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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El Espíritu Santo hace de nosotros criaturas nuevas.
Homilía p071005a, predicada en 20010528, con 15 min. y 46 seg. 
Transcripción:
Es posible que algunos cristianos tendrían que repetir lo que dijeron aquellos discípulos. Ni siquiera habíamos oído hablar del Espíritu Santo. Hace unos años decía el Padre Congar, un dominico. El Espíritu Santo es el gran desconocido. Y me parece que todavía sigue siendo desconocido, o por lo menos no suficientemente conocido. El Espíritu Santo es el secreto de Cristo. El Espíritu Santo es la razón de sus milagros. El Espíritu Santo es la fuente de su generosidad, de su ayuno, de su intercesión. Y dice San Pablo en algún lugar que Dios resucitó a su Hijo Jesucristo por la gloria del Espíritu Santo. Y Lucas nos cuenta que nuestro Señor Jesucristo fue concebido por la obra del Espíritu Santo. El Espíritu Santo es la atmósfera de Cristo, el ambiente en que Él se mueve. El ambiente también en que Él nos introduce el Espíritu Santo es aquel ámbito, aquella atmósfera en donde es posible creer. Dice Jesús en el Evangelio de Juan. Nadie viene a mí sin el Espíritu Santo. Si mi Padre no lo atrae y el Padre nos atrae hacia Cristo. Moviéndonos con esa moción, con ese poder que nos da el Espíritu. Dios Padre con su Espíritu, nos empuja hacia Jesucristo y hace que podamos entender las palabras de Cristo. Sin el Espíritu Santo las palabras de Cristo nos parecen lejanas, incomprensibles, incluso ajenas, peligrosas. Cuántos evangelios, cuántas Biblias hay por todas partes. Y sin embargo, no basta tener la Palabra, es necesario que obre el Espíritu Santo para que uno pueda dar fe a la Palabra. Por eso aconteció alguna vez que estaba el apóstol Pedro predicando en casa de un pagano llamado Cornelio, y el Espíritu Santo confirmó el contenido de las palabras del apóstol Pedro, y aquellos entraron en alabanza y oraron bendiciendo a Dios con todos sus esfuerzos. El Espíritu Santo es la atmósfera, es el oxígeno que necesitamos respirar para poder acoger el mensaje de Cristo. Para poder recibir en nuestra vida el mensaje de Cristo. El Espíritu Santo es el que hace que uno cuando escucha una predicación diga: Ay, eso es para mí. Las palabras pueden ser muy sabias, muy elocuentes, pero es el Espíritu Santo el que te dice un secreto en el corazón. Esto es para ti. Dice Santo Tomás de Aquino, solo Dios puede deslizarse, resbalarse, penetrar hasta el fondo del alma. Y Dios penetra al alma por el Espíritu Santo. A través de su Espíritu, Dios se introduce en lo más profundo de nuestro corazón y allí, con la fuerza del amor, nos mueve para que creamos en la Palabra de Cristo y de la Iglesia, para que esperemos en las promesas de Cristo y de la Iglesia para que amemos a Cristo y a la Iglesia. Es el Espíritu Santo el que nos permite reconocer lo que nuestra misma razón no alcanza a entender. Se nos presenta un pedazo de pan. Parece solamente eso, pan. Pero nosotros hemos participado de la celebración y sabemos que no es un pedazo cualquiera de pan. Sabemos que ahí está Jesús, que ahí está Jesucristo quien nos da esa certeza, quien nos confirma interiormente esa afirmación de fe. El Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo, el que entrando en nosotros, hace de nosotros criaturas nuevas. Dios, que es nuestro Procreador, es el único que puede volvernos a crear. Solo Dios conoce completamente nuestro ser, nuestros pensamientos, nuestros afectos, nuestros recuerdos. Solo Él sabe por qué somos como somos. Porque Dios nos conoce no solamente mirándonos hoy, sino en todo el recorrido que nos une a nuestros padres, abuelos, a nuestra cultura, a nuestra tierra, a nuestro pasado. Dios sabe por qué tienes las mejillas que tienes, por qué tus ojos brillan como brillan, por qué te cuesta trabajo creer. Qué enfermedades congénitas de pronto están latentes en ti. Dios sabe las posibilidades de vigor físico, intelectual, moral y espiritual que hay en ti. Y Dios despierta todo lo bueno en ti a través de la lluvia del Espíritu Santo. Así como la semilla se tira sobre la tierra y solo cuando le llega el agua puede germinar y brota, y un día está ante nuestros ojos y se convierte en un árbol. Así también dentro de tu vida hay una cantidad de regalos que Dios te dio y que están en semilla. Te los dio cuando te creó, pero sobre todo te los dio en el día de tu bautismo, porque ahí hubo una comunicación del Espíritu Santo. Ahí están en semilla, están dentro de ti. Multitud de dones, de posibilidades, de fuerzas, de virtudes, de regalos, de carismas están ahí. Y cuando llega la lluvia del Espíritu Santo, estas tendencias despiertan. Y entonces tú pareces una persona nueva. El don del Espíritu Santo hizo prodigios en la vida de Cristo, y el don del Espíritu Santo quiere hacer prodigios en nuestras vidas. Jesús, vivía con sus padres en Nazaret y de pronto se oyó aquello de que se estaba predicando un bautismo para pedirle a Dios perdón de los pecados del pueblo. Y Jesús fue a pedirle a Dios perdón de los pecados del pueblo, porque era eso lo que se buscaba a orillas del Jordán. Con la predicación de Juan, el que bautizaba y fue allá Cristo. Y habiendo sido bautizado por Juan, en ese acto de humildad y de oración por todos nosotros, se vio aparecer una hermosa paloma que bajó y se posó, y Jesús completó su nombre. Él se llamaba Jesús porque así lo había anunciado el ángel. Jesús significa Dios salva, Yahvé salva. Eso significa Jesús. Pero desde el momento del bautismo él empezó a ser Cristo. Cristo quiere decir ungido. Él empezó a ser ungido ahí en el bautismo, y el poder del Espíritu lo llevó a la soledad del desierto, a vencer en el desierto a Satanás. Porque Satanás en el desierto había vencido sobre el pueblo. En el episodio de masa y de Meribá. Y allá fue Satanás al desierto a luchar contra Cristo. Pero esta vez Satanás fue vencido y Cristo fue el vencedor. Y con el poder de ese Espíritu, Cristo empezó a predicar con una elocuencia sin igual, con una ternura, con un amor, con una autoridad, también con firmeza y con cariño. Y fue llevando a la gente a conocer el amor de Papá Dios y la llegada del Reino de Dios. Cristo, estaba ahí en su casita antes del bautismo de Juan. Tenía dentro de sí esa misión maravillosa. Pero fue el rocío del Espíritu Santo. Fue la lluvia del Espíritu la que despertó en él toda esa misión y la que lo puso en camino para que él realizara ese ministerio público precioso, precioso, que todos nosotros conocemos. El poder del Espíritu Santo, acabó con el poder de Satanás. Dijo Jesús en alguna ocasión: Si yo, con el dedo de Dios expulsó a Satanás. Si yo, con el poder del Espíritu, expulsó a Satanás, va llegando el poder del Espíritu Santo y va cesando el poder del Espíritu del mal. Jesús con un poder sin igual, Jesús con una ternura sin igual. Jesús con una delicadeza sin igual. Jesús con una fuerza y con una sabiduría sin igual, apartó el dominio de Satanás. San Pablo dice: Nos arrancó del dominio de las tinieblas, y así fuimos trasladados al reino del Hijo querido, es decir, de Jesús. Hermanos, son tantas las maravillas del Espíritu Santo. Vamos a orar mucho en esta semana. Vamos a orar más que de costumbre. Vamos a pedirle a Dios que despierte en nosotros las semillas, los dones que nos ha dado. ¿Sabes una cosa? Tu corazón es un pequeño paraíso. En tu corazón están las semillas de árboles bellísimos. En tu corazón están las semillas para darle salud a muchos hermanos. Tú tienes un paraíso en tu corazón, pero necesitas la lluvia del Espíritu para que todas tus semillas brote. Hay personas que no conocen esto porque son como los discípulos de la primera lectura. No conocen esto, no conocen ese poder del Espíritu, no saben del poder del Espíritu. Y es posible. Hasta es posible que se mueran con sus semillas sin germinar. ¿No te daría tristeza eso? ¿No te daría tristeza irte de esta tierra sin haber hecho brotar la semilla que Dios te quiso regalar? Vamos a pedirle al Señor en esta semana, orando más que de costumbre, vamos a pedirle al Señor que haga brotar todas esas semillas. Son los maravillosos dones y carismas, son las virtudes sobrenaturales, es la vida de Dios en nosotros. Si nosotros entramos a esa atmósfera divina, si nosotros entramos a ese ámbito, a ese perfume de Cristo, a ese ambiente del Señor Jesús, nosotros participamos de su victoria. Por eso Él nos dijo: Permaneced en mí y yo en vosotros, para que deis fruto, un fruto que permanezca. Nosotros queremos aprender a vivir en la atmósfera de Cristo, en el perfume de Cristo, en el amor de Cristo. Vamos a hacer como esos niños muy pequeños que se saben amados por sus papás y que tienen que estar cerca de los brazos del papá o de la mamá. Esos bebés muy amados que conocen también por el aroma, también por el olor. Conocen a la mamita, al papito y en ese aroma se sienten arrullados, se sienten seguros, se sienten amados. Acerquémonos al regazo de Jesucristo, acerquémonos a los brazos de Cristo, sintamos el perfume que sale del corazón de Jesucristo. Esa es nuestra atmósfera. Si nosotros vivimos en la atmósfera de Cristo, en el amor de Cristo, es nuestra la victoria de Cristo. Y él dijo en el Evangelio: En el mundo van a tener luchas, van a tener que sufrir. No tengan miedo, Yo he vencido al mundo. Nosotros vamos a estar con Jesús. Y la primera carta de Juan nos dice: Ustedes no tengan miedo, el que está en ustedes es más fuerte que el que está en el mundo. Vamos a vivir en el poder del Señor. Vamos a vivir en el amor del Señor. Vamos a estar en su ambiente, en su ámbito, en su atmósfera. Como el niño que reconoce a la mamá por el aroma, por el perfume, por el olor. Vamos a estar así, muy cerca y vamos a conocer a Cristo por el olor, por ese perfume, por esa unción. Ya nunca, nunca, nunca, nunca, jamás separarnos de Cristo, estar así con Él, participar de su victoria, ser tan pequeños y al mismo tiempo tan grandes, ser tan débiles y al mismo tiempo tan fuertes. Ser tan niños y al mismo tiempo tan hombre. Hombres y mujeres hechos a la comida sólida, como dice la Carta a los Hebreos, y dispuestos a tener victoria. Porque Cristo es el Señor.

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