Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El bautismo de Juan, el bautismo de Jesús y el don del Espíritu Santo.

Homilía p071021a, predicada en 20200525, con 25 min. y 43 seg.

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Transcripción:

Mis queridos hermanos, me pregunto siempre que llega aquel texto que escuchamos en la primera lectura, me pregunto cuántos católicos tendrían que decir también hoy. Ni siquiera habíamos oído hablar de un Espíritu Santo. Mi intuición, sin embargo, me dice que el número de los que responderían de esa manera no solo es pequeño, sino que cada vez es menor. Porque, Bendito sea Dios, cada vez se conoce mejor la fuerza del Espíritu Santo, la necesidad del Espíritu Santo, la alegría que trae el Espíritu Santo. Y cómo es el remedio de Dios para nuestros corazones heridos por el pecado, y tan pero tan necesitados de su amor. Es decir, creo yo puedo estar equivocado, pero creo yo que ya no tendríamos que decir que el Espíritu Santo es un gran desconocido.

En mi infancia, que por supuesto hunde sus raíces en el siglo pasado, en esa infancia, yo no recuerdo que se le diera tanta importancia a la fiesta de Pentecostés. Tampoco recuerdo que se hicieran muchas novenas de Pentecostés ni vigilias de Pentecostés. El Espíritu Santo siempre se mencionaba porque al trazarse la señal de la cruz, uno dice, nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Mi Madre, que de Dios goce, también nos decía abiertamente. Pidan el auxilio del Espíritu Santo, sobre todo cuando teníamos que estudiar un tema difícil o presentar un examen. Pero no era mucho más lo que se mencionaba del Espíritu Santo.

Esta lectura nos invita, digo, para los que la quieran volver a buscar. Capítulo Diecinueve. Comienza el Capítulo Diecinueve de Hechos de los Apóstoles. Esta lectura nos invita a hacer una comparación entre Juan el Bautista y Jesús. Entre el bautismo de Juan y el bautismo de Jesús. Y entre el fruto del bautismo de Juan y el fruto del bautismo de Jesús, que está claro en la manera como se desarrolla el relato de hoy. Versículos del Uno al Ocho del Capítulo Diecinueve de Hechos de los Apóstoles.

Puede parecer que si estamos hablando del final del Tiempo pascual, puede parecer que es como un poco tarde para volver otra vez a hablar sobre Juan el Bautista. No, no es tarde. El ministerio de Juan Bautista tiene una permanente actualidad en la misma medida en que el arrepentimiento tiene una permanente actualidad. Y en la misma medida en que el hambre tiene permanente actualidad para que valoremos y saboreemos el alimento.

¿Cuál fue la predicación de Juan? Fue una predicación que se centró en tres cosas. Juan habló en primer lugar de cómo se había cumplido el tiempo y estaba cerca el reino de Dios. Juan habló en segundo lugar de la necesidad de un cambio radical de vida. Llamó a la conversión, incluso dando instrucciones precisas y pertinentes a distintos grupos de personas. Así, por ejemplo, les decía a los soldados que tienen esa fuerza de las armas no extorsionen a nadie. O por ejemplo, decía a los comerciantes no cobren más de lo debido. Y decía a todo el pueblo el que tenga de más, piense en el que tiene de menos. Es decir, Juan llamó a conversión. Uno se da cuenta, con solo esto que estoy diciendo, uno se da cuenta que la predicación de Juan siempre es necesaria. Siempre.

Entonces dijo que el reino de Dios estaba cerca. Dijo que había que convertirse. Y habló también de cómo estaba a punto de estallar el día de Dios, la ira de Dios, el día de la ira que había sido predicado muchas veces por muchos profetas, hasta el punto de convertirse en un tema común entre los profetas. El día y la ira de Dios. Bueno, según eso, la gente arrepentida buscaba a Juan y le pedían el bautismo.

¿Qué significaba ese bautismo? Recordemos que el bautismo se realizaba no en cualquier agua, sino en las aguas del río Jordán, y en un punto específico que la Biblia recuerda, aunque no nos da todas las señas geográficas. Dice, por ejemplo, que Juan bautizaba en un cierto lugar y que cuando Jesús fue a bautizar, porque hubo un tiempo en el que Jesús también bautizaba, se hizo en otro lugar.

¿Qué tenía de particular ese lugar y por qué era importante el río Jordán? Es algo que hemos comentado en otra oportunidad. Resulta que cuando el pueblo de Dios, liderado ya no por Moisés porque había muerto, sino por Josué, sucesor de Moisés, cuando el pueblo de Dios iba a entrar a la tierra prometida, ellos tuvieron que cruzar el Jordán. Y se repitió entonces el mismo milagro que había sucedido bajo mandato de Moisés. Cuando era Moisés el líder, ellos cruzaron las aguas del Mar Rojo. Cuando iban a entrar en la tierra prometida, cruzaron las aguas del Jordán, y en ese cruce de las aguas del Jordán, Josué habló al pueblo y les dijo ¿Ustedes van a ser fieles a Dios o no?

El pasaje más recordado de esa escena dramática es cuando Josué dice esta frase que te queda como tarea buscarla en la Biblia. Dice Josué. Si os parece muy pesado servir al Señor, buscad a quién serviréis, si a los dioses de Egipto, si a los dioses de la tierra donde vais a entrar. Buscad a quién serviréis. Yo y mi familia serviremos al Señor. Esa proclama bellísima de fe hizo Josué, ¿en donde? a orillas del Jordán. Y luego preguntó a la gente ¿Van a obedecer a Dios? ¿Van a seguir el camino de Dios? Y entonces la gente respondió a una sola voz sí, seguiremos, seguiremos al Señor.

La Biblia registra el escepticismo de Josué. No les creyó mucho y señaló unas piedras. Ojo con este detalle. Un lugar geográfico preciso. Y dijo estos peñascos, estas piedras quedan como testigos de que ustedes dijeron que iban a servir a Dios. Y una vez que la gente prometió que iba a servir a Dios, entonces el milagro se produjo. Los sacerdotes portaban el Arca de la Alianza. Arca, que por supuesto no tenía Moisés cuando salió de Egipto. Los sacerdotes portando el Arca de la Alianza avanzaron lentamente. Tuvo que haber sido una escena hermosísima, porque imagínate lo que es llevar ese objeto precioso, el Arca de la Alianza. Y yo me pongo en el lugar de los sacerdotes ir tú caminando, caminando, caminando hacia el río. Y Josué les dijo sigan, sigan. Y cuando los pies de los sacerdotes tocaron el agua del Jordán, el agua empezó a apartarse, y tanto se apartó el agua que pudieron entrar en lo que era el cauce del río y pudieron avanzar y se detuvieron en la mitad del cauce. Las aguas se apartaron del Arca de la Alianza.

Obsérvese que en la Biblia las aguas solo obedecen a Dios. Como dice el libro de Job, Capítulo Treinta y ocho ¿Quién puso un límite a la arrogancia de las aguas? Solo yo dice el Señor. Las aguas solo obedecen a Dios. Dato que es interesante porque, entre otras cosas, nos muestra el contenido profundo de aquel milagro que hizo Cristo cuando caminó sobre las aguas y cuando sostuvo a Pedro por encima de las aguas. Pero ese es otro tema, el de la Divinidad santísima de nuestro Señor Jesucristo.

El hecho es que los sacerdotes, llevando el arca obligaron a las aguas a retirarse. Quién puso un límite a la arrogancia de las aguas. Quedó un cauce y entonces los sacerdotes se quedaron ahí parados y la gente fue caminando, caminando, caminando. Y pasaron. Y cuando ya ellos terminaron de cruzar, ya los sacerdotes empezaron a salir del cauce del río que había respetado la presencia del arca. Cuando los sacerdotes llegaron a la otra orilla con el Arca de la Alianza, en ese momento las aguas empezaron a refluir y entonces el río volvió a su normalidad. El agua se apartó.

Cabe pensar, la Biblia no lo dice, cabe pensar que el lugar donde Juan bautizaba era precisamente el lugar que tradicionalmente se reconocía como el lugar de las piedras, es decir, aquel lugar donde Josué había increpado al pueblo y le había dicho ¿A quién van a obedecer? Y ellos habían dicho. Obedeceremos al Señor. Pero la pregunta es ¿si lo cumplieron? Dios apartó las aguas, no solo respetando al Arca, sino respetando al pueblo, porque el pueblo llevaba la presencia de Dios, porque el pueblo era portador del nombre divino, como dice hermosísimamente el profeta Ezequiel. Ustedes llevan mi nombre, así como los sacerdotes llevaban el Arca. El pueblo de Dios lleva el nombre de Dios, lleva y carga ese nombre. Y por eso el profeta Ezequiel dice: Por culpa de ustedes mi nombre es despreciado en las naciones, porque ustedes portan mi nombre. Como otrora los sacerdotes portaron el Arca. Ustedes van llevando mi nombre y llevando mi nombre. Ustedes han cometido toda clase de idolatría y de iniquidad. Impresionante. Eso está en el profeta Ezequiel.

Entonces Dios había apartado las aguas, no sólo por el Arca, objeto de madera, sino por el pueblo, por su pueblo que porta su nombre, que porta su gloria. Y el pueblo no fue fiel. Si Dios había retirado las aguas para que el pueblo pasara, pero el pueblo no se merecía eso, ¿Qué era lo que se merecía el pueblo? Que lo cubrieran las aguas. ¿Qué era lo que se merecía el pueblo? Ahogarse en esas aguas. ¿Qué es el bautismo de Juan? Es un ahogamiento ritual. El bautismo de Juan significaba exactamente eso. Frase que han dicho varios santos. Entre otros mi muy querida Catalina de Siena. La frase es esta, muerte es lo que yo merezco porque soy un pecador. Entonces, ¿Qué era el sumergirse en las aguas del Jordán? ¿Qué era ese arrojarse en las aguas del Jordán? ¿Qué era eso? Era, por una parte decir, soy parte del pueblo de Dios. Pero por otra parte, hemos sido pésimos portadores del Arca. Hemos sido pésimos portadores del nombre de Dios. Ahogamiento es lo que merecemos que caigan sobre nosotros las aguas, que nos sepulten las aguas porque no merecemos vivir. Ese era el bautismo de Juan.

Por eso dice alguno de los evangelistas. La gente se bautizaba declarando sus pecados. Ahora tiene todo el sentido del mundo. La gente decía pues yo soy un pecador, yo pertenezco a un pueblo pecador y como pertenezco a un pueblo pecador, muerte es lo que yo merezco, porque en este lugar las aguas se apartaron de nosotros dizque para que portáramos el nombre de Dios. Y qué nombre de Dios hemos portado. Si al contrario, lo que hemos hecho es ofender el nombre de Dios con nuestra vida inicua.

Con estas aclaraciones, ahora volvamos al Capítulo Diecinueve de los Hechos de los Apóstoles. Mira la aclaración que les hace Pablo a aquellos varones de Éfeso. Pablo les preguntó ¿Recibisteis el Espíritu Santo al aceptar la fe? Se ve que para Pablo era una pregunta importantísima y ellos respondieron lo que ya sabemos. Ni siquiera habíamos oído hablar de un Espíritu Santo. Y entonces Pablo les dice pero ¿Qué bautismo recibieron? El bautismo de Juan dicen ellos. No debe extrañarnos esto. Ellos estaban en Éfeso y habían recibido el bautismo de Juan, que por supuesto sucedió a orillas del río Jordán, en lo que hoy es Tierra Santa. Pero ¿Qué explicación tiene?.

Mis hermanos, es que es tan grande la santidad de Juan Bautista. Es que es un verdadero mártir de la santidad de Dios. La fama de santidad de Juan se extendió por círculos concéntricos y llegó realmente a grandes porciones de la diáspora judía. Pero lo que más nos interesa ahora es la aclaración que hace Pablo. El bautismo de Juan era signo de conversión. Porque es un ahogamiento ritual. Por eso la belleza del bautismo por inmersión. Claro, ese es el bautismo más bello. Y por eso el bautismo como sacramento, se empobrece mucho. Sobre todo cuando apenas echan unas gotitas. Yo creo que por eso la gente no me busca a mí para bautismos, porque cuando se trata de bautizar, yo sí. Ante todo, uno debe ser cuidadoso y hay que cuidar la vida de la criatura. Por eso la mejor manera de bautizar es que la criaturita quede con la cabeza hacia abajo. Y después uno. Pues no lo sumerge.

Aunque ya les voy a contar una historia. Uno no lo sumerge, pero yo por lo menos si le echo agua, porque es que ese es el signo, el signo es ese, los signos son para que se vean y se sientan. Los signos no son palabras, los signos son para que se vean y se sientan. Por eso el dolor que tenemos de no poder comulgar sacramentalmente tantas personas del pueblo de Dios. Porque el signo es para que se sienta, que se sienta pan de Dios en mi boca, que se sienta. El signo es para eso. Entonces hay gente que quiere que uno les bautice la niñita o el niñito que uno los bautice y con un gotero te bautizo en Nombre del padre, una gotita que no se le dañen las trenzas, que no se le dañen los muñequitos porque pone aquí unos muñequitos acá grandotes a los niños. El signo es ahogamiento.

Aunque yo conocí a un padre y estuve en una Semana Santa con ese padre, cuyo nombre no diré. Que ese padre si hace la inmersión, tiene ahí como su especie de pileta, sobre todo en la Semana Santa. Y el niñito, la niñita se sostiene, muy bien sostenido y se sumerge y se saca. Tiene sentido, pues, con la correspondiente catequesis y entendiendo todo lo que se está haciendo. Porque el sentido del bautismo de Juan era exactamente ese. Muerte es lo que yo merezco. Y eso es lo que han dicho los santos. Por eso se asombraba de la misericordia de Dios nuestra querida doctora de Siena, Santa Catalina. Ella se asombraba y ella decía pero si muerte es lo que yo merezco. ¿Por qué me amas tanto? ¿Por qué me cuidas tanto? ¿Por qué me regalas tanto? ¡Qué grande es tu amor, Señor! Eso es lo que experimenta una persona cuando de verdad cae en la cuenta de quién es y de las miserias que ha cometido. Ahí es donde puede decir esas palabras.

Pero ¿qué le faltaba al bautismo de Juan? Si lo miras bien, el bautismo de Juan miraba al pasado y un poquitico al presente. Pero la mirada de Juan es sobre todo del pasado. El pasado es, me equivoqué en esto, hice mal esto, me faltó obrar bien en esto, hice daño con esto. Todo eso es pasado. Y lo único que el bautismo de Juan tiene de presente. Del tiempo presente es y ahora hago propósito de no pecar. Está bien. Es decir, es valioso, pero date cuenta que es muy poco. Muy poco, lo que tiene del tiempo presente y del tiempo futuro, salvo la promesa que tú haces de portarte mejor, no queda nada.

En cambio, el bautismo de Jesucristo es una maravilla y es el bautismo tuyo y mío. Porque yo presumo que tú eres bautizado en la Santa Iglesia Católica. Es el bautismo tuyo y mío. Es una maravilla y es una maravilla porque une pasado, presente y futuro. Pasado porque venimos de una humanidad pecadora. Eso es cierto. Presente, porque queremos abrirnos a la gracia. Pero futuro ¿Por qué? Porque aquel que pudo decir Yo he vencido al mundo, es el que nos da la fuerza para que nosotros también, como verdaderos guerreros, salgamos a vencer al mundo.

Entonces el bautismo de Juan miraba sobre todo al pasado y un poquito al presente. El bautismo de Cristo mira al pasado, pero no se detiene en él. Mira al presente y lo recibe. Pero sobre todo, mira al futuro. El bautismo de Cristo mira hacia el futuro. ¿En qué sentido? En el sentido de que nos da lo que no podía dar Moisés y nos da lo que no podía dar Josué, y nos da lo que no podía dar Juan Bautista. ¿Qué? El Espíritu Santo de Dios nos da esa fuerza, nos da esa gracia del Espíritu Santo para que nosotros vivamos como hijos de Dios. Porque dice San Pablo estos son los hijos de Dios, los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios. Entonces el bautismo de Cristo no se queda mirando al pasado, sino que se queda mirando al futuro.

Cristo nos está invitando a que miremos el futuro y al asociarnos a su Divina Pasión y a su amor incomparable, nos está dando el recurso, la fuerza, la energía, la vida nueva. Pero no es una vida nueva en abstracto. Es la persona del Espíritu Santo, es el Espíritu. ¿Y qué fue lo que le sucedió a esta gente cuando les llegó el Espíritu? Dice aquí, se pusieron a hablar en lenguas. Esto ya lo hemos explicado otras veces. Dejen, por favor. Todavía hay gente que le tiene tanto miedo al don de lenguas. Dejen el miedo al don de lenguas. El don de lenguas significa una experiencia de gracia tan sobreabundante que tú sientes que toda palabra, todo pensamiento, todo recuerdo, todo lo que tú puedas llegar a decir, articular o pronunciar se queda corto.

¿No es verdad que hay personas que han tenido esa clase de experiencias? Habla, por ejemplo, con un papá que ha deseado muchísimo el nacimiento de su hijito, de su hijita, y cuando tiene ese bebé en sus brazos, tú le dices cómo se siente y él te dice no hay palabras, eso es el don de lenguas. No hay palabras, no hay palabras. Claro que el don de lenguas en la Biblia tiene varios significados. También hay don de lenguas como xenoglosia o xenoglosa, que es la capacidad, como tuvo nuestro Padre Santo Domingo de Guzmán, de predicar en una lengua y ser entendido en otra. Lo mismo le pasó a San Vicente Ferrer. Eso es xenoglosia. Ese es otro modo del don de lenguas. También hay don de lenguas, que es mensaje profético para ser interpretado y por lo menos tres sentidos del don de lenguas.

Pero por todas las señales que tenemos aquí, muy seguramente se dieron dos cosas a la vez. Por una parte, ese desbordamiento de alegría, desbordamiento de amor, desbordamiento de esperanza. Ese desbordamiento que hace que la persona no le dé más la boca. Ese es el don de lenguas. No me da más la boca para todo lo que yo le quisiera decir a Dios. Por supuesto, equipados con semejante sobredosis, porque ese es el Espíritu Santo en nosotros, una sobredosis de amor divino. Equipados con esa sobredosis de amor, quedamos listos para el futuro, listos para también nosotros decir, como dijo nuestro amado y bendito Señor Jesucristo, yo he vencido al mundo. Yo he vencido al mundo. Ya lo podemos decir si el Espíritu de Dios reina en nosotros.

Ese es el mensaje precioso que nos deja esta primera lectura. Hermanos, Pentecostés está cerca. Pentecostés está cerca. No dejemos pasar esta hermosísima solemnidad. Cada uno según su estado de vida. Cada uno pídale al Señor, cada uno clamé al Señor. Dame la gracia de tu Divino Espíritu. Dame la gracia de tu Divino Espíritu. Y Dios, que es bueno y generoso, más y más nos dará de sí. Que Él lo conceda y que nuestro corazón tenga júbilo en su presencia. Amén.

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