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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La oración sacerdotal de Cristo (Juan 17) recoge el sentido de su ofrenda, que es revelación de gloria, y por ello mismo, victoria sobre la mentira del demonio, que pretende presentara Dios como enemigo nuestro.
Homilía p072006a, predicada en 20110607, con 19 min. y 3 seg. 
Transcripción:
El libro de los Hechos de los Apóstoles y unas cuantas porciones generosas del Evangelio según San Juan han sido nuestra compañía y nuestra luz durante el tiempo pascual. El libro de los Hechos lo hemos leído casi completo y de hecho, en esta semana terminaremos ese recorrido, cuando termina también el libro en el Capítulo Veintiocho. Y ¿Qué hemos escuchado de San Juan? Pues recordemos los principales pasajes. Lo primero, en la primera semana, la de la octava de Pascua, lo que tuvimos en el Evangelio fueron relatos de las apariciones del Resucitado y estos relatos tomados de los distintos evangelios. Pero ya a partir de la segunda semana de Pascua, San Juan, por decirlo de alguna forma, tomó el timón. Ahí empezamos con el diálogo entre Jesús y Nicodemo, el diálogo de nacer de nuevo, el agua y el espíritu. Nicodemo, maestro de la ley, no termina de entender cuál es la novedad de Jesucristo. Jesús le dice: Se trata de la novedad del agua y del Espíritu. Y después de unos pasajes o una parte de esa conversación, nos hemos ido al Pan de Vida. Hemos saltado al Capítulo Sexto de San Juan y hemos recordado el único milagro que se cuenta en los cuatro evangelios, que es el milagro de la multiplicación de los panes. Pero aunque lo cuenten los cuatro, el Evangelio de Juan tiene su particularidad es el único que trae toda esa reflexión, todo ese itinerario de predicación que hace Jesús desde el pan de la tierra hasta el pan del cielo, desde la alegría de llenarse la barriga cuando se tiene hambre, a la alegría de llenarse de Dios, que es el hambre más profunda del corazón. De la alegría de ver un milagro, a la alegría de recibir al pan vivo bajado del cielo. Lo más interesante de este milagro del Pan de Vida, como aparece en San Juan, es el descubrimiento de que Dios Padre se está revelando ahí. Esto no lo traen los evangelios sinópticos, pero sí lo trae Juan. El pan vivo bajado del cielo es ante todo la manifestación del Padre. Es mi Padre el que os da el pan. Y como Cristo mismo es el pan, entonces aparece una idea que es muy importante en este cuarto Evangelio. Jesús es el enviado. En Jesús se revela Papá Dios con toda su bondad, con toda su piedad, con todo su poder. Después de unas dos semanas del Pan de Vida, dimos otro salto y nos fuimos al Capítulo Décimo. Y ahí nos encontramos con el Buen Pastor. Unas cuantas lecturas elocuentes que nos muestran a Cristo como aquel que da vida porque da la vida. ¡Qué hermosa que es nuestra lengua castellana que permite dar esos giros! Fíjate en la frase, Cristo es el que da vida porque da la vida, es decir, porque da su vida. La manera de dar vida a Cristo es entregándose a sí mismo, y eso es ser el verdadero y buen Pastor. Eso nos hemos encontrado en ese Capítulo Décimo y luego dimos otro salto hasta el Capítulo Catorce, donde empiezan las conversaciones, los discursos de sobremesa, los evangelistas todos cuentan de la Última Cena, pero únicamente San Juan nos trae estos detalles, estos detalles de sobremesa, estas conversaciones reconstruidas después de muchísimos años leídas indudablemente con el lente que da el Espíritu Santo y que da la Pascua. Juan, después de muchos años, recuerda con afecto, agradecido, con la fidelidad del corazón, no con la fidelidad de una grabadora, pero sí con la fidelidad de un corazón creyente y pegado a Dios. Recuerda el testamento de Jesús y es muy hermoso que la Iglesia nos conduzca a esos Capítulos de San Juan, que son los que hemos venido leyendo en estas últimas semanas. Porque esos Capítulos no solamente nos ayudan a descubrir la entrega de Jesús, sino que nos preparan para la venida del Espíritu Santo dentro de ese recorrido. Hoy, que ya es martes de la séptima semana, empieza la oración sacerdotal, el Capítulo Diecisiete de San Juan y esta oración sacerdotal. Estos versículos del Capítulo Diecisiete son los que nos van a llevar como de la mano hasta Pentecostés. Eso fue lo que nos dio el evangelista Juan en este tiempo Pascual. ¿Qué es la oración sacerdotal y por qué se le llama así? Es sacerdotal porque es la oración con la que se entrega la ofrenda, con la particularidad de que esta vez el sacerdote y la víctima son la misma persona, el mismo Cristo. Cristo está haciendo la entrega de su propia vida y es Él el sacerdote de su propio sacrificio. De modo que lo que encontramos en estas palabras del Señor es el sentido de su entrega. Es el significado de su muerte, y es el fruto anticipado de la Pascua. Eso es lo que encontramos ahí. Otra riqueza que tiene esta oración es que viene a ser como una especie de homilía del Padre Nuestro. Si nosotros miramos el texto del Padre Nuestro relativamente breve y esta oración mucho más extendida. Pero se puede hacer todo un paralelo sin forzar las cosas, en donde descubrimos que esa oración del Señor, el Padre Nuestro está presente en San Juan de un modo como extendido y meditado en este Capítulo. Por ejemplo, cuando nosotros decimos: Santificado sea tu nombre. Pues eso es lo mismo que acabamos de escuchar en el pasaje de hoy Glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique. ¿En qué consiste o cuál es el hilo conductor de esta oración? Podemos decir que es la oración que reconstruye la relación con Dios. Nunca debemos olvidar lo que decimos en el Credo: Por nosotros y por nuestra salvación, bajó del cielo, se encarnó de María virgen, murió en la cruz, es decir, la salvación nuestra que consiste básicamente en el perdón de los pecados y la comunicación del Espíritu. Ese es el propósito de Cristo, esa es la misión de Cristo, esa es la meta. Y esa es también la razón por la cual él ha hecho todo lo que ha hecho. Se trata de llegar a ese punto. Perdón de los pecados y comunicación del Espíritu. Porque resulta que con el pecado se ha roto la comunión y la comunicación con Dios. Entonces es necesario salvar ese abismo, es necesario tender ese puente y luego es necesario que por él circule la vida de la gracia, la vida del Espíritu. Entonces, el objetivo, el propósito de la muerte de Cristo es ese nuestra salvación y en ella el darle plena gloria a Dios, porque quedaba como eclipsada esa gloria quedaba como oculta por obra del pecado. El ser humano, hecho a imagen de Dios, ha sido oscurecido, incapaz de reflejar el Dios al Dios que lo creó, porque el pecado ha traído tiniebla y confusión. Entonces es preciso quitar ese pecado, es preciso limpiar ese espejo para que brille plenamente la gloria del Padre. Y eso es lo que se realiza a través del sacrificio de Jesucristo. Y eso es exactamente lo que significa la Pascua: limpiar el fondo del corazón para que reaparezca la imagen bellísima, la imagen santísima de Dios que él mismo ha puesto en el fondo de nosotros. Dice Jesús: Ha llegado la hora. Pues esa expresión tiene un sentido tan denso en San Juan, porque desde el comienzo del Evangelio, por lo menos desde el Capítulo Segundo, está el tema de la hora de Jesús. Aquí dice Jesucristo, ha llegado la hora. Si recordamos en el Capítulo Segundo, allá en las bodas de Caná, lo que dice Cristo a su Madre es: No ha llegado mi hora. Este no es el momento todavía de la gloria. En cambio, aquí dice Jesús: Ha llegado la hora, y esa hora que hay que entenderlo, que hay que entenderla desde la concepción semítica del tiempo, no es otra cosa sino la visita de Dios, el momento de Dios, el paso de Dios, la batalla decisiva, el encuentro que lo cambiará todo. Esa es la hora. Puede parecernos extraña la petición que hace Cristo, Glorifica a tu Hijo. Es una petición que parece como rara, en ese momento donde se supone que está en juego nuestra salvación. Lo que dice Cristo es: glorifica a tu Hijo. No haya uno por dónde entender esa frase que está pidiendo Jesús ser como exaltado que aparezca, su soberanía o su majestad. ¿Qué pretende Jesús con esas palabras? Pues resulta que en San Juan la gloria de Cristo y el oprobio de Cristo están fundidos. Están soldados en la cruz. La cruz, el momento de la cruz, es el momento de la humillación y es el momento de la gloria. Es el momento del oprobio y es el momento de la majestad. Es el momento de la derrota, o así lo parece. Es el momento de la victoria y así lo es. La gloria, la gloria de Cristo, la gloria del Señor, es la verdad de Dios que aparece porque la verdad ha quedado oculta. El arte tenebroso de Satanás es esconder el plan de Dios para que parezca imposible, inútil, servir a Dios. Comentaba en su predicación el señor Obispo esta mañana que las preguntas que recibe de los jóvenes suelen tener ese tono. No es muy difícil eso que pide Cristo. Y debajo de esa palabra difícil tienes que entender ¿No me está quitando Cristo mi juventud? ¿No me está robando Cristo, mi alegría? ¿No me está privando Cristo de lo más delicioso de la vida? Y debajo de esa pregunta o de esa sospecha, descubre todavía otra cosa más insidiosa y más venenosa ¿En verdad Dios quiere que yo sea feliz? ¿O es Dios acaso un tirano que sencillamente pretende que le obedezca a costa de lo más placentero y de la afirmación y plenitud de mi propia vida? Y debajo de eso todavía descubre otro estrato. Al fin Dios es mi amigo, el que quiere mi bien y quiere mi plenitud. O Dios es mi enemigo y mi competencia un estorbo que probablemente ni siquiera existe y que ha servido de pretexto a toda una casta, a toda una clase que se llama clero, que se llama monjas, que se llama aparato eclesiástico. Y debajo de eso todavía descubre otro estrato. No será que lo mejor que yo puedo hacer es darle una patada a ese Dios, sacarlo de mi vida y empezar a disfrutar yo lo que yo soy y hacer lo que yo pueda con mi vida y lo que yo quiera. Y ya descubres qué es lo que está debajo de eso último es la palabra sarcástica, la palabra penetrante, la mentira asquerosa pero penetrante del demonio. Entonces, fíjate cómo uno puede remontarse desde algo que parece tan inocente, casi en el lenguaje de jóvenes y no tan jóvenes que le preguntan a un obispo. Pero no será muy difícil eso que propone Cristo. Desde ahí, si uno se va remontando, va llegando a esta profundidad. Lo que se está atacando de fondo es ¿Realmente Dios quiere lo bueno para mí? ¿Realmente vale la pena creer en Él? ¿No será que me está robando lo mejor de mi felicidad? Y entonces la respuesta. ¿Cuál es? La respuesta es que tiene que aparecer la gloria de Dios, porque la gloria es la expresión bellísima, cautivante, fascinante. La gloria es la expresión tangible de algo que, sin embargo, trasciende todo lo creado. La gloria es la expresión visible, la revelación de la verdad divina. Y eso es lo que está pidiendo Cristo aquí que aparezca esa verdad, que salga a luz esa verdad que está gente, en ese caso sus discípulos, pero también nosotros. Que no nos dejemos cautivar, que no nos dejemos envolver en la mentira pegajosa del enemigo, que no nos dejemos embaucar, que no nos dejemos seducir por esa mentira que finalmente lo único que pretende es que tú digas pues como que se vive mejor sin Dios, como que suelto yo toda esa religión, como que le doy una patada a esos mandamientos y hago lo que se me venga en gana. Cuando aparece la hermosura, cuando aparece la belleza, cuando aparece el esplendor y el gozo que solo Dios puede dar, entonces también aparece todo el asco de la mentira del demonio. Y entonces uno ya ve claro y entonces uno se abraza con fervor a la cruz de la gloria, y entonces uno proclama Solo Dios es Dios y así se logra la redención. Bueno, pues hemos alcanzado a meditar un versículo y medio y dejaremos por ahí, porque va a estar difícil tomar este Capítulo Diecisiete en toda su extensión. No miento si digo que se necesita un retiro espiritual y no breve de varios días, para más o menos asomarse a lo que hay en el Capítulo Diecisiete. Lo que yo puedo decir es que se trata de un océano pero grande, uno sano, inmenso de luz y de bondad. Ahí está todo Cristo, ahí está toda la teología de Juan, ahí está todo el corazón orante del Hijo de Dios. Y por supuesto, ahí está también nuestra victoria. A medida que van pasando los días de esta semana, que es fundamental esta semana de preparación a Pentecostés, dejémonos seducir nosotros no por la voz engañosa, sarcástica del Príncipe de las tinieblas, sino por esta preciosa teología, por esta maravillosa poesía, por esta palabra del evangelista teólogo San Juan en la oración sacerdotal de Cristo.

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