cosas para contarles, pero ustedes no pueden ahora con ellas. Es el bendito realismo de Cristo Salvador, bendito realismo que le lleva a mirar lo que cada uno de nosotros es.

Pero lo más hermoso de los ojos de Cristo es que no solo ve lo que somos, sino que ve lo que vamos a hacer, lo que podemos llegar a ser, lo que seremos y lo que llegaremos a ser. Con esa acción, porque sus palabras, como dijo Santa Teresa de Jesús, sus palabras son obras y no puede fallar, no puede ser desoída la oración de este sacerdote. Y ¿Qué es lo que él pide? Que nosotros lleguemos a ser uno, que lleguemos a ser uno en Él y con Él. Bendito sea su nombre. Amén.

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