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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Si entendemos "envidia de la buena" como el simple acto de reconocer el bien sin desearle mal a nadie, eso es lícito sentirlo cuando uno ve la santidad de Pablo de Tarso, que supo entregarse sin reservas a la causa de Cristo.
Homilía p072005a, predicada en 20110607, con 4 min. y 20 seg. 
Transcripción:
¿Será que de veras existe eso que la gente llama santa envidia? Digamos que la envidia como tal es siempre un pecado, pero lo malo de la envidia está en que reconoce un bien en otra persona, pero le desea el mal a esa persona y en ese pedazo desear el mal es donde radica lo malo de la envidia. Pero fíjate que para caer en la envidia primero uno pasa por un bien y ese bien es reconocer e incluso admirar y desear un bien. Por ejemplo, si un vecino envidia la casa de otro vecino, pues en primer lugar está reconociendo que esa otra casa es buena, es hermosa, está bien hecha, ahí hay una parte buena. Lo malo está en que con los sentimientos que deja surgir en su corazón, pues está permitiendo que se mire esa casa ya no como algo simplemente bueno, sino como algo que no debería estar en manos de ese otro vecino. Y entonces se le desea algún mal o una cosa parecida. Ahí es donde está lo malo de la envidia. Bueno, esta digresión sobre la envidia viene porque existe la expresión envidia de la buena o santa envidia. En realidad, lo que llamamos envidia de la buena es cuando se toma ese acto de la envidia, pero no se llega a la parte mala. O lo digo de una manera más simple, lo que llamamos envidia de la buena o lo que a veces llamamos envidia, en realidad es simplemente admiración. Anhelo por poseer, por estar cerca de ese bien que otra persona tiene. Y yo creo que es justificado tener esta santa envidia si se permite la expresión, que no es otra cosa que una admiración profunda y sincera por la persona y por la obra de San Pablo. En el Capítulo Veinte de los Hechos de los Apóstoles le vemos despedirse de un grupo de presbíteros allá en Éfeso. Y entonces Pablo se despide de estos hombres, y en sus palabras de a Dios les deja como una especie de testamento, y les deja también un testimonio. Su testamento consiste en las recomendaciones qué es lo que tienen que cuidar y qué es lo que tienen que cultivar, estos que son, responsables de la comunidad cristiana allá en Éfeso. Entonces les recomienda que sean vigilantes, les recomienda que cuiden el rebaño, les recomienda que estén alerta y que se mantengan fieles a la sana doctrina. Ese es el testamento. Pero lo más hermoso y lo que despierta eso que llamamos santa envidia es el testimonio. Que se puede resumir en esta frase: No me he ahorrado nada. Pablo puede decir, y lo dice con verdad, que se ha entregado con todo su ser, que se ha entregado al Señor, que se ha entregado para dar a conocer a Cristo. Y ese entregarse sin reservas, ese esforzarse, ese orar con amor, predicar con amor, aconsejar con amor, siempre con amor a Cristo y con amor al hermano. Ese es un retrato precioso de la vida cristiana. Yo digo sí a la hora de la muerte uno puede decir eso, puede morir tranquilo, no me he reservado nada. He hecho todo lo posible para que Jesús sea conocido y para que Jesús sea amado. Qué tal esas palabras en tu boca.

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