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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Por la bondad de Cristo recibámoslo en el corazón y al mismo tiempo por su pasión dejémoslo partir para que se abra el espacio y la puerta en nuestras vidas para que llegue el Espíritu Santo.
Homilía p062014a, predicada en 20200519, con 4 min. y 31 seg. 
Transcripción:
Hoy quiero compartir con ustedes la explicación más sencilla y posiblemente la más bella sobre aquella frase que aparece en el Evangelio de hoy. Está tomado del capítulo dieciséis de San Juan. La frase es ésta. Dice Cristo a sus discípulos Si no me voy, el Espíritu no vendrá a ustedes. Sobre esa frase se ha predicado mucho. Esa frase nos habla de la ternura de Cristo, por decirlo de alguna manera, nos pierde para ganarnos para siempre. Esa frase nos habla de la humildad de Cristo, que pareciera estar haciendo un eco a lo que un día dijo Juan Bautista, pero refiriéndose al Mesías. Juan Bautista, refiriéndose a Cristo, dijo Es necesario que yo disminuya para que Él crezca. Ahora Cristo está diciendo Es necesario que yo me vaya para que el Espíritu venga. Esas expresiones nos hablan de la sublime humildad de Cristo, pero la interpretación más hermosa que conozco es ésta.
Cristo había entrado al corazón de sus discípulos. ¿Cómo entra Cristo a un corazón? Por su bondad, por su compasión, por la fuerza de bien con que Él transforma nuestras vidas. Cristo había llegado al corazón de sus discípulos. ¿Y qué pasa cuando Cristo está en el corazón y sale y se aparta y se va? Que deja un vacío. Ese vacío lo conocieron los apóstoles y deja una brecha en ese corazón, un vacío y una brecha. El precio de abrir esa brecha, el precio que pagó Cristo por abrir esa brecha. Fue su propio sacrificio. Fue su pasión dolorosa. Pero ese precio que Él pagó, ese precio mis hermanos, hizo que quedara una brecha en el corazón. Y esa especie de puerta abierta es también el canal a través del cual va a llegar el Espíritu Santo.
Entonces ¿por qué nos conviene que Cristo se vaya? porque yéndose, deja en nosotros tal vacío y abre en nosotros brecha de tal tamaño que queda listo el camino y el lugar para la efusión del Espíritu Santo, para la llegada del poder del Espíritu a nuestras vidas. Ese es el poderoso mensaje que Cristo nos regala en este día. ¿Y qué hay que hacer entonces para que esta Palabra se cumpla en nosotros? ¿qué hay que hacer? lo que hay que hacer es, en primer lugar, recibir a Cristo. Él nos ha dicho, lo hemos repetido muchas veces. Él está a la puerta llamando. Él está llamando. Hay que abrir esa puerta. Hay que recibirlo en el corazón.
Pero también hay que dejarlo partir. ¿Y qué es dejarlo partir? Dejarlo partir es acompañarlo en las horas de su pasión y ver que de alguna manera se nos escapa. Y ver nuestra propia impotencia. Y descubrir nuestra propia responsabilidad en esa pasión. Si lo recibimos por su bondad, si lo dejamos ir, es decir, si contemplamos su pasión, entonces se abren nuestros corazones, ese espacio bendito y esa puerta gloriosa por la que pronto llegará el Espíritu Santo de Dios, si lo invocamos. Desde ya preparar Pentecostés. Desde ya preparar el corazón, para vivir Pentecostés.

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