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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La victoria de Cristo tiene su fuente en su unión con el Padre; otro tanto hay que decir para nosotros.

Homilía p071013a, predicada en 20140602, con 4 min. y 41 seg.

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Transcripción:

El Evangelio de hoy, tomado del Capítulo Dieciséis de San Juan, nos habla de la victoria de Cristo y nos invita a vencer junto a Cristo. Es decir, se trata de su victoria, pero se trata también de nuestra victoria. Por supuesto, este lenguaje solo le interesa al que se ha enterado que estamos en guerra. Quien no ha descubierto el combate espiritual, quien no tiene conciencia de que estamos en guerra, tampoco entiende de qué victoria habla Cristo cuando dice Yo he vencido al mundo.

Pero un buen cristiano sí que sabe de la batalla y ciertamente busca un camino para la victoria. Mundo, ¿a qué alude esta palabra? Yo he vencido al mundo, dice Jesucristo. Es una frase que haría la envidia de muchos de los grandes generales de todos los tiempos. Napoleón quería vencer en todas partes. Seguramente él quería poder decir he vencido al mundo. Alejandro Magno en su momento también quiso poder decir, el mundo es mío, yo he vencido al mundo. Julio César, el emperador romano, dictador, dirían otros, buscaba también eso, vencer al mundo.

Pero hay una gran diferencia entre estos hombres codiciosos y a menudo repletos de crueldad y el tipo de victoria que quiere Cristo. Porque en los ejemplos que he dado, cada uno de estos grandes jefes militares se ha impuesto por la fuerza. Y ya sabemos cómo terminan las cosas cuando es la sola fuerza, la fuerza física, la fuerza militar, la que aplasta la voluntad de otra persona. Es posible, ciertamente, vencer a un pueblo con un ejército numeroso y bien dotado. Cosa que consiguieron Alejandro, Napoleón o Julio César. Es posible lograr esa victoria. Pero aunque tritures la oposición física y el armamento de otro pueblo, eso no significa que hayas llegado a su corazón, a su mente. Y mientras haya un corazón capaz de sentir y mientras haya una cabeza capaz de pensar, la gente va a preferir su libertad y su propio bien a cualquier otra cosa que pretendan imponerle.

O sea que las supuestas victorias de estos hombres son demasiado relativas y además muy breves. Qué tanto duró el imperio de Alejandro Magno sabiendo que él mismo tuvo una vida tan breve. Qué tanto duró para Julio César lo que él había conseguido, acabó asesinado. Y Napoleón, como se sabe muy bien, fue envenenado, proscrito, desterrado. ¿Es eso realmente una victoria? La verdadera victoria es la que trae Cristo con la iluminación de las conciencias, con la claridad sobre el bien y el mal, con el testimonio de una vida recta y sobre todo, con el don maravilloso de su amor, que es el que hace que nuestros corazones se rindan ante Él. Ese es el tipo de victoria de Cristo.

Esa victoria es imposible si uno no se alimenta de una fuente que no la tiene el mundo. Cristo dice Ustedes se van a ir cada uno por su lado, pero el Padre está conmigo. Y esa unión con el Padre significa el manantial de amor que luego Cristo tiene para repartir con tanta abundancia. Amor con el que nos conquista, amor con el que transforma nuestras vidas. Eso es vencer al mundo y esa es la verdadera vida cristiana.

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