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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Convenía que Jesús se fuera para mostrarnos la obediencia y el amor extremos, para abrir una brecha por donde entrará el Espíritu Santo y para que al ascender al Padre recibiera en favor nuestro la abundancia del Espíritu.
Homilía p062018a, predicada en 20230516, con 8 min. y 0 seg. 
Transcripción:
Siempre me ha impactado esa expresión que aparece en el Evangelio de hoy. Dice Cristo a sus apóstoles, os conviene que yo me vaya. Y es que cuando uno piensa en toda la sabiduría, la bondad, todo el bien que Cristo trae a nuestras vidas, uno se pregunta ¿cómo es qué puede decirnos eso? ¿cómo es qué puede decirnos que es bueno que Él se vaya? Cómo va a ser bueno que Él, que es la bondad misma, se vaya. ¿Por qué nos conviene que él se vaya? Es una pregunta lícita. Y yo recuerdo aquí lo que yo llamo preguntas de niño. Imagínate esta pregunta que hace un niño. Tenía que irse a Cristo para que viniera el Espíritu. ¿No podíamos tener a los dos? Pregunta de niño ¿no podíamos tener a los dos? ¿Por qué tenía que irse Cristo?
Y evidentemente, para responder a esta pregunta, tenemos que mirar qué significa la partida de Cristo y por qué la partida de Cristo es la que abre la puerta a la llegada del Espíritu. Porque Cristo evidentemente relaciona ambas cosas. Dice Porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Espíritu Santo. O sea que hay una relación entre que Cristo se va y que el Espíritu viene. En cierto sentido ya esa es una respuesta a la pregunta del niño. No niño, no se puede tener a los dos porque se necesita que Cristo se vaya para que venga el Espíritu. Pero eso solo digamos aplaza la pregunta o la traslada, porque entonces podemos preguntar ¿Y por qué tenía Cristo que irse para que viniera el Espíritu? Y en ese sentido, pues vamos a encontrar cosas realmente muy bellas.
Todo tiene que ver con la manera como Cristo se fue. Porque la partida de Cristo no fue un esfumarse, como le pasó por ejemplo al profeta Elías, que fue arrebatado por un carro de fuego y ya no se le vio más. Dice la Escritura. No, no fue un esfumarse, tampoco fue que Cristo desapareciera porque se fue, qué se yo, en peregrinación o en misión y nadie supo más de Él. Tampoco es que simplemente enfermó y murió ahí sobre una cama, no. La partida de Cristo está marcada por batalla, por violencia. Entonces hay por lo menos tres cosas que nos enseña la partida de Cristo, y no solo nos las enseña. No es solo que la partida de Cristo enseña, sino que la partida de Cristo hace maravillas en nosotros. Pero pensemos en primer lugar en las enseñanzas.
A ver, la partida de nuestro Señor Jesucristo ya nos trae una primera gran enseñanza. Y es que todo ese volumen de dolor que cayó sobre Cristo no es otra cosa que el fruto del pecado. Pecado de traición y de abandono de sus amigos, pecado de crueldad y de irresponsabilidad de la autoridad romana, pecado de envidia y de incredulidad de las autoridades judías. Es decir, todos esos pecados de los amigos, de los enemigos, de la autoridad romana, de la autoridad judía. Todos esos pecados caen sobre Cristo. Y lo impresionante es ver que Cristo, anegado de tanto dolor. Cristo, abrumado de tanto dolor, permanece fiel al Padre y permanece fiel a nosotros, a nuestra salvación. Esto es extraordinario. Cristo permanece fiel. De manera que de todas las lecciones que nos da el Maestro de Galilea, no hay ninguna más importante que todo lo que nos enseñó en su Pasión. Nos enseñó que el mal podía ser resistido. Nos enseñó que el mal no tenía la última palabra. Nos enseñó qué significa ser fiel y obediente a Dios. Nos enseñó sobre todo qué es amar hasta el extremo. O sea que si él no se hubiera ido de la manera que se fue, no hubiéramos recibido esas enseñanzas.
Segundo, la partida de Cristo produce un impacto en nuestros corazones. Este es uno de mis temas favoritos de todos los tiempos, porque nos cuenta el Evangelista Juan que cuando Cristo ya estaba muerto en la cruz, un soldado con una espada le abrió el costado. Pero es que Cristo, muerto en la cruz, también nos abre el costado a nosotros. No es algo que yo me invente, es algo que está, por ejemplo, en Hechos de los Apóstoles, capítulo dos. Ahí se nos dice que cuando Pedro le recordó al pueblo cómo habían traicionado a Cristo, cómo habían abandonado a Cristo. Entonces la gente compungida de dolor le decía ¿qué tenemos que hacer? Literalmente lo que dice San Lucas es esto. Estas palabras les atravesaron el corazón. O sea que el corazón de Cristo fue atravesado por la lanza del soldado. Pero el corazón nuestro, nuestro corazón, es atravesado por el mismo Cristo es decir el Cristo traspasado nos traspasa. Por qué esto es importante, porque cuando se abre una brecha en nosotros, esa brecha que es brecha de compunción, que es brecha de arrepentimiento, que es brecha de humildad. Es precisamente la entrada para el Espíritu.
Y en tercer lugar, no se nos olvide lo que nos dice también el apóstol San Pedro. Nos lo dijo ya el día de Pentecostés y lo vamos a volver a escuchar, por supuesto, cuando llegue la fiesta de Pentecostés. Dice el apóstol San Pedro refiriéndose a Cristo, que habiendo sido glorificado a la derecha del Padre, ha recibido este Espíritu y lo ha derramado sobre su pueblo. Es decir, que Cristo muerto. Por eso tenía que salir, por eso tenía que morir, por eso tenía que irse. Cristo muerto y glorificado, no podía ser glorificado sin pasar por la muerte. Glorificado y resucitado a la diestra del Padre, reclama como fruto de su sacrificio, reclama con amorosa insistencia el don del Espíritu, no para sí mismo, que ya lo había recibido sobreabundante en el bautismo de Él, sino Espíritu para nosotros.
Nos convenía que Cristo se fuera para que nos diera la enseñanza más perfecta. Nos convenía que Cristo se fuera, para que su cuerpo muerto en la cruz, atravesado por la lanza, nos atravesara a nosotros y quedará abierta una brecha por donde entrará el Espíritu. Y nos convenía que Él se fuera, para que ascendiendo a la diestra del Padre, recibiera en favor nuestro la abundancia del Espíritu, que luego se convertirá en lluvia saludable de amor en Pentecostés para los apóstoles, y luego efusión para toda la Iglesia. Así nos amó Dios, así nos amó Cristo. Así de grande es su gloria. Amén.

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