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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Aprender a ser íntimos de Jesucristo.
Homilía p071002a, predicada en 19980525, con 35 min. y 10 seg. 
Transcripción:
Las palabras que le dicen los discípulos a Jesús. En el Evangelio de Juan que acabamos de escuchar, capítulo dieciséis Son palabras, profundas, bellas, fecundas. Dicen ellos a él: Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones. Y dicen también: No necesitas que te pregunten, ahora creemos que saliste de Dios. Estas palabras se encuentran después de que Jesús les ha llamado amigos. Vosotros sois mis amigos. Ya no sois siervos, sois amigos. Y esa relación, esa confianza de amigos, suscita este comentario de los discípulos en la conversación que tienen en esa cena de despedida, en esa última cena. Yo le estoy pidiendo internamente al Espíritu Santo que abra nuestra inteligencia y nuestro corazón para el sentido profundo y bello que tiene esto. Son dos cosas. Primera, ahora ya no utilizas comparaciones. Y segunda, no necesitas que te pregunten. ¿Qué quiere decir eso de hablar claro o de no necesitar comparaciones? ¿Y yo quiero decir eso, no necesitas que te pregunten?, ¿Y qué quiere decir eso, ahora creemos que saliste de Dios? Yo me atrevo a decir que esta es una de las más grandes escenas de toda la historia de la humanidad. Esta, esta que acabamos de escuchar. Cuando el grupo de discípulos le dice a Jesús: ahora ya no estás utilizando comparaciones y cuando le dice: ahora ya no necesitas que te pregunten. Esas palabras las dice el amigo de Jesús, aquel que ya no es un esclavo, un asalariado, un empleado, no un visitante. Ahora es amigo de Jesús y en la intimidad de la amistad puede decir: ahora me estás hablando claro, y puedo decir: ahora no tengo nada que preguntarte. Eso quiere decir que para mí, para mi gusto, para mi conocimiento, este es el Evangelio que retrata mejor y que retrata más plenamente lo que significa ser íntimo de Jesucristo, lo que significa ser amigo de Jesucristo nos da un criterio como una medida para que descubramos qué es ser íntimo de Jesucristo. Y si repasamos el encuentro que estamos culminando ahora precisamente con esta Eucaristía, sabemos que la raíz y la fuente de todo lo que se pide de un servidor, de todo lo que se pide, de un predicador, de un misionero, lo único que se necesita para alcanzar todo lo que nos han dicho en todas las predicaciones es solamente una cosa, ser íntimo de Jesucristo. El que es íntimo de Jesucristo, el que es amigo de Jesucristo, ese vivirá en plenitud, lo que significa servir a la Palabra de Dios, servir a la gloria de Dios y servir al pueblo de Dios. Porque esos son como los tres grandes servicios que nosotros tenemos; servir a la Palabra de Dios, servir al pueblo de Dios y servir a la gloria de Dios. Pues bien, para alcanzar esa vocación de servidores, solo una cosa es necesaria: ser íntimo de Jesucristo. El que permanece en él no peca, dice San Juan en su primera carta. ¡Esto es maravilloso! Permanecer en él significa tener victoria sobre el pecado. Significa que nuestras antiguas culpas y mañas ya no van a tener poder sobre nosotros. ¡Esto es maravilloso!. Pero más allá de la victoria sobre el mal, está todo lo que significa recibir directamente de él la fuerza, la gracia, la alegría, el testimonio y también los carismas, para que el pueblo de Dios se ha edificado en el amor. Es decir, que todo lo que se pide de nosotros es una sola cosa; que aprendamos, que descubramos cómo ser íntimos de Jesucristo. Porque el que es íntimo de Jesucristo lo tiene todo, y el que no es íntimo de Jesucristo traicionará y caerá. Esta es casi la escena más gloriosa de la Biblia. Sin embargo, se rompe bruscamente porque después de que ellos han dicho: Ahora creemos que saliste de Dios, Jesús se muestra desconfiado. Ahora creéis que llegará la hora en que me dejéis solo. Pero bueno, aunque no eran perfectos, habían alcanzado una cima muy alta, una cima de intimidad con el Señor. Y a mí me parece que nosotros estamos llamados a pasar por esa intimidad con Cristo. Sobre este tema de la intimidad, o mejor, de ser íntimo de Jesucristo, no se predica mucho. De una tentación que tiene un predicador, es hacer de Jesucristo como una especie de biblioteca, o de dispensa, o de disco duro o como se quiera comparar. Del cual yo saco material para decirle a otras personas. Yo tomo de Cristo y le doy a otras personas. Esto es hacer labor de correo. Esta todavía no es, esta todavía no es la verdadera vocación de predicador. El predicador, el servidor de una comunidad de oraciones, está llamado a ser alguien que habla de tal manera que Jesús mismo se hace presente. No se trata de que hable de Jesús, sino de que hable Jesús. No se trata de contar una historia sobre él, sino de que Él se haga historia. No se trata de que él sea una luz para nosotros, sino que el mismo predicador sea luz. Vosotros sois luz y sal de la tierra. Pero esto significa la intimidad con Jesucristo. La intimidad con Jesucristo, de acuerdo con este pasaje del capítulo dieciséis del Evangelio de Juan, tiene dos rasgos para que sepamos qué es ser íntimo de Cristo, dos rasgos, pero dos rasgos extrañísimos. Primero, ellos dicen: Ahora no utilizas comparaciones. Y segundo, tú no necesitas que te preguntemos nada, ahora creemos que saliste de Dios. Cuando una persona puede decir estas dos cosas, quiere decir que es íntimo de Jesucristo. Pero hay un detalle. Cuando ellos dicen esto; en la cena de despedida, según el evangelio de Juan, Cristo les ha dicho: Vosotros estáis ya limpios por las palabras que os he dicho. Y también en el capítulo diecisiete que va después de esto, Jesús ora y le dice al Padre Celestial: Yo los guardaba, yo los cuidaba. O sea que la plenitud de la santidad está en ser íntimo de Jesucristo y en vivir en el Espíritu Santo, recibir, acoger la gracia del Espíritu Santo. Pero no voy a predicar sobre la venida del Espíritu Santo, sobre la fuerza del Espíritu Santo, sino sobre lo que significa ser íntimo de Jesús, porque ahí está la clave de todo. Lo que sigue adelante es que con el Espíritu Santo, eso que usted comprenda hoy se va a realizar y va a permanecer en usted. Son dos palabras muy extrañas las que utilizan los discípulos. Ahora no utilizas comparaciones. Preguntémonos qué querían decir ellos con eso y preguntémonos qué quiere decir eso otro que le dicen al Señor. No necesitas que te pregunten, porque esos son los dos rasgos del que es íntimo de Cristo. El que quiera meditar la Escritura, dicho sea entre paréntesis, debe acostumbrarse a preguntar muchas veces como una oración en los labios Señor, ¿qué quiere decir esto? Cuántas veces hemos pasado por encima de estas palabras. Hoy queremos. Hoy pedimos a Dios que nos abra su sentido, que nos ayude, que nos ilumine, que nos muestre cuál es el sentido. Dijeron los discípulos a Jesús ahora sí. O sea que antes no. ¿Qué querían decir ellos con eso de ahora? Sí utilizas. Ahora sí hablas claro. ¿Cómo era antes? Pues recordemos lo que fue la predicación del Señor. ¿Cómo era la predicación del Señor? Él decía continuamente: El reino de Dios se parece a. El reino de Dios se parece a un hombre que echó semilla en un campo. Y esté dormido o despierto, la semilla crece. O el reino de Dios se parece a una perla o se parece. Pero cuando va a decir lo que sí es, No, a qué se parece sino ¿cómo es? ¿Cómo es el reino? Porque él siempre decía sus comparaciones y normalmente las comparaciones no se las entendía nadie, porque a los de fuera, como dice el evangelio de Marcos, todo les quedaba en enigmas y a los de dentro, a los discípulos se les quedaba la oportunidad de preguntarle. Ahí está la clave para lo segundo. Jesús decía una comparación y como no le entendían la comparación, entonces le preguntaban ¿Oye, qué quiere decir? Le preguntaban allá en privado, dice la escritura; en privado le preguntaban ¿qué quiere decir esa parábola del sembrador? O sea que fíjate que las dos cosas van unidas, van unidas. El que ya no necesita comparaciones, tampoco necesita que le pregunten, porque precisamente lo que suscita la pregunta es una comparación. Señor, si el Reino de Dios es como una perla escondida, ¿cuál es la perla que yo he encontrado, entonces eso cómo se aplica? Y si él dice que uno tiene que vender todo eso, ¿qué quiere decir? ¿que yo tendría que dejar mi trabajo? Cuando se dice una comparación, surge una pregunta. Pero los discípulos dicen: Ahora sí que hablas claro. No utilizas comparaciones. Y ahora ya no tenemos que preguntarte esto quiere decir que en el momento de la cena, en el momento de la Última Cena, Jesús reveló lo que era el Reino, lo reveló sin comparación, sin utilizar comparaciones. Y los discípulos se dieron cuenta de que estaba hablando claramente. Y entonces dijeron: Ahora sí hablas claro, y ahora sabemos que saliste de Dios. Bueno, ahí vamos comprendiendo poco a poco. Estoy haciendo un ejercicio con ustedes en este momento de lo que se llama lectio divina, una meditación en voz alta sobre un pasaje de la Biblia: cuando hay tiempo, pero sobre todo cuando hay amor como el que hay en ustedes. La homilía se puede volver lectio divina. Pero sigamos. Ya sabemos la relación que hay entre las comparaciones y las preguntas. Pero esto suscita inquietud en nosotros. Suscita por lo menos tres inquietudes. Primera, si Jesús podía hablar claramente del Reino de Dios, ¿por qué se pasó la vida diciendo parábolas, comparaciones? ¿Por qué no lo dijo desde el principio, claramente las cosas? Esa es una pregunta que uno se puede hacer. Y algunas veces hay personas que le preguntan a uno también así. A ver, Fray, usted habla de primeras y segundas y terceras generaciones. Usted habla de un camino de santidad. Explíqueme a ver ¿qué es la santidad?. Diga pero concretamente, ¿qué es aguantar? ¿resignarme, qué es? Explíqueme. Entonces una primera inquietud es; si Jesús podía hablar claro, porque se ve que podía hablar claro. ¿Por qué hablaba con comparaciones? ¿Por qué? Esa es una primera pregunta que nos hacemos. Segunda pregunta que nos hacemos es ¿por qué Jesús empieza a hablar claro cuando ya se va a ir? Estamos en la última cena. Estamos a contados minutos, a minutos de que salgan para Getsemaní y de que Judas Iscariote lo entregue a la policía de los sumos sacerdotes. Que lleve la cruz que la muerte. ¿Por qué empezó a hablar claro tan tarde? Él mismo lo reconoce. Ahora creéis, pues mirad, está para llegar la hora. Mejor, ya ha llegado. ¿Por qué Jesús? ¿Por qué empezaste a hablar claro cuando ya había llegado la hora? Cuando ya llegó la hora de la persecución, de la tortura. Hay tiempo de explicar las cosas. Pero si ya se iban a ir. Mire en el Evangelio de Juan, después de estas palabras que hemos escuchado ya, lo que sigue es una oración que hace triste en el capítulo diecisiete Y se acabó, se acabó. A la cruz, al sepulcro y, claro, a la Pascua y a la gloria. Entonces uno se pregunta ¿Por qué Jesús obró así? ¿Por qué hasta última hora empezó a hablar claro?. Y en tercer lugar, la otra pregunta ¿Por qué si ellos vieron que Cristo había salido de Dios, por qué el mismo Cristo desconfía de la fe de ellos? ¿Es que acaso podían confesar una fe más, más abiertamente que lo que dijeron? Le dicen: Ahora creemos que saliste de Dios. Y Cristo le responde ¿Qué creen? ¿Qué creen? ¿Ahora creéis? Está para llegar la hora mejor ya llegó, en que seáis de cada uno por su lado y me dejáis solo. Pero no estoy solo. Estoy con el padre. ¿Por qué Cristo tuvo que utilizar comparaciones? ¿Por qué habla? Habló claro solo al final. Y por qué los discípulos, aunque confesaron su fe y luego lo traicionaron. Esas son nuestras preguntas y con la ayuda del Señor queremos responderla, porque nosotros queremos ser íntimos de Jesucristo. Además, hay un detalle solo el que es íntimo de Jesucristo comprende los misterios de la Cena. El que no es íntimo de Jesucristo, así diga con sus palabras que cree en la presencia de Cristo en la Eucaristía. Se le escapa el misterio de la Eucaristía. Oigalo bien va a ser solamente otra comparación. ¿Me está entendiendo lo terrible que es esto? Aunque usted diga como católico, yo creo que Cristo está presente en la Eucaristía. Si usted no es íntimo de Jesucristo, la Eucaristía va a ser solo otra comparación. Va a ser en el fondo solamente símbolo. Nuestra primera inquietud es ¿por qué Jesucristo? ¿por qué Jesucristo habló en comparaciones y también podía hablar claramente?. A esto hay que responder drásticamente mis amigos. Jesús se quedó sin decir sus mejores palabras. Jesús se quedó sin predicar sus mejores sermones. Esto hay que decirlo abiertamente. Jesús no dijo todo lo que sabía. No dijo, eso no es un invento mío. En la Eucaristía y algunos días pasados lo estábamos oyendo, Jesús les dice muchas cosas más tendría para deciros pero no podéis descargar con ellas. Jesús habló con comparaciones. Comparaciones que despertaban preguntas porque los discípulos no tenían manera de cargar con su enseñanza. Como quien dice Jesús, primero tuvo que hacerlos capaces de cargar la enseñanza para luego darles la enseñanza. El problema no está en la boca de Jesús, sino en los oídos de los discípulos. Jesús tuvo que utilizar comparaciones porque primero tenía que prepararlos a ellos. ¿Y en qué consistía esta preparación? Si nosotros lo miramos bien, Jesús los estaba preparando no solamente con sus palabras, sino con todo lo que hacían, con sus milagros, sus sanaciones, con sus exorcismos, con sus predicaciones, Jesús los estaba preparando a ellos. En cambio, cosa curiosa, en la Última Cena, Jesús no hace ninguna sanación. No puede llamar a Bartolomé, que está un poco agripado y le dijera Bartolomé, vamos a sanarte aquí en medio de todos ellos. Jesús no hizo eso, no quitó un dolor de cabeza a ninguno de ellos. Jesús no hizo ninguna sanación. No expulsó a ningún demonio, no hizo ningún prodigio, no calló la tempestad y las olas. Jesús no hizo nada de eso. Esto quiere decir que todas esas otras cosas, todos esos otros milagros y prodigios y exorcismos, todas esas cosas, en cierto modo eran una preparación. ¿Y en qué consiste la preparación? Preparar a las personas. ¿Cómo nos hace capaces para luego soportar esas palabras? Porque él dice: Ya no les voy a hablar más porque no soportan más. No pueden cargar más. ¿Cómo es eso? ¿Cómo es que Cristo nos prepara para cargar más? Cristo nos prepara para cargar más, sacándonos de nuestros intereses. Durante todo su ministerio público, Jesús estuvo al ritmo de las necesidades de las personas. Desde un ciego. Bueno, vamos a sanarlo. Mira, mira, aquí hay un paralítico, vamos a curarlo. Aquí te traigo a mi hijo que está poseso, vamos a liberarlo. Mira, mira que nos hundimos, cálmese la tempestad. Jesús, durante todo su ministerio público estuvo al ritmo de las necesidades de los demás. Y mientras nuestras necesidades marquen el ritmo de la relación con Cristo, no somos íntimos de Cristo. Esta es una afirmación tremenda, tremenda. Mientras el ritmo de mi relación con Cristo sea el ritmo de mis necesidades, de mi mundo, de mis expectativas, entonces Cristo estará al ritmo de mis expectativas, pero no podrá decirme sus palabras de amor, no podrá revelarme los secretos últimos de su corazón. Porque Jesús es. No voy a decir como una persona, sino la persona más servicial del universo. Y si Jesús ve que tú estás necesitando algo y que tú pones por delante tu necesidad de tu interés, Jesús va a responder en primer lugar a tu necesidad y a tu interés, y lo de él no lo va a decir. Imagínate, por ejemplo, un médico. Imagínate un médico que está preocupado porque su hijo menor va muy mal en el colegio y en ese momento llegas tú con un dolor salvaje, por un cálculo que tienes en la vesícula. El médico deja de lado su problema familiar, se olvida del niño que es mal estudiante y se dedica a tu dolor. El médico no habla de sí mismo, habla de ti, habla de tu problema, habla de tu necesidad. Y eso fue lo que Cristo empezó a hacer. El ministerio público de Cristo fue exactamente eso. Mira que aquí hay un ciego, que aquí un sordo que ayúdame aquí, que perdóname acá. Ahí estuvo Cristo como un médico en una inmensa, inmensa, gigantesca sala de urgencias, atendiendo y atendiendo y atendiendo gente. Y ahí Jesús no estaba hablando nada de Él, de lo que pasaba en Él. Porque hay que saber que el corazón de Cristo es el primer lugar donde Dios reina, y por consiguiente, mientras no se abra el corazón de Jesús, no sabremos cómo es el Reino de Dios. Pero Jesús no puede abrir su corazón mientras tú le impones el ritmo al corazón de Cristo. Y tú le impones el ritmo al corazón de Cristo, cuando son tus necesidades, tus problemas, tus cuestiones, las que importan, incluso tus alabanzas, tus sentimientos, tus agradecimientos. Por favor, quién tiene tiempo para sentarte junto a Jesús y decirle tú. Todo el tiempo Jesús, hemos hablado de mí que me duele la rodilla, me duele el corazón, me duele mi papá, me duele mi abuelito. El pecado intergeneracional. El mundo que se pudre todo el tiempo. Hemos estado hablando de nosotros. Quién tiene tiempo para sentarte junto a Jesús y decirle: Jesús y a ti. ¿A ti qué te duele? ¿Tú qué esperas? ¿Tú qué anhelas? ¿Tú, Tú, Tú qué deseas? ¿Cuál es tu proyecto? ¿Cuál es tu estilo? Seguramente algunos de los aquí presentes hemos tenido sentimientos así, pero no, no, no basta el solo sentimiento. Hay que tener el tiempo. El tiempo para que él hable a su propio ritmo. Porque si no llega donde Jesús y le dice Jesús: dime una cosa, ¿tú qué quieres del mundo? porque yo por lo menos me siento tan deprimido. Entonces ya Jesús se va a fijar en tu depresión y no va a abrir su corazón. Jesús, qué es para ti buscar la gloria del Padre. Yo estaba desorientado. Entonces Jesús se va a solucionar tu desorientación. Ustedes no entienden lo que estoy diciendo. Solo el que es contemplativo en sentido pleno logra entender el reino de Dios sin comparaciones. Solo el que se acerca a Jesús para decirle Señor, lo que tú quieras, como tú quieras, tu voluntad y tu plan. Tú dispondrás de mí. Haz lo que quieras conmigo. En cierto sentido, no importa yo, mejor dicho, ya sé que te importa demasiado y que tú harás conmigo lo que quieras. No importo yo. Importas tú, Señor. Pero dime pronto. Cuando tú dices dime pronto ya apareció tu afán. Entonces Jesús se mete a solucionar tu afán y ya no se habla de Él. No le pongas ninguna, ninguna, ninguna condición, ninguna, ninguna. Acércate donde Él para hacer solamente, solamente, solamente amigo, solamente y que Él hable como Él quiera, cuando Él quiera, para lo que Él quiera. Ese fue el milagro que se dio con los apóstoles aquí, y cuando por fin ellos se pudieron sentar y no le pidieron ningún milagro y no le pidieron ninguna liberación y no le pidieron ninguna sanación y no le pidieron ningún exorcismo. Solo en ese momento, solo en ese momento, Jesús pudo contar lo que era el Reino de Dios. Hay una cosa muy interesante. Ellos dicen: Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones. Es que la claridad más grande de Cristo es el propio Cristo. Cuando Jesús abre su propio ser, entendemos qué es el Reino de Dios, pero nosotros no vamos a entender el Reino de Dios mientras sean nuestras necesidades las que marquen el ritmo de la relación con Jesucristo. Los discípulos pudieron dejar de lado sus necesidades. Estaban simplemente ahí, oyéndolo. ¿Te imaginas la escena? Por favor, ¿Te imaginas la escena? Estaban ahí, ahí oyéndole. Dejando que el corazón de su amigo, de su maestro y su señor se expandiera, se derramara en amor, en luz. No estaban como pidiendo nada, estaban simplemente escuchando y amando ese corazón así. Ese es el que conoce a Cristo. Las otras personas que habían recibido de él milagros sabían de sus milagros, pero no sabían de Él, de Él no sabían. Si una persona había estado ciega y había sido sanada. Sabía que sus ojos habían cambiado. Pero el misterio de Cristo queda allá, como en la penumbra, cómo lejos. Esto quiere decir que la verdadera vocación de un servidor, de un predicador, es una vocación de contemplativo. ¿Y quién es un contemplativo? El que tiene amor, escucha y tiempo para estar con Jesús, para que Jesús abra su alma, para que Jesús declare su corazón al ritmo que quiera, como Él quiera. El que está ante Jesús así y lo contempla así, ve sin comparaciones qué es el Reino de Dios. Porque en realidad el Reino de Dios es Jesucristo, ¿en donde reina Dios? en Cristo. Cuando uno ve esa escena, Cristo, atención a Cristo, no la solución de mi problema. Cuando uno ve a Cristo como la solución del problema de uno, entonces uno está viendo ese el problema de uno y la solución de uno no es Cristo. Pero cuando uno por fin ve a Cristo, a Cristo y se sienta con este amigo, con estos amigos, a oírlo, que diga lo que tiene que decir. Ningún discurso tan largo en toda la Biblia, en un discurso tan largo de Jesús en toda la Biblia como estos discursos de la Última Cena. Pero el libro del tamaño empieza en el capítulo trece del Evangelio de Juan y llega hasta el capítulo dieciocho del trece al diecisiete. Son cuatro capítulos donde Jesús se puso a hablar de la llegada del Paráclito, que él era la vid verdadera. Se puso a hablar de lo que era permanecer en Él y dar fruto. Por fin pudo hablar Él no es lo que la gente quería oír, sino lo que Él quería decir. Comprendemos lo que es ser contemplativo. Es lo que él quiera decir, no lo que yo quisiera oír. Es lo que él me quiera dar, no lo que yo le quiera pedir. Es lo que él vaya a realizar, no lo que yo quisiera que él realizara que él hiciera por mí. El que obra así llega a ser plenamente contemplativo y ya no tiene que hacer ninguna pregunta. Ellos deleitados en su corazón, saciados en su alma, le dicen: Ahora sí que hablas claro, ya no necesitamos preguntarte nada. Y cuando Jesús aparece ante nosotros, cuando aparece el misterio de Cristo, qué aparece, Dios revelándose en él. De manera que un contemplativo, un verdadero contemplativo, ve a Cristo, y en Cristo ve a Dios tanto como puede ser visto en esta tierra. Eso es ser contemplativo. El que ve a Cristo, así, con mirada de amigo, con tiempo, con escucha, con desinterés, con amor, ve el misterio de Cristo y ahí ve a Dios hasta donde puede ser visto en esta tierra, que desde luego no es la plenitud última que se les alcanza en los cielos. Esto es grande, mis amigos. Y de esta fuente se alimenta el verdadero predicador, el verdadero sacerdote, el verdadero servidor. Nos hace falta una última inquietud. Y si estos hombres eran tan contemplativos, ¿cómo fue que lo traicionaron? Mira, estaban en la cima de la contemplación. Estaban ahí con él y con él, recibiéndole y bebiendo sus palabras, alimentándose de él. ¿Cómo fue que unas horas después lo negaron, lo traicionaron? Fue porque faltaba el don del Espíritu Santo. Solo el Espíritu Santo logra imprimir en nosotros, dejar en nosotros una presencia tan plena de Cristo y tan permanente de Cristo. Una inhabilitación hacen morada en nosotros las divinas personas. Solo por el don del Espíritu Santo, Dios habita en nosotros, de modo tal que esta contemplación no sea un accidente. Hay una contemplación por accidente. Que esta contemplación no sea un accidente, sino sea la manera de vida. Esto es ser santo y esto es ser fecundo. Mis amigos, estamos celebrando la Eucaristía. Si nosotros somos contemplativos, si nosotros tenemos el tiempo y el amor. Si nosotros estamos como estos discípulos dispuestos así a acoger, entonces va a aparecer como Cristo sale de Dios. Podemos decirlo antes de que suceda, para que cuando suceda, sepamos que Él lo ha hecho. Este pan salió de la tierra, pero Cristo sale de Dios delante de nosotros, ante nosotros, vamos a ver cómo Cristo sale de Dios, cómo se presenta. ¡Cuántos misterios nos revela! Y cuando veamos así, con ojos contemplativos a Cristo, y ya no esté pan. Cuando eso veamos, cuando lo estemos mirando. Ninguna comparación nos va a servir. Ninguna comparación será necesaria. No tendremos que preguntar nada. Simplemente entenderemos todo. En el infinito acto de admiración y amor ante la Eucaristía, vamos a entenderlo todo. Decía una escritora, creo yo, francesa. La admiración no hace preguntas. Con admirar comprende con un infinito acto de admiración, con un perfecto acto de contemplación y de amor. Ya no se necesita hacer ninguna pregunta. Ahí miramos a Dios reinando. Vemos a Cristo saliendo de Dios. Permanecemos en Él y Él en nosotros. ¡Qué alegría creer en Él! ¡Qué bendición ser discípulos! ¡Qué gozo para nosotros celebrarlo!

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