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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El Espíritu, que da la certeza y el gozo de ser hijos de Dios, y sobre esa base, la certeza de ser coherederos con Cristo, hermanos de quienes han renacido como nosotros, y abiertos al misterio inagotable del amor divino.
Homilía p071018a, predicada en 20170529, con 8 min. y 55 seg. 
Transcripción:
La primera lectura nos presenta el encuentro de Pablo con unos discípulos que podemos decir que estaban a medio camino. Ellos conocían el bautismo de Juan, pero no conocían el bautismo de Jesús. Y como no conocían el bautismo de Jesús, tampoco conocían la fuerza, la presencia, la alegría que solamente trae el Espíritu Santo. Ahí tenemos una primera enseñanza para nosotros.
El bautismo de Juan, ¿qué era lo que aportaba?, no era poca cosa, aportaba conocimiento claro sobre el pecado, arrepentimiento sincero y vuelta a Dios. Así había sido anunciada la presencia del Precursor. Preparar un pueblo bien dispuesto para el Señor. De modo que estos discípulos que Pablo encuentra en la región de Éfeso conocían eso, que repito no es conocer poco, que el pecado existe, que tiene poder, que arruina la vida y que por consiguiente hay que arrepentirse del pecado y volver de todo corazón a Dios. Pero esa no es toda la vida cristiana.
Pablo les habla del bautismo de Jesús y les habla sobre todo de la gracia del Espíritu Santo. ¿Qué trae el Espíritu Santo? La experiencia íntima de nuestra filiación divina, la experiencia íntima de lo que Pablo llama en otros lugares la herencia de Cristo. La experiencia íntima de una genuina fraternidad. La experiencia íntima, finalmente del poder de la resurrección.
Con respecto a lo primero, dice Pablo en la carta a los Romanos. Estos son los hijos de Dios, los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios. O sea que el Espíritu Santo, Espíritu de adopción, nos introduce en una relación completamente única con Dios Padre, revelándonos al mismo tiempo quién es Él y nuestra infinita dignidad recibida como completo regalo. Y de ahí deriva todo de sabernos así, hermanos.
Sabemos también que compartimos lo segundo la herencia de Cristo. Esta herencia de Cristo, que es la que hace que Pablo nos llame coherederos en algunos lugares de sus cartas. Esta herencia de Cristo es la que hace que uno pueda caminar por un mundo en el que se desconoce a Dios y en el que tantas veces somos burlados o sufrimos indiferencia o persecución. Podamos avanzar en medio de las precariedades de esta tierra, sintiendo la abundancia de ese amor. Por eso dice San Pablo en la segunda carta a los Corintios Él nos consuela, y la abundancia de ese consuelo es suficiente para consolar a otros. Es decir, que al mismo tiempo somos indigentes y poseemos la abundancia de una riqueza inmensa.
En esa segunda carta a los Corintios, Pablo desarrolla varias veces esta idea. Por ejemplo, cuando dice que nosotros somos los desconocidos bien conocidos. Nosotros somos pobres que enriquecemos a todos. Y utiliza otras expresiones paradójicas. ¿A qué se debe que seamos al mismo tiempo tan excluidos y tan abundantes en los bienes del cielo?. Pues se debe a que somos coherederos. Esa coherencia o ese coheredar con Cristo significa que lo que hay en Cristo de amor, de poder, de gloria, se manifiesta también en nosotros, según el decreto de la Providencia divina, no según simplemente nuestro deseo.
Descubriéndonos coherederos con Cristo, descubrimos también cuál es la verdadera fraternidad. El Espíritu nos da esa verdadera capacidad de reconocernos, hermanos. Es decir, no una relación marcada por la conveniencia, por el interés, por la ganancia, por el provecho, por la simpatía, por el gusto, por la atracción. Todos estos otros motivos son los que el mundo conoce muy bien. La gente se junta con otra gente por eso, porque hay unos mismos intereses, porque éste va a ser un buen negocio, porque esta es una alianza estratégica o en otro plano, porque tú me gustas mucho, porque yo te deseo.
El Espíritu introduce otro modo de relación. Amo lo que Dios ha hecho en ti. Amo lo que Dios está haciendo en ti. Amo a dónde te quiere llevar Dios. Te has convertido en un relato de su amor y yo amo ese relato y por eso te siento nacido o te siento nacida del mismo amor que también ha hecho posible mi vida. Esta es la esencia de la fraternidad cristiana. Sin esta esencia, la palabra fraternidad se queda vacía. Como yo creo que sucedió con la Revolución Francesa. Mucho hablar de fraternité. Pero dónde queda la fraternidad si no hay un papá, si no hay un papá que engendre ¿qué clase de hermanos somos?.
Entonces necesitamos descubrir que somos herederos de un mismo Cristo, depositarios de un mismo amor, nacidos de una misma gracia para ser verdaderamente hermanos. Y esas experiencias de amor, de gracia, de comunión, son las que se expresan en los dones maravillosos que experimentan estos discípulos de Éfeso cuando Pablo ora por ellos. Dice que se ponen a orar en otras lenguas, se ponen a profetizar. Su experiencia del amor de Dios es tan intensa, es tan profunda, que movidos por esa experiencia podemos decir que entran en la lógica de Dios.
Ese don de lenguas que experimentan es como una muestra externa de la superación de todo posible lenguaje humano. Ese don de lenguas es la muestra de que ninguna capacidad argumentativa ni conceptual nuestra será suficiente para describir lo que Dios hace. Y esas profecías que dice que empezaron a tener estos discípulos son la muestra de que han entrado en la mirada de Dios. El profeta es fundamentalmente el que comparte la mirada de Dios sobre la historia humana. Por eso puede en algunas ocasiones incluso decir lo que va a suceder, no es lo principal, pero sucede porque el profeta participa de la mirada de Dios.
Estos son dones del Espíritu. Estas son gracia, son regalos del amor de Dios, que es abundante por el Espíritu Santo. Y creo que todo esto nos va preparando para la fiesta ya cercana de Pentecostés. No se nos puede olvidar que es el mismo Espíritu que hace posible la Eucaristía en nuestro altar. Es el mismo Espíritu que toma la humildad de las especies y eucarísticas para hacer de ellas Cuerpo y Sangre de Cristo. Si eso puede hacer el Espíritu con estas criaturas inanimadas, el pan y el vino, pues mucho más puede hacer en nosotros si nos dejamos consagrar por ese Espíritu, de manera que el misterio de Cristo acontezca también en nosotros.

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