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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Relación inesperada entre el don de lenguas y el don de profecía: sobreabundancia de amor.
Homilía p071015a, predicada en 20150518, con 4 min. y 59 seg. 
Transcripción:
La primera lectura del día de hoy ha sido tomada del Capítulo número Diecinueve de los Hechos de los Apóstoles. No es extraño que venga de este libro, porque este precioso libro, el que se encuentra inmediatamente después de los santos Evangelios en la Biblia, es el que nos ha acompañado durante todo el Tiempo pascual. Así que no es una sorpresa que una vez más esta semana se abra con un texto de los Hechos de los Apóstoles.
Es el encuentro entre el apóstol Pablo y algunos cristianos que tenían una formación rudimentaria. Digo que era una formación incompleta, porque ellos sabían del bautismo de Juan, el bautismo de arrepentimiento y de conversión, pero no conocían la gracia nueva, el regalo precioso que nos trae Cristo. Porque el gran regalo de la Pascua es precisamente el don del Espíritu Santo.
Nos dice el texto sagrado que Pablo extendió sus manos e impuso sus manos sobre aquellos hombres, y entonces descendió sobre ellos el Espíritu Santo. Y menciona específicamente dos cosas que le sucedieron. Empezaron a orar en lenguas y empezaron a profetizar. Son como las manifestaciones externas de ese don del Espíritu. Orarón en lenguas y profetizaron. Interesante que estos dos dones subrayados por San Lucas en el pasaje proclamado, tienen que ver con el uso de la palabra.
Yo creo que hay algo que Dios nos quiere decir con este hecho, el Espíritu Santo lava, limpia, renueva nuestro corazón. Y dijo Jesús De lo que abunda el corazón habla la boca. Podemos decir que el fuego nuevo que trae el Espíritu y el amor nuevo que trae el Espíritu a nuestro corazón se desborda por la boca. Dos dones diferentes se nombran en este acontecimiento el don de lenguas y el don de profecía.
El don de lenguas es menos misterioso de lo que creemos. El don de lenguas es como una ebriedad de amor, como una sobreabundancia de amor que revienta la capacidad comunicativa del lenguaje. Es decir, cuando hay muchísimo, pero muchísimo que decir y no encontramos las palabras, nuestra capacidad de hablar se desarticula. De esto han hablado grandes y muy serios doctores de la Iglesia. Por ejemplo, San Agustín nos cuenta cómo incluso en ciertas actividades humanas, él menciona al cosechar. Dice que cuando están cosechando y están felices los obreros, porque es abundante el fruto, muy fácilmente empiezan a cantar y luego pasan a canturrear, podríamos decir en español. Es decir, la expresión de alegría hace que ya no importen los sustantivos, los verbos, los adverbios, los artículos, la gramática, la sintaxis, sino que simplemente por esa boca lo que sale es alegría. Si eso le puede pasar a una persona que está recogiendo una cosecha abundante, cómo no le va a pasar a alguien que recibe tan profundamente en su corazón la noticia del amor de Dios.
Entonces, el don de lenguas es como un recordatorio a la Iglesia de que el amor supera toda expresión. Muchas veces la gente dice, tal cosa es inefable. Inefable quiere decir que no se puede poner en palabras. A veces decimos en esa experiencia que tuve fue absolutamente sublime. Eso está más allá de las palabras. Me quedo sin palabras. Ese es el don de lenguas pero cuando Dios toca con su amor tu pecho.
Y luego la profecía. La profecía. ¿Qué es la profecía? Es una participación en la mirada honda de Dios sobre los acontecimientos humanos. Es tener un poquito de la mirada de Dios para detectar cómo nos mira Dios. Qué quiere Dios de esta historia humana, más allá de las pretensiones, las conveniencias, los gustos, los intereses de nosotros los humanos. Dios tiene un plan, un plan bello, y ese plan bello de amor de Dios es el que se expresa a través de ese don maravilloso de profecía.
Pidamos al Señor. A medida que nos acercamos a la hermosa fiesta de Pentecostés, pidamos ser renovados. Pidamos don de profecía, pidamos don de lenguas, pidamos que este amor en nosotros nos haga criaturas nuevas para su servicio. Amén.

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