Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Cristo ha vencido al mundo.

Homilía p071004a, predicada en 20000605, con 24 min. y 20 seg.

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Transcripción:

El Evangelio de Juan nos cuenta que después de la Última Cena, Jesús se extendió en una larga, profunda y hermosa conversación con sus discípulos. Jesús no tenía dinero, no tenía una empresa o negocio que dejarles. Jesús no escribió libros para que lo siguieran publicando. Jesús les dejó como testamento el mandamiento del amor según un modelo como yo os he amado, dijo él. Y Jesús les abrió de par en par su corazón. En esa última cena que se realiza, se actualiza místicamente en cada celebración eucarística la carne que nosotros comemos, el cuerpo de Cristo del que nos alimentamos, no es otra cosa sino ese corazón abierto con el cual nos habla precisamente San Juan en estos discursos después de la Última Cena. Y Jesús, después de hablar largamente con ellos, hizo oración. La oración se encuentra en el capítulo diecisiete de San Juan.

Es la famosa oración que Cristo hace rogando al Padre celestial la unidad que sean uno. Y el trozo de evangelio que hemos escuchado hoy es el final del capítulo dieciséis. O sea que mañana, si Dios nos concede la gracia de participar en la Santa Misa, ya empezaremos a oír la oración de Cristo. Pero la última frase que dijo Cristo a sus discípulos porque ya luego empezó a hablarles, fue al Padre Celestial. Lo último, último, último qué les dijo a los discípulos fue frases que hemos dicho acá: Ustedes van a tener luchas, yo les he hablado para que tengan paz en mí, tengan valor, yo he vencido al mundo, dijo Cristo. Y luego se puso a hacer oración. Se puso a hablarle al Padre Celestial, oró delante de ellos. Y esta oración del capítulo diecisiete tiene un parecido muy grande con esos textos que nos traen Mateo y Lucas como modelo de toda oración, es decir, como el Padre Nuestro.

Realmente esta oración del capítulo diecisiete es como un Padrenuestro desgranado lentamente, como fue naciendo del Corazón de Jesucristo. Quiero yo detenerme un momento en esas palabras que son las últimas de Cristo. Siempre las últimas palabras son como un mensaje especial de la vida de las personas y las últimas palabras de Cristo. Después de haberles hablado todo esto en la Última Cena, fueron: van a tener luchas, tengan valor para esas luchas, yo he vencido al mundo. Meditemos lo que esto significa. Yo he vencido al mundo. En labios de cualquier otro. Es una frase pretensiosa, por no decir demencial. Los grandes emperadores han pretendido grandezas descomunales hasta reventar su cerebro buscando el reconocimiento de los pueblos y de las regiones más apartadas. Recordemos los extremos de locura a que llegaron aquellos antiguos emperadores, por ejemplo, romanos. Recordemos los extremos de prepotencia, por ejemplo, de los reyes egipcios, hasta poner a toda una nación solamente a construirle el sepulcro adornado a modo de gigantesca pirámide. Los grandes emperadores, hasta cometer locuras, han pretendido lograr un nombre imborrable y ni siquiera ellos, ni siquiera ellos, han llegado a decir esta frase de Cristo: Yo he vencido al mundo y el que la dice no tiene un ejército, no tiene una cuenta bancaria, no tiene una gran empresa, es un hombre que tiene aspecto más de profeta, itinerante, de mendigo, de loco. Es una frase que nos desconcierta. La dice Jesús no en una gran plaza pública para reclamar el reconocimiento y los aplausos humanos.

La dice en la intimidad de una cena de amigos, la dice como una contraseña, la dice más pensando en ellos que en sí mismos. Porque todos los emperadores, según el mundo, han pretendido dominar al mundo según el mundo. En cambio, Cristo da esta contraseña a sus discípulos para que ellos sepan que no deben temer. No la dice reclamando la admiración ni los honores de ellos. La dice pensando en ellos para que sepan que tienen victoria. Para que sepan que en el nombre de Jesucristo también ellos pueden vencer. Y segundo lugar, esta frase nos hace pensar en ese enemigo del alma humana. Según nos hablaba el antiguo Catecismo, tres son los enemigos del alma, el demonio, el mundo y la carne.

De la carne, sabemos de qué se trata. Se trata de los atractivos, de la sensualidad, de la complacencia o de la facilidad con que nos fiamos en nuestros cariños humanos y en nuestros apegos humanos. Del demonio, también sabemos cuáles son sus ataques. Pretende agrietar nuestra fe, producir tristeza, producir odio, desesperación. Pero este otro enemigo, este enemigo que el catecismo antiguo llamaba el mundo, muchas veces no lo reconocemos fácilmente. Y es importante saber que así como Cristo, con su pureza y desprendimiento de todas las cosas de esta tierra, venció todos los lazos de la carne, así como aferrado a la Palabra divina, venció todas las insidias del demonio. Así también Cristo hoy reporta victoria sobre el mundo. Cristo no solo venció al demonio. En alguna ocasión dijo que él era el más fuerte. El demonio era fuerte, pero que él era más fuerte que él, podía quebrantar el poder de Satanás. Cristo no solo ha vencido al demonio y a la carne, también ha vencido al mundo. Pero nosotros no sabemos tal vez qué significa esto. Ese mundo se refieren ante todo al reconocimiento humano. Se refiere a lo que la gente estima por valioso. Se refieren a todo ese tejido de reconocimientos, aplausos, vanidades, honores, intrigas. Se refiere a toda esa maquinaria que construye la sociedad humana y que pretende determinar quién es el grande, quién es el pequeño, quién es digno de ser atendido y quién no eres. Eso lo desprecio. El mundo es ese tejido de opiniones que hoy considera verdadera una cosa y mañana la tacha por mentirosa.

El mundo es ese monstruo de cien cabezas, como lo llamaba Fray Luis de Granada. Semejante a la opinión pública que según le conviene, hoy exalta, mañana destruye. Hoy se burla, mañana entroniza. Insaciable en su búsqueda de nuevos ídolos. Impávido, Indiferente, incapaz de todo Género de compasión. El mundo es ese reconocimiento anónimo que hace que nosotros vayamos como ovejas de un pésimo pastor, aceptando lo que se vuelve normal. El mundo es eso que es normal entre comillas, porque se volvió común. El mundo es ese monstruo anónimo que hace que a nosotros nos parezca normal el aborto y nos parezca normal la homosexualidad, que nos parezca normal la desigualdad social y económica, que nos parezca normal la muerte de inocentes y nos parezca normal la discriminación de las personas y tantas otras cosas. El mundo es ese falso profeta, ese monstruo oculto que nadie sabe dónde despacho y se difunde en las conversaciones, los chismes, los medios de comunicación y que hace que nuestro sistema moral se vaya alterando a menos que volvamos nuestra mirada hacia Jesucristo. Instrumentos del mundo son básicamente los medios de comunicación social, pero pretender suprimirlos tampoco es su respuesta, porque acabando esto surgirían otros.

Y además, solo los poderes tiránicos del mundo han pretendido dominar completamente los medios de comunicación. El mundo es esa mentira que se repite muchas veces hasta que parece una verdad. El mundo es esa perversión que sucede en los hombres cuando ven la riqueza, el poder y el éxito a cualquier precio, suceda lo que suceda. El mundo es ese extraño que pasa en el corazón de las niñas que empiezan a tener solo como referencia a las modelos, a las actrices. Y cuanto más remuneradas, irreverentes, sensuales, procaces, mejor. El mundo es esa mentira que se cuela por todas partes. El mundo es ese extraño peso que agobia la inteligencia y la conciencia. Cuando una persona siente que no vale la pena intentar ser bueno porque todo está contaminado. El mundo es también ese doctor o maestro que nos dice, que nos dicta, que nos obliga a sentirnos frustrados y a sentirnos incapaces de cambiar un estado de cosas. En fin, el mundo es tantas cosas, pero por decirlo en una sola frase, es el tejido de las opiniones humanas cuando solo buscan el reconocimiento y la gloria de los hombres. Ese es el mundo y eso es lo que ha vencido Jesucristo.

Porque para ese mundo, para ese mundo, el bien nunca será noticia. Cuando aparece en primera plana una pareja que ha sido fiel, amorosa, honrada. Nunca. La primera plana está reservada para las catástrofes, para los criminales o para los éxitos que exaltan la gloria, la pericia o las cualidades de alguna persona. Pero lo que es normal en el sentido de Dios, lo que se logra a pulso, eso que sirve para construir una familia que valga la pena, eso nunca reciben, nunca recibe el aplauso del mundo. Eso nunca cuenta para el mundo. Y Cristo nos dice: Yo he vencido al mundo. Ahora tratemos de percibir ahora que de pronto podemos entender un poco mejor lo que es el mundo. Tratemos de percibir la fuerza de esa palabra con la que Cristo alienta a sus discípulos: Yo he vencido al mundo. ¿Qué quiere decir? Quiere decir que con Cristo aparece un género de verdad que ni siquiera el alud de las opiniones mentirosas de esta tierra puede destruir. ¿Y eso se cumplen? Sí, señor. Te voy a dar dos pruebas de que sí se cumple.

Han surgido muchas religiones antes de Cristo y después de Cristo. Pero hay algo que solo se dice de Jesucristo. Solo de él. Ninguna otra religión, ninguna, se ha atrevido a decir lo que nosotros decimos de Cristo, que murió verdaderamente y que está vivo verdaderamente. Eso no se dice ni de Mahoma ni de Buda. Nadie, nadie se ha atrevido a decir eso. Las religiones orientales y los mentalistas y los espiritistas. Todo género de esoterismo, de iniciación, de filosofía extraña, de masonería, por ejemplo, de pensamiento humano. Todo género de religión ha tenido que callarse, ha tenido que detenerse en el umbral y decir no nos atrevemos a afirmar esto de nadie. Del único del que se afirma que murió verdaderamente y que vive verdaderamente resucitado de entre los muertos es de Jesucristo. Y todas las opiniones con las que intenten confundirnos, que nos hablen de reencarnación, que nos hablen de filosofías, de energías, que nos hablan de religiones, filosofías, sabidurías, pensamientos, que nos hablen de ocultismo, de lo que sea. Nadie, nadie, nadie nunca se ha atrevido a meterse con ese misterio. Y por eso San Pablo, que conocía muy bien esta fe nuestra, decía ahí está, ahí está la exacta de la que podemos agarrarnos, porque eso es Cristo vivo, resucitado de entre los muertos. Nadie nunca se ha atrevido a decirlo de nadie. Solo nosotros lo predicamos de Cristo, porque venció la muerte.

O sea que todas las mentiras, todos los ateísmos, todas las burlas, los ismos, los comunismos y todos los demás ismos han luchado con las estrategias que el mundo tiene, desacreditando, ironizando, burlándose con la indiferencia, con la violencia. Todo se ha intentado contra este misterio de Cristo. Pero como dice el lema de los monjes cartujos: la cruz permanece en pie aunque el mundo se revuelva. La cruz de Jesucristo. El misterio de un amor que llega hasta el extremo. Perfección que sale del sepulcro. El mundo ha intentado destruirla de cualquier manera. Han hecho lo que han querido, han pretendido lo que han querido y no lo han logrado. Hasta hoy y hasta el fin de los tiempos, la noticia de que Jesús murió en la cruz y que resucitó y vive para salvación nuestra, no ha podido ser opacada ni podrá ser opacada por ninguna mentira.

La segunda señal que tenemos de la victoria de Cristo sobre el mundo la tomamos de los exorcismos. Yo no he hecho exorcismos, entre otras cosas porque yo no tengo autorización para hacer exorcismos. Un exorcismo es una cosa muy seria y no hay que hacerlo con motivo de cualquier opinión de cualquier persona. El demonio intenta criticar a Jesucristo. La Cena de Jesucristo. Yo no escucho su voz, pero sí sé el exorcismo que se han hecho. No me refiero a oraciones de liberación. Me refiero a exorcismos. Pues bien, el demonio para atacar a Jesucristo cuando se hace un exorcismo tiene que mentir sobre Jesucristo. Por eso la primera cualidad que tiene que tener un sacerdote exorcista. Yo no soy sacerdote exorcista. Pero la primera cualidad que debe tener es una fe muy clara. Es lo único que se necesita para no dejarse confundir por el demonio. El demonio en un exorcismo intenta atacar a Jesús razonando, obviamente, diciendo estupideces y obscenidades sobre Jesús o sobre la Virgen, o sobre el mismo sacerdote que está ahí. La defensa que tiene el sacerdote exorcista cuando realiza el exorcismo es simplemente decirle al demonio tienes que mentir sobre aquel a quien pretendes atacar, porque lo que él es y quien es él en verdad tiene victoria sobre ti. Esa frase quebranta el poder de Satanás. El demonio puede decir todo género de estupideces sobre Jesús o sobre la Virgen, sobre el Papa, sobre quien sea. Pero para atacar a Jesús tiene que mentir, tiene que decir algo que no es cierto sobre Jesús. Y entonces ya empieza a hablar de alguien que no es Jesús.

Si el sacerdote en el exorcismo le dice al demonio esto, el demonio tiene que tragarse sus propias palabras. Como le decía San Benito que tenía fama, exorcista, San Benito Abad le decía al demonio los exorcismos: Y ahora te tragas tu veneno, porque el demonio para atacar a Jesús tiene que mentir sobre Jesús. Entonces ya no está hablando de Jesús. Es lo mismo que si alguien me dijera a mí, puesto que su papá, don Antonio González, es mi papá, lo que usted me está hablando de mi papá, mi papá no es así. El demonio con Jesús tiene que decir mentiras sobre Jesús y basta con decirle: Estás hablando de uno que no es el Señor de mi alma. El Señor de mi alma vive resucitado de entre los muertos, y no es la mentira que tú estás diciendo. Es increíble el poder que tiene esta verdad para expulsar a Satanás. Claro, el sacerdote se desorienta. Dios nos libre si se deja enredar en las mentiras que está diciendo el demonio. Pero si el sacerdote permanece firme en la fe, en la fe católica, el sacerdote permanece firme ahí. Y si los que están orando con él en el exorcismo permanecen firmes ahí, el demonio no puede hacer nada. Hace ruido. Todo el que quiera puede chillar, bramar, puede hacer lo que quiera, pero no logra confundirle a él, sobre todo en esos momentos. Se cumple la frase de Jesucristo: Yo he vencido al mundo.

Toda esa mentira que se dijo sobre Jesucristo ahí cae. ¿Y qué tiene que ver esto con nosotros? Yo sé que los ejemplos que he traído son un poco extremos. ¿Qué tiene que ver esto con nosotros? Muchísimo. Nosotros como cristianos necesitamos salir al mundo, pero con una consigna si está vencido al mundo, tenemos que salir al mundo con una certeza nos va a tocar ser diferentes. ¿Esto vale para las vírgenes seglares? Claro, ¿solo para ellas? no. Si una pareja quiere vivir el amor según Dios, en la fidelidad, la humildad, la paciencia y el perdón, también tendrá muchas veces que defender su amor de pareja, porque lo que le va a decir la televisión en la mayoría de los casos es disfruta de la infidelidad, disfruta, disfruta de esa, no seas torpe, no perdones, no seas cura, no seas casto, no seas fiel, olvídate eso, cancela eso. Y en esos momentos, casados o solteros, sacerdotes, religiosos, vírgenes, todos tendremos que estar revestidos de esta palabra de Cristo y decir: No, Señor. Cristo ha vencido al mundo. Y aunque me digan que es imposible fundar una familia hoy, yo la voy a fundar. Y aunque me digan que es imposible tener hijos, hoy los voy a tener. Así ha de hablar la persona que se siente llamada a esa vocación. De una manera específica y con esto termino mis palabras. Yo he vivido esta frase que para mí es central. Esta frase es central en lo poco o mucho que yo pueda tener de espiritualidad. Yo he vencido al mundo, dice Cristo.

Cuando yo entro a las comunidades, yo sentía mucho amor por Dios, sentía mucho fervor, sentía mucha alegría. Los comentarios de algunas personas dentro y fuera de mi comunidad son los fervores del que está empezando. Terminé mi noviciado, hice mi primera profesión. Yo estaba enamorado de Dios, apasionado por la causa de Dios, porque acabo de hacer votos. Ya ese fervor se le pasará. Yo hice mi compromiso definitivo con la comunidad, lo que se llama la profesión solemne. Hace diez años asistí con motivo de la profesión solemne. No se vuelve hasta piadoso. Luego vino la ordenación sacerdotal. Hace eso mientras le dura la ordenación para la gloria de Dios. Estoy por completar dieciséis años de haber entrado a esta bendita comunidad. Y yo siento que si me falta, es todavía más amor y más fuego y más ganas de servir a Dios. Y yo sé que siempre habrá un balde de agua fría para los corazones enamorados de Dios. Siempre habrá alguien que tenga la mirada indiferente, burlona y la mueca en la boca. Sí, sí, ya se le pasará. No le creo su fervor. No le creo su amor. En esos momentos yo me acuerdo de Jesucristo y digo: Sí, la alegría mía, Sí, el amor mío dependiera de la opinión de las personas, se me hubiera acabado hace mucho rato. Pero mi alegría, el amor de mi alma, el hogar de mi corazón, no viene de mí, ni me lo dieron ustedes, ni las personas que aplauden a las personas que critican. Me lo ha dado Dios, me lo ha dado aquel que ha vencido al mundo y por eso nadie me lo puede destruir, solo Él y Él quisiera quitármelo, pero Él no quiere separarme de ti, porque Él me dijo: Permanece en mí como yo quiero permanecer en ti. Esto es lo que yo quiero transmitir con todo mi amor a ustedes.

El mundo se va a burlar de nosotros. Las cosas en las que nosotros creemos, las vocaciones, cuanto más tiernas y más delicadas y más puras son, más burla, incredulidad, ataque, indiferencia y balde de agua fría. Pero para esos momentos nosotros recordemos en donde se encendieron nuestras antorchas. Quién le prendió fuego a nuestras almas. Fue el mundo, esa persona que se burla de ti. Fue ella la que te dio la vocación. Esa persona que no te cree, esa persona que tiene chistes de doble sentido sobre el sacerdote, sobre la monja. Fue esa persona la que te dio la vocación a ti. Fue esa persona la que te hizo, la que te salvó. No. Tu Creador se llama Dios, tu Redentor se llama Cristo, tu Santificador se llama el Espíritu, y en él está tu fortaleza. Si tú te vuelves a Él, si tú te unes a aquel que venció al mundo, también tú sin aspavientos, sin pretensiones, sin orgullo de ninguna naturaleza. También tú tendrás la victoria. Yo creo que el Señor lo va a hacer. El Señor nos va a dar la victoria. No porque seamos los mejores, no lo somos. No porque seamos los más grandes, porque tampoco lo somos.

El Señor nos va a dar la victoria porque Él ha querido escoger y el débil, lo pobre, lo sucio del mundo. Dice San Pablo, primera Corintios, capítulos uno y dos. Él ha querido escoger lo que no cuenta para darle una lección a lo que cuenta. Dios ha querido escoger familias humildes, vivas, cuestionables, sacerdotes en entredicho, tal vez personas de las que se podrían decir tantas cosas. Esas personas las ha querido escoger Dios y con amor inefable las va limpiando, nos va limpiando, nos va lavando y Dios va diciendo un mensaje y un día si es su voluntad, ese mensaje penetrará como fuerza de evangelio en muchos lugares para la gloria de él.

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