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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cuida tu vocación: ¡es tu tesoro!
Homilía p071008a, predicada en 20100517, con 12 min. y 17 seg. 
Transcripción:
Queridos amigos, se dice que la guerra es un arte. Suena como contradictorio, pero así se dice el arte de la guerra. Se dice que es un arte porque requiere destrezas, habilidades, sagacidad. Como en una gran partida de ajedrez, también en la guerra, los generales tienen que saber cómo mover sus fichas y sus fichas son sus batallones, sus legiones, sus divisiones. Por eso se habla del arte de la guerra. Y en el arte de la guerra hay un elemento que siempre se ha considerado importante. Es el elemento sorpresa. Son incontables los ejemplos en la historia en los cuales el elemento sorpresa es completamente definitivo. Por ejemplo, en la antigüedad, en las llamadas guerras púnicas. Cuando luchaban la ciudad de Cartago contra la ciudad de Roma, los cartagineses utilizaron el elemento sorpresa. Imagínese lo que hicieron. En vez de llegar por el mar hacia Roma y atacar desde el sur, se fueron por España, Francia, Suiza y el norte de Italia, utilizando los nombres que esas regiones tienen en nuestro tiempo. Es decir, tenían que atravesar los Alpes. Y para mayor asombro, se sabía que los cartagineses utilizaban como animal de guerra el elefante. ¡Por Dios! ¿Qué hace usted con un elefante en los Alpes? Eso no se lo puede imaginar uno. Pues un gran general Aníbal, así se llamaba. Vio todo ese rodeo. España, Francia, Suiza, Italia, hasta llegar por el norte. Únicamente por una razón, el elemento sorpresa. Efectivamente, los romanos sabían que los cartagineses iban a atacar. Eso ya se sabía. Pero lo que nadie se podía imaginar es que atacaran desde el norte de Italia. Los estaban esperando desde el sur por el Mediterráneo. Sobre todo porque los cartagineses, que son de raza fenicia. Eran grandes navegantes. De hecho, fueron los que hasta cierto punto enseñaron a los romanos el arte de navegar. Y así fue como Aníbal pudo entrar por el norte y pudo infligir una terrible derrota. Metafóricamente hablando, le dio una paliza a los romanos. Finalmente, esa guerra no la ganaron los cartagineses por otras razones. Pero por lo menos esas batallas, las que se dieron en el norte de Italia después de atravesar los Alpes. Esas batallas dejaron a los romanos con los ojos abiertos. ¿Cómo pudieron hacer esto? El elemento sorpresa. La vida espiritual, la vida cristiana es también una batalla. Nosotros continuamente estamos en batalla porque resulta que podemos ser y seguramente hemos sido mordidos por serpientes venenosas que quieren destruir nuestra alegría, nuestra esperanza, nuestra salud, nuestra vida en esta tierra y nuestra eternidad. Esos ataques, esas serpientes, son una manera de hablar del pecado. El pecado. El pecado, es el gran enemigo. Nos lo ha recordado el Papa Benedicto en su reciente viaje a Portugal, porque hay mucha gente que habla de los ataques que recibe la Iglesia, porque los medios de comunicación no nos quieren, porque la sociedad secularizada en la que estamos es adversa al Evangelio, porque el comunismo nos detesta y el capitalismo quiere deshacerse de nosotros. Es muy fácil buscar los enemigos afuera y creernos nosotros sanos y buenos, víctimas. Pero el Papa ha dicho: El verdadero ataque a la Iglesia viene de los pecados de sus hijos, especialmente los pecados de nosotros los sacerdotes. El Papa nos ha llamado la atención y nos ha invitado con una voz cariñosa pero muy firme, a que nosotros, sacerdotes, rectifiquemos tantas cosas que tenemos que rectificar en nuestra vida para verdaderamente responder al Evangelio. Así pues, mis hermanos, estamos en batalla. ¿Todavía te parece que esa expresión es exagerada?. Entonces, mira este ejemplo. Una persona tiene un hogar feliz, pero en ese hogar entra un virus. El virus de la infidelidad. La infidelidad destruye la confianza. Los esposos empiezan a insultarse, se maltratan, se hieren, se despedazan. Finalmente se separan. Los hijos quedan traumatizados. Hay fiesta en el infierno. Otra batalla. ¡Lo logramos! Por supuesto que el enemigo malo quiere eso. Despedazar los hogares. Consideremos el caso de un sacerdote. Una vocación joven. Una persona buena, relativamente inteligente, más bien simpático. Pero este padrecito empieza a enamorarse de las cosas de este mundo. Se llena de superficialidad. Le interesa demasiado estar muy bien vestido. Cuida sus amistades, tiene muchos amiguitos, empieza a tener muchas amiguitas. Le da pereza confesar, le da pereza celebrar la misa, le da pereza rezar. La vida espiritual se le va al piso. El pecado está mordiendo esa carne del sacerdote. Finalmente, el sacerdote se siente un completo hipócrita. Siente que está llevando una doble vida y dice: ¡Qué caray! Yo me meto de profesor, me meto de comerciante, hago lo que sea y como se dice vulgarmente, cuelga los hábitos, cuelga la sotana, hay fiesta en el infierno. Lo logramos, lo derribamos, lo tiramos al suelo. Buena esa. Hermanos, estamos en batalla. Estamos en batalla. Estos jóvenes novicios, por ejemplo, que me acompañan hoy en la celebración. Ellos tienen que saber que estamos en batalla y tienen que aprender a cuidar los tesoros que Dios les ha dado y yo mismo tengo que aprenderlo. Tenemos todos que cuidar el que tiene su matrimonio, su hogar. Cuídelo. Ore. No se exponga a tentación, cuide su matrimonio, cuide su familia, cuide su tesoro. ¿Sientes que tienes una vocación santa en la vida dominicana, en el sacerdocio? Cuida tu vocación, es tu tesoro. Y hay enemigos que quieren ya hacer fiesta, el día que te caigas, como esos árboles majestuosos, cuando lamentablemente los derriban, cae el árbol al suelo con gran estampido y en ese momento hay aplausos en el infierno. ¡Bravo! Lo derribamos. Se acabó el novicio ese que nos fastidiaba. Se acabó el sacerdote ese. Al fin lo derribamos. Se acabó esa familia que era un fastidio para nosotros y que era una escuela de santidad. Estamos en guerra. Hemos dicho dos cosas que en el arte de la guerra es muy importante el elemento sorpresa. Y segundo, que si estamos en guerra. Por si no te habías dado cuenta, ahora viene el tercer punto, el Evangelio de hoy. Jesús nos dice esta frase: Os he hablado de esto para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas, pero tened valor. Yo he vencido al mundo. Cristo quiere que el elemento sorpresa en los ataques del enemigo no nos desoriente, no nos escandalice. Porque si nos dejamos escandalizar, si nos dejamos mover el piso, el enemigo gana todavía más terreno. Por eso el cristiano tiene que vivir afianzado en la roca única que es Jesucristo, y el cristiano tiene que permanecer en esa roca, sabiendo que todo lo demás puede fallar. Que mi mamá se volvió atea es una tragedia mi mamá siendo tan piadosa, pero mi fe no está en mi mamá, mi fe está en Cristo. El cura de mi parroquia resultó medio borracho. Pues es un desastre. Habrá que denunciarlo, habrá que hacer corrección fraterna, habrá que hacer lo que sea, pero mi fe no depende de un hombre. Mi fe está en Jesucristo y está firme. Qué hay escándalos y escándalos en la Iglesia. No son escándalos para mí. Hace rato que tengo muy claro que todos estamos hechos de barro. Así que eso no me escandaliza. Yo sigo firme en Jesucristo. Sigo firme en la fe de los apóstoles. Ese es el mensaje de hoy. Que encontremos la paz en Cristo. Que no nos dejemos asustar. Que no nos dejemos escandalizar. Que sepamos proteger nuestros tesoros. Para que finalmente. Finalmente, al llegar a la puerta de la eternidad, la única victoria y la única alabanza sea para Jesucristo. El que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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