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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Aunque nos hayamos metido en problemas, tenemos al Espíritu a quien puedo llamar para que esté a mi lado y estará ahí para sostenerme, consolarme, para darme ánimo y esperanza, para encontrar un camino para cambiar de vida.
Homilía p062017a, predicada en 20220524, con 6 min. y 24 seg. 
Transcripción:
Hermanos, el Espíritu Santo recibe varios nombres en la Sagrada Escritura. Uno de ellos es el que aparece en el Evangelio de hoy. Él es el Defensor. Conviene aquí ir a la palabra original. La palabra original es parakletos. Parakletos, que literalmente significa aquel que tú llamas para que esté a tu lado, es la misma idea del advocatus en latín. Parakletos es griego, Advocatus es latín. Y de Advocatus viene el abogado. Advocatus es el llamado para que esté a tu lado. La misma idea del parakletos griego.
Y aquí empieza la parte bella. ¿A quién llamas tú para que esté a tu lado? ¿Y en qué momento llamas tú a alguien para que esté a tu lado? Pues indudablemente en los momentos de dificultad, sobre todo en los momentos de dificultad, es cuando tú llamas a alguien, cuando tú pides auxilio y tu dificultad puede ser por una enfermedad, puede ser por una traición, puede ser por una crisis, puede ser por una duda, puede ser por un dolor. En esos momentos necesitas a alguien que esté a tu lado. Entonces, la palabra que se traduce aquí como Defensor es la palabra para decir el que está a tu lado, el que puedes llamar para que esté a tu lado. Claro, la palabra Defensor es más cortita, pero digamos todo el nombre largo. El Espíritu Santo es el que puedes llamar para que esté a tu lado. El que puedes llamar para que esté a tu lado, es decir, muchas veces, cuando tengas la experiencia de quedarte solo, de sentirte abandonado, de sentirte traicionado, hay uno que es el que puedes llamar para que esté a tu lado y ese es el Espíritu Santo de Dios.
Aquí viene una pregunta interesante. Bueno, pero ¿qué pasa si soy yo mismo el que me he puesto en problemas, el que me he metido en problemas? Por ejemplo, muchos de nosotros resultamos en problemas por nuestras propias culpas, por nuestros propios pecados. Pensemos en una persona que ha cometido una falta, que ha cometido un pecado y está en problemas. Cómo podría esa persona llamar al Espíritu Santo y decirle Espíritu Santo, ven, ayúdame. Si al fin y al cabo fue esa persona la que se metió en ese problema. Un poco la tendencia que nosotros tenemos desde el punto de vista de la justicia es que mira, si tú te metiste en ese problema, entonces ahora tú verás como vas a salir.
Pero un momento, pensemos por ejemplo en un buen papá, en una buena mamá y casi como que me gusta más la comparación con la mamá. Si el hijo se metió en problemas, seguramente la mamá le dirá pues date cuenta que fue tu responsabilidad, date cuenta que yo te advertí. Pero dejará de tenderle una mano, dejará de darle la mano a ese hijo simplemente porque fue culpa del hijo, porque fue responsabilidad del Hijo. Yo creo que la mamá no va a dejar de darle la mano. Y así es Dios con nosotros, aunque ese dolor sea consecuencia de lo que tú mismo has hecho, aunque ese embrollo en el que estás es principalmente tu responsabilidad, suponiendo, no dejará de ser tu abogado. Y en eso se parece un poco al sistema penal y al sistema de fiscalía que hay en muchísimos lugares, aún en la persona que puede ser el peor criminal o el peor terrorista, tiene derecho a un abogado. Si las cosas son honradas, el papel de ese abogado no es disimular el crimen, sino que se hagan las cosas según la ley.
Entonces, igual pero todavía mucho mejor. Es lo que sucede cuando nosotros hablamos de la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida, aunque nosotros nos hayamos metido en problemas. Tenemos a ese, aquel a quien puedo llamar para que esté a mi lado y estará a mi lado. Y ¿para qué está a mi lado? Para sostenerme, para consolarme, para darme ánimo, para darme esperanza, sobre todo, ayudarme a encontrar un camino hacia adelante. Mi vida no ha terminado aquí. Es que ese es el amor de Dios. El amor de Dios es ese. Es que no quiero que tu vida acabe en desastre. Es Dios el que a través de la gracia del Espíritu Santo te está diciendo Es que no quiero que tu vida termine en desastre, es que yo no te creé para que tú fueras un desastre, es que yo no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, y el que lo hace realidad es el Espíritu Santo de Dios. Así que ya sabes, a enamorarnos del Espíritu, a enamorarnos más y más del Espíritu Santo y a invocarlo presencia viva en nuestras vidas. Amén.

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