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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Injusticia, crueldad y deshonra fueron el triple crisol en que Pablo y Silas mostraron qué reinaba en su corazón.

Homilía p062023a, predicada en 20260512, con 6 min. y 32 seg.

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Transcripción:

Mis queridos hermanos, muchas veces conocemos mejor a las personas cuando están pasando por dificultades. Así como los metales preciosos se purifican en los hornos, se purifican en el crisol, así también el corazón humano se purifica y también muestra lo que lleva adentro cuando pasa por dificultades. Precisamente lo que hace un horno es mostrar las impurezas que tiene el metal. A eso a veces se le llama escoria o se le llama la ganga. Se quita todo eso y la pieza de metal resulta purificada. O sea que fíjate que el horno hace dos cosas. Por una parte revela una verdad y por otra parte purifica un interior. Y eso es lo que hacen las dificultades también en nuestra vida y en la vida de todos. Las dificultades revelan la verdad de lo que tenemos, pero también las dificultades purifican nuestro corazón, purifican nuestro interior y nos ayudan a ser más consecuentes con nuestra fe, con nuestros principios.

Les estoy comentando esto, amigos, porque la primera lectura de hoy nos presenta un episodio en el que el apóstol San Pablo y un compañero suyo de misión que se llamaba Silas. Otras traducciones lo llaman Silvano. Es la misma persona. Estos dos misioneros pasaron por un crisol espantoso. En efecto, fueron castigados. Es lo que hemos escuchado. Fueron castigados duramente, injustamente y públicamente. Y cada uno de esos adverbios duele. que la condena fue injusta, que la condena fue cruel y que la condena fue pública. Y además, debo decir, por el lugar donde me encuentro que no se siguió el debido proceso. Porque los romanos tenían el debido proceso y no se siguió aquí. Así que, hermanos, esas tres cosas duelen muchísimo la injusticia, la crueldad y la exhibición pública, que es la destrucción del honor. Por eso lo podemos llamar la deshonra.

O sea que no era un crisol simple, era un horno altísima temperatura. Pero dijimos que en el crisol suceden dos cosas que se revela una verdad y que se da una transformación. ¿Y cuál fue la verdad que apareció? A ellos los metieron en un calabozo en esa ciudad, la ciudad de Filipos, que era una ciudad de Macedonia, en la misma región de donde vino este guerrero victorioso conocido como Alejandro Magno. Para que nos ubiquemos. Pues ahí lo metieron en un calabozo con esas tres características que he dicho y repito injusticia, crueldad y deshonra. ¿Y qué fue lo que salió de ellos? Probablemente si miro mi propio corazón, lo que a uno le puede salir en esos momentos es rabia, indignación, maldiciones, incredulidad. ¿Por qué Dios me somete a esto? ¿Dónde está Dios? Yo sirviendo a Dios y mire lo que me pasa. Amenazas, amargura. Cuando a nosotros nos llegan dificultades y reaccionamos de esa manera, que muchos hemos reaccionado de esas maneras.

Ahí se está mostrando lo que uno tiene adentro, porque uno puede parecer hasta buena persona. Pero cuando llegan esas dificultades y sobre todo esas tres cosas que he dicho, que lo traten a uno injustamente, que lo traten a uno cruelmente y que lo deshonren, lo expongan públicamente. Entonces ahí es donde se ve que es lo que hay en lo más profundo. Y en lo más profundo del corazón de ellos; lo que había era alabanza, lo que había era amor a Cristo. Es decir, que toda esa situación no les acabó, no les apagó el amor a Cristo, no les apagó el amor a Cristo. Y eso me hace recordar un dicho de un Santo Padre de la Iglesia, que hablaba del viento y decía: Si usted tiene una llama pequeñita y usted la sopla, se apaga. Pero si usted tiene un incendio forestal y llega el viento, ¿lo apaga? lo hace crecer.

Si usted tiene su amor a Dios es una llamita pequeñita y le llega una tribulación que es como un viento que quiere apagarle la fe, si la fe suya es pequeñita, pequeñita, ¿qué va a pasar? Pues que le apaga ese poquito de fe. Pero si usted tiene un incendio grande de amor a Dios y de fe, cuando llega ese viento, en vez de apagarle la fe a usted, se la hace crecer y ahí aparece la verdad de lo que ellos tenían. Esto es un gran ejemplo para nosotros, pero también es motivo para que uno haga una oración.

Pidamos al Señor que nuestro amor a Él sea más sincero, que nuestra fe sea más profunda que nuestro fuego, el fuego del Espíritu Santo, ese que nos prometió Cristo, esté ardiendo con vigor en cada uno de nosotros. Amén.

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