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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La conversión de un carcelero

Homilía p062020a, predicada en 20240507, con 12 min. y 0 seg.

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Transcripción:

Hermanos queridos, durante el tiempo pascual. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha estado acompañando en la primera lectura de la Santa Misa. Se puede decir que hemos hecho una lectura casi continua y la seguiremos haciendo de este libro que nos cuenta sobre los orígenes de la Iglesia, sobre el poder del Espíritu, sobre la victoria del Evangelio, sobre lo que significa ser testigos de Cristo. Es decir, es un tesoro, un tesoro tan grande que cuando la Iglesia, movida por el Espíritu Santo, ha tenido el impulso de renovarse, vuelve con frecuencia sus ojos al libro de los Hechos de los apóstoles. Por ejemplo, el fundador de nuestra comunidad, Santo Domingo de Guzmán, queriendo renovar el Don Apostólico que Dios le concedió a la Iglesia en aquellos tiempos. Los tiempos de este libro, queriendo renovar esa realidad, fundó una comunidad. Esa comunidad somos nosotros, con nuestras imperfecciones y también con nuestro deseo de mejorar. La Orden de Predicadores nació queriendo ser un espejo del libro de los Hechos de los Apóstoles.

En esta ocasión, la primera lectura nos lleva a la ciudad de Filipos, en Macedonia, donde el apóstol Pablo y sus compañeros. Particularmente en esta ocasión un hombre llamado Silas, también conocido como Silvano en otras traducciones. Pablo y Silas predican en esa ciudad. Una cosa muy interesante es que estos predicadores del Evangelio se dejaban llevar a través de las mociones del Espíritu que recibían en la oración. Se dejaban llevar, se dejaban guiar a donde ir, hay todo un mundo por Evangelizar. ¿A dónde ir, por dónde empezar? El Espíritu Santo les mostraba con distintas maneras hacia dónde tenían que ir.

Por ejemplo, ellos llegaron a Filipos guiados por un sueño. Un sueño que tuvo Pablo. Se le apareció un hombre vestido a la manera de los macedonios y le dijo pasa a Macedonia y ayúdanos. Y guiándose por ese sueño. Hoy eso nos parecería inmaduro, improvisado, caprichoso tal vez. Guiándose por ese sueño llegaron allá. La ciudad principal de Macedonia era la ciudad de Filipos. Usted tal vez recuerde que en la Biblia hay una carta de San Pablo a los Filipenses. Esos son los cristianos de la ciudad de Filipos. La predicación empezó relativamente bien gracias a los buenos oficios de una mujer piadosa llamada Lidia. Hubo una conexión muy profunda entre Pablo y los filipenses, una conexión tan cercana que nosotros podemos detectar leyendo precisamente la carta a los Filipenses. Se puede decir sin temor que es la comunidad a la que Pablo le abrió más ampliamente su corazón y también la comunidad que no solamente recibió a Pablo como un predicador, como un apóstol, sino también como un ser humano que necesitaba apoyo, incluyendo las cosas materiales.

La predicación empezó bien, pero pronto empezó a surgir una gran oposición. Y esa oposición es la que encontramos en el pasaje de hoy. La plebe de Filipos se amotinó. Y entonces someten a Pablo y a su compañero Silas a un castigo brutal, injusto, ignominioso. Los azotan salvajemente y los meten en la cárcel. De inmediato nos impacta lo que hacen Pablo y Silas en la cárcel. No se dedican a lamentarse, a jurar venganza, a llenarse de amargura. Tampoco se vuelven contra Dios para decirle por qué nos has metido en semejante predicamento. Es tan admirable. Es algo que me impacta siempre que lo leo. Estaban alabando a Dios. Azotados, rotos, víctimas de injusticia, maltratados. Estaban alabando a Dios con cánticos.

Esto nos recuerda otra escena del capítulo cuarto de los Hechos de los Apóstoles, en que Pedro y Juan apóstoles fueron azotados también brutalmente en Jerusalén. Y nos dice la Biblia que salieron contentos de haber sufrido por el Señor. No cabe duda de que esta es la señal más visible, más notoria, más tangible, de un enorme avance en la vida espiritual. Llegar a gozarse en la tribulación, llegar a cantar en medio de la cárcel, llegar a celebrar a Cristo cuando todo parece que son tinieblas e incomprensión. No son los únicos santos que han tenido esa clase de alegría, pero debemos reconocer que muchos de nosotros estamos lejísimos de esa madurez cristiana. ¿Cómo podían ellos alegrarse? Pues es que la luz del Espíritu les mostraba la participación que estaban teniendo en la Cruz de Nuestro Señor y por consiguiente en el misterio de redención.

Esto nos lo deja entrever Pablo en la carta a los Colosenses, capítulo primero, cuando dice Yo completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo, en lo cual se ve, que él veía los sufrimientos, no sólo los propios de persecución, sino seguramente los que él agregaba con sus propias penitencias y renuncias. Él veía todo eso como una manera de unirse al amor de Cristo. Y es ese amor de Cristo y esa participación en la misión de Cristo lo que algunas personas repito, muchos estamos muy lejos. Algunas personas les da una alegría tan grande.

Pero fijémonos para terminar esta reflexión. Fijémonos en el poder de esa oración y en el poder de esa participación en la cruz de Cristo. Un milagro sucede. Las cadenas se rompen, las puertas de la cárcel se abren. Como que tanta alegría no podía quedar encadenada, como que tanta gloria no podía quedarse en las tinieblas. La gloria de Dios reventó cadenas y abrió puertas. Lo más notable, sin embargo, fue lo que le sucedió al carcelero. El carcelero, que era obediente al imperio romano, pasa a ser obediente a Cristo Señor. El carcelero que tenía por tarea asegurar el maltrato de los presos, se convierte en enfermero de esos presos y les cura las heridas. El carcelero, que era el hombre con autoridad, se convierte en dócil discípulo que quiere aprender de su prisionero Pablo ¿qué es lo que hay que hacer?

Esta transformación tan admirable es el fruto directo de la presencia salvadora de la cruz en esa cárcel de Filipos. Ese es el poder que tiene el Crucificado y Resucitado. Ese es el poder de la Pascua del Señor. Y ahora solo nos queda pedir que nosotros mismos avancemos en nuestra madurez cristiana y que nosotros mismos dejemos de ser carceleros. Uno podrá preguntarse ¿yo carcelero de qué? Hermanos, nuestras manipulaciones, nuestra prepotencia, nuestra agresividad, nuestra manera de humillar especialmente a los pequeños. Todo eso habla de cuántas cárceles padecemos y hacemos padecer a otros. Decía Nuestro Señor Jesucristo a sus apóstoles. Los jefes de este mundo maltratan a sus súbditos, los tratan como carceleros. Y agregaba Jesús, que no suceda así entre ustedes.

Hoy la Palabra de Dios nos muestra cómo hay que hacer para que eso no suceda entre nosotros. Hay que tener a Cristo reinando, hay que tener a Cristo en el corazón y en los labios, y hay que tener la madurez de la cruz de Cristo en el pecho para que el misterio del Evangelio de Cristo alcance a más y más y más y más hermanos, y se rompan las cadenas y se abran tantas cárceles. Así sea.

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