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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Ni la mediocridad ni el conformismo han de hacernos "fraternos"; ni la arrogancia o el egoísmo hacernos "independientes": sólo el Espíritu nos da la medida de correcta soledad y genuina fraternidad.
Homilía p071023a, predicada en 20210517, con 5 min. y 6 seg. 
Transcripción:
Hermanos queridos, esta es la semana de preparación para el gran don, el don por excelencia, el don del Espíritu Santo. Que no nos vaya a suceder a nosotros como a aquellos hombres de Éfeso que ni siquiera habían oído hablar del Espíritu Santo. El Espíritu había sido prometido por Dios en grandes textos de los profetas. Hay que destacar sobre todo el Capítulo Treinta y seis de Ezequiel, texto que se oye muchas veces en la liturgia. Os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo.
Ese es el Espíritu que escribe en nuestro corazón el querer de Dios, de manera que podamos sintonizar con el Señor. Porque bien dice uno de los libros sapienciales. Al hombre le parecen justos todos sus caminos. Pero es solo Dios el que discierne. Otro texto muy importante que también nos va a servir de preparación es aquel de Joel. Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne. O sea que es la gran promesa de Dios. Pero los dones del Espíritu son complementarios.
Hoy el Evangelio nos habla de la soledad de Cristo y es una de las características del cristiano llegado a su madurez. Es capaz de una cierta independencia, de una cierta soledad. No se deja arrastrar fácilmente. Recordemos ese otro pasaje del Capítulo Cuarto de la Carta a los Efesios. San Pablo precisamente invitando a una plena formación cristiana a los Efesios. Les dice que ya no sean niños llevados a cualquier parte por cualquier viento, sino que tengan solidez en Cristo.
Entonces está la parte de la soledad, pero está también la parte de la fraternidad, y ambos son dones del Espíritu Santo. Saber mantenerse firme en la verdad, aunque uno se quede solo. Ese es un don del Espíritu Santo. Saber ser hermano y servidor de todos. Ese también es don del Espíritu Santo. Entonces, tanto la fraternidad que lleva a la unidad en Cristo como esa soledad del que a veces tiene que luchar contra el pensamiento de este mundo. Las dos cosas las da el Espíritu. Y nosotros, al pedir el Espíritu Santo, tenemos que pedirle al Señor que tengamos esos dos dones.
En nuestras constituciones, las de nosotros los dominicos. Se habla de esto. Se habla, por ejemplo, de cómo a través de la profesión religiosa se considera al fraile como maduro, capaz de tomar las decisiones correctas, incluso si no son populares, si no son las de la mayoría, sino son las que le gustan al mundo. Esa madurez es importante. Pero también se nos habla del bien propio de la fraternidad y del bien propio de la vida comunitaria. Lo importante está en que uno aprenda a ser hermano, pero no simplemente por la comodidad de dejar de pensar y simplemente llevarse por la corriente. Pero que tampoco busque la soledad simplemente por una especie de arrogancia, o de egoísmo o de capricho. Que no nos muevan ni el capricho o la arrogancia hacia la soledad, pero que tampoco nos mueva el conformismo o la mediocridad hacia una falsa fraternidad. Ese hacer bulto junto con otros.
Ese balance nos lo quiere dar y nos lo puede dar el Espíritu Santo. En esta semana oremos especialmente, pidiendo al Señor que nos dé ese Espíritu, no solamente a cada uno de nosotros, pidámoslo unos para otros. Necesitamos apoyarnos en esa oración, porque finalmente el proyecto de Cristo no soy yo ni eres tú. El proyecto de Cristo somos nosotros como comunidad que le da la gloria al Señor.

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