Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La verdad plena es la que trae verdadera libertad y bendición. El Espíritu Santo nos guía hacia ella cuando abrimos el corazón a su gracia.

Homilía p063019a, predicada en 20260513, con 7 min. y 43 seg.

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Transcripción:

Uno de los grandes científicos que Francia le ha dado al mundo es Louis Pasteur. Louis Pasteur ha dejado su nombre unido a algunos procedimientos de salud y procedimientos industriales que tú reconoces si te digo, por ejemplo, de leche pasteurizada, ese es el apellido de este científico. O si tú oyes en general de la pasteurización. La teoría que desarrolló Louis Pasteur sobre los microorganismos marcó un antes y un después en la biología, en la fisiología, en la salud, en la farmacia, es decir, es impresionante el impacto de este hombre tan sabio.

Bueno, pero además de ser un hombre tan sabio, era un hombre muy creyente. Y hay una frase que se atribuye a Louis Pasteur, que yo creo que viene muy bien con el Evangelio de hoy. Esa frase es: Poca ciencia aleja de Dios, mucha ciencia te acerca a Él. Que esa frase la diga cualquier persona ya parece interesante, pero que lo diga un hombre que marcó tanto la historia de la ciencia, no solo en Francia sino en el mundo, yo creo que tiene un impacto mayor. Así que ese es Louis Pasteur. ¿Por qué estoy recordando a Louis Pasteur? Porque el Evangelio de hoy tiene estas palabras de Cristo: «El Espíritu Santo los va a conducir a ustedes a la verdad completa».

Es que hay que saber que la verdad se va ganando poco a poco, y a veces las verdades parciales o las verdades incompletas, pues son verdades que hacen más daño que bien. Y lo que intento hacer en esta breve reflexión es mostrar cómo la verdad completa es la que realmente trae libertad, la que realmente trae bendición a nuestra vida. Hace poco, empiezo por esta sencilla anécdota. Hace poco, en un retiro espiritual, hablaba con una señora joven que siempre tuvo muchas dificultades con su padre, muchas dificultades. Podemos decir que no se entendían bien y podemos decir que esta mujer cargaba una cantidad de heridas recordando su infancia, recordando su adolescencia.

Tal vez la queja más amarga que ella tenía era: Cuando yo lo necesité, él no estaba. Esa es la queja más dolorosa que tenía aquella mujer. Y eso pues es cierto, eso es verdad. Pero aquí viene el punto, es que esa no es toda la verdad, esa no es toda. Entonces ella vivió durante bastantes años, ya era una persona adulta cuando hablamos, vivió con bastantes años, vivió durante bastantes años con una idea. Y esa idea era: Pues mi papá es un hombre indigno, mi papá realmente no ha sido un buen papá. Y realmente tenía un señalamiento continuo y además las cosas que ella decía sobre el papá eran ciertas, ella no se estaba inventando nada.

Pero la pregunta es ¿era todo lo que se podía y se debía decir? Ese es un tema diferente. A partir de algunas conversaciones, entiendo yo que, con algunas tías, incluso con la misma mamá, de repente le entró curiosidad, bendita curiosidad por una pregunta que nunca se había hecho. Y la pregunta fue: Bueno, y ¿cuál fue la infancia de mi papá? ¿Cuál era el hogar de mi papá? Ella recordaba que de niña, pues nunca había ido a la casa de los abuelos paternos. Eso no había existido para ella, eso no había sido parte de su vida. Entonces, cuando ahora le viene esa pregunta, pues se pone a averiguar.

Y ¿cómo averigua? Pues haciendo preguntas, preguntando con esta tía, averiguando con vecinos del lugar. Finalmente logró como reconstruir un poco lo que había sido la vida del papá, el cual murió más bien a temprana edad. Y cuando murió el papá, pues ella todavía tenía el dedo acusador, ese papá que no fue papá. Bueno, pero después ella llegó a una verdad más completa y esa verdad más completa es que descubrió que la infancia de su papá no había sido otra cosa sino golpes, ausencias, traumas, violencia. Eso no quita la verdad que ella ya conocía.

Es decir, lo que ella sabía de su papá, que había sido una persona muy ausente, muy rigorista, que siempre la trató como que nada era suficiente. Todo eso es verdad, pero eso no es toda la verdad. Le faltaba saber que ese hombre que venía de un pequeño infierno, o yo no sé si llamarlo un infierno entero, ese hombre que venía de ahí, luchó durante toda su vida, se quedó corto, se quedó corto, pero luchó durante toda su vida por ofrecer algo mejor. Así, por ejemplo, el papá de él fue un hombre increíblemente violento, vicioso, mujeriego y con una gran capacidad de agresión hacia la esposa y hacia los hijos y finalmente abandonó el hogar.

Y este hombre que venía de ese pésimo ejemplo, se hizo el propósito de que él no iba a ser mujeriego, y se hizo el propósito de que él por ningún motivo iba a abandonar el hogar. Y claro que se quedó corto en muchas cosas, claro que fue deficiente en muchas cosas, aquí no lo estamos canonizando. Pero fíjate cómo le cambió la vida a esta mujer, porque entonces ella se dio cuenta que había una verdad que ella desconocía y esa verdad le dio una palabra que es clave, es la palabra perspectiva. Ella empezó a mirar al papá, a ese papá que ya estaba difunto, a mirarlo con una perspectiva diferente.

Y se dio cuenta que con ese papá, ella misma había sido injusta y las lágrimas brotaron de sus ojos, porque ya no podía reparar la dureza con la que ella trató siempre a su papá. Ya eso no lo podía reparar, ya eso no lo podía cambiar. Pero bueno, por lo menos pudo llegar a una cierta paz, a una perspectiva, una mirada diferente. Eso es lo que el Espíritu tiene que hacer en nosotros.

A veces nos miramos y decimos: Yo soy un desastre, porque hemos cometido errores, porque hemos tenido pecados, porque le hemos dañado la vida a otras personas y eso es muy doloroso, eso es muy doloroso y es muy cierto. Pero esa no es toda la verdad, esa no es toda la verdad. No te quedes solamente con eso, hay que buscar la verdad plena. Y esa verdad plena es la que nos muestra el Espíritu si somos fieles a Él, y si abrimos nuestro corazón a su acción y su gracia. La gloria para el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. Amén.

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