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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jesús asumió nuestras luchas para que nosotros pudiéramos asumir Su victoria. Con su Presencia y su Espíritu Él nos fortalece para no rendirnos en el combate.
Homilía p071028a, predicada en 20260518, con 9 min. y 57 seg. 
Transcripción:
El Evangelio de hoy está tomado del capítulo número dieciséis de San Juan. La verdad es que durante estas últimas semanas hemos venido escuchando fragmentos de esa conversación que tuvo Cristo con sus apóstoles después de la última Cena. Grandes y muy importantes temas tocó el Señor en aquella época porque Cristo les habló sobre la venida del Espíritu Santo. Les habló sobre la unión que todos hemos de conservar con Él. Les habló sobre la necesidad de amarnos unos a otros, les habló sobre la alegría, sobre la paz. Es un texto absolutamente maravilloso. Si quieres volver a él, recuerda. Son los capítulos del trece al diecisiete del Evangelio según San Juan. Muy bien. Y en ese texto hoy tenemos un fragmento que nos habla. ¿Sobre qué? La victoria que Cristo ha tenido sobre el mundo. La frase que yo creo que más nos hace reflexionar es: En el mundo tendréis luchas, pero tened confianza. Yo he vencido al mundo. Como Cristo está mencionando nuestras luchas y Cristo está mencionando su victoria. Tiene que haber una relación entre ambas cosas. La relación lógica es que las luchas que nosotros tenemos son las mismas luchas que él tuvo con la diferencia o con el dato importantísimo de que él ha vencido en esas luchas. Cristo, repito, ha tenido las luchas que nosotros tenemos, pero Cristo nuestro Señor ha vencido. Es decir, Él conoce las dificultades, Él conoce el tipo de ataque que tenemos, pero al mismo tiempo Él ha vencido. Y así como Él tomó nuestras luchas, así también nosotros somos invitados a tomar a recibir su victoria. Él asumió nuestras luchas para que nosotros pudiéramos recibir su victoria. ¿Y en qué consisten esas luchas? Es decir, ¿qué es? ¿Cuál es la manera como el mundo trató de dominar a Cristo? Trató de neutralizar a Cristo, trató de frenar la obra de Cristo. Esas son las luchas de las que estamos hablando. Esos son los combates espirituales que Él tuvo y en los que Él venció. Y son los combates espirituales que también nosotros tenemos y en los que con la ayuda, la presencia, el ejemplo, la oración, de Él podemos vencer. Pues tratemos de recordar dos o tres escenas donde nosotros podemos ver esos combates. Es decir, miremos cómo Cristo de alguna manera intentaron frenarlo. Según aparece en los Evangelios. El primer pasaje que viene a mi memoria es el miedo. Así, por ejemplo, algunos le decían a Cristo: Oye, Herodes te está buscando para matarte. Es la amenaza directa. Si sigues haciendo lo que estás haciendo, pues ya sabes lo que te va a pasar. Herodes te va a matar. Esa es la amenaza directa. Pregunta: ¿Esa amenaza sigue existiendo en nuestro tiempo? Claro que sí. Allí donde hay represión, allí donde hay tortura, allí donde hay persecución a los cristianos. Inmediatamente recuerdo el norte de Nigeria. Hay que recordar lo que sucede en Corea del Norte. Hay que recordar la manera como se quiere asfixiar la fe cristiana y católica en Nicaragua. Pues todo esto, todas estas realidades que son, son las amenazas del mundo, son el intento de controlar a Cristo y de controlar a los cristianos. Básicamente diciendo si sigues haciendo lo que estás haciendo, te va a ir mal. Esa es una lucha, esa es una batalla, la batalla contra el miedo. Miremos otra. En otra ocasión trataron de ponerlo en ridículo. Esto fue lo que sucedió cuando algunos de los saduceos, un grupo judío que no creía en la resurrección, le llegaron con una historia absurda para ponerlo en ridículo, ponerlo en ridículo frente a la multitud. ¿De qué se trataba? ¿Qué clase de ridículo? Pues yo creo que tú recuerdas la historia. Como había una ley, había una disposición en la ley de Moisés que decía que si un hombre se casaba pero moría sin dejar hijos, entonces el hermano debía casarse con esa mujer. Pues para que no se perdiera el apellido, diríamos nosotros, para que no se quede sin descendencia ese hermano. Entonces le plantean una historia ridícula de una mujer que por esa disposición de la ley de Moisés, ha estado casada con siete hermanos y le dicen bueno, y ¿en la resurrección entonces de quién va a ser esposa esa mujer? Es decir, uno puede imaginarse a esta gente con una sonrisa así de sorna, una sonrisita de victoria. Te hemos puesto en ridículo. Ahora, ahora, a ver cómo te vas a salir de esta. Mira a ver, cuéntanos, cuéntanos, dinos, ¿a ver qué?. Esa es otra forma de arrinconar, de hostigar la fe cristiana. Eso se lo aplicaron a Cristo, el ridículo. Recuerdo muy bien que nuestro bien amado Papa Benedicto, cuando estuvo en el Reino Unido, hablando específicamente a los jóvenes, les decía que hay una de las formas de presión del mundo es precisamente dejarte en ridículo. Otro ataque que tuvo Cristo fue el ataque de la soledad, esa sensación de que tú eres el único que cree en eso. Esa sensación de que te vas a quedar solo. Tanto en el Evangelio de Juan, por ejemplo, en el pasaje de hoy como en el Evangelio de Marcos, en el capítulo catorce, encontramos que que Cristo sentía, sentía esa presión o esa amenaza o esa lucha, ese combate. El combate propio del que sabe que se queda solo. Ustedes me van a abandonar. Esas palabras de Cristo no están describiendo únicamente un estado psicológico. Están describiendo algo mucho más cruel y es lo que experimentan muchos cristianos. Y yo pienso, por ejemplo, en tantos jóvenes que empiezan a cambiar sus convicciones de fe a medida que se van dando cuenta que se están quedando solos, que nadie cree lo que ellos creen. Imagínate, por ejemplo, un muchacho que nuestra época tenga auténtica convicción en la defensa de la vida, en la necesidad de la pureza, de la castidad, pues es muy, muy de esperar, tristemente es de esperar que ese hombre o esa mujer se va a encontrar con amenazas de soledad. Nadie te va a querer, te vas a quedar solo, te vas a quedar sin amigos, nunca tendrás pareja, no te van a funcionar las cosas. ¿Por qué? Porque tú eres distinto. Entonces es la lucha. Esa lucha permanente. Y ya desde los tiempos de San Juan Pablo Segundo, ya desde esa época ese gran Papa en las Jornadas Mundiales de la Juventud, varias veces les decía a los jóvenes tengan el coraje, tengan el valor de ir contra corriente, es decir, ustedes necesitan esa lucha, o mejor dicho, necesitan vencer en esa lucha que ciertamente purifica la fe y levanta el corazón. Entonces, ese es otro combate. Y uno podría mencionar muchos otros. Por ejemplo, está el combate de poner el poder religioso al servicio del propio ego. Esto aparece en el pasaje de las tentaciones. En ese pasaje el demonio le dice: Pues aprovecha tu poder para tu provecho. O también cuando Cristo estaba en la cruz le dijeron: pues si tú eres el Cristo, entonces sálvate a ti mismo. Pon tu poder al servicio de ti, enciérrate en tus intereses. Todas estas son luchas del mundo: la lucha de la soledad, la lucha del ridículo, la lucha de la persecución, la lucha del egoísmo. Y lo más bello es que Cristo venció en todo y Cristo que venció en estas luchas, que recordado y otras más que podríamos mencionar, es el mismo Cristo que está a nuestro lado, es el mismo Cristo que nos inspira, que vive en nosotros, que nos da la fuerza de su Espíritu, que marca la senda de la auténtica victoria y que nos repite hoy aunque tengas luchas, no te detengas, no te devuelvas. Yo he vencido al mundo. Amén.

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