Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La Pasión de Cristo revela el pecado, mueve a la contrición y prepara el corazón para el Espíritu Santo. Y después de su Ascensión, Cristo sigue mediando para derramar sobre nosotros ese gran don.

Homilía p062022a, predicada en 20260512, con 8 min. y 4 seg.

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Transcripción:

Me encantan, me hacen muy feliz las lecturas de estos días porque son como una catequesis y una motivación permanente para que supliquemos el Espíritu Santo, ese espíritu que renueva la faz de la tierra, ese espíritu que nos hace sentir y sabernos hijos de Dios, ese Espíritu que nos construye como cuerpo de Cristo, como pueblo de Dios, como templo de su misma gracia. Así que hay que aprovechar al máximo estos días. Estos días con el Paráclito son fundamentales, fundamentales.

Bueno, mis hermanos, hoy por ejemplo, se nos muestra otra dimensión de lo que realiza el Espíritu y es la relación que tiene con la partida de Cristo. La frase que dice Nuestro Señor es: Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Espíritu Santo. Esta frase es muy importante porque relaciona la partida de Cristo y con eso estamos hablando de la Pasión de Cristo, estamos hablando de la cruz de Cristo, estamos hablando de la muerte de Cristo. Relaciona todo ello que San Juan llama la partida de Cristo con la venida del Espíritu Santo. Y hay por lo menos tres, tres conexiones entre la partida de Cristo que comienza con su ascenso en la cruz y que culmina en la ascensión a los cielos, y luego la efusión, el descenso, el derramamiento del Espíritu Santo, el Espíritu Paráclito que viene sobre la Iglesia entera. ¿Cuáles son esas conexiones? La primera conexión es que cuando nosotros hablamos de la partida de Cristo, pues estamos hablando de su cruel crucifixión. Estamos hablando de los azotes y de las espinas, y de la cruz y de los clavos, y todo ello está mostrando, podríamos decir está gritando (óyeme), está gritando la realidad del pecado. Por eso resulta tan incómoda la cruz a tantas personas. Porque esa cruz, pues, uno podría decir está mostrando una tragedia.

No, no es solo una tragedia, es una realidad ciertamente trágica. Pero la tragedia no se queda afuera. Es la realidad trágica de nuestra incoherencia, de nuestro egoísmo, de nuestro orgullo, de nuestra impureza, de nuestra envidia. Es decir que la cruz y toda la pasión del Señor está mostrando, la realidad de nuestro pecado nos está llevando a la verdad de nuestro pecado, porque eso es tan importante y porque eso nos abre al Espíritu, porque en la medida en que empezamos a conocer cuál es el verdadero enemigo y el verdadero enemigo se llama el pecado. Cuando conocemos el verdadero enemigo, entonces también conocemos de qué tenemos que desprendernos, de qué tenemos que desprendernos para ser libres. Una vez que está identificado el pecado y la pasión de Cristo, es la cátedra maravillosa donde se explica y se muestra y se demuestra. Cuando ya conoces la realidad del pecado, ya sabes qué es lo que tienes que quitar de tu vida. Y cuando ya sabes lo que tienes que quitar de tu vida, entonces ya quitas el obstáculo más grande para que venga el Espíritu Santo y para que haga su obra perfecta en ti. Entonces, la Pasión de Cristo te muestra dónde está el obstáculo. La pasión de Cristo te muestra qué es lo que sobra en tu vida, qué es lo que hunde tu vida, qué es lo que no debe estar en tu vida. Esa es la primera conexión.

Segunda conexión. La partida de Cristo trae tristeza. Esto lo dice el mismo Señor Jesús. La partida de Cristo trae tristeza. En otro pasaje Cristo había dicho: No es ayunar por ayunar. Cuando el esposo manera mística de referirse a sí mismo, cuando el esposo le sea arrebatado, entonces ayunarán; entonces ayunarán. Y ese ayuno, por supuesto, es señal de tristeza, es señal de pérdida. ¿Por qué eso tiene que ver con el Espíritu Santo? Pues yo lo relaciono siempre con la herida que sufrió nuestro Señor Jesucristo estando en la cruz. Ya sabes que el soldado con la lanza le atravesó el costado, le rompió el costado a Cristo. Pero así como el cuerpo de nuestro Señor quedó roto por la lanza del costado. Así también la pasión rompe en nosotros una brecha. Y esa brecha de dolor y esa brecha que muestra nuestra indigencia más absoluta, es también nuestra súplica viva para que venga el Espíritu. Porque es que sucede que el Espíritu, que ciertamente quiere llegar a nosotros, no encuentra por dónde, porque estamos blindados. En cambio, la Pasión de Cristo abre una brecha en nosotros y por eso es un auténtico regalo del Señor que lleguemos a esa realidad que se llama contrición. Llegar a la contrición, ese dolor vivo, porque Dios ha sido ofendido, ha sido ofendido por mí, por mis pecados, ha sido ofendido por tus pecados. El dolor vivo por el pecado, dolor vivo por el pecado, abre una brecha, y por esa brecha, por esa grieta, puede entrar el torrente del Espíritu, es decir, la Pasión de Cristo destruyó la piel de Cristo, abrió un hueco terrible en el costado de Cristo, pero abrió también una brecha a través de la cual puede llegar el Espíritu a nosotros.

La tercera relación que hay, que es la más clara en el texto del Evangelio. La tercera relación es que Cristo sube a los cielos. Es la fiesta que tendremos muy pronto. Cristo asciende a los cielos y en su ascensión gloriosa, no solamente recibe toda la gloria del Padre, según lo que había pedido el mismo Cristo en Juan diecisiete Padre, glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique. La ascensión de Cristo no es solo la gloria de Cristo, no es solo la gloria del Señor. Podemos decir que Cristo sigue trabajando en el cielo porque sigue intercediendo por nosotros y el fruto de su intercesión, que no es una intercesión de palabras, sino que es la presentación de sus llagas ante el Padre. Esa intercesión de Jesucristo es la que trae para nosotros el Espíritu.

O sea que Cristo con su oración, que es una oración de llagas, que es una oración de sangre, que es una oración viva, ha merecido para nosotros el Espíritu. Entonces te das cuenta cómo la Pasión de Cristo denunció el pecado, abrió una brecha en nuestro corazón y además, por sus méritos infinitos, atrajo el don del Espíritu en nuestra vida. Eso hace la Pasión de Cristo. Y por eso, aunque duele tanto decir estas palabras, sí, sí nos convenía que se fuera Cristo para que recibiéramos el don del Espíritu.

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