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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Para tener una verdadera fe en Jesucristo necesitamos tres cosas: la lucha, el valor y la paz.
Homilía p071003a, predicada en 19990517, con 28 min. y 9 seg. 
Transcripción:
Durante este tiempo de Pascua. Hemos escuchado en buena parte los discursos de despedida. Que están en el Evangelio según San Juan. Estos discursos de despedida ocupan los capítulos trece, catorce, quince, dieciséis Y si incluimos la oración última de Cristo, también el diecisiete. Es una abundancia de palabras. Es un torrente de luz que nos permite, que nos ha permitido centrarnos un poco en los surcos del corazón de nuestro Señor Jesucristo. En esas conversaciones, que San Juan nos presenta después de la última Cena. En esas conversaciones, Cristo abre su alma ante los discípulos. Les muestra de las batallas y de las victorias y les da recomendaciones preciosísimas, como por ejemplo el mandamiento del amor mutuo. A imagen de su propio amor. Como por ejemplo, la necesidad de estar en él, de permanecer en él como única, necesaria y suficiente condición de victoria. Y luego también la promesa del Paráclito que este evangelio de Juan llama el otro Paráclito. Porque el que el primer Paráclito es el mismo Cristo. Cristo dice: Yo rogaré al Padre, y él os enviará otro Paráclito. Esa expresión paracletos en griego quiere decir el que ha sido llamado en defensa, el que es aliado en una causa y está ahí como ayudador, como poderoso ayudador. Pues eso es Jesucristo. Pero ahora Cristo se está despidiendo y Él promete que vendrá otro poderoso ayudador que es el Paráclito. Nosotros cristianos, tenemos esos tesoros en el Evangelio según San Juan. Ahí están. Están para nosotros una y otra vez cuando queramos sumergirnos en el corazón de Jesucristo, cuando queramos conocer los sentimientos de Cristo. Podemos ir a estos capítulos del Evangelio según San Juan y ahí tendremos una luminosa contemplación de la ofrenda de nuestro Señor y también del rumbo inicial del rumbo fundamental que Él quiere que tengamos nosotros, que somos sus discípulos. Hay un rasgo que tiene el evangelio de Juan, al cual Evangelio me gusta llamar el evangelio infinito. En este Evangelio, Cristo prácticamente no responde ninguna pregunta. Cristo rebasa las preguntas que se le hacen. Sería un poco largo presentar aquí ejemplos. Pero de pronto es mejor que quede como tarea para ustedes. Busquen ahí, en el Evangelio de Juan, los pasajes en los que alguien le hace una pregunta a Cristo, y ustedes descubrirán cómo Cristo no se deja como agarrar por las preguntas. Cristo en el Evangelio de Juan es el ser más libre. No lo pueden agarrar con preguntas, no lo pueden causar con sus propias palabras, no lo pueden atrapar. Y cuando lo van a atrapar, sujetándolo a la cruz. En este evangelio de Juan, él llama a esa cruz su gloria. No lo pueden encerrar al sepulcro porque se vuela. No lo pueden agarrar a la cruz porque el Padre lo glorifica. No lo pueden atrapar a preguntas porqué la enseñanza del Señor está siempre por delante de las preguntas de sus discípulos y también de las preguntas de sus enemigos. Cristo, en este evangelio de Juan, respira majestad, respira gloria, es majestuoso. No dejaré sin comentar algo sobre esta majestad de Cristo, como aparece, por ejemplo, en la Pasión. Recordemos ese momento del diálogo o de los breves diálogos que tiene Cristo con Poncio Pilato. Cuando Pilato se quiere presentar como el del poder, le dice a Cristo: ¿Y es que no sabes que yo tengo autoridad para condenarte, o autoridad para soltarte?. Como diciendo: Yo tengo poder sobre ti, estás en mis manos. La respuesta de Cristo nos da en una sola frase el retrato de lo que es nuestro Señor en este evangelio. Responde Jesús diciendo: No tendrías autoridad si no me hubieran entregado a ti. Por eso el que me ha entregado. No, no tendrías autoridad si no te la hubieran dado. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor que el tuyo. Mira esa frase del Señor: No tendrías autoridad si no la hubieras recibido. Tú no eres el dueño, ni siquiera de tu puesto de procurador romano. Mucho menos vas a ser mi dueño. Tú no eres el dueño ni siquiera de ese oficio que tienes del que tanto te ufanas. Y luego el que me ha entregado a mí tiene un pecado mayor que el tuyo. Se supone que Pilato era el que podía decir quién era inocente y quién era culpable. Y Cristo se le adelanta y lo trata ya como culpable. El que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor que el tuyo. Ya trató a Poncio Pilato de pecador. Que eres tú el que me va a condenar a mí. Tú eres el pecador y te lo estoy diciendo yo. Ese relato de la Pasión de Jesucristo según San Juan es para leerlo, es para meditarlo desde esta perspectiva. Jesús en el Evangelio de Juan, es un Jesús majestuoso. Es un Jesús que es Señor, que es desde, desde el comienzo hasta el final, expresión de la gloria del Padre. Por eso leemos en el versículo catorce del capítulo primero según San Juan: el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Esa es la parte que a uno le suena más en el oído. ¿Pero por qué no nos acordamos de lo que sigue? Y hemos visto su gloria. Gloria del Hijo único del Padre. Hemos visto su gloria. Cristo en este Evangelio es al mismo tiempo el Verbo en nuestra carne y nuestra carne en la gloria. Las dos cosas para saber quién es Jesucristo. Según este evangelio hay que saber esas dos cosas. No se puede uno quedar solo en que es el Verbo de Dios en nuestra carne. No. Es nuestra carne en la gloria hemos visto su gloria. Y realmente la gloria de Dios es como el perfume, como el aroma de Jesucristo. A lo largo de todo este evangelio. Su aroma, su hálito, su ambiente es la gloria del Padre. Pero hay un momento por antonomasia para esa gloria, y ese momento es el que Cristo llama su hora, y esa hora es la hora de la pasión. Cansados de que Cristo no le respondiera preguntas, los discípulos deciden que ahora sí ya le entienden. Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones. Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten. Por ello, creemos que saliste de Dios. Es que eso de hacer preguntas, eso de hacer preguntas, no es tan elemental como uno se lo imagina. El que hace la pregunta es el que pone el tema. El que interroga es el que es autoridad y el que tiene que responder es el que está bajo esa autoridad. Si en el Evangelio de Juan resulta que Cristo prácticamente no responde ninguna pregunta, este rasgo es fascinante, es extraño, poca gente lo ha notado, pero usted lo puede leer ahí en el Evangelio. Si Cristo obra así, no es porque sea un distraído o un despistado, sino que hay una razón, llamémosla así, teológica, de eso. Cristo no está bajo la autoridad de ninguna pregunta. Y eso lo descubren finalmente los apóstoles en el Evangelio que hemos escuchado para este día. No necesitas que te pregunten. Ahora vemos que lo sabes todo. No necesitas que te pregunten. Por ello creemos que saliste de Dios. Es una de las confesiones más hermosas del carácter mesiánico de este Jesús. Cuando en el mismo evangelio de Juan se presentó esa desbandada de los discípulos, porque Cristo dijo que había que comer su carne y había que beber su sangre, y se presentó una desbandada de discípulos. Desocuparon el local, aunque no era local, porque estaban allá en Cafarnaún. Bueno, se fueron, se fueron, desaparecieron todos. Cuando eso sucedió, Cristo, sin parpadear, les dijo ¿también ustedes se van a ir? Les dijo a los apóstoles. Pedro dijo: A dónde vamos a ir, tú tienes palabras de vida eterna. Esa confesión de Jesucristo, esa confesión del mesianismo de Jesucristo hecha por San Pedro, es como un momento cumbre, una pequeña cumbre, una pequeña gran cumbre dentro de este Evangelio de Juan. Seguramente recordamos también esa escena en los evangelios sinópticos en que Cristo les pregunta: ¿Y ustedes quién dicen que soy yo? Y Pedro dice: Tú eres el Mesías. Y Jesús le aprueba la respuesta Bienaventurado Simón Barjona: Eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Entonces Pedro sacó pecho, miró en torno y les dijo: Se dan cuenta. Ya, ya ven cómo es, qué es. Ya saben cómo es el asunto. Claro que luego el mismo Pedro tuvo una grave equivocación que nosotros los colombianos llamamos una embarrada. Y entonces Cristo tuvo que ponerle también en su sitio. Dicen los apócrifos que Pedro no volvió a hablar como en tres días. El hecho es que en los sinópticos, cuando Pedro acierta y dice lo que tiene que decir, Jesús le aprueba. Aquí en San Juan hay un texto parecido. Por ello creemos que saliste de Dios. A eso no es poco decir. Mire, ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones. Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten. Por ello creemos que saliste de Dios. Si ahí parará la película y le dijeran a uno: A ver, continúe usted. ¿Qué pasó?. Uno acostumbrado a los sinópticos, uno diría: Y Jesús, levantándose de su sitio, le dio un abrazo a cada uno y le dijo buena esa buena, ahora sí, ahora sí entendieron, ahora sí captaron. Pero este evangelio de Juan está lleno de sorpresas. Como ustedes ven, yo estoy recomendando que se enamoren del Evangelio de San Juan. Ellos dicen con tono solemne: Por ello creemos que saliste de Dios. Respuesta de Cristo ¿Ahora creéis? Entre eso y un balde de agua fría no hay demasiadas diferencias. ¿Ahora creéis? Pues mirad, está para llegar la hora, dice Cristo. Mejor ya llegó en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Hay un terrible desfase entre la manera como hablan los discípulos, que nos puede parecer respetuosa, nos puede parecer como piadosa, y la manera como responde Cristo una manera seca, desengañada, incluso podríamos decir pesimista. ¿Ahora creéis? Dónde vemos que Cristo sigue siendo el que tiene control de la situación. Cristo sigue siendo el que sabe en dónde están los corazones. Ahora creemos que saliste de Dios. ¿Creéis? Responde Cristo. ¿Seguro que creéis? Convencidos, aténgase. Ha llegado la hora en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Pero no estoy solo porque está conmigo el padre. Os he hablado de esto para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas, pero tened valor. Yo he vencido al mundo. Bueno, ya que tenemos el tiempo, gracias a Dios, ya que no estamos de afán, pues detengámonos a meditar un momento, eso tan extraño. Meditemos por un instante eso que se nos está diciendo ahí. A usted no le parece de lo más raro que los discípulos hagan semejante profesión de fe. Tú lo sabes todo. A ti no hay que preguntarte nada. Tú saliste de Dios. Y resulta que que Cristo le responde ¿Ahora creéis? ¿Qué le faltaba a ellos? Qué faltaba a ellos para que realmente se fuera un acto de fe, porque el verbo que ellos utilizan es creer. Ahora creemos que saliste de Dios y lo que Cristo les dice es ¿ahora creéis? O sea que ellos hacen una profesión de fe y Cristo se las desmiente, se la desmiente. Ahora creemos, dicen ellos. Dos veces aparece la hora en la boca de los discípulos y en la boca de Cristo. Y dos veces aparece el verbo creer en la boca de los discípulos y en la boca de Cristo. Mira lo que ellos dicen. Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten por ello. Creemos resumiendo la frase lo que ellos dicen es: Ahora creemos que saliste de Dios. Y la pregunta de Cristo es: ¿Ahora creéis? Ahora, el problema es el ahora creemos. Ellos están diciendo ya creemos el sentido de ese ahora que debe ser nyn en el texto griego el sentido de ese ahora es ya. Ellos se graduaron ya, ellos se declararon graduados en fe. Estamos graduados, le dicen a Cristo. Me imagino la sonrisa de ellos. Estamos graduados. Y Cristo los mira de arriba abajo. Y lo que les hace ver es que todavía no estaban maduros. Como dicen las señoras en la cocina. Les faltaban varios hervores, varios hervorsitos. Eso no estaba todavía, no están todavía listos, no están todavía maduros. Ellos querían graduarse rapidito. Al fin y al cabo, estamos con él a toda hora. Le hemos oído. No le hemos perdido palabra. Hemos visto todos los milagros. Ya estamos listos. Ya nos podemos graduar. Lo que nos faltaba era ver al padre. Pero ya el que lo ve a él ve al Padre. ¡Listos!. Cristo, queremos decirte que estamos graduados. Hemos entendido, hemos comprendido, sabemos, vemos, estamos listos. Y Cristo lo que les dice es que. ¿Qué, que, qué? ¿Qué? Que los graduó ¿quién? Si están graduados que ya acabaron. Si no han empezado. Ya acabaron y no han empezado. Déjense de bobadas, de que ya creen. Aprendan que van a tener luchas. Pero aprendan de dónde va a venir la paz. Eso es lo que les está diciendo Cristo. ¡Listos! Ya estamos listos. Nos hemos graduado. Se graduaron sin combate. Se graduaron porque tienen algunas ideas claras en la cabecita. Pero ustedes no tienen obras luminosas. Ustedes no tienen las obras de la fe. Ahora creemos, dicen ellos. Y Cristo los cuestiona. ¿Ahora creéis? ¿Qué le faltaba? ¿Qué le faltaba al acto de fe de ellos? Yo creo que ya podemos responder es lo que sigue. En el mundo tendréis luchas, pero tener valor. Y antes ha dicho: Os he hablado de esto para que encontréis la paz en mi. Para que encontréis (eso habla de futuro). Tendréis lucha. (Eso habla de futuro). Tened valor. (Eso habla de futuro). O sea que a la fe de los discípulos les faltaban tres créditos para poderse graduar. Les faltaban tres detallitos. Luchas, valor y paz. Todavía no se podían graduar. Ya tenían más o menos las ideas claras en la cabecita o cabezota según el caso. Ya tenían esas ideas claras ahí. Bueno, ya más o menos sabían cómo era la cosa. Qué Cristo salió del Padre. Que el Padre lo envió. Que no es para condenar, que hay que permanecer en Cristo. Ya tenemos todo el andamiaje en la cabeza. Ya entendemos en nuestra cabeza. ¡Listos! Cristo dice bueno, ese andamio de ustedes está bonito, pero es de merengue, ese no sirve. Ni crean que con esa fe van a ir hasta la esquina. Esa fe de poco sirve. Apenas llegue la primera prueba van a salir corriendo. No sé si tengo un grupo de discípulos o un corral de gallinas. Ustedes van a salir huyendo. Si, ustedes tienen una fe bonita, pero es una fe de merengue, una fe de merengue. Y resulta que vienen tres créditos que les hacen falta, les hacen falta las luchas, les hace falta tener valor en la lucha y les hace falta conservar la paz cuando tengan valor en la lucha, mientras no hayan llegado esos tres créditos. Ustedes lo que tienen es un precioso andamiaje de merengue. Yo creo que estas palabras de Jesucristo nos pueden servir a muchos de los católicos, Muchos porque tal vez por estar cerca de las cosas de Dios, tal vez por estar cerca de la gente piadosa, tal vez por nuestros amigos sacerdotes o por nuestros amigos fervorosos, nosotros podemos hacernos la ilusión de que tenemos muy grande fe. Y entonces nosotros tal vez le podemos decir a Cristo Ahora creemos. Nosotros sabemos que tú saliste de Dios y entonces Cristo nos dirá otro que se gradúa él solo. Otro que se gradúa el solo. Y cuando llegue la lucha, ¿qué va a quedar de usted? ¡Ah! ¿Qué tal estos soldados? Estos soldados con armadura de hojaldre. Esos somos muchos de los católicos soldados con armadura de hojaldre. Por ejemplo, toda esta gente que uno la ve tan fervorosa. Por ejemplo, en los grupos, en los cenáculos, en los rosarios, una gente toda fervorosa, fervorosa arden en el amor de Dios. Luego llegan a su trabajo, o su universidad o a donde sea. Los miran feo, ya niegan la fe. No, no, no, no es que tampoco. Lo que pasa es eso. Son unos rosarios por ahí que yo no entiendo. No es que sea no, yo fanático no es que vaya a ser fanático. Bueno, yo soy una persona normal. Como todo el mundo. Como todo el mundo. No me excluyan. La cantidad de católicos que viven obsesionados con que no los excluyan de sus grupos de amigos. No me excluyan, no me excluyan. Yo he visto traicionar a Jesucristo por eso, por no perder los amigos. Pero mientras tanto. Yo creo. Yo creo. Sí. ¡Uh! Creo, para creer yo estoy graduado. Doctorado y postdoctorado. Está buena la ironía, llamémoslo así. La palabra fuerte, el balde de agua fría de Cristo. Ahora creéis, pues, que se vea en las luchas y que se vea con el valor. Pero atención, que se vea la paz en el valor dentro de la lucha. Si esas tres cosas se ven, si cuando llega la lucha fuerte también hay valor fuerte y se conserva la paz fuerte. Entonces tal vez se puede decir que verdaderamente creemos. Mientras no llegue eso, lo mejor es decir lo que decía un amigo mío hace muchos años, un muchacho que vivía en mi mismo barrio, un muchacho que había tenido todo tipo de problemas y él intentaba salir de sus problemas, intentaba levantarse y caía. Problemas laborales, problemas de salud, problemas con los vicios, problemas con la familia, problemas. Él podía llamarse Pepe problemas. ¡Qué hombre! Para tener problemas por todas partes. Pero todos veíamos también que él se esforzaba que él intentaba, un día, delante de un grupito de oración en el que estábamos, a él le tocaba dar un testimonio la mayoría de los que estábamos ahí sabíamos de la vida de este hombre y de sus recaídas y de cómo había hecho amarga la vida, especialmente a su propia familia. Y dijo este muchacho. Él no dejó de dar el testimonio. Dio testimonio. Pero mire el testimonio que él dio. Yo quiero decirle a Dios que yo quiero creer, y quiero decirle a Dios que yo quiero creerlo. Eso es lo que yo puedo decir por hoy. Ese fue el testimonio de ese muchacho. Me pareció más sincero que tantas y tantas otras palabras que tal vez yo mismo o tantas otras personas hemos dicho. Hoy se nos invita a la humildad, se nos invita a reconocer el tamaño de la lucha y se nos invita a acudir a Jesucristo, el único en que podemos encontrar paz, el único en quien nuestra fe puede tener su verdad y su fortaleza.

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